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lunes, 1 de mayo de 2017
Aclaración Histórica
El Almirante Cervera no
dirigió los fusilamientos de los Expedicionaros
del barco “Virginius”, en noviembre de 1873.
En el conocido libro de Emilio Bacardí Moreau, Crónicas de Santiago de Cuba, tomo V, segunda edición, reeditada por
Amalia Bacardí Cape, impreso en España por Breogán, I.G., S.A., Torrejón de
Ardoz, (Madrid), impreso en España, edición 1923 y 1974.
En las páginas 354 al 357, se habla
de la orden del Consejo de Guerra el día 7 d noviembre donde se condena a ser
fusilados treinta y sietes individuos, quedando el resto de los prisioneros en
prisión.
Ahora en la página 357, es donde
Bacardí menciona el nombre del teniente de navío D. Pascual Cervera y
Topete, capitán del cañonero Caribe, y esta misma fuerza fue la que
los ejecutó.
El motivo de esta aclaración
histórica es que: En el momento de los fusilamientos en Santiago de Cuba en
noviembre de 1873, el teniente D. Pascual Cervera y Topete, no se encontraba en
Cuba. Él se hallaba en ese momento en Manila, Filipina.
Cuando empecé a escribir sobre el Caso del “Virginiuss.
Solicite en 1994 al Estado Mayor de la Marina en Madrid, copia del
expediente de Cervera, lo cual me dijeron que no me lo podían enviar. Trate por
otros medios y me fue imposible. Por mucho que busque, no encontraba una
información correcta.
Todos aquellos que han escrito
sobre el Virginius han utilizado la
información de Bacardi, que es falsa. Hace como siete años mande por correo al
familiar de Cervera una carta con esta información, y la dirección resultó
errónea. Ahora voy a tratar otra vez.
Lo que a mí me extraña que la
familia de Cervera nunca leyeron la Historia de Santiago de Cuba, escrita por
Bacardi. Y fue publicada en España.
Ahora ha otro tema, de que Bacardí
no sólo acuso falsamente a Cervera. El otro caso es el siguiente. Bacardí no
menciona en su Historia, la entrada en el puerto de Santiago de Cuba, de la
fragata de USS Wyoming, al mando del
capitán William B. Cushing. Que es quien en realidad se le enfrenta a Burriel y
le dice que detenía los fusilamientos o empezaba a bombardear a Santiago de
Cuba. Bacardi le da esta información a Sir. Lambton Lorraine el oficial inglés
que estaba en el puerto al mando de la fragata Niobe, que había llegado el 13 de noviembre. En su libro Bacardi,
dice con estas palabras sobre Lorraine: “cuya humanitaria conducta en Santiago
de Cuba, detuvo los injustificables asesinatos”. Quien detuvo los fusilamientos
fue el oficial americano. Que por haber tomado esta conducta, el Secretario de
Estado americano, Hamilton Fish, lo mandaría regresar a Estados Unidos, y luego
quitado el mando del Wyoming. Al poco
tiempo fallece Cushing, el verdadero héroe que salvo de ser fusilados a 102
expedicionarios.
Hago esta aclaración por la sencilla razón que todos los historiadores
cubanos usan la información que aparece en el libro de Barcardi sobre la
Historia de Santiago de Cuba, donde se acusa al oficial Don Pascual Cervera de
haber dirigido el fusilamiento de 37 miembros de la expedición del “Virginius”.
Y no fue verdad. Yo mismo la utilice por no tener los documentos apropiados. En
esta investigación conté con la ayuda del ingeniero Joaquín Sueiro y el Dr.
Roberto Soto Santana.
Un comentario del escritor Azorín sobre “El Caballero de la Triste Figura,“Don Quijote de la Mancha”
Miguel de Cervantes
(1547 - 1616)
En el libro
de Azorín “Clásicos y Modernos” pag. 90. Dice Azorín: “El Quijote ni fue estimado ni comprendido por los contemporáneos de
Cervantes. Alguna vez, para poner de relieve este hecho en forma pintoresca y
paradójica, hemos escrito la siguiente frase: el Quijote no lo ha escrito Cervantes;
lo ha escrito la posteridad. Queríamos significar con esto que, no comprendido
por los hombres del siglo XVII el Quijote, sólo a lo largo de las generaciones
ha ido adquiriendo su verdadero y profundo valor el libro de Cervantes,
formándose de ese modo, haciéndose, escribiéndose. De cómo han visto el
Quijote, los coetáneos de Cervantes tendremos idea repasando los juicios
formulados sobre Cervantes y su obra por notables personalidades de aquel
tiempo…..
Agustín de Betancourt y la primera máquina de vapor en Cuba
La llegada de la primera «bomba de fuego» con destino a un ingenio azucarero cubano tuvo lugar en 1796; su instalación fue un suceso único rodeado de un clima de tensa expectación. Y se le vio funcionar el día 11 de enero de 1797 en el ingenio Seybabo.
En una de las salas del antiguo Palacio de los Capitanes Generales —hoy, Museo de la Ciudad— se encuentra el retrato de don Ignacio Pedro Montalvo y Ambulodi (1748-1795), primer conde de Casa Montalvo, realizado por el pintor Juan del Río probablemente hacia 1794 o 1795, pues fue durante este último año que falleció aquella importante figura de la nobleza habanera, uno de los fundadores de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP).
Considerado entre los hacendados más poderosos e influyentes de su época, poseía nada menos que nueve ingenios, 500 esclavos, 5 500 caballerías de tierra (73 700 hectáreas) y 14 000 cabezas de ganado. En los pueblos de Seibabo y de Montalvo, situados al sureste de la capital, entre las poblaciones de San Antonio de las Vegas y San José de las Lajas, se encuentran los terrenos que ocupaban algunos ingenios de su propiedad.
En la cartela colocada en la parte inferior del retrato leemos: «El Señor Don Ignacio Montalvo de Ambulodi Conde de Casa Montalvo, Gentil Hombre de Cámara de Su Majestad con entrada de Brigadier de los Reales Ejércitos. Coronel de Regimiento de Dragones de Matanzas, Caballero en Orden de Santo y primer prior nombrado por el Rey del Real Consulado de esta Isla. Socio numerario de la Real Sociedad Económica».
Pero más atrayente es el hecho de que la figura señala con su mano derecha el plano de una máquina de vapor, bomba o motor de fuego, como también solía denominársele entonces. Se trata —sin dudas— de un atributo afín al retratado, tal y como acostumbraba a reproducir en sus cuadros de personalidades ese pintor criollo que firmaba al pie de sus obras con la inscripción «Juan del Río lo pintó».
Así, en el que hiciera a don Luis de las Casas y Aragorri (1745-1800), capitán general de la Isla entre 1790 y 1796, éste aparece junto a la Real Casa de Beneficiencia, de la cual fue su fundador. Del Río —dicho sea de paso— representó la inauguración de esa institución benéfica en 1794 por encargo de la SEAP, pero ese cuadro desapareció.1
Otro óleo suyo conservado en el Museo de la Ciudad es el retrato de Salvador del Muro y Salazar, marqués de Someruelos (1754-1813), capitán general entre 1799 y 1812, quien aparece representado junto a una estantería con libros. En la consabida cartela se especifica —entre otros atributos— que «fomentó la Biblioteca pública en los doce años y once meses que gobernó».
A partir de esta costumbre iconográfica, consustancial a la tipología de los retratos en época de la Ilustración, pueden esclarecerse datos biográficos, establecer genealogías y hasta constatar hechos históricos, como es el caso de la introducción en Cuba de la primera máquina de vapor, construida según proyecto del ingeniero canario Agustín de Betancourt y Molina.
Contexto Histórico
De origen peninsular, estas tres personalidades retratadas por Del Río se vinculan estrechamente a una etapa decisiva de la historia de Cuba, cuando los paradigmas de la sociedad criolla —en la cual se injerta la esclavitud— se ven subvertidos por el ímpetu acelerado de las nuevas corrientes que el capitalismo le impuso al mundo.
De acuerdo con el historiador de las ideas Eduardo Torres Cuevas, ese período —que define como de «la sociedad esclavista y sus contradicciones»— se extiende desde 1763 hasta la década de 1840, y «lo inician los profundos cambios que, con la complicidad del Despotismo ilustrado español, van a desarrollarse entre 1763 y 1808» en el sistema colonial de la Isla.2
Son los años del despegue de la industria azucarera cubana —además de la cafetalera—, al cual contribuyen factores externos como la ocupación británica de La Habana durante 11 meses, tras cuyo cese la Corona española hace importantes concesiones a la oligarquía criolla, entre ellas la permisibilidad del libre comercio con las Trece Colonias o los recién constituidos Estados Unidos. A ello se suma que en 1791 se produce la Revolución de Haití, que destruyó la industria azucarera en ese país, hasta ese momento el principal suministrador de azúcar a nivel mundial.
Tiene lugar entonces en Cuba un arduo y contradictorio proceso económico-social e ideológico, cuya primera paradoja es producir mercancías dentro de una concepción capitalista con fuerza de trabajo esclava. Ello exigió ideas novedosas para encarar la producción manufacturera en gran escala del azúcar cubano y su venta en el mercado mundial.
Y es que, si bien la explotación del negro esclavo fue la única solución posible a la inicial expansión azucarera, los hacendados cubanos —cuyo talento empresarial era inobjetable— avistaron tempranamente los peligros que se cernían en el horizonte de persistir en el empleo brutal de la fuerza física en lugar de la mano de obra asalariada cualificada.
Así lo previó el que fuera líder entre los voceros de la sacarocracia cubana, don Francisco de Arango y Parreño, quien, habiendo promovido el incremento de la importación de negros esclavos en su célebre «Discurso sobre la Agricultura en La Habana y Medios de Fomentarla» (1792), se manifestara también a favor de un amplio campo de medidas que contrarrestasen la esclavitud, la más significativa de las cuales es el fomento de la inmigración blanca para aumentar el campesinado.
Como ha demostrado Manuel Moreno Fraginals en El ingenio, la gestación del complejo económico social cubano del azúcar, además de ser una actividad económica, fue una «aventura del espíritu», una «aventura intelectual»:
«Por su actitud burguesa la sacarocracia cubana trató incesantemente de revolucionar los instrumentos de producción. Tiene plena conciencia de que el predominio azucarero sólo puede mantenerse abandonando los métodos primitivos y las obsoletas relaciones mercantiles. La transformación económica implica una consecuente modificación técnica».3
Cuán alertas estuvieron lo demuestra su creciente interés por el proceso de la Revolución industrial y una de sus innovaciones más relevantes: la máquina de vapor, cuyo primer prototipo —como motor universal— se fabricó en Inglaterra entre 1774 y 1784.
Apenas una década después, en 1794, ya estaban el conde de Casa Montalvo y Arango y Parreño en dicho país, gestionando la construcción de una de esas máquinas para adaptarla a las necesidades de la producción azucarera.
Sabemos por el propio Moreno Fraginals sobre la llegada de la primera «bomba de fuego» con destino a un ingenio azucarero cubano: «Finalmente en 1796, llega a Cuba la fuerza motriz de la gran industria: el vapor. Es una máquina comprada en Londres con dinero del conde de Jaruco. Su instalación fue un suceso único rodeado de un clima de tensa expectación. Y se le vio funcionar el día 11 de enero de 1797 en el ingenio Seybabo (...)».4
La historiografía cubana ha reflejado el hecho con más o menos precisión histórica en cuanto a la fecha, la localización geográfica del ingenio y el nombre de su propietario: Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas Vélez de Guevara, tercer conde de San Juan de Jaruco (1769-1807), a quien por sus servicios al rey le es adjudicado también el título de conde de Santa Cruz de Mopox en julio de 1796.
Este último era primo de Arango y Parreño —al que llegó a llamar su «otro yo»— y yerno del conde de Casa Montalvo desde el 29 de junio de 1786, tras contraer matrimonio con su hija María Teresa Montalvo y O´Farril.
Estos vínculos familiares permiten entender el por qué esa máquina de vapor se instaló precisamente en el ingenio Seibabo. Sin embargo, no había sido esclarecido el nombre del inventor de dicha máquina, los pormenores de la gestión de su construcción, ni los datos de su traslado a Cuba.
Entre los papeles que se conservan del conde de Casa Montalvo, hay una proposición de Arango y Parreño sobre su traslado juntos a Inglaterra: este viaje —dice— debe llevarse a cabo con «otros nombres o como contrabandistas».5 O sea, resultaba una misión secreta parecida al espionaje industrial. Es posible que, por esta razón, en los documentos oficiales casi no se mencione el nombre del autor-diseñador de la primera máquina de vapor que llegó a Cuba, envuelta en un velo de misterio.
La investigación emprendida por la autora del presente artículo y la confrontación de documentos de archivos, incluida la única carta de Francisco de Arango y Parreño con instrucciones acerca de la transportación de la «bomba de fuego» a Cuba, conservada en el Fondo Pérez Beato de la Biblioteca Nacional José Martí en La Habana, demuestran convincentemente que el diseñador-constructor de esa máquina instalada en el ingenio Seibabo fue Agustín de Betancourt y Molina (Puerto de la Cruz, Tenerife, España, 1758-San Petersburgo, 1824), uno de los mejores ingenieros de Europa en su época.
Graduado en Madrid de los Reales Estudios de San Isidro, así como de la Real Academia de San Fernando, Betancourt fue enviado en 1785 a perfeccionar sus estudios en París, donde asistió a la prestigiosa École nationale des ponts et chaussées (Escuela Nacional de Puentes y Carreteras).
Más tarde, en 1788, viajó a Inglaterra en tareas a mitad de camino entre la investigación científica y el espionaje industrial. Con ese objetivo, entre otros lugares, visitó la empresa de Matthew Boulton y James Watt, quien en 1782 habían patentado la máquina de doble efecto, única capaz de hacer viable económicamente el aprovechamiento de la energía térmica del vapor.
El ingeniero español no consiguió ver el nuevo modelo perfeccionado en que estaban trabajando aquellos inventores ingleses, pues esa solución industrial era mantenida en secreto. Sin embargo, en Londres observó una máquina de doble efecto funcionando en una fábrica de harinas y, aunque su mecanismo principal se encontraba tapado, fue la oportunidad para que Betancourt vislumbrara su principio de funcionamiento.
De vuelta a París en 1789, consiguió diseñar una máquina semejante, la cual describió en Mémoire sur une machine à vapeur à double effet, presentada a la École nationale des ponts et chaussées y la Académie Royale des Sciences.
Paralelamente, Betancourt puso en práctica sus conocimientos al construir —según su diseño— un «motor de fuego» para mover los molinos harineros de la fábrica de Grou-Caiyou, recién inaugurada por los hermanos Périer, poderosos industriales, en la isla de los Cisnes.
Otro de sus aportes a la termodinámica técnica es la Mémoire sur la force expansive de la vapeur de l’eau, en la que demuestra la interdependencia entre la presión del vapor de agua y su temperatura, así como la eficacia de la máquina en distintas épocas del año y diferentes condiciones atmosféricas.
Su reputación científica llega a oídos de la Corte de España y, en 1791, recibe felicitaciones del rey Carlos IV de Borbón a través del primer secretario de Estado, conde de Floridablanca, el cual apoyará en lo adelante las ideas del joven tecnólogo.
A fines de ese mismo año, Betancourt regresa a Madrid y, en pocos meses, culmina una importante tarea: la creación del Real Gabinete de Máquinas del Buen Retiro (1792), uno de cuyos asiduos visitantes sería el propio monarca.
Allí, junto a planos y memorias, logró reunir una soberbia colección de modelos a escala de puentes, exclusas y obras hidráulicas, así como de las principales máquinas empleadas en la época.
El Encuentro
A fines de 1793, ante la adversidad de la coyuntura política en su país natal, Betancourt marcha a Londres para disfrutar de una pensión otorgada por el gobierno español, luego de convencer a la realeza y el nuevo secretario de Estado, Manuel Godoy, de que es capaz de inventar un telégrafo eléctrico.
Sus simpatías iniciales por la Revolución francesa se habían esfumado tras los excesos de la Convención y el terror. Por lo que permanecerá tres años en Inglaterra, hasta 1796, cuando —en el marco de las guerras napoleónicas— se firma el tratado de San Ildefonso por el cual Francia y España acordaban mantener una política militar conjunta frente a Gran Bretaña.
Todo ese tiempo, el ingeniero español persistió en su idea de crear un telégrafo —ya no eléctrico, sino óptico—, a la par que profundizaba sus conocimientos en el campo de la teoría de los mecanismos y las máquinas, estimulado por los sorprendentes resultados de sus homólogos ingleses.
Es precisamente durante esa estancia en Londres que se produce su encuentro con «dos amigos de la América española», a los cuales propone sus servicios como ingeniero inventor para aplicar la fuerza del vapor a los trapiches azucareros, con objeto de sustituir la tracción animal en el movimiento de los mismos.
De ese proyecto tenemos constancia gracias a una carta que Betancourt dirigió desde la capital británica a su amigo, el afamado relojero Abraham-Louis Bréguet, el 10 de diciembre de 1794: «Deux de mes amis de l’Amérique espagnole ont été ici, et je les ai proposé le projet d’établir dans leur possession des pompes à feu pour éviter le grand nombre de boeufs et de negres dont ils ont besoin pour presser la canne à sucre. Je leurs faire exécuter deux de ces machines, que j’ai dessinées, et qui sont dejá en exécution».6
¿Quiénes eran esos «dos amigos de la América española»? Nuestra certeza de que eran Ignacio Montalvo y Ambulodi, conde de Casa Montalvo, y Francisco de Arango y Parreño, queda corroborada por la ya mencionada instrucción que este último deja al Sr. D. Francisco de Enquino para mantener la correspondencia entre ambos sobre el tema de la máquina:
«No haya que decir cosa alguna la bomba de fuego y el modo de hacer su pago pues sobre esto se ha dicho lo suficiente en la notita que he firmado con el conde de Casa Montalvo y en la obligación que igualmente debo firmar en compañía del mismo Don Agustín de Betancourt que ha sido el director de estas obras y el que inmediatamente se ha obligado a recibirlos queda encargado de recibirlas (sic) y conocerlas luego de que estén concluidas (...)».7
Arango expone sus consideraciones para la remisión de la máquina cuanto antes a La Habana, sugiriendo que «lo mejor sería (...) sin tocar un puerto alguno de la América inglesa». No obstante, consciente de que ello será muy difícil, instruye que dichas obras sean enviadas desde Bristol, adonde el fabricante —de apellido Reynolds— está obligado a transportarlas desde Londres, aunque no descarta que se haga por otro puerto si surge «la ocasión de embarcarlas a la conducta de alguna embarcación de guerra».8
Betancourt aparece mencionado dos veces más en esa misiva, una de ellas cuando Arango escribe: «Es incierto todavía donde deben hacerse los cilindros que han de acompañar esta bomba y aunque a mi por todas razones me parece lo mejor que se hagan en la misma fábrica de Reynolds todo lo dejo a la voluntad del referido D. Agustín de Betancourt a cuya disposición ya se sabe han de disponerse las doscientas libras esterlinas que por mi parte he depositado en poder del Sr. Enquino (...)».9
Y a continuación, añade: «Si el Sr. Conde de S. Juan de Jaruco residente en Madrid tuviese alguna variación para que hacer sobre esos particulares o algunas instrucciones que comunicar para la mejor dirección de la bomba o trapiche, su voluntad debe ser seguida en todo (...)».10
En una sesión de la Junta de Gobierno de La Habana, efectuada el 21 de octubre de 1795, Arango informa que en el último correo de España había recibido el aviso de que, por fin, «la máquina de vapor, cuyos modelos y diseños había presentado en la última sesión, estaba acabada y en víspera de embarcarse para Cádiz».11
Como todo proyecto ingenieril, el reto consistía en que la «bomba de fuego» diseñada por Betancourt funcionase de verdad. O sea, que éste hubiera previsto todas las dificultades técnicas al concebir su prototipo.
En la citada carta a su amigo Bréguet, el ingeniero español relata que —una vez efectuados por él los cálculos pertinentes— se le han encargado «dos de estas máquinas por mí diseñadas y que ya están haciéndose». Y agrega: «En este trabajo pude informarme de todos los defectos de las máquinas que se usan en las islas inglesas, francesas y españolas y traté de evitarlos».12
Como es sabido, el 11 de abril de 1797, en el ingenio Seibabo, se pone a funcionar una máquina de vapor por primera vez en Cuba. Y aunque los resultados no fueron los apetecidos, pues sólo molió unas semanas, «los sacarócratas no se desanimaron. Comprenden que el problema esencial no está en la bomba en sí, sino en el tipo de trapiche y el absurdo sistema de transmisión instalado. Es un problema complejo a resolver y en 1798 escriben: “nada persuade que se ha de despreciar esta máquina, en corrigiéndole y disponiéndola con más acierto”».13
Para el momento de efectuarse esa prueba precursora, el conde de Casa Montalvo ya había fallecido, pero su importante contribución a la misma era reconocida por sus congéneres ilustrados. Lo demuestra, sin dudas, el retrato que le hiciera el pintor Juan del Río con una «bomba de fuego» como símbolo de sus empeños. Pero no se trata de una mera alegoría, sino que es la copia de un plano. Tras analizarlo minuciosamente, puede afirmarse que sus características responden al prototipo diseñado por Agustín de Betancourt (ver arriba recuadro gráfico).
A las evidencias antes apuntadas se suma el hecho de que, por esa misma fecha, el ingeniero canario era esperado en La Coruña para partir como miembro de la expedición a Guantánamo, en el oriente cubano, patrocinada por el conde de Santa Cruz de Mopox (también conde de San Juan de Jaruco), quien —como ya se ha visto— era yerno de Montalvo y dueño del ingenio Seibabo.
Antes, el Real Consulado de Agricultura y Comercio —del cual Francisco Arango era síndico— había solicitado a las Cortes, con apoyo del capitán general don Luis de las Casas, que Betancourt se radicase en la Isla para confiarle la dirección de proyectos de caminos, canales y otras obras públicas, así como aprovechar sus conocimientos sobre máquinas para tratar de aplicar la fuerza del vapor en la industria azucarera.14
La Fuerza Del Destino
A pesar de tan atractiva propuesta, intereses de índole personal, vinculados a su colaboración con Bréguet para el perfeccionamiento del telégrafo óptico, hicieron que Betancourt se demorara en París, adonde había arribado desde Londres. Pasa luego a Madrid y allí permanece hasta que, por fin, decide embarcarse hacia La Habana en los muelles de La Coruña, el 8 de junio de 1797.
Pero un imprevisto cambia su destino: el bergantín correo en que viaja es atacado por una fragata británica cerca de Portugal, los tripulantes son apresados y, aunque liberados días después en Lisboa, sus pertenencias son incautadas a título de botín de guerra. Pierde el ingeniero español todo el instrumental científico que había adquirido especialmente para la expedición a Guantánamo y, lo que es peor, su biblioteca entera.
De vuelta a Madrid, Betancourt se apresura a pedir una indemnización económica, a la par que se ofrece a recolectar nuevamente los instrumentos para la expedición cubana. Con ese pretexto, consigue que —una vez más— el rey Carlos IV le otorgue una pensión para volver a Francia.
Consagrado en París —con ayuda de Bréguet— al perfeccionamiento del telégrafo óptico, todo hace indicar que Betancourt suspendió sus vínculos con Cuba. No hay rastros de que los haya retomado cuando regresó a Madrid, donde en 1800 inauguró la línea de telegrafía óptica entre esa ciudad y Cádiz, primera de España y segunda de Europa. De hecho, la comisión de Guantánamo culminó sus labores en 1802 sin haber recibido otra partida de instrumentos.
Ese mismo año, nuestro protagonista cumple un sueño largamente acariciado: la fundación de los Estudios de la Inspección General de Caminos, que pocos meses después renombrará Escuela de Caminos y Canales, con sede en el Real Gabinete de Máquinas del Buen Retiro.
Al frente de la misma permanecerá hasta 1808, cuando, inconforme con la situación político-económica, pide una licencia temporal y marcha a París, adonde ha enviado su familia. En lo adelante, vivirá en exilio voluntario hasta el final de sus días.
Durante su residencia en la capital francesa, Betancourt presenta a la Académie de Sciences su más reciente invento: la esclusa de émbolo buzo, y sale a la luz Essai sur la composition des machines (1808), del cual es coautor junto a José María de Lanz, gran matemático de origen mexicano. Publicado por la École Impériale Polytechnique, durante medio siglo este manual fue texto obligado en las escuelas técnicas europeas y obra de consulta para los proyectistas.
Será finalmente Rusia, que había visitado previamente por invitación del zar Alejandro I, el último país donde residirá: desde 1808 hasta su muerte en 1824. Influye en esa decisión que su valía era altamente reconocida por el emperador ruso, de quien había recibido generosas ofertas de trabajo. Y, por supuesto, la grave situación política en su país natal, que desemboca en los trágicos sucesos madrileños del 2 y 3 de mayo de 1808, de los cuales tiene constancia estando en París.
Al igual que otras figuras de la Ilustración, Betancourt sucumbe a las contradicciones provocadas por la pretensión del emperador francés Napoleón I de instaurar y consolidar en el trono de España a su hermano José Bonaparte, en detrimento de Fernando VII, para desarrollar un modelo de Estado inspirado en los ideales bonapartistas. Y ante el dilema de ser patriota o afrancesado, el ingeniero termina optando por una tercera vía: la emigración.
Años después, en carta a su hermano José, datada en San Petersburgo el 15 de septiembre de 1814, argumentaría: «Allí [en París] supe a mi llegada la abdicación de la Corona de Carlos IV y la venida a Bayona de Fernando VII. Luego en que se formó la famosa junta en que despojaron a éste de la Corona, no queriendo verme expuesto a servir al Rey intruso, tomé el partido de venirme aquí con mi familia, compuesta de mi mujer, tres hijas y un chico».15
Durante sus 16 años de residencia en Rusia, Avgustin Avgustinovich —que así pasó a llamarse— acometió múltiples actividades y empresas de carácter técnico que reafirmaron su talento y le granjearon la confianza del zar, el cual le confirió los grados de mariscal del ejército ruso y apoyó resueltamente sus iniciativas.
Gracias a Betancourt, quedó reformado el Cuerpo de Vías de Comunicación, organismo que tenía a cargo todo cuanto concernía al ramo de las obras públicas, en particular caminos y canales. En esa dirección, al ingeniero español se debe la creación en 1809 del primer centro de estudios superiores de ingeniería de Rusia: el Instituto del Cuerpo de Ingenieros de Vías de Comunicación (hoy conocido como la Universidad Estatal de Vías de Comunicación de San Petersburgo).
Su trabajo como académico y funcionario no menguó su desempeño como ingeniero, sino al contrario: fue proyectista y constructor de numerosas obras públicas, como el puente sobre el Nevka, la modernización de las fábricas de armas de Tula y Kazán, la draga de Kronstadt, los cimientos de la Catedral de San Isaac, el canal Betancourt de San Petersburgo, la feria de Nizhni Novgorod, la fábrica de papel moneda, el Picadero de Moscú, la navegación a vapor en el río Volga, sistemas de abastecimiento de aguas, ferrocarriles... Sólo a partir de 1822, cuando comenzó a tener problemas con el zar, su autoridad declina y queda relegado hasta su muerte en 1824, aunque se reconocen sus méritos oficialmente.
Un Astro De La Ingeniería
En los últimos tiempos, ha crecido el interés por la vida y obra de Agustín de Betancourt y Molina. Desde el 27 de julio de 1995, en Rusia, una medalla conmemorativa con su nombre es adjudicada por el Ministerio de Vías de Comunicación a los especialistas que se destacan por sus aportes al desarrollo de los estudios del transporte.
En 2001 se realizó la muestra «Betancourt. Inicios de la ingeniería en Europa» en la sala de exposiciones Manezh, edificación moscovita que es una de sus obras insignes. Dos años después, en San Petersburgo, en el parque del edificio principal de la Universidad Estatal de Vías de Comunicación, quedó erigido un monumento a su memoria. Luego, también un gabinete con modelos de mecanismos construidos por él y sus discípulos.
Pero quizás lo más curioso sea que, en 2003, por iniciativa de ese mismo centro de educación superior, se llamó Betancourt al diminuto planeta no. 11446 y, como tal, quedó su apellido inmortalizado en el registro de los pequeños astros del sistema solar.
A raíz de cumplirse el 250 aniversario de su natalicio, Agustín de Betancourt fue evocado como el padre de la ingeniería moderna en España y Rusia.
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1Sobre la existencia de esa obra de Del Ríos y su desaparición por causa del deterioro, tenemos constancia gracias al dibujante Juan Domingo de Lequerica, quien hace referencia a la misma en su grabado «Cuadro histórico que representa la inauguración de la Real Casa de Beneficiencia» (1860).
2Eduardo Torres Cuevas: «En busca de la cubanidad (II)», en Debates americanos, La Habana, no. 2, julio-diciembre 1996, p. 4.
3Manuel Moreno Fraginals: El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, t. 1, p. 72.
4Ídem, p.75.
5María Teresa Cornide: De La Habana, de siglos y de familias. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, p.90.
6Antonio Rumeu de Armas: Ciencia y tecnología en la España ilustrada. La Escuela de Caminos y Canales. Ediciones Turner, Madrid, 1984, p.183. 7,8,9,10 «La máquina de vapor. Instrucción que D. Francisco Arango dexa al Sr. D. Francisco de Enquino para mantener la correspondencia en todo lo que queda y lo demás que ocurra» (inédito). Biblioteca Nacional de Cuba, Fondo Pérez Beato, no. 968.
11 Francisco de Arango y Parreño: Obras. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, v. 1, 2005, p. 258.
12Antonio Rumeu de Armas: Loc. cit (183). En esa misma misiva, escrita completamente en francés, Betancourt explica: «Acabo de inventar una máquina compuesta por varios cilindros y que: 1. Usa tres negros menos que la máquina más perfecta que existe; 2. Cuesta menos; 3. No precisa de un manejo especial; 4. Su uso no es arriesgado y así evita las desgracias frecuentes que traen otras máquinas; 5. Con la misma fuerza se hace el doble de trabajo. Dos de estas máquinas serán terminadas en breve y espero que se vea su efectividad en las islas y los dueños dejarán las que tienen ahora».
13Manuel Moreno Fraginals: Loc. cit (87). Según este autor, luego de probarse más de 15 máquinas diversas en Cuba, por fin una tuvo éxito mantenido en el ingenio Juan Madrazo, en Matanzas, en 1817 (p. 207).
14El 23 de enero de 1796, en reunión de la Junta del Consulado, Arango abordó la conveniencia de que Betancourt radicase en Cuba y, «en orden a máquinas que (reconociendo las que hay en el país) propusiese y executase las mejoras que se le ofreciecen». Para incentivar al ingeniero español, se acuerda asimismo «solicitar de S. M., a su favor, un privilegio exclusivo por seis años, reservando a la Junta, a su disposición, algunos tantos de sus máquinas con la debida dirección» (Archivo de Indias: Estado, leg. 5, doc. 87).
15Alejandro Cioranescu: Agustín de Betancourt. Su obra técnica y científica. Instituto de Estudios Canarios, La Laguna, Tenerife, 1965, p. 30.
Olga V. Egórova
Doctora en Ciencias Técnicas
Como es sabido, el 11 de abril de 1797, en el ingenio Seibabo, se pone a funcionar una máquina de vapor por primera vez en Cuba. Y aunque los resultados no fueron los apetecidos, pues sólo molió unas semanas, «los sacarócratas no se desanimaron. Comprenden que el problema esencial no está en la bomba en sí, sino en el tipo de trapiche y el absurdo sistema de transmisión instalado. Es un problema complejo a resolver y en 1798 escriben: “nada persuade que se ha de despreciar esta máquina, en corrigiéndole y disponiéndola con más acierto”».13
Para el momento de efectuarse esa prueba precursora, el conde de Casa Montalvo ya había fallecido, pero su importante contribución a la misma era reconocida por sus congéneres ilustrados. Lo demuestra, sin dudas, el retrato que le hiciera el pintor Juan del Río con una «bomba de fuego» como símbolo de sus empeños. Pero no se trata de una mera alegoría, sino que es la copia de un plano. Tras analizarlo minuciosamente, puede afirmarse que sus características responden al prototipo diseñado por Agustín de Betancourt (ver arriba recuadro gráfico).
A las evidencias antes apuntadas se suma el hecho de que, por esa misma fecha, el ingeniero canario era esperado en La Coruña para partir como miembro de la expedición a Guantánamo, en el oriente cubano, patrocinada por el conde de Santa Cruz de Mopox (también conde de San Juan de Jaruco), quien —como ya se ha visto— era yerno de Montalvo y dueño del ingenio Seibabo.
Antes, el Real Consulado de Agricultura y Comercio —del cual Francisco Arango era síndico— había solicitado a las Cortes, con apoyo del capitán general don Luis de las Casas, que Betancourt se radicase en la Isla para confiarle la dirección de proyectos de caminos, canales y otras obras públicas, así como aprovechar sus conocimientos sobre máquinas para tratar de aplicar la fuerza del vapor en la industria azucarera.14
La Fuerza Del Destino
A pesar de tan atractiva propuesta, intereses de índole personal, vinculados a su colaboración con Bréguet para el perfeccionamiento del telégrafo óptico, hicieron que Betancourt se demorara en París, adonde había arribado desde Londres. Pasa luego a Madrid y allí permanece hasta que, por fin, decide embarcarse hacia La Habana en los muelles de La Coruña, el 8 de junio de 1797.
Pero un imprevisto cambia su destino: el bergantín correo en que viaja es atacado por una fragata británica cerca de Portugal, los tripulantes son apresados y, aunque liberados días después en Lisboa, sus pertenencias son incautadas a título de botín de guerra. Pierde el ingeniero español todo el instrumental científico que había adquirido especialmente para la expedición a Guantánamo y, lo que es peor, su biblioteca entera.
De vuelta a Madrid, Betancourt se apresura a pedir una indemnización económica, a la par que se ofrece a recolectar nuevamente los instrumentos para la expedición cubana. Con ese pretexto, consigue que —una vez más— el rey Carlos IV le otorgue una pensión para volver a Francia.
Consagrado en París —con ayuda de Bréguet— al perfeccionamiento del telégrafo óptico, todo hace indicar que Betancourt suspendió sus vínculos con Cuba. No hay rastros de que los haya retomado cuando regresó a Madrid, donde en 1800 inauguró la línea de telegrafía óptica entre esa ciudad y Cádiz, primera de España y segunda de Europa. De hecho, la comisión de Guantánamo culminó sus labores en 1802 sin haber recibido otra partida de instrumentos.
Ese mismo año, nuestro protagonista cumple un sueño largamente acariciado: la fundación de los Estudios de la Inspección General de Caminos, que pocos meses después renombrará Escuela de Caminos y Canales, con sede en el Real Gabinete de Máquinas del Buen Retiro.
Al frente de la misma permanecerá hasta 1808, cuando, inconforme con la situación político-económica, pide una licencia temporal y marcha a París, adonde ha enviado su familia. En lo adelante, vivirá en exilio voluntario hasta el final de sus días.
Durante su residencia en la capital francesa, Betancourt presenta a la Académie de Sciences su más reciente invento: la esclusa de émbolo buzo, y sale a la luz Essai sur la composition des machines (1808), del cual es coautor junto a José María de Lanz, gran matemático de origen mexicano. Publicado por la École Impériale Polytechnique, durante medio siglo este manual fue texto obligado en las escuelas técnicas europeas y obra de consulta para los proyectistas.
Será finalmente Rusia, que había visitado previamente por invitación del zar Alejandro I, el último país donde residirá: desde 1808 hasta su muerte en 1824. Influye en esa decisión que su valía era altamente reconocida por el emperador ruso, de quien había recibido generosas ofertas de trabajo. Y, por supuesto, la grave situación política en su país natal, que desemboca en los trágicos sucesos madrileños del 2 y 3 de mayo de 1808, de los cuales tiene constancia estando en París.
Al igual que otras figuras de la Ilustración, Betancourt sucumbe a las contradicciones provocadas por la pretensión del emperador francés Napoleón I de instaurar y consolidar en el trono de España a su hermano José Bonaparte, en detrimento de Fernando VII, para desarrollar un modelo de Estado inspirado en los ideales bonapartistas. Y ante el dilema de ser patriota o afrancesado, el ingeniero termina optando por una tercera vía: la emigración.
Años después, en carta a su hermano José, datada en San Petersburgo el 15 de septiembre de 1814, argumentaría: «Allí [en París] supe a mi llegada la abdicación de la Corona de Carlos IV y la venida a Bayona de Fernando VII. Luego en que se formó la famosa junta en que despojaron a éste de la Corona, no queriendo verme expuesto a servir al Rey intruso, tomé el partido de venirme aquí con mi familia, compuesta de mi mujer, tres hijas y un chico».15
Durante sus 16 años de residencia en Rusia, Avgustin Avgustinovich —que así pasó a llamarse— acometió múltiples actividades y empresas de carácter técnico que reafirmaron su talento y le granjearon la confianza del zar, el cual le confirió los grados de mariscal del ejército ruso y apoyó resueltamente sus iniciativas.
Gracias a Betancourt, quedó reformado el Cuerpo de Vías de Comunicación, organismo que tenía a cargo todo cuanto concernía al ramo de las obras públicas, en particular caminos y canales. En esa dirección, al ingeniero español se debe la creación en 1809 del primer centro de estudios superiores de ingeniería de Rusia: el Instituto del Cuerpo de Ingenieros de Vías de Comunicación (hoy conocido como la Universidad Estatal de Vías de Comunicación de San Petersburgo).
Su trabajo como académico y funcionario no menguó su desempeño como ingeniero, sino al contrario: fue proyectista y constructor de numerosas obras públicas, como el puente sobre el Nevka, la modernización de las fábricas de armas de Tula y Kazán, la draga de Kronstadt, los cimientos de la Catedral de San Isaac, el canal Betancourt de San Petersburgo, la feria de Nizhni Novgorod, la fábrica de papel moneda, el Picadero de Moscú, la navegación a vapor en el río Volga, sistemas de abastecimiento de aguas, ferrocarriles... Sólo a partir de 1822, cuando comenzó a tener problemas con el zar, su autoridad declina y queda relegado hasta su muerte en 1824, aunque se reconocen sus méritos oficialmente.
Un Astro De La Ingeniería
En los últimos tiempos, ha crecido el interés por la vida y obra de Agustín de Betancourt y Molina. Desde el 27 de julio de 1995, en Rusia, una medalla conmemorativa con su nombre es adjudicada por el Ministerio de Vías de Comunicación a los especialistas que se destacan por sus aportes al desarrollo de los estudios del transporte.
En 2001 se realizó la muestra «Betancourt. Inicios de la ingeniería en Europa» en la sala de exposiciones Manezh, edificación moscovita que es una de sus obras insignes. Dos años después, en San Petersburgo, en el parque del edificio principal de la Universidad Estatal de Vías de Comunicación, quedó erigido un monumento a su memoria. Luego, también un gabinete con modelos de mecanismos construidos por él y sus discípulos.
Pero quizás lo más curioso sea que, en 2003, por iniciativa de ese mismo centro de educación superior, se llamó Betancourt al diminuto planeta no. 11446 y, como tal, quedó su apellido inmortalizado en el registro de los pequeños astros del sistema solar.
A raíz de cumplirse el 250 aniversario de su natalicio, Agustín de Betancourt fue evocado como el padre de la ingeniería moderna en España y Rusia.
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1Sobre la existencia de esa obra de Del Ríos y su desaparición por causa del deterioro, tenemos constancia gracias al dibujante Juan Domingo de Lequerica, quien hace referencia a la misma en su grabado «Cuadro histórico que representa la inauguración de la Real Casa de Beneficiencia» (1860).
2Eduardo Torres Cuevas: «En busca de la cubanidad (II)», en Debates americanos, La Habana, no. 2, julio-diciembre 1996, p. 4.
3Manuel Moreno Fraginals: El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, t. 1, p. 72.
4Ídem, p.75.
5María Teresa Cornide: De La Habana, de siglos y de familias. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, p.90.
6Antonio Rumeu de Armas: Ciencia y tecnología en la España ilustrada. La Escuela de Caminos y Canales. Ediciones Turner, Madrid, 1984, p.183. 7,8,9,10 «La máquina de vapor. Instrucción que D. Francisco Arango dexa al Sr. D. Francisco de Enquino para mantener la correspondencia en todo lo que queda y lo demás que ocurra» (inédito). Biblioteca Nacional de Cuba, Fondo Pérez Beato, no. 968.
11 Francisco de Arango y Parreño: Obras. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, v. 1, 2005, p. 258.
12Antonio Rumeu de Armas: Loc. cit (183). En esa misma misiva, escrita completamente en francés, Betancourt explica: «Acabo de inventar una máquina compuesta por varios cilindros y que: 1. Usa tres negros menos que la máquina más perfecta que existe; 2. Cuesta menos; 3. No precisa de un manejo especial; 4. Su uso no es arriesgado y así evita las desgracias frecuentes que traen otras máquinas; 5. Con la misma fuerza se hace el doble de trabajo. Dos de estas máquinas serán terminadas en breve y espero que se vea su efectividad en las islas y los dueños dejarán las que tienen ahora».
13Manuel Moreno Fraginals: Loc. cit (87). Según este autor, luego de probarse más de 15 máquinas diversas en Cuba, por fin una tuvo éxito mantenido en el ingenio Juan Madrazo, en Matanzas, en 1817 (p. 207).
14El 23 de enero de 1796, en reunión de la Junta del Consulado, Arango abordó la conveniencia de que Betancourt radicase en Cuba y, «en orden a máquinas que (reconociendo las que hay en el país) propusiese y executase las mejoras que se le ofreciecen». Para incentivar al ingeniero español, se acuerda asimismo «solicitar de S. M., a su favor, un privilegio exclusivo por seis años, reservando a la Junta, a su disposición, algunos tantos de sus máquinas con la debida dirección» (Archivo de Indias: Estado, leg. 5, doc. 87).
15Alejandro Cioranescu: Agustín de Betancourt. Su obra técnica y científica. Instituto de Estudios Canarios, La Laguna, Tenerife, 1965, p. 30.
Olga V. Egórova
Doctora en Ciencias Técnicas
Colegio El Salvador
Tomada de: Habana Radio
29 de enero de 2016
Por:Yamira Rodríguez Marcano
José de la Luz y Caballero, Maestro de maestros, había enseñado a todo el que de él exigió sus conocimientos. Fue director del Colegio de San Cristóbal o de Carraguao, pero estas experiencias las vivió a plenitud cuando fundó, el 27 de marzo de 1848, su propio plantel: El Salvador. De esta institución expresó Francisco de la Luz y Duarte: “El Salvador no era un colegio propiamente dicho; era más, mucho más, era más bien un templo donde se congregaban los fieles para oír la palabra vida de un apóstol; era como un oasis en medio del desierto; era toda Cuba en medio de la factoría, de la colonia: allí se respiraba libertad y democracia”.
La primera sede del colegio fue en el barrio del Cerro, pero en 1850 este fue clausurado debido a la epidemia del cólera morbo asiático que azotó al país en ese año. No obstante, todos los habaneros recuerdan la época gloriosa de la sede de Teniente Rey.
De esta enfermedad fueron víctimas uno de los alumnos y la propia hija de Luz y Caballero, invadido a partir de entonces por un profundo sufrimiento. Repuesto del dolor y la separación de sus discípulos reabrió las puertas de El Salvador en 1853, esta vez en la casa de Teniente Rey No. 39, hoy 257. Tales eran las enseñanzas del Maestro y el prestigio del colegio que pronto este espacio resultó insuficiente y en 1858 volvieron al Cerro en la casa No. 797 de la Calzada, llegando a tener una matrícula de 400 alumnos internos. Próceres de la independencia como Ignacio Agramante cursaron estudios en El Salvador.
De esta enfermedad fueron víctimas uno de los alumnos y la propia hija de Luz y Caballero, invadido a partir de entonces por un profundo sufrimiento. Repuesto del dolor y la separación de sus discípulos reabrió las puertas de El Salvador en 1853, esta vez en la casa de Teniente Rey No. 39, hoy 257. Tales eran las enseñanzas del Maestro y el prestigio del colegio que pronto este espacio resultó insuficiente y en 1858 volvieron al Cerro en la casa No. 797 de la Calzada, llegando a tener una matrícula de 400 alumnos internos. Próceres de la independencia como Ignacio Agramante cursaron estudios en El Salvador.
En merecido homenaje a José de la Luz y Caballero, el antiguo colegio El Salvador funciona hoy como escuela primaria.
Según la historiadora Elizabeth Nápoles Martínez, la casa de Teniente Rey No. 257 fue construida a inicios del siglo XVIII –aunque luego transformada. Durante mucho tiempo perteneció a la ilustre familia de los Condes de Cañongo y posteriormente estuvo en manos de los Valdés (Pedroso y/o Sotolongo) con dicho título nobiliario, entre 1812 y 1911, siendo primero una casa baja sin zaguán, hasta luego convertirse en una de cantería con 3 pisos. A comienzos del siglo XX estaba arrendaba una accesoria a la tintorería de Marcelino González y el resto al señor Próculo Martín Sánchez.
En 1911 se apropió de la casa Ernesto Sarrá, quien realizó transformaciones importantes en el edificio que era colindante con la farmacia La Reunión, emporio farmacéutico que su padre, José Sarrá, había fundado desde el siglo XIX en la esquina de Teniente Rey y Compostela. Entre las modificaciones más notables cuentan la construcción de un segundo nivel, sin llegar a la calle; un lucernario en la azotea; varias subdivisiones y la instalación de elevadores para la ascendencia a los nuevos pisos. En 1917 terminaron las obras para el uso de almacén. Su declaratoria de habitable en ese año, por tratarse de una construcción parcial, demuestra que la casa no fue demolida como se pensó en un tiempo. Hasta 1959 permaneció en propiedad de los Sarrá, siendo Thorwald Sánchez Sarrá, biznieto del fundador, quien se ocupara del negocio familiar. Luego de ser intervenido por el gobierno revolucionario en 1960, el local del antiguo colegio quedó deshabitado.
Aún así, con las transformaciones y el deterioro que llegó al presente, la casa conservó en esencia la distribución del espacio tradicional, como también elementos tipológicos de valor entre los que destacan las pinturas murales, cuya belleza y profusión abarcó los zócalos de galerías, escaleras, habitaciones y hasta las columnas.
En la segunda mitad del siglo XIX, ambas instituciones, colegio y farmacia, coexistieron en tiempo y espacio, lo que hace más interesantes tanto la época como la calle de Teniente Rey. Según la historiadora citada, la adquisición del inmueble 39 levantó gran polémica entre personas y farmacéuticos, los que se dirigieron a Sarrá sugiriéndole que develara al menos una tarja conmemorativa que recordara al ilustre maestro cubano en el edificio de su propiedad que entonces se remodelaba. Sarrá no se negó a la petición que se hizo a través de la Revista La farmacia cubana y contrató a Nicolás Lucry para que dirigiera el fundido de dicha tarja que hoy se conserva y exhibe en la fachada del inmueble ya rehabilitado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. En merecido homenaje a José de la Luz y Caballero, el antiguo colegio El Salvador funciona hoy como escuela primaria.
Tarja dedicada al Maestro José de la Luz y Caballero en el edificio donde una vez estuvo su colegio El Salvador
La Escuela Primaria Superior Domingo F. Sarmiento
por Zilia L. Laje
Sobre la Escuela Primaria Superior 16 Domingo F. Sarmiento en Enamorados #215 entre Flores y Serrano, en Santos Suárez: Funcionaba en la sesión de la tarde, de 1 a 6. La dirección ocupaba la primera pieza, que habría sido la sala de la edificación y tenía dos ventanas grandes al portal. El portal estaba contiguo a la acera. La directora era la Dra. Clara Luz Sifontes. Había cuatro aulas, dos de 7mo grado, una de 8vo grado académico y una de 8vocomercial, ninguna tenía ventanas y el calor era, en mayo, junio y septiembre, asfixiante.
El primer día de clases fuimos objeto de novatadas, imitando a los institutos de Segunda Enseñanza. Todavía no teníamos los uniformes de reglamento. Yo llevaba un vestido de saya y chaqueta color aqua y, advertida, me puse la chaqueta vuelta al revés. Los alumnos de 8vo grado nos tiraron pintura. La esposa de mi primo materno, Lalita, me hizo los uniformes, saya azul prusia con tirantes anchos con el monograma EPS bordado y blusa blanca de mangas largas.
En 7mo grado yo tenía el número 22 en la lista de asistencia. Ocupábamos la 2da aula. Les escribí la asignatura a las libretas en la primera página en letra gótica y les dibujé una cara en tinta, y las forré en papel de estraza. La maestra de historia, muy disciplinaria, nos llamaba por el apellido. Recuerdo el examen sobre la conquista del Perú, Francisco Pizarro y el Inca Atahualpa, y la de México, Hernán Cortés y el Azteca Moctezuma. La maestra de geografía era hermana de la de historia y mucho mas indulgente. La maestra de gramática, de torso amplio, vivía en San Indalecio; en su clase leímos el cuento "Naufragio" del libro Corazón de Edmundo De Amicis. Recuerdo el apócope "obediente", el antónimo "despedir". La maestra de física era delgada, de color guayaba, de pelo castaño rizado. Recuerdo los cambios de estado de la materia, la sublimación del yodo, "La materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma". Thamyris Cardelle López le obsequió una flor queriendo dárselas de maduro. El maestro de matemáticas, Vicente Valdés, parecía ser protestante, hablaba de la biblia, criticaba al catolicismo. Recuerdo muy vagamente de la clase de anatomía los cuadros sinópticos de los sistemas óseo, nervioso, sanguíneo, digestivo. No recuerdo si teníamos clases de biología o no. ¿Las plantas monocotiledóneas y dicotiledóneas eran de entonces? En las clases de economía doméstica y trabajos manuales hice un álbum de fotografías forrado en papel aterciopelado marrón con un cordón dorado y papel en diseño marmóleo verde, que todavía conservo, y una pantalla de lámpara para mesa de noche, con placas de radiografía blanqueadas con cloro, cartulina azul claro y alguna calcomanía. Teníamos clases de música, cantábamos el himno "20 de Mayo", el Himno Invasor, "La Bayamesa". ¿No te acuerdas, gentil bayamesa/ que tú fuiste mi sol refulgente/ y risueño en tu lánguida frente/ blando beso imprimí con ardor? La profesora de educación física se llamaba Petronila Gutiérrez; en el patio lateral dábamos carreras y siempre ganábamos u otra alumna, Amada, gruesa, o yo. Una compañera, Miguelina Prado Franquiz, que vivía mas lejos que yo, paraba en casa camino a la escuela, para ir conmigo, pero yo casi siempre me demoraba y la hacía llegar tarde, y dejó de pasar a buscarme. Yo a veces oía empezar el programa de "Chicharito y Sopeira" del radio de alguna casa apresurándome calle abajo por Flores. Mi amiga inseparable en 7mo grado fue Josefina Toledo Rodríguez, de tez blanca y pelo muy negro, lacio, 2 días mayor que yo, que se sentaba en el pupitre delante de mí y vivía en San Leonardo. Hablábamos tanto que nos apodaron Periquito y Guacamayo. Nos llevaron al zoológico.... De excursión, no para el aviario. Tengo fotografías de ese día. Tuve que leer una composición en un acto por el Día de las Madres. Los dos alumnos que mejor nota sacábamos en la clase éramos Luis Lara Hayado, alto, al que apodaban "Caña Hueca", y yo. Luis me dijo un día inmodestamente, "Tú eres el orgullo de las hembras y yo el de los varones". Recuerdo a Concha Chicola Suárez, alta, que vivía en Zapotes, Gil Mateo de Acosta Alvarez, rubio, Caridad Cardentey, Carmen Simeón González, Carmen Ramón de Paz, Antonia González, que tenía las uñas muy largas, Mercedes Martínez Andreu, Marlene, mexicana, Jesús Quintana y Joaquín Raboso, primos. Quedé en primer lugar del curso.
Hice un dibujo a tinta china de unos alumnos con el uniforme de la escuela, que salió publicado en el suplemento dominical "País Gráfico" del periódico "El País". Escribí cuatro poesías, de las que recuerdo dos. Yo había pensado seguir a la Escuela Normal para Maestros en San Joaquín y hacerme maestra. Pero durante las vacaciones de verano entre 7mo y 8vo grado, cuando tenía 13 años, me di cuenta de que no tenía paciencia ninguna para enseñar y decidí cursar 8vo grado comercial para ingresar en la Escuela Profesional de Comercio en Ayestarán y hacerme contador. Para ello hubo de dar mi madre una carta de autorización. El maestro de rudimentos de comercio era delgado, un poco desgarbado. No se permitía borrar o tachar, cuando se cometía un error había que escribir "digo". Las prácticas de mecanografía las realizábamos en dos máquinas antiguas que tenían en el pasillo. Ese corredor utilizaban los varones como taller de carpintería. Estábamos en la 4ta aula. En la clase de dibujo comercial, la maestra abría un periódico sobre el escritorio y no lo bajaba ni miraba a los alumnos durante toda la clase. Y nosotros nos le escápabamos del aula y regresábamos cuando iba ya a volver a sonar el timbre. Yo dibujé un anuncio de cosméticos y en caligrafía escribí los nombres de actores de cine creo que en letra redondilla, lo que no nos enseñó ella, sino lo aprendí yo de una vecina. Recuerdo a la maestra de inglés, Belén Pardo, pero yo había tomado ya 2 años en el Centro Especial de Inglés #12 en la Calzada 10 de Octubre, de 6 a 7, y estaba cursando el 3ro. De español recuerdo aquellas conjugaciones, el tiempo pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo, la forma perifrástica; los análisis analógico, sintáctico, prosódico y ortográfico; el ejemplo ilustrativo de cacofonía "en el balcón con Conrado". Leímos "Don Quijote de la Mancha" de Miguel de Cervantes Saavedra; se analizó la oración en el capítulo 35, "Todos reían sino el tendero". Leímos el romance fronterizo "Alora la bien cercada". Alora la bien cercada/ tú que estás cerca del río,/ cercóte el Adelantado/ una mañana en domingo/ de peones y hombres de armas/ el campo bien guarnecido. Leímos la poesía "La niña rara" de J.M. Blanco Belmonte. Detrás de su vaca roja/ que al verde pradillo va,... y siempre que torna a casa/ y siempre que al prado va/ la niña cierra los ojos/ con resolución tenaz/ y a ciegas cruza la playa/ de la niebla entre el cendal,... el mar me robó a mi padre/ ¡y yo no quiero ver el mar! "¿Dónde está Dios?" Esa luz mas elocuente/ que mi labio te dirá/ que hasta en el eco infantil/ de la palabra fugaz/ con que por Dios me preguntas/ la esencia de Dios está, la que yo tenía por de Sor Juana Inés de la Cruz, natural de Toluca, México y ahora la reclaman como de un autor venezolano. En la clase de español de la Escuela Profesional de Comercio, creo que en el 2do año de contador mercantil, leímos "Cecilia Valdés" de Cirilo Villaverde de la Paz, estudiamos la frase "un sí un no". Recuerdo a Rolando, apodado "Escobillón", que vivía en San Leonardo, Orozco, Virginia Cárdenas, Emilio, Daisy Ugalde, Pedro Iglesias García. En época de exámenes, a principios de diciembre, fines de marzo y fines de mayo, podíamos irnos temprano cuando terminábamos el examen. En ese local funcionaba una escuela elemental por la mañana, un kindergarten al fondo y por las noches el Centro Especial de Inglés #14, donde estudió el guitarrista Eduardo Espígul. Domingo F. Sarmiento Albarracín fue el 7mo presidente de Argentina, en 1868.
Solamente 15 compañeros participamos en la ceremonia de graduación conjunta de todas las escuelas superiores, en el Palacio de Convenciones y Deportes en Malecón y Paseo, vestidos de blanco, un solo varón, Gil. El vestido largo tenía una berta de satín blanco. En el acto me tocó sentarme al lado de una antigua alumna de Aguayo, Dulce María Figueroa, que me recordaba. Quedé en segundo lugar del curso por unas centésimas de puntuación. Cuando, al cabo de 9 años, fui a la escuela, que para entonces se había mudado para la calle Carmen #27 entre 10 de Octubre y Párraga en la Víbora, a solicitar un certificado para la Escuela de Ciencias Sociales, la nueva directora, Dra. Dominica Del Amo, joven, me permitió mirar los libros. Descubrí un error en la suma de las notas y mi promedio era 91.72, ella rectificó la anotación en el libro y me emitió un certificado rectificado. Había sacado el primer lugar del curso después de todo.
Son observaciones curiosas que los maestros de matemáticas y rudimentos de comercio eran hombres y usaban traje, las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía, economía doméstica y español eran blancas, las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía y economía doméstica eran blancas, la maestra de física era mulata "guayabuda", la maestra de inglés era rubia de ojos azules, las maestras de música y dibujo eran mulatas y la profesora de educación física era negra.
Matriculé dos asignaturas de Administración Pública en la Escuela de Ciencias Sociales por la libre, adquirí las conferencias mimeografiadas encuadernadas en la librería de la Universidad, pero las encontré insuperablemente aburridas y nunca me presenté a examen.
Sobre la Escuela Primaria Superior 16 Domingo F. Sarmiento en Enamorados #215 entre Flores y Serrano, en Santos Suárez: Funcionaba en la sesión de la tarde, de 1 a 6. La dirección ocupaba la primera pieza, que habría sido la sala de la edificación y tenía dos ventanas grandes al portal. El portal estaba contiguo a la acera. La directora era la Dra. Clara Luz Sifontes. Había cuatro aulas, dos de 7mo grado, una de 8vo grado académico y una de 8vocomercial, ninguna tenía ventanas y el calor era, en mayo, junio y septiembre, asfixiante.
El primer día de clases fuimos objeto de novatadas, imitando a los institutos de Segunda Enseñanza. Todavía no teníamos los uniformes de reglamento. Yo llevaba un vestido de saya y chaqueta color aqua y, advertida, me puse la chaqueta vuelta al revés. Los alumnos de 8vo grado nos tiraron pintura. La esposa de mi primo materno, Lalita, me hizo los uniformes, saya azul prusia con tirantes anchos con el monograma EPS bordado y blusa blanca de mangas largas.
En 7mo grado yo tenía el número 22 en la lista de asistencia. Ocupábamos la 2da aula. Les escribí la asignatura a las libretas en la primera página en letra gótica y les dibujé una cara en tinta, y las forré en papel de estraza. La maestra de historia, muy disciplinaria, nos llamaba por el apellido. Recuerdo el examen sobre la conquista del Perú, Francisco Pizarro y el Inca Atahualpa, y la de México, Hernán Cortés y el Azteca Moctezuma. La maestra de geografía era hermana de la de historia y mucho mas indulgente. La maestra de gramática, de torso amplio, vivía en San Indalecio; en su clase leímos el cuento "Naufragio" del libro Corazón de Edmundo De Amicis. Recuerdo el apócope "obediente", el antónimo "despedir". La maestra de física era delgada, de color guayaba, de pelo castaño rizado. Recuerdo los cambios de estado de la materia, la sublimación del yodo, "La materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma". Thamyris Cardelle López le obsequió una flor queriendo dárselas de maduro. El maestro de matemáticas, Vicente Valdés, parecía ser protestante, hablaba de la biblia, criticaba al catolicismo. Recuerdo muy vagamente de la clase de anatomía los cuadros sinópticos de los sistemas óseo, nervioso, sanguíneo, digestivo. No recuerdo si teníamos clases de biología o no. ¿Las plantas monocotiledóneas y dicotiledóneas eran de entonces? En las clases de economía doméstica y trabajos manuales hice un álbum de fotografías forrado en papel aterciopelado marrón con un cordón dorado y papel en diseño marmóleo verde, que todavía conservo, y una pantalla de lámpara para mesa de noche, con placas de radiografía blanqueadas con cloro, cartulina azul claro y alguna calcomanía. Teníamos clases de música, cantábamos el himno "20 de Mayo", el Himno Invasor, "La Bayamesa". ¿No te acuerdas, gentil bayamesa/ que tú fuiste mi sol refulgente/ y risueño en tu lánguida frente/ blando beso imprimí con ardor? La profesora de educación física se llamaba Petronila Gutiérrez; en el patio lateral dábamos carreras y siempre ganábamos u otra alumna, Amada, gruesa, o yo. Una compañera, Miguelina Prado Franquiz, que vivía mas lejos que yo, paraba en casa camino a la escuela, para ir conmigo, pero yo casi siempre me demoraba y la hacía llegar tarde, y dejó de pasar a buscarme. Yo a veces oía empezar el programa de "Chicharito y Sopeira" del radio de alguna casa apresurándome calle abajo por Flores. Mi amiga inseparable en 7mo grado fue Josefina Toledo Rodríguez, de tez blanca y pelo muy negro, lacio, 2 días mayor que yo, que se sentaba en el pupitre delante de mí y vivía en San Leonardo. Hablábamos tanto que nos apodaron Periquito y Guacamayo. Nos llevaron al zoológico.... De excursión, no para el aviario. Tengo fotografías de ese día. Tuve que leer una composición en un acto por el Día de las Madres. Los dos alumnos que mejor nota sacábamos en la clase éramos Luis Lara Hayado, alto, al que apodaban "Caña Hueca", y yo. Luis me dijo un día inmodestamente, "Tú eres el orgullo de las hembras y yo el de los varones". Recuerdo a Concha Chicola Suárez, alta, que vivía en Zapotes, Gil Mateo de Acosta Alvarez, rubio, Caridad Cardentey, Carmen Simeón González, Carmen Ramón de Paz, Antonia González, que tenía las uñas muy largas, Mercedes Martínez Andreu, Marlene, mexicana, Jesús Quintana y Joaquín Raboso, primos. Quedé en primer lugar del curso.
Hice un dibujo a tinta china de unos alumnos con el uniforme de la escuela, que salió publicado en el suplemento dominical "País Gráfico" del periódico "El País". Escribí cuatro poesías, de las que recuerdo dos. Yo había pensado seguir a la Escuela Normal para Maestros en San Joaquín y hacerme maestra. Pero durante las vacaciones de verano entre 7mo y 8vo grado, cuando tenía 13 años, me di cuenta de que no tenía paciencia ninguna para enseñar y decidí cursar 8vo grado comercial para ingresar en la Escuela Profesional de Comercio en Ayestarán y hacerme contador. Para ello hubo de dar mi madre una carta de autorización. El maestro de rudimentos de comercio era delgado, un poco desgarbado. No se permitía borrar o tachar, cuando se cometía un error había que escribir "digo". Las prácticas de mecanografía las realizábamos en dos máquinas antiguas que tenían en el pasillo. Ese corredor utilizaban los varones como taller de carpintería. Estábamos en la 4ta aula. En la clase de dibujo comercial, la maestra abría un periódico sobre el escritorio y no lo bajaba ni miraba a los alumnos durante toda la clase. Y nosotros nos le escápabamos del aula y regresábamos cuando iba ya a volver a sonar el timbre. Yo dibujé un anuncio de cosméticos y en caligrafía escribí los nombres de actores de cine creo que en letra redondilla, lo que no nos enseñó ella, sino lo aprendí yo de una vecina. Recuerdo a la maestra de inglés, Belén Pardo, pero yo había tomado ya 2 años en el Centro Especial de Inglés #12 en la Calzada 10 de Octubre, de 6 a 7, y estaba cursando el 3ro. De español recuerdo aquellas conjugaciones, el tiempo pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo, la forma perifrástica; los análisis analógico, sintáctico, prosódico y ortográfico; el ejemplo ilustrativo de cacofonía "en el balcón con Conrado". Leímos "Don Quijote de la Mancha" de Miguel de Cervantes Saavedra; se analizó la oración en el capítulo 35, "Todos reían sino el tendero". Leímos el romance fronterizo "Alora la bien cercada". Alora la bien cercada/ tú que estás cerca del río,/ cercóte el Adelantado/ una mañana en domingo/ de peones y hombres de armas/ el campo bien guarnecido. Leímos la poesía "La niña rara" de J.M. Blanco Belmonte. Detrás de su vaca roja/ que al verde pradillo va,... y siempre que torna a casa/ y siempre que al prado va/ la niña cierra los ojos/ con resolución tenaz/ y a ciegas cruza la playa/ de la niebla entre el cendal,... el mar me robó a mi padre/ ¡y yo no quiero ver el mar! "¿Dónde está Dios?" Esa luz mas elocuente/ que mi labio te dirá/ que hasta en el eco infantil/ de la palabra fugaz/ con que por Dios me preguntas/ la esencia de Dios está, la que yo tenía por de Sor Juana Inés de la Cruz, natural de Toluca, México y ahora la reclaman como de un autor venezolano. En la clase de español de la Escuela Profesional de Comercio, creo que en el 2do año de contador mercantil, leímos "Cecilia Valdés" de Cirilo Villaverde de la Paz, estudiamos la frase "un sí un no". Recuerdo a Rolando, apodado "Escobillón", que vivía en San Leonardo, Orozco, Virginia Cárdenas, Emilio, Daisy Ugalde, Pedro Iglesias García. En época de exámenes, a principios de diciembre, fines de marzo y fines de mayo, podíamos irnos temprano cuando terminábamos el examen. En ese local funcionaba una escuela elemental por la mañana, un kindergarten al fondo y por las noches el Centro Especial de Inglés #14, donde estudió el guitarrista Eduardo Espígul. Domingo F. Sarmiento Albarracín fue el 7mo presidente de Argentina, en 1868.
Solamente 15 compañeros participamos en la ceremonia de graduación conjunta de todas las escuelas superiores, en el Palacio de Convenciones y Deportes en Malecón y Paseo, vestidos de blanco, un solo varón, Gil. El vestido largo tenía una berta de satín blanco. En el acto me tocó sentarme al lado de una antigua alumna de Aguayo, Dulce María Figueroa, que me recordaba. Quedé en segundo lugar del curso por unas centésimas de puntuación. Cuando, al cabo de 9 años, fui a la escuela, que para entonces se había mudado para la calle Carmen #27 entre 10 de Octubre y Párraga en la Víbora, a solicitar un certificado para la Escuela de Ciencias Sociales, la nueva directora, Dra. Dominica Del Amo, joven, me permitió mirar los libros. Descubrí un error en la suma de las notas y mi promedio era 91.72, ella rectificó la anotación en el libro y me emitió un certificado rectificado. Había sacado el primer lugar del curso después de todo.
Son observaciones curiosas que los maestros de matemáticas y rudimentos de comercio eran hombres y usaban traje, las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía, economía doméstica y español eran blancas, las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía y economía doméstica eran blancas, la maestra de física era mulata "guayabuda", la maestra de inglés era rubia de ojos azules, las maestras de música y dibujo eran mulatas y la profesora de educación física era negra.
Matriculé dos asignaturas de Administración Pública en la Escuela de Ciencias Sociales por la libre, adquirí las conferencias mimeografiadas encuadernadas en la librería de la Universidad, pero las encontré insuperablemente aburridas y nunca me presenté a examen.
.oOOOo.
MÁS ALTA QUE EL CIELO
Tomada de: Granada Costa Nacional
Este año, que cansinamente da sus últimos pasos por los caminos del tiempo, se despide de nosotros con los ojos enrojecidos y un rictus de preocupación y aflicción. De su aliento mucho más agrio que dulce escapa, entre siete mil y una sombras, un rayo de luz que envuelve la vida de los seres humanos con la intención de depositar en ellos la semilla de la esperanza. Verdaderamente, bajo el cielo no sólo de Granada sino del mundo entero, cada día termina algo bello, algo hermoso, y cada día también empieza a germinar algo precioso, algo tan encantador y puro como la propia vida, porque donde se marchita una rosa siempre nace otra, aunque nunca, mientras vivamos, olvidemos a las que nos antecedieron, al fin y al cabo todo cuanto somos y tenemos se lo debemos, salvo excepciones, a aquellas rosas que por ley de vida ya nos dejaron, aunque su belleza de espíritu y su fragancia sin término permanecen con nosotros, como un credo de amor, de paz y de victoria. Este año, presto ya a desaparecer, atravesando el horizonte brumoso tras el cual descansa sin sobresaltos el pasado, se nos marcha calladamente, como un verso aún sin escribir, dejándonos para el recuerdo la cara y cruz de su canto. Un canto concebido y gestado en las mismísimas entrañas de las muchas lágrimas y escasas risas de su corazón, el cual desde su primer día de vida quiso ser pan y gloria para todos los humanos, mas sólo se quedó en una pesadilla, en un jeroglífico sin descifrar, en una encrucijada de donde parten múltiples caminos que no van a parte alguna. Pues bien, este año ya caduco y escurridizo cumple nuestra Constitución treinta y ocho años. “El mayor bien de la sociedad, dice M. Edgeworth, debe ser el objeto de toda legislación”. Y en ello pensaron y así actuaron “los padres” de la misma. El 6 de diciembre de 1978 se celebró en toda España el preceptivo referéndum para la aprobación o el rechazo de la Carta Magna, la cual, como todos sabemos, fue por mayoría legítimamente aceptada según los criterios democráticos. Desde ese mismo día se dio por concluido el periodo de la transición y empezamos todos los españoles a vivir en régimen democrático. En el respeto de los derechos y deberes de cada persona está la base del bien común de toda la sociedad, entendiendo por bien común aquel del que se benefician todos los ciudadanos. A. Aróstegui lo define “como el bien que, siendo propio de cada persona, constituye, al mismo tiempo, el bien de una comunidad en la cual solamente puede conseguirse”. Este bien común debe ser la suma de todos aquellos caracteres positivos de la vida social, gracias a los cuales cada individuo puede lograr con el máximo de igualdad, garantía y posibilidades su propia realización como persona. Por ello, cada uno de nosotros tenemos el deber de cooperar lo más activamente posible, tanto a nivel personal como comunitario, para conseguir la continua fructificación de nuestra Constitución como un bien de todos y para todos. De lo anteriormente expuesto se deduce que el bien de los ciudadanos, como seres integrantes de la sociedad española, debe estar muy por encima de los intereses partidistas e individuales, por lo que hemos de adaptar los de nuestra Comunidad, los de nuestro partido y los nuestros propios a las necesidades de los demás, en definitiva, del pueblo español. Es evidente que todo aquello que ha sido creado por personas está sujeto a posibles cambios a lo largo y ancho del tiempo. Pero, ¡ojo!, si hay algo que cambiar, o añadir, o suprimir, o simplemente rizar el rizo más de lo que ya está en nuestra Ley de Leyes, no puede ser nunca a favor de esta o de aquella Comunidad Autónoma, sino para bien y prosperidad de todas ellas. Los nacionalismos dentro de la geografía española intentan, o más bien promulgan, salirse de la Constitución o adaptarla a sus teorías segregacionistas. ¿No son conscientes estas señoras y señores que cualquier nacionalista de cualquier Comunidad Autónoma vive en el pasado bien pasado? ¿Quieren dividir España, ya en el siglo XXI, en reinos de taifa, precisamente cuando los países más desarrollados se unen para acelerar el progreso y el estado de bienestar? Entierren de una vez el fanatismo nacionalista y construyan el presente desde la cohesión con las demás Comunidades y no desde la separación medievalista de las mismas. “El nacionalismo, refiere Vargas Llosa, es una plaga que ha llenado de sangre la Historia, y al que hay que combatir”. Los nacionalismos defienden la desigualdad y proponen medidas que derivan en la discriminación. Asimismo, los nacionalismos producen un enfrentamiento entre los ciudadanos y exigen derechos diferenciales para los territorios, a sabiendas que los derechos no son de los territorios, sino de los ciudadanos. Obviamente, cada Comunidad Autónoma tiene su historia particular, su idiosincrasia, sus costumbres, sus riquezas, sus virtudes, sus defectos, sus recuerdos…, incluso algunas, lengua propia. Todo esto reunido le da a cada una su carácter único y la distingue de las demás. Los españoles somos conscientes de que la diversidad en nuestro país es amplia y enriquecedora. Este reconocimiento, tanto a nivel personal como colectivo, debe honrar a cada Comunidad, así como a cada uno de sus miembros, porque esta fortuna debe expresar, promover y mantener, desde el respeto, el diálogo, la concordia, la solidaridad… de quienes la disfrutan, la unidad de todos los corazones, de todos los esfuerzos, de todas las ideas, de todas las tierras…, siempre con el espíritu abierto y en comunión perfecta. Sólo así engrandeceremos y encumbraremos a todas las Comunidades y Ciudades Autónomas que forman este país, España, único en el mundo por sus características, cualidades, cultura, tesoros, forma de vida…, tan apreciadas y apetecidas y envidiadas por los habitantes de todo el mundo. Cuando nuestra Constitución cumplió su mayoría de edad, y a petición del Área de Cultura de la Excma. Diputación de Málaga, escribí un poema en Homenaje a nuestra Carta Magna. De él le transcribo hoy, amigo lector, sus últimos versos: He visto, España, / cómo un amanecer nuevo y sin sombras, / un amanecer nacido de tu propia sangre, / besaba y fecundaba y enaltecía / tu alma siempre pura, / tu cuerpo hermoso y con duende. / ¡Oh inmensa España soberana! / Tierra de luminoso alimento. / El presente ha nacido de esa semilla, / de esa aurora con esplendor y sustancia propia. / El mañana también ha de germinar con fulgor / infinito, con savia de gozo, / de sabiduría y de comprensión en su más alta cota, / como un mar de vida soleada, / como un campo sembrado de bondad y armonía, / de esa alba nueva / con deseos de comunicación y de victoria, / de corazones generosos / y de sangre de soberanía. / Su luz será más alta que el cielo. // (Del libro “De la misma luz”, Ed. Corona del Sur, Málaga 1999).
Carlos Benítez Villodres
LA MADRE
Por Lola Benítez Molina
Málaga (España)
Una madre es lo más preciado que se puede tener. Ella es manantial de
dulzura sin límites, la máxima luz que brilla por doquier. Sin su apoyo vagamos
perdidos. Su fuerza nos engrandece, su mirada guía los pasos de sus hijos en el
diario caminar por la vida. Una madre es bastión de reyes, entereza
sobrehumana, solidez y estabilidad ante los variados y a veces persistentes laberintos,
incertidumbres y avatares que nos agobian y
nos colapsan, que ensombrecen nuestra existencia…
Sobre su falta no quiero hablar, pues las tinieblas se apoderan del
firmamento, aunque su estrella, como aquella de Oriente, nos siga diciendo qué
paso debemos dar para no errar. “Sin duda, cuando se ama de ese modo, nunca
puede admitirse la muerte. Se cree que el amor
protege. Incluso si no vuelve, si se extravía en la nieve…, lo esperará”. Bellas palabras extraídas
de la novela: “El
vino de
la soledad” (1935), de Irene Nemirovsky. Curiosamente, esta
escritora escribió dicho libro autobiográfico inspirada por la frivolidad y el rechazo de su madre hacia ella, de ahí que el dolor
ante esa soledad se haga patente ante la ausencia de esa madre. Irene, además, aprovecha
para describir la sociedad en la que le tocó vivir durante la revolución bolchevique.
Ser madre es un regalo de Dios, que viene a confirmarnos su existencia,
pues sólo Él puede concedernos ese don, ya que una madre
tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y por la incansable solicitud
de sus cuidados. Ciertamente, Dios, aunque puede estar en todas partes a la
vez, creó a las madres para que le ayudarán en su tarea divina. Tengamos
siempre presente que “el amor de madre, refiere Marion C. Garretty, es el
combustible que le permite a un ser humano hacer lo imposible”.
Una madre es, sin duda, nuestros ojos y nuestras manos, nuestra esperanza y
nuestro sustento vital. En la distancia percibe nuestro sentir. ¡Qué grandioso
es ser madre! No hay energía ni aliento que la supere. Tenerla reconforta al
más desdichado, y en los momentos de desconcierto, ella sabe indicarnos el camino
que debemos elegir para que nuestra vida sea manantial inagotable de luz y
amor. Además, una madre siempre te ofrece su regazo de paz y entrega sin
condiciones. Sabe escuchar a sus hijos
como nadie lo haría en este mundo de rumbo incierto, de realidades muchas veces
incomprensibles, dolorosas y opacas, que se anclan en nuestro corazón y en
nuestra mente.
Obviamente, una madre amaina las tempestades que intentan arrastrar a sus hijos
a los abismos de la vida; hace salir el sol cuando nos hallamos atrapados por
las garras de las noches más tenebrosas; aleja de sus vástagos hasta más allá
del universo la tristeza, las confusiones, la oscuridad siempre poderosa, y,
con su saber estar, nos enseña que su amor es totalmente incondicional y
atemporal, pues siempre está y estará velando por nosotros. “Jamás en la vida,
dice Honoré de Balzac, encontraremos ternura mejor, más profunda, más
desinteresada y verdadera que la de nuestra madre”. Ella es nuestra diosa
terrenal, la que nos enseña, con generosidad sin límites, a vivir y a ser
dichosos en nuestra vida. Sus sentimientos de amor y entrega y valentía no los
marchita ni los destruye el tiempo.
Benevolencia, sinceridad, perdón… son siempre palabras que tienen cabida en
el vocabulario de una madre. Si el mundo se hallase gobernado por el tipo de
personas con las características de una buena madre, los caminos del mismo serían
mucho mejor transitables y los problemas, que angustian y desesperan a un
sinfín de personas, estarían solucionados prontamente por quienes tienen el
deber y la responsabilidad de solventarlos.
Desde aquí hago un guiño a todas las madres del mundo, a esas mujeres que,
gracias a su maternidad, ya son colaboradoras de Dios en el gran ministerio del
amor. “Madres, manifiesta León Tolstoi, en vuestras manos tenéis la salvación
del mundo”.
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