Seguidores

Buscar este blog

Vistas de página en total

miércoles, 1 de marzo de 2017

En Honor de Madam C.J. Walker

Madam C. J. Walker

Madam C. J. Walker
Madame CJ Walker.gif
Walker, c. early 1900s
Información personal
Nombre de nacimientoSarah Breedlove
Nacimiento23 de diciembre de 1867
DeltaLuisianaEstados Unidos
Fallecimiento25 de mayo de 1919 (51 años)
Nueva York, EUA
Lugar de sepulturaCementerio Woodlawn Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidadestadounidense
Familia
HijosA'Lelia Walker
Información profesional
OcupaciónCuidado del cabello, emprendedora, filántropa
Distinciones
[editar datos en Wikidata]
Sarah Breedlove (23 de diciembre de 1867 – 25 de mayo de 1919), mejor conocida como C. J. Walker, fue una empresaria y filántropa estadounidense, considerada como la primera mujer artífice de su éxito en convertirse en millonaria en los Estados Unidos. Hizo su fortuna desarrollando y vendiendo una exitosa línea de artículos de belleza y para el cabello para mujeres negras con la compañía que fundó, la Madam C.J. Walker Manufacturing Company.
Biografía[editar]Sarah Breedlove nació el 23 de diciembre de 1867 en Delta, Luisiana. Fue una de seis hijos; tuvo una hermana llamada Louvenia y cuatro hermanos: Alexander, James, Solomon, y Owen Jr. Sus padres y hermanos mayores fueron esclavos en la plantación Madison Parish de Robert W. Burney. Ella fue la primera hija en su familia en nacer en libertad luego de la Proclamación de Emancipación. Su madre murió en 1872, posiblemente de cólera. Su padre se volvió a casar y falleció poco después. Sarah, habiendo quedado huérfana a sus seis años, se mudó con su hermana mayor y su cuñado, Willie Powell. Cuando tenía 14 años se casó con Moses McWilliams para escapar del maltrato de Powell, y tres años después nació su hija, Lelia McWilliams. Cuando Sarah tenía 20 años, su esposo murió, y Lelia tenía solo 2 años. Poco después de se mudó a San Luis en donde vivían sus otros tres hermanos. Todos eran peluqueros en una peluquería del lugar. Ellá consiguió un trabajo como lavandera, y aunque apenas ganaba algo más de un dólar por día, estaba decidida a conseguir suficiente dinero para que su hija pueda recibir educación formal.

Trayectoria
Como muchas mujeres de la época, Sarah sufrió la caída de su cabello debido principalmente a una dieta deficiente, hábitos de higiene y productos como sosa cáustica que eran incluidos en jabones para la limpieza del cabello.1 2Ya que muchos estadounidenses no contaban con plomería en el interior de sus hogares, se bañaban y lavaban el cabello con poca frecuencia. En un principio aprendió sobre el cabello de sus hermanos, quienes tenían una barbería en San Luis.1

El Wonderful Hair Grower de Madame C.J. Walker como parte de la colección permanente del Museo de los Niños de Indianápolis.3
Aproximadamente para la Feria Mundial de 1904, se convirtió en agente comisionado de ventas de productos Annie Turnbo Malone, un emprededor de productos de cuidado del cabello para afroestadounidenses. Mientras trabajaba con Annie Malone, adaptó sus conocimientos sobre el cabello y productos para el mismo. Se mudó a Denver para trabajar en sus propios productos, y se casó con Charles Joseph Walker, un vendedor de publicidad en periódicos. Surgio con el nombre de Madam C.J. Walker, una peluquera y vendedora independiente de cremas cosméticas. Luego de casarse con Charles Walker, éste le dio consejos sobre promoción y publicidad, mientras que Madam C. J. Walker entrenaba a mujeres para que se conviertan en "culturistas de la belleza" y para que aprendan el arte de vender. En 1906, Madam Walker puso a su hija A'Lelia (née McWilliams) a cargo de las operaciones de órdenes por correo mientras ella viajaba a través de los estados del sur y el este de los Estados Unidos para expandir su negocio.1 2 4
Inspirada por el modelo de la National Association of Colored Women, comenzó a organizar a sus agentes de ventas en clubes locales y estatales. En 1917 organizó su primer conferencia anual de Madam Walker Beauty Culturists en Filadelfia. Durante la convención dio premios no solo a las mujeres que habían vendido la mayor cantidad de productos y atrajo a nuevos agentes de venta, sino que también a aquellas que habáin contribuido la mayor cantidad de caridad en sus comunidades. Enfatizó la importancia de la filantropía y la participación política.1 Esto tuvo un impacto enorme en la expansión de su negocio. También comenzó su negocio de órdenes por correo para mantenerse al ritmo de su creciente negocio, poniendo a su hija A'Lelia Walker a cargo del mismo.2 5
Cuando su hija Lelia (más adelante conocida como A'Lelia Walker) administró el negocio por correo desde Denver, Madam Walker y su esposo viajaron a lo largo de estados del sur y el este del país. Se asentaron en Pittsburgh en 1908 y abrieron el Colegio Lelia para entrenar a "culturistas del cabello". En 1910 Walker se mudó a Indianápolis en donde estableció sus oficinas principales y construyó una fábrica, un salón de belleza, y una escuela de belleza para entrenar a sus agentes de venta. Más adelante añadiría un laboratorio para colaborar con su investigación.2 Sarah, para entonces ya conocida como Madam C. J. Walker, se estaba volviendo muy exitosa. El mercado de su negocio se extendió más allá de los Estados Unidos llegando a Cuba, Jamaica, Haití, Panamá y Costa Rica.1 4
Comenzó a enseñar y entrenar a otras mujeres negras sobre la independencia de la mujer, preparación de presupuestos y el cuidado de la belleza para ayudarles a crear sus propios negocios. También dio charlas sobre temas políticos, económicos y sociales en convenciones financiadas por instituciones negras poderosas. En 1917 inició la convención del Sindicato de Culturistas del Cabello Walker de Estados Unidos, la cual terminó siendo la primera convención de mujeres estadounidenses para la discusión de comercio y negocios. Se involucró en temas políticos, llegando a formar parte del comité ejecutivo de la Protesta de la Marcha Silenciosa. Fue una demostración pública de más de 8.000 afro-estadounidenses para protestar un disturbio en el murieron 39 afro-estadounidenses.4

La tumba de Madam C. J. Walker
En 1917, comisionó a Vertner Tandy, el primer arquitecto negro certificado en el estado de Nueva York y miembro fundador de la fraternidad Alpha Phi Alpha, para que diseñe una casa para ella en Irvington-on-Hudson, Nueva York, Villa Lewaro.6 La casa costó $250.000.6 Se mudó a la Villa Lewaro en mayo de 1918 y organizó un evento de inauguración en honor a Emmett Scott, en ese entonces el Secretario Asistente de Asuntos Negros del Departamento de Guerra de los Estados Unidos.1
Justo antes de su muerte donó 5.000 dólares, equivalente a aproximadamente unos 65.000 dólares a valor actual, al fondo anti linchamiento de la NAACP. Madam C.J. Walker murió a sus 51 años en Villa Lewaro el domingo 25 de mayo de 1919 debido a complicaciones de su hipertensión. En su testamento dejó dos tercios de sus futuras ganancias a caridad y su legado.4 7Cuando murió era considerada la mujer afroestadounidense más rica de los Estados Unidos. Según el obituario de Walker en el New York Times, "ella mismo dijo dos años atrás [en 1917] que aún no era millonaria, pero que esperaba serlo algún día".6 Su hija, A'Lelia Walker, se convirtió en presidente de la Madame C.J. Walker Manufacturing Company.1

Recuerdos del Ayer: Trinidad / Casilda

"Llamamiento..." a los lectores de PENSAMIENTO Digital se les dice que En el portal de Amazon.com se encuentra a la venta el libro Recuerdos de Juventud: Trinidad/Casilda. El producto de su venta se destinará íntegramente por su autor (el Editor de PENSAMIENTO Digital que suscribe el presente Llamamiento) a la cobertura de los gastos de publicación y mantenimiento en la Red (es decir, en Internet) de Pensamiento Publicación Literaria e Histórica.

Bienvenidos a Pensamiento

Torreón de la Chorrera

Construido mayo 1646
Pintura de René León, 1989 

LOS PRIMEROS ESPAÑOLES QUE VIVIERON EN YUCATAN: JERONIMO DE AGUILAR Y GONZALO GUERRERO

René León

Muchos que han leído la historia de México desde los tiempos de la Conquista, piensan que los primeros españoles que llegaron a sus costas, fueron aquellos enviados por el gobernador Diego Velázquez en la primera expedición de Francisco Hernández de Córdoba, y meses después la expedición de Juan de Grijalba. En 1519 llegaría la expedición de Hernán Cortés, que sería el que daría comienzo a la conquista.
  Mucho antes de estos acontecímientos, otros españoles llegarían a territorio de México. El destino los llevarla a sus costas. Todo daría comienzo el 13 de marzo de 1512 en Santa María la Antigua del Darién. Vasco Núñez de Balboa, necesita enviar a uno de sus capitanes de confianza en busca de ayuda a La Española, a notificar sus planes de la expedición para descubrir un nuevo mar. El fantasma del hambre se iba cerniendo en la pequeña población del Darién, los alimentos escaseaban, al mismo tiempo enviaba el quinto del oro del rey, y le informaba la existencia del otro océano. Pedía quinientos hombres para poder combatir contra los indios, él sabía que no iba a ser fácil el cruzar el territorio. Juan de Valdivia sería el capitán enviado, con él iban dos mujeres, un fraile franciscano llamado Jerónimo de Aguilar, diecisiete hombres, más la tripulación. Según las informaciones que se pudieron obtener al pasar los años, a más de cien millas de Urabá, en un lugar conocido por "las Víboras", la carabela naufragaría frente a unos arrecifes. Los supervivientes se amontonarain en un bote y después de trece días llegarían a las costas de Yucatán, donde enseguida fueron hechos prisioneros por los indios. En el naufragio se había perdido el tesoro más importante enviado a España.
Cuando Cortés llega a la costa de Yucatán, tiene informaciones sobre unos "castellanos" prisioneros de los caciques. Un día se aproximaría a sus naves, una canoa con cuatro indios, dirigiéndose hacia la playa. Uno de los hombres de Cortés, Andrés Tapia, con varios de los hombres se dirige a ellos, al llegar a la playa, ve venir hacia él, un hombre con pelo largo y vestido a la usanza de los naturales, y le dice en correcta lengua castellana: ''Señores, sois cristianos?". Tapia se pone a hablar con él, sin creer en el primer momento que aquel hombre fuera español. Aguilar le contaría:"Señor, yo me llamó Jerónimo de Aguilar, y soy de Ecija, y perdimé desta manera: Que estando en la guerra del Darién, y en las pasiones y desventuras de Diego Nicuesa y Vasco Núñez de Balboa, acompañé a Valdivia, que vino en una pequeña carabela a La Española, a dar cuenta de lo que allí pasaba al Almirante y Gobernador, y por gente y vitualla, y a traer veinte mil ducados al Rey, el año de 1512; y ya que llegamos a Jamaica se perdió la carabela en los bajos que llaman de "las víboras" y con dificultad entramos en un batel hasta veinte hombres, sin vela, sin agua, sin pan, y con ruin aparejo de remos: y así anduvimos trece o catorce días, y al cabo echónos la corriente; que allí es muy grande y recia, y siempre vas tras del sol a esta tierra, a una provincia que se llama Maia. en el camino murieron siete de hambre, y aun creó que ocho. A Valdivia y otros cuatro sacrificó a sus ídolos un malvado cacique...y después se los comió...y quiso Dios que echamos a huir por unos montes, y quiso Dios que tropezamos con otro cacique que era enemigo de aquel ...el cual nos amparó...".
  El sigue contando su historia como vino a ser un eunuco del cacique Taxmar. El otro español era de Palos de la Frontera y se llamaba Gonzalo Guerrero; se había casado con y  la hija del cacique de Chetenal, y tenía cinco hijos con ella, pelearía contra los españoles defendiendo a los indios, porque no quiso volver con Aguilar al lado de Cortés. Fue agradecido con aquellos que lo salvaron y estaba unido a lazos familiares por la esposa e hijos. Esa fue la historia de los dos únicos supervivientes de Valdivia y serían los primeros españoles que se establecieron en Yucatán.

Años más tardes Jerónimo de Aguilar serviría de interprete a Hernán Cortéz en la conquista de México por saber la lengua de los mayas, y junto con Malinche o Doña Marina nombre cristiano que hablaba maya y náhuatl que ayudaron a Cortez en la conquista de México. 

Washington Irving,visto por René León: Un estudio biobliográfico


Desde su afiliación a la historiografía positivista  -en donde, salvando las diferencias individuales de enfoque, se encuentra en la buena compañía, entre otros, de Ramiro Guerra, Edilberto Marbán, Herminio Portell Vilá y Néstor Carbonell Rivero­, el Profesor y Académico de la Historia de Cuba Dr. René León se apoya para este estudio sobre Washington Irving en una investigación documental selectiva y en una exposición fáctica apegada al modelo metodológico preconizado por Leopold von Ranke -el fundador de la historiografía contemporánea-.
Como primicia de su publicación, tengo sobre la mesa de trabajo el personalísimo y bien documentado análisis hecho por el Prof. René León de la vida andariega y el tesón investigador de leyendas y mitos exóticos tanto en tierras propias como en lejanas y extrañas, de quien fue incisivo analista y perceptor intuitivo de los estados de ánimo y motivaciones que movieron a los personajes de épocas pretéritas a fin de actuar como lo hicieron y no de otra manera.
Lo que Stefan Zweig hizo más tarde, en el siglo XX, con el cuidadoso retrato psicológico de los personajes y las sociedades que trasladó a sus obras, mitad reconstrucción histórica de las circunstancias circundantes y mitad introspección en la conducta de sus protagonistas, a su vez unos reales y otros imaginarios (de los que no hay prueba de que existieran pero que muy bien pudieron existir), lo hizo en el siglo XIX Washington lrving, al combinar   el   rigor   en   la   exposición   de   hechos previamente investigados y contrastados con un estilo narrativo diseñado para mantener al lector cautivo.
Un aspecto particularmente llamativo del estudio del Prof. León es que señala, con gran lucidez y agudeza analítica , los aportes    originales hechos    por     Irving     al     maridaje     de la narrativa histórica y la narrativa de ficción en la joven Unión norteamericana: nos indica que es el "primer escritor estadounidense que alcanzó renombre internacional.. .fue el creador del estilo coloquial que después fue utilizado por otros escritores estadounidenses con tanto éxito. Cada día su técnica de descripción, y uso de las costumbres, se van superando. Ya no es sólo un novelista, es también un historiador , que mezcla costumbres e historia a la vez". ¿No resulta entonces inevitable encontrar en la obra y el estilo de Irving las bases para los libros mitad crónicas de la vida real y mitad fabulaciones salidos del magín de Sarnuel Longhorne Clernens (Mark Twain) durante el último tercio del siglo XIX?
Ya en el título de su ensayo en forma de opúsculo, León califica a Irving corno historiador romántico, acertada categorización que no es advertida por todos los estudiosos del autor de los Cuentos de la Alharnbra, y que es singularmente justa porque Irving en verdad realizaba interpretaciones subjetivas del pasado, viendo los acontecimientos de épocas remotas a través de los ojos con que él imaginaba los veían quienes habían sido sus protagonistas, sacando las conclusiones morales propias no de las épocas pretéritas sino concordantes con los cánones éticos coetáneos, dándole una continuidad subyacente al progreso de la humanidad, al menos en Norteamérica y en Europa Occidental, donde se hallaban los depósitos de la cultura de su tiempo.
La añadidura de marcos naturales llenos  de pintorequismo subyuga la atención de los lectores, y la exposición de las impresiones y juicios que Irving entiende, por razonamiento inductivo, que existieron en la mente de Cristóbal Colón, por ejemplo durante sus viajes de Descubrimiento y Colonización, aporta un intento de comprensión por el estudioso neoyorkino de los patrones de conducta del Almirante de la Mar Oceana y por qué los derroteros de su periplo fueron los que fueron.
Es paradigmática, en la apreciación de la coincidencia de gustos    de    los    paisajistas,    viajeros    y cronistas     de    la época, comprobar,  tal  como  apunta  León  citando  a Blasina Campuzano, la "predilección por el folklore, las leyendas y tradiciones que subyacen en la cultura popular", que compartían Cecilia Bóhl de Faber y Washington Irving.
El Prof. León rescata la figura de Washington Irving del arcón de los creadores pioneros en la configuración en la Literatura del rostro nacional de los EE.UU., y realza el papel fundador que José Martí le había atribuido en su crónica de 1 de mayo de 1883 en el periódico porteño LA NACIÓN.
El citado Académico pondera la precedencia absoluta de la obra de este escritor en la Historia de la Literatura norteamericana en los campos del humorismo, la narrativa corta, y el relato histórico y biográfico para su lectura como esparcimiento además de como objeto de conocimiento.

Del renombre internacional alcanzado ya en vida por Washington Irving da cumplida cuenta el Prof. León. Al banquete­ homenaje del que este historiador habla en la página 14 de su monografía asistió, entre los mentados trescientos comensales, el estadista sudamericano Francisco de Paula Santander, entonces recién proclamado Presidente de Nueva Granada (Colombia), quien dejó la siguiente constancia del acontecimiento en su Diario, transcrito, anotado y comentado por Rafael Martínez Briceño y publicado por el Banco de la República de Colombia en 1963.
[Todos los días corresponden a mayo de 1832]: 23, miércoles: Fui a visitar las prisiones nuevas de Long lsland pertenecientes a la ciudad, el hospicio que contiene mil setecientas personas enfermas; de ambos sexos, la sala de partos de mujeres pobres, la escuela de muchachas pobres, el asilo de locos, etc. Todo me ha parecido excelente. Conocí hoy al célebre escritor americano Washington Irving. 30-Miércoles: Asistí al convite público dado al célebre escritor Washington Irving.
También Charlotte A. Pearce -en su estudio sobre  Longfellow e Hispanoamérica, obrante en el tomo XXXIX, núm. 1 (1974), del Thesaurus de la Biblioteca Houghton y de Longfellow House- recuerda la contribución e influencia de Irving respecto de la obra de otros escritores contemporáneos, al comentar que "William Prescott escribió dos historias de países hispanoamericanos,  y compartía su entusiasmo  para el  proyecto con su amigo Longfellow. El interés de éste en el trabajo de aquél aumentó cuando Washington Irving, el dechado literario de Longfellow, le entregó a Prescott la materia acumulada en sus investigaciones sobre los países hispanoamericanos".
Merece reconocimiento este nuevo logro del Prof. León al poner de relieve en la palestra histórica los aspectos biográficos y literarios generalmente menos recordados de la figura de Washington Irving, un escritor multifacético e iniciador de géneros y estilos hasta entonces no cultivados en la Literatura tanto de temas de ficción como de la realidad, en la Unión federal norteamericana.

©Roberto Soto Santana, de la Academia de la Historia de Cuba




De la vida real: El amo que no volvió: “ Fido”



René  León

  Unas semanas atrás en las noticias de por la noche en la Televisión pasaron una información, donde se veía un perro que todos los días en la mañana corría detrás del bus del colegio que llevaba los niños de la casa a la escuela, y cuando ellos se bajaban, él se quedaba afuera de la escuela, en espera de que terminaran las clases y regresaba en la misma forma hasta llegar a la casa con ellos, saltando de alegría sobre el más pequeño. Un perro fiel que no se separaba, en este caso de su pequeño amo.
  En un mundo como el de hoy donde se ve tanta maldad, crueldad y falta de humanismo. Los ataque de los terroristas matando tantas inocentes personas. Al ver lo del perro, nos ponemos a pensar si todo no se ha perdido en la vida.
  La historia que le voy a contar es de la vida real. Es sobre el gran amigo de los humanos. Pasó allá por los años de 1940 en la Segunda Guerra Mundial. El nombre de este héroe, quizás ha sido olvidado por muchos, o por los vecinos jóvenes del lugar y a decir verdad ya han pasado bastantes años. Quizás que alguna persona mayor lo recordará, su nombre FIDO, que en italiano quiere decir “lealtad”.
  Mi padre había regresado de uno de sus viajes por Europa, y nos contó la historia de FIDO. Estaba en Roma y quería conocer un poco más de Italia, pero en especial del pueblo italiano, los trabajadores, campesinos, y con un gran amigo griego que había vivido en Cuba y se encontraba en ese momento en la ciudad y hablaba italiano, salieron de viaje en automóvil. El país se estaba reconstruyendo de los estragos de la guerra y su economía iba mejorando día a día.
  En su viaje por el interior del país llegaron a la población de Borgo San Lorenzo. Allí su amigo le tradujo la historia que se comentaba por todos en la población a cerca de un perro que había sido honrado con una medalla de oro, por su lealtad al amo muerto, una espera de trece años. Al mismo tiempo que se había levantado un sencillo monumento en cerámica de la figura de FIDO en la plaza de San Lorenzo.
  La historia es como sigue: Un hombre tenía un perro pequeño, y no sabía cómo deshacerse de él. Lo cogió y lo llevó al río, y lo lanzó al agua para que se ahogara. Cerca de allí, un hombre al ver que el perro era lanzado al río y oír sus aullidos, se arrojó al agua y lo salvó. El pequeño perro comenzó a lamerle las manos y besarle la cara a su salvador. Nunca más se separaría de él. El nombre de aquel simple hombre era Carlo Soriani, y vivía en el poblado de Lico de Mugello, pero trabajaba en una fábrica en Borgo San Lorenzo. Desde aquel día el perro sería llamado FIDO, en italiano es “lealtad”.
  Todas las mañanas Soriani se iba al centro del poblado para coger el ómnibus que lo llevaba para la fábrica donde él trabajaba. “Fido” salía tras de él, moviendo alegremente su rabo. Partía el ómnibus, y “Fido” se quedaba mirando el último adiós de su amo que se asomaba por la ventanilla. Y allí se quedaba sin importarle lo que pasaba a su lado. Se acurrucaba o debajo de un auto viejo, o en la sombra de una casa. Si llovía se quedaba indiferente al tiempo, en espera de su amo. Cuando en la noche regresaba el ómnibus, “Fido” sabía que venía su amo, empezaba a saltar de alegría. Al lado de Soriani regresaba a la casa, recibiendo palmadas de cariño. Y así, día tras día, “Fido” pasaba la vida. Cuando se quedaba esperando por su amo, al principio los niños lo molestaban, pero al saber su historia, lo dejaban tranquilo.
  Vino la guerra, Soriani seguía tomando el ómnibus para ir a trabajar a San Lorenzo, pero los bombardeos de los aviones aliados, cada día se acercaban más. Las bombas cayeron en la fábrica y Soriani con un grupo de sus compañeros, quedaron sepultados en los escombros. “Fido” aquel día siguió esperando por su amo. El ómnibus regreso y su amo esa noche no regreso. Volvió sólo  a la casa, había muchas personas en la humilde vivienda, pero su amo no estaba allí. Al siguiente día, al ver que Soriani, no salía, se fue sólo a la parada del ómnibus, y estaría allí hasta por la noche. Día tras día se repetía como un ritual, el viaje de “Fido” al pueblo y su regreso en la noche. La guerra había terminado.
  La vida para todos cambió, menos para “Fido” que seguía en su misma rutina. Ya los años iban pasando sobre él. Los vecinos y los niños le daban agua, un pedazo de pan, un poco de leche, los más pudientes un pedazo de carne. Llegaban los ómnibus y “Fido”, se levantaba de su lugar de descanso y se paraba frente a la puerta a ver si Soriani volvía. Se hablaba de aquel perro que no olvidaba a su amo, después de trece años. Todos los vecinos se convirtieron en su protector; nadie podía hacerle nada, muchos trataron de llevárselo a sus casas, pero siempre él volvía, Había venido al mundo para un solo dueño.
  En Borgo San Lorenzo nació la idea de honrarlo como un héroe, por su lealtad al amo ausente. Por suscripción popular se compró una medalla que el alcalde y los miembros de la municipalidad le pusieron en el cuello, en presencia de la esposa de Carlos Doriani. Se levantaría un pequeño monumento de cerámica, que un artista del pueblo donó. En la Plaza de Borgo San Lorenzo, se encontraba cuando mi padre la vio.
  Pero a “Fido” no le importaban los honores, él hubiera querido ver bajar del ómnibus de por la noche la figura de Carlos Soriani, y que le acariciara y besara su cabeza y le diera palmadas y caminar de regreso por aquel camino trillado a su vivienda.
  Mi padre fue a Luco Di Mugello, y tomó varias fotografías donde se veía ya viejo a “Fido” acostado debajo de un viejo ómnibus. Su cabeza baja y soñolienta, ojeras negras. Ya se le veían las marcas de los huesos. Un vecino le dijo al amigo de mi padre que la idea de los vecinos que cuando “Fido” se muriera era enterrarlo cerca de la fosa donde estaban los restos de Carlos Soriani.
  “Fido” fue noticia en aquellos años, creo en 1957 o 1958. Su nombre apareció en periódicos y revistas y hasta en las noticias del cine en Italia, por su fidelidad al amo que nunca retornó.




El ciudadano en la hora 25

Por: Pedro Corzo 

Constantin Virgil Gheorghiu, de un modo desgarrador y angustiante expone en sus libros, en particular en la Hora 25, que la no defensa de los derechos y acatar que los poderosos irrespeten la soberanía personal, conduce al individuo a una condición de absoluta dependencia y sumisión.

La indefensión del ciudadano ante el estado en muchas ocasiones es consecuencia de su falta de responsabilidad. Cuando un individuo muta a masa por una natural disposición a acatar ciegamente la ley del menor esfuerzo y bajo la influencia de un caudillo, facilita la corrosión de los cimientos morales de la sociedad, lo que culmina con la destrucción de la dignidad humana.

En lo que respecta la defensa de la libertad y la dignidad no debe haber espacio para las concesiones. Cuando un autócrata dispone sus recursos para anular injustamente a un individuo, la solidaridad debería ser una acción obligatoria. No es buen ciudadano el que calla ante la arbitrariedad y la injusticia, amén de que es una indiferencia que se paga caro  porque  el déspota, mientras más poderoso, requiere mayor control, del que no escapan ni sus servidores más fieles. 

El ciudadano tiene compromisos ineludibles en la comunidad que vive. Sin embargo, la sociedad moderna, en buena medida dirigida por tecnócratas, ha filtrado en casi todo conceptos utilitaristas donde lo importante son los resultados y no las vilezas en que se puede incurrir para obtenerlos.

La moral, los valores que han caracterizado la sociedad occidental y que se resumen con el calificativo ética cristiana,  se han convertido en un lastre porque muchas de las personas que se han conducido dentro de esos cánones,  tienden a justificar a quienes los han violado.

No se pueden explicar los actos de los victimarios. Ni que la sociedad sea laxa ante conductas que la lesionan. La responsabilidad no se debe diluir en una complicidad generalizada que conduce a que la víctima sea considerada provocadora de su victimario, que las acciones de éstos son motivadas por una educación insuficiente, hogares en conflicto o  que un volcán en erupción en las antípodas le indujo a cometer delito.

Siempre hay tiempo y espacio para errores y equivocaciones,  también para rectificar, cuando las acciones han causado perjuicios la responsabilidad ante los mismos deben ser ineludibles, la deuda contraída debe ser saldada, no obstante, en la actualidad es más fácil ir a la bancarrota moral que asumir una y todas las responsabilidades  con los acreedores.

La sociedad amenazada por el despotismo tiende a escindirse. Se gestan dos sectores minoritarios que pugnan entre si, en el marco de una mayoría inapetente que a la postre es engullida  por el caciquismo. Los más contemplan con una mezcla de miedo, indiferencia y satisfacción cómo ambas facciones, básicamente integrada por jóvenes,  se enfrentan y como la muerte,  cárcel, o el destierro o la no menos angustiante conversión a No Persona, aniquila a una de las vertientes.

Los perdedores terminan en prisión o dejan el país. Otros encuentran la muerte y de los que sobreviven,  pocos soportan con estoicismo los tormentos de una sociedad que les ofrece privilegios a cambio de una sumisión cómplice.

De la mayoría sin compromiso un sector parte al extranjero, y a expensas de no participar en el drama de su nación y a costa de muchos sacrificios y esfuerzos personales reconstruyen sus vidas, llegando a ser respetables y productivos ciudadanos de su comunidad, condición que no impide que algunos retomen su raíz y restablezcan los interrumpidos vínculos con la tierra nativa que sigue ocupada por el caudillo que lo llevó al ostracismo.  

Por supuesto que de ese grupo mayoritario los más restan en la patria en disputa. Muchos han envejecido con penas y ninguna gloria; integrando anónimamente y debido a lo compulsivo del sistema, la maquinaria destructora del autoritarismo.

Un sector minoritario de la mayoría que se sumó a los triunfadores y a pesar de no poseer las convicciones del núcleo original fueron capaces de desplegar energías suficiente para trepar por la estructura del poder,  al extremo que creyentes y conversos, ya confundidos por la comunidad de crímenes de sangre y de conciencia cometidos, son capaces de depredar su entorno en aras de una supuesta sociedad más justa, o en beneficio de sus miedos o intereses más bastardos,  y que conste, la diferencia de motivos no debería eximir de la responsabilidad por las acciones.

La Escuela Primaria Superior Domingo F. Sarmiento


                                                                                                                                  por Zilia L. Laje

     Sobre la Escuela Primaria Superior 16 Domingo F. Sarmiento en Enamorados #215 entre Flores y Serrano, en Santos Suárez. Funcionaba en la sesión de la tarde, de 1 a 6. La dirección ocupaba la primera pieza, que habría sido la sala de la edificación y tenía dos ventanas grandes al portal. La directora era la Dra. Clara Luz Sifontes. Había cuatro aulas, dos de 7mo grado, una de 8vo grado académico y una de 8vo comercial, ninguna tenía ventanas y el calor era, en mayo, junio y septiembre, asfixiante.
     El primer día de clases fuimos objeto de novatadas, imitando a los institutos de Segunda Enseñanza. Todavía no teníamos los uniformes
- - - - - - -
1.72, ella rectificó la anotación en el libro y me emitió un certificado rectificado. Había sacado el primer lugar del curso después de todo.
      Son observaciones curiosas que los maestros de matemáticas y rudimentos de comercio eran hombres, las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía y economía doméstica eran blancas, la maestra de física era mulata "guayabuda", la maestra de inglés era rubia de ojos azules, las maestras de música y dibujo eran mulatas y la profesora de educación física era negra. 

.oOOOo.

Andrés, el de Carteles, cumple cien años


Las portadas que realizó Andrés García Benítez para la revista Carteles son un documento epocal de inestimable valor, el testimonio de un hombre enamorado de su país y, más específicamente, de la capital, donde se dieran cita todos los matices de la realidad social cubana entre 1936 y 1961. Por ello, para conmemorar el primer centenario de su natalicio, el Centro de Arte de Holguín ha organizado una muestra de su producción artística y su historia personal, que será inaugurada el martes 12 de julio.

 «Aquella labor suya le convertiría con el paso de los años en el artífice del segundo gran momento de la gráfica costumbrista cubana de todos los tiempos, precedido solamente por la obra de Víctor Patricio Landaluce en el siglo XIX».
En 1932 Alfredo T. Quílez, director de la popular revista Carteles, le encargó a un jovencísimo y desconocido pintor del interior del país el diseño de una de las portadas del semanario. Las motivaciones de este encargo se desconocen, así como la forma en que Quílez entró en contacto con Andrés García Benítez, el artista adolescente de la oriental ciudad de Holguín. La historia no guardó los datos pero este hecho, curioso y sorprendente si tomamos en cuenta que Andrés contaba en aquellos momentos con apenas 16 años de edad, no había realizado estudio académico alguno, y era un perfecto desconocido en los medios artísticos habaneros. Sería aquel el inicio de la extensa carrera profesional de este artista dotado de un talento original y diverso.
Las portadas y demás trabajos que realizó para esta prestigiosa publicación fueron las mejores cartas de presentación de Andrés en el contexto artístico habanero de los años 30. Por eso, cuando alguien se refería a su labor, y quería añadir precisión sobre el personaje, bastaba con añadir: Andrés, el de Carteles, y todo quedaba explicado. Lejos estaba él de imaginar —cuando comenzó su trabajo profesional como diseñador oficial de la revista, en agosto de 1936— que aquella labor suya le convertiría con el paso de los años en el artífice del segundo gran momento de la gráfica costumbrista cubana de todos los tiempos, precedido, solamente, por la obra de Víctor Patricio Landaluce en el siglo XIX. Las portadas que realizó para Carteles son un extraordinario monumento a la cubanidad, un documento epocal de inestimable valor; el testimonio de un hombre enamorado de su país y, más específicamente, de la capital, donde se dieran cita todos los matices de la realidad social cubana entre 1936 y 1961. La calidad de estas verdaderas estampas nacionales, su maestría formal, su originalidad, su gracia irrepetible, le ganaron a Andrés la admiración y el cariño de sus contemporáneos, y son, hoy por hoy, el segmento más conocido y gustado de su producción. Ellas solas bastarían para justificar su permanencia en la historia del arte cubano del siglo XX.
Sin embargo, reducir su labor artística al trabajo para la revista Carteles significaría dejar fuera de análisis otras áreas de su desempeño profesional en las cuáles dejó, también, una huella perdurable. A partir de junio de 1942, cuando realiza la escenografía para la pieza teatral La comedia de la felicidad de Evreinoff, que le solicitara el director del Grupo del Patronato de Teatro, Luis Martínez Allende, Andrés se convierte, según feliz expresión del periodista Arturo Ramírez, en un «hombre de teatro». Tan importante fue esta labor en el contexto de las artes escénicas de la época y tan gratificante y absorbente para él, que llegó a conspirar contra el resto de su producción artística, incluyendo su labor para Carteles
Desde niño, fue un enamorado del arte escénico. Lo heredó de su padre, don Saturnino García Zaballa, gran aficionado al teatro, la ópera y la zarzuela. Para el teatro, realizó Andrés memorables diseños de vestuario y escenografía, muchos de los cuales fueron distinguidos con los más importantes premios de este sector en la época. Baste recordar su trabajo para piezas como Doña Rosita la soltera y La zapatera prodigiosa, ambas de Federico García Lorca, Electra Garrigó, de Virgilio Piñera, y Romeo y Julieta, de Shakespeare. En el campo de la danza y el ballet es preciso recordar su colaboración con el maestro Ramiro Guerra en sus piezas Habana 1830El milagro de Anaquillé y Liborio y la esperanza, así como su breve pero brillante etapa de trabajo con el Ballet Alicia Alonso, iniciada en 1948.
Con parejo éxito trabajó para el mundo del espectáculo y el cabaret. Aún se recuerdan sus deslumbrantes producciones para Tropicana, el Parisién y el Capri, así como sus especiales diseños de vestuario para figuras del mundo de la música y la declamación, entre ellas Esther Borja, Elena Burke, Merceditas Valdés y el maestro Luis Carbonell, cuya caracterización como Acuarelista de la poesía antillana, la concibió Andrés en 1956.
Resultaría excesivamente extenso reseñar otras áreas de la creación artística donde es posible rastrear la huella de Andrés, como es el caso de la propaganda comercial, la caricatura y el humorismo en general, el diseño de carrozas para el carnaval, la organización de exclusivos bailes de disfraces para la burguesía habanera de la época, sus cursos sobre la historia del traje, la ilustración de modas para revistas especializadas e incluso, el periodismo de corte autobiográfico y costumbrista como el que realizara durante sus años de residencia en San Juan (Puerto Rico), a partir de 1967. 
Para conmemorar, como Andrés lo merece, el primer centenario de su natalicio, el Centro de Arte de Holguín ha organizado una muestra pequeña, pero abarcadora, de su producción artística y su historia personal, integrada fundamentalmente por los fondos que atesora el Museo Provincial La Periquera —obras y documentos procedentes del entorno familiar del artista—, así como diversos exponentes pertenecientes a colecciones particulares entre los que se cuentan los del pintor y crítico de arte cubano-portorriqueño Antonio J. Molina, amigo e investigador de la obra de Andrés en San Juan, que se exhiben por vez primera en Cuba. Ante la variedad y riqueza de las obras expuestas resulta casi inevitable imaginar a Andrés como una incansable máquina de crear, como un artista poseedor de un talento poderoso e inagotable, que a un siglo de su nacimiento nos sigue deleitando, asombrando y, sobre todo, seduciendo.


Martín Garrido Gómez
Historiador y crítico de arte
Director del Centro Provincial de Arte de Holguín

   
Sobre estas líneas, de izquierda a derecha: portada de la revista Carteles (año 36, No. 30, La Habana, 1955) y de la revista Crónica (año 1, No. 1, La Habana, 1949), ambas de Andrés García Benítez. Imagen izquierda: el ilustrador, dibujante y pintor Andrés García Benítez en la década de 1930.

Vueltas a la ceiba:Pasado y futuro de una tradición

Detalles
Escrito por Claudia E. G. Posada 
Publicado el 21 Noviembre 2016 Visitas: 41
Aquí se introduce la noción de habaneridad para estudiar la conmemoración de la fundación de la villa de San Cristóbal de La Habana como un constructo político-cultural que se originó en el siglo XVIII.
«La columna de Cagigal y El Templete son exponentes de ese orgullo identitario que definimos como habaneridad, el cual comenzó por invocar el origen de la ciudad, reinventándolo en tiempo y lugar».
A diferencia de las demás primeras villas cubanas, La Habana logró legitimar simbólicamente su acto fundacional desde mediados del siglo XVIII, gracias a un conjunto patrimonial histórico-artístico (monumental, estatuario, pictórico y epigráfico) que reconoce la primera misa y cabildocelebrada al pie de una ceiba en 1519. Componen ese complejo patrimonial: la Columna de Cagigal (1754) y El Templete (1828), ambos evocadores de aquel árbol primigenio, cuyas réplicas han protagonizado la festividad que se inicia cada noche en vísperas del 16 de noviembre. A lo largo de dicha jornada, una procesión de habaneros consuma el rito de rodear en silencio el tronco de esa ceiba pentandra. Según la tradición, al palpar su corteza con las manos, dicho gesto ayuda a que se concedan las peticiones hechas durante ese acto ritual. El elemento de la naturaleza funcionaría, entonces, como una suerte de intermediario entre los mundos material y espiritual. 
Aunque parece un tema trillado, que se retoma una y otra vez en ocasiones celebrativas, esta tradición habanera plantea aspectos muy interesantes desde el punto de vista histórico, sociológico y antropológico. Aquí exponemos una línea de investigación para estudiar dicha tradición y el conjunto patrimonial asociado, considerándolos en unidad simbiótica como el complejo simbólico por antonomasia de la habaneridad. Para ello proponemos atenernos al concepto de «tradición inventada» propuesto por Eric Hobsbawm, entendido como el «conjunto de prácticas regidas normalmente por reglas manifiestas o aceptadas tácitamente y de naturaleza ritual o simbólica, que buscan inculcar ciertos valores y normas de comportamiento por medio de la repetición, lo que implica de manera automática una continuidad con el pasado. De hecho, cuando es posible, estas prácticas intentan normalmente establecer una continuidad con un pasado histórico conveniente»1.
La pertinencia de este estudio se inscribe en las acciones orientadas a la conmemoración del V Centenario de la fundación de la villa de San Cristóbal de La Habana. De hecho, sobre la base del concepto de «tradición inventada», consideramos totalmente acertada la decisión de postergar esa celebración hasta 2019, dando continuidad a la práctica ya instaurada de conmemorar la (re)fundación de la villa en la costa norte en 1519, a la que fue trasladada desde un «primitivo asiento», donde «fundose» en 1514 o 1515.2 Sabemos de estos años fundacionales por la inscripción de la Columna de Cagigal, erigida en el mismo lugar donde se conservaba aquel supuesto árbol primigenio. Envejecida, sin follaje, esa presunta ceiba fue reproducida a relieve en la cara del lado Este de dicha pilastra.
Los historiadores no han encontrado ninguna mención sobre el acto fundacional de villa de San Cristóbal de La Habana que anteceda a la Columna de Cagigal. No existe referencia documental sobre aquella primera misa y cabildo en las actas capitulares, las cuales solo se conservan a partir de 1550.3 Por tanto, esa pilastra con la ceiba en relieve arroja la única clave temporal y espacial para ubicar un sitio fundacional de la villa habanera. Incluso, aunque la sobrevivencia de ese árbol hasta el siglo XVIII sea una ficción histórica, un hecho incierto, ocurre que la Columna de Cagigal lo convirtió en algo verdadero, arraigándolo como señal de identidad.
Por eso entendemos como un acto legítimo, sólidamente respaldado, el seguir teniendo como referente a 1519 como el año fundacional de la villa de San Cristóbal de La Habana, aun cuando haya sido un acto de «refundación» por los vecinos que la habitaron en la costa sur. La razón incuestionable de mantener ese referente cronológico estriba en que se establece «continuidad con un pasado histórico conveniente», que en este caso es el pasado de la propia tradición celebrativa, la cual fue «inventada» en 1754, como demuestra tangiblemente la Columna de Cagigal con sus inscripciones y el relieve de la presunta ceiba primitiva. Retomando esa tradición y amplificándola, fue inaugurado El Templete en 1828, con los cuadros alegóricos en su interior: La primera misa y El primer cabildo, obras que Vermay pintó por encargo del obispo Espada.

Habaneridad: Patria y patrimonio
Nuestra introducción de la noción de habaneridad responde a una epistemología del patrimonio histórico cultural que asume como objeto de estudio a la «patria local» o «patria urbana», considerando que el patriotismo habanero precedió al patriotismo insular cubano.4 En las antiguas colonias españolas, la noción de patria (de pater, padre) operaba en dos sentidos: uno inmediato, tradicional, de adhesión a la religión católica y al rey (figura paterna), y otro vinculado al entorno de nacimiento (hábitat): desde el clima hasta las costumbres de cobijarse, comer, vestir..., así como el modo de sentir y pensar. Al sentirse y pensarse como dotada de una identidad cultural propia, la élite política habanera necesitó autovalidarse públicamente ante la monarquía española. La columna de Cagigal y El Templete son exponentes de ese orgullo identitario que definimos como habaneridad, el cual comenzó por invocar el origen de la ciudad, reinventándolo en tiempo y lugar.
Por supuesto, esa invención o constructo político- cultural se basaba en una realidad objetiva: las normativas estipuladas para las fundaciones de las ciudades españolas en tierras americanas, específicamente la  celebración de la primera misa y cabildo. Semejante en estructura y composición al concejo de inspiración medieval castellana, en tanto asamblea de concejales, el cabildo era la institución legal que velaba en lo adelante por los problemas judiciales, administrativos, económicos y militares que atañeran al desenvolvimiento de la villa o ciudad. Por ende, junto al simbolismo y ritualidad católicos, el acto fundacional de cada villa representaba un hito de carácter jurídico, pues legitimaba el poder ejecutivo capaz de hacer cumplir las sentencias de acuerdo con las leyes aplicadas en el Imperio español. Ambos componentes de la ceremonia—religioso y jurídico—convergían al escoger para celebrarla un árbol robusto y frondoso, convirtiéndolo en símbolo de la justicia que se impartiría sobre la juridiscción circundante. Esto incluía la ejecución de castigos en público, para lo cual servía de picota esa suerte de «árbol de justicia». 
Al ser resignificado con un sentimiento identitario, ese elemento natural—la ceiba pentandra en nuestro caso era invocado a conveniencia como único testigo de la iniciación religiosa y jurídica de la civis o civitas (ciudadanía o ciudad). Bastaba que sobreviviera un ejemplar longevo en el entorno de la «plaza de armas» o «plaza mayor», por haber sido este espacio público el punto de partida para el trazado urbano de la villa. Ese árbol era derribado y se erigía un rollo o pilastra en su lugar, aunque plantando nuevos ejemplares para repetir ese elemento natural y así garantizar la continuidad con el pasado que daba pie a la tradición. Es lo que se hizo al erigir la Columna de Cagigal y El Templete, respectivamente: derribar la ceiba vieja y sembrar tres nuevas, de las cuales sobrevivió una en ambos casos.
Un aspecto polémico es la precisión de la fecha fundacional y, por extensión, de su inclusión en el calendario anual. Aquí la cuestión radica en que se venera al santo patrono de la ciudad, la cual —se supone— lleva el nombre de San Cristóbal por haber sido fundada un 25 de julio. Sobre la petición de iniciar tal festividad ese día del santoral, hay constancia en varias actas capitulares correspondientes a 1625, así como sobre la creación de una hermandad con tal propósito en 1631, la cual se encargaría de organizar la procesión con la figura del santo en andas y demás requisitos que se sumaban al oficio de misa en la Parroquial Mayor.5Asimismo, esos documentos consignan que hacia la tercera década del siglo XVIII esa celebración se había pasado para el 16 de noviembre, y así quedó registrada por José Martín Félix de Arrate en el índice de festividades anuales que aparece en su Llave del Nuevo Mundo.
Teniendo en cuenta que este autor fue regidor perpetuo del Ayuntamiento (antiguo cabildo) y alcalde ordinario desde 1752, resulta evidente una relación intrínseca entre ese libro suyo, reconocido como la primera historia de La Habana, y la Columna de Cagigal, a la cual hace referencia dicho texto y que fue colocada en noviembre de 1754, de acuerdo con la inscripción en latín sobre la lápida colocada en su lado sur. Apoya nuestra tesis de la habaneridad como constructo histórico-político el que Arrate no ofrezca explicación alguna de por qué el 16 de ese mes para rendir culto a San Cristóbal, salvo que esa fecha fue escogida para que «no se embarace la festividad con la de Santiago patrón de España y de la Isla». Esta ambigüedad historiográfica es mayor en lo que respecta a cuándo y cómo se estableció la conexión ritual entre la fiesta santoral y el protagonismo de la ceiba, máxime cuando esta siempre fue derribada para dar prioridad a la iniciativa monumental.
En este punto, resulta de gran importancia replantearse el tema de la erección de El Templete bajo el auspicio del obispo Espada. Motivo de variadas interpretaciones, ese monumento neoclásico contiene claves aún por descifrar para esclarecer su significación simbólica, un tema que fascinó tanto a Fernando Ortiz como Emilio Roig de Leuchsenring, quienes alguna vez acariciaron escribir un libro conjunto sobre el tema.6 Tal vez sea el momento de intentar aunar ambas perspectivas —las del antropólogo y el historiador—, así como la del sociológo, para resolver la ecuación de balance entre religiosidad y civismo que mueve a los habaneros de hoy a rodear la ceiba, cada 16 de noviembre.

Argel Calcines,
Editor general de la Revista Opus Habana


1. Eric Hobsbawm y Terence Ranger: La invenció n de la tradición. Barcelona, Crí tica, 2002, p.1.
2. Eusebio Leal Spengler: «Y no perezca en lo porvenir la fe habanera», en este mismo número de Opus Habana, pp. 4-8.
3. Argel Calcines, Ana Lourdes Insua y Anixa Quesada: «Actas Capitulares», en Opus Habana, Vol. VI, 2002.
4. Sobre la noción de «patria urbana», ver el ensayo de Julio Le Riverend: «Arrate, la mirada inteligente al pasado», en José Martín Félix de Arrate: Llave del Nuevo Mundo. Biblioteca de Clásicos Cubanos, Imagen Contemporánea, La Habana, 2005.
5. Actas del 14 de junio de 1625 y del 12 de junio de 1631 (libros 8 y 9 de los trasuntados, folios 132v y 96v-98). Agradezco estas referencias a Ana Lourdes Insua.
6. Félix Julio Alfonso López: La Ceiba y el Templete. Historia de una polémica. Extramuros, La Habana, n o. 28, 2009.

 (Tomado de Revista Opus Habana, Vol. XVI, No. 1, jun 2014-dic, 2014)