HOMENAJE A GARCÍA LORCA CON AUTOR
jueves, 1 de junio de 2017
Los Profesionales que sufrieron prisión y murieron en el transcurso de la Guerra de los Diez Años
Por: René
León
El licenciado. José Antonio López Espinosa, del
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas. Ha realizado una
interesante investigación sobre los profesionales que recibieron prisión y los
que murieron en el transcurso de la Guerra de los Diez Años en Cuba. Desde su
inicio en Octubre 10 de 1868.
Cuando
Carlos Manuel de Céspedes da el grito de “Viva Cuba Libre” en La Demajagua,
libera a sus esclavos y con un grupo de revolucionarios suscriben la
“Declaración de Independencia”. Se da
comienzo la guerra contra España. En esta cruenta contienda se unieron hombres
de diferente color, con un sólo afán, el ser libres. Entre estos hombres los profesionales
formaron fila con los soldados que se fueron a la manigua. Esta guerra no fue
una guerra de privilegiados, fue de hombres que deseaban ver libre su patria
del yugo español.
Al inicio de
las hostilidades los voluntarios españoles cometieron abusos contra los cubanos
en diferentes partes de la isla pero en especial en La Habana. Para complacer a
las exigencias de los voluntarios, Dulce decide enviar para el destierro, pero en realidad fue a la
prisión a 250 cubanos a la isla de Fernando Poo, esto sucede el 21 de mayo de
1869, en el buque “San Francisco de Boja” que se encontraba en el puerto de La
Habana.
La lista de
los médicos, dentistas y farmacéuticos, eran:
Martín Agüero, dentista de Puerto Príncipe de 30
años de edad
Manuel
Álvarez, farmacéutico de Cabañas 40 años
Manuel Bravo Santis, médico de Cárdenas de 35 años
Carlos Cónor, farmacéutico de Guatemala 30 años
Rafael Forts, dentista de Guanabacoa 25 años
Patrocinio Freires, médico de Cárdenas 40 años
Silvestre Pérez, farmacéutico de Calabazar de 30
años, murió en el viaje
Joaquín del Río, farmacéutico de Remedios de 38 años
Dionisio Sáez, médico de Cárdenas de 30 años
Ángel Sandoval, médico de Corralito de 44 años.
En su
excelente investigación del Licenciado José Antonio López Espinosa, el agrega
la lista de los estudiantes recién graduados y caídos en combate, como médicos,
dentistas y farmacéuticos en la Universidad de La Habana. Es posible que se
pudiera olvidar algún nombre, pero la investigación fue bastante difícil de
encontrar a todos ellos:
Alfredo Álvarez Carballo, estudiante de medicina
caído en 1875
Enrique de Jesús Álvarez Martínez, estudiante de
medicina caído en 1871
Sebastián Amabile Correa, licenciado en medicina
caído en 1869
Rafael Argilagos Guinferrer, doctor en medicina
caído en 1869
Filipo Carlos de Ayala, doctor en medicina caído en
1869
Pedro Betancourt Viamonte, cirujano dentista caído
en 1870
Honorato del Castillo Cansío, bachiller en medicina
caído 1869
José María de Castro Meneses, bachiller en medicina
caído en 1869
Ramón José Cortés Artiles, flebotomiano (sangrador)
caído en 1870
José Genaro Díaz Valdivia, bachiller en medicina
caído en 1875
Luis Magín Díaz Valdivia, bachiller en medicina
caído en 1870
Francisco Figueroa Veliz, doctor en farmacia caído
en 1870
José Manuel González Guerra, farmacéutico caído en
1870
Francisco Figueroa Velis, doctor en farmacia caído
en 1870
Antonio Lorda Ortegosa, licenciado en medicina caído
en 1871
Agustín Morales Martín, estudiante de medicina caído
en 1875
Esteban Poncet Álvarez, estudiante de medicina caído
en 1877
Isidro Portillo Junco, estudiante de medicina caído
en 1872
Alejandro del Río Rodríguez, licenciado en medicina
caído en 1872
Domingo Sterling Varona, estudiante de medicina
caído en 1871
José Antonio Toymil Zapela, estudiante de medicina
caído en 1871
Antonio María Urbano Pedroso, estudiante de medicina
caído en 1875.
Al finalizar
su ensayo el Licenciado José Antonio López, termina diciendo:
“Con este
breve ensayo se ha querido, a la vez recordar una efemérides de tanta
importancia para la historia patria como el 10 de octubre de 1868, honrar a la
memoria de los médicos, dentistas, farmacéuticos, estudiantes y profesionales
de la salud que dieron su vida a la causa de la libertad…”
LA EFÍMERA JUVENTUD
Lola Benítez Molina
Málaga (España)
Aquellos que la tienen no saben que poseen el más bello de los tesoros y, como no son conscientes de ello, no la disfrutan. Cabalgan con ímpetu, con fuerza, pero no saben disfrutar de las cosas sencillas, de un nuevo amanecer, del resurgir de la primavera cada día, del goce de vivir, simplemente, porque se está vivo, del rocío, de la aurora, de una sonrisa o de una caricia bien dada.
Ese tesoro lleva escondido sentimientos encontrados, lucha de titanes, la furia de la osada rebeldía, el despertar de la inocencia, sentimientos nobles, quiero creer que también. Tienen el futuro en sus manos, todo el camino por delante, el vuelo rasante, pero, además, mucho tormento, lucha de clases, rebelión cuerpo a cuerpo, goce y disfrute unidos.
¡Cuántas cosas tienen y no lo saben!
El gran poeta, escritor, editor y diplomático estadounidense, del movimiento romántico, James Rusell Lowell, diría: “Si la juventud es un defecto, es un defecto del que nos curamos demasiado pronto”.
Con el paso del tiempo, se quiere atrapar el instante, disfrutar de cada momento, la sabiduría es un don, se vuela con otra ilusión, se sueña lo inalcanzable, la lucha se hace pausada, la nobleza se engrandece, pero la esencia permanece. Los sentimientos son los mismos del ayer, pero con una callada quietud, los ojos todo lo ven, aunque la vista se halle cansada. Hay que aferrarse al presente y disfrutar de lo bello que nos traiga la vida, que no es poco.
A los que aún tienen el tesoro, que un día le robarán, pero que aún no son conscientes de ello, les digo que den cabida, en sus corazones, a todos los sentimientos nobles y que acojan a los que lo perdieron porque de ellos aprenderán el amor por lo insignificante y serán el vivo reflejo.
“La juventud es el momento de estudiar la sabiduría, la vejez, el de practicarla”, palabras de Rousseau.
Hoy es uno de esos días que necesito embriagarme de la luz del sol, empaparme de naturaleza y volar a “donde el corazón me lleve”, bello título de la novela de Susanna Tamaro. Quizá, así me reencuentre con esa efímera juventud.
AMERICA ANTES DE CRISTO
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| Foto tomada de: twitter.com |
Con la publicación de America antes de Cristo en la versión en ingles America, B,C. escrita por el por el profesor Barry Fell se ha. puesto de manifiesto que los navegantes Leif Ericksson y Cristóbal Colón fueron otros tantos que llegaron a nuestra América. Así, con dicha hipótesis, se descarta que tanto Leif Ericksson como Colón fueron los primeros en llegar al continente.
El autor del libro, Profesor Barry Fell, sostiene con algunos datos reales e hipótesis que hace cerca de 2,300 años habían navegantes que llegaban al continente americano procedente de Europa y que existieron colonias establecidas en nuestra América que representaron colonias estables por un período de tiempo estimable.
Por casi un siglo, algunos arqueólogos y otros hombres de ciencia, habían tratado de hallar la respuesta del origen de algunos edificios hechos de piedra hallados en la región nordeste de los Estados Unidos. En 1975, se hallaron inscripciones celtas de los primeros visitantes de este continente, en los edificios ruinosos del nordeste de los Estados Unidos. El nombre de dicha escritura antigua es el de "ogam" y era utilizada por celtas y celtíberos. Dicha escritura carecía de vocales y el uso de la misma data de casi unos mil años antes de Cristo. Cuando los fenicios se instalaron como comerciantes en la peninsula Ibérica (España y parte de Portugal) los fenicios agregaron las vocales al alfabeto "ogam".
De acuerdo con los estudios realizados al respecto y detallados en el libro que comentamos, hace más de 3,000 años navegantes celtas cruzaron el Atlántico desde España y Portugal y establecieron campamentos en Nueva Inglaterra y en Oklahoma. Otros navegantes hablando los antiguos dialectos vascos, fenicios y libio llegaron más tarde a la misma región. Hubieron colonias de dichos exploradores en Pennsylvania, West Virginia y Ohio, según relata el autor del libro.
Un hecho único interesante está en los rasgos faciales de los indios americanos del Mediano Oeste así como los del Nordeste los cuales no son tan asiáticos en sus rasgos faciales como los de otras tribus americanas.
Un hecho histórico importante es que cuando los indios Micmac del Nordeste americano fueron cristianizados alrededor del siglo XVIII por los misioneros católicos, los mismos escribieron el "Padre Nuestro" usando, jeroglíficos muy parecidos a los egipcios. Los misioneros no reconocieron los mismos y pensaron que era una escritura primitiva heredada. Esto demuestra que otros navegantes además de los celtas e ibéricos también visitaron la América en épocas muy remotas dejando como huella de su paso, su alfabeto o jeroglíficos.
Fueron los arqueólogos los que descubrieron la "Piedra de Davenport" la que al ser descubierta en 1874 trajo una serie conjeturas·y conflictos alrededor de su verdadero origen. Esta piedra fue hallada en una tumba india y se tuvo al comienzo como fraudulenta. El autor del libro,Profesor Fell, dice que la misma tiene el valor arqueológico que la famosa "Piedra Rosetta" hallada por el científico Champollion durante la invasión del ejercito napoleónico en Egipto, la cual ayudó a descifrar parte de los extraños jeroglíficos egipcios. La "Piedra de Davenport" en cuestión contiene datos astronómicos en tres idiomas antiguos, a saber, egipcio, ibero-púnico, y libio. Esta fue la clave para saber el significado de la escritura de los indios Micmac, los cuales sabían utilizar los jeroglíficos egipcios.
El comercio era la finalidad primordial de estos viajes a tierras americanas. Se basaba el mismo en pieles, minerales y otros artículos. Es necesario apuntar que Julio César se sintió atraído por las pieles que usaban los galos y tratando de saber de donde ellos la obtenían, creyó - según informes recibidos por sus espías que las mismas eran obtenidas en el territorio de las Galias, por lo que decidió expandir sus dominios y se lanzó a la conquista de dicho territorio. Es en el año 55 Antes de Cristo cuando César invadió por tierra y mar las Galias. Se enfrentó a la armada celta, cuyas naves estaban impulsadas por velas y no por remeros. Dichas naves estaban hechas para recorrer largas distancias utilizando la fuerza y dirección del viento y no, como las naves romanas y griegas que en muchos casos eran impulsadas por sus remeros. Las naves galas estaban reforzadas con planchas de hierro presentando un poderoso impedimento a las naves del César. Pero como la historia se escribe, contando con hechos fortuitos, el azar estuvo de parte de Julio César, y las naves celtas se vieron inmovilizadas por falta del viento propicio, y fue cuando las naves romanas utilizando el impulso de sus remeros cercaron una a una cada nave tomándolas por asaltó, ganando la batalla Julio César. Esta parte de la historia debe cerrarse con el comentario de que César al conquistar el territorio de las Galias comprobó que las pieles que usaban sus enemigos no eran proveídas en las Galías, sino que eran de un lugar remoto, al cual no pudo llegar Julio César.
Es después de la expansión militar romana que el tráfico se suspende en forma definitiva entre la península Ibérica y nuestra América. El hecho de perderse el contacto, fue lanzando al olvido las rutas marítimas que una vez unieron el territorio ibérico con el continente americano y esto duró por casi 1500 años, hasta que Colón, con noticias ciertas, con datos tomados de la tradición oral, con leyendas antiguas y con un alto sentido de aventura, retomó el camino que abriera las puertas olvidadas de nuestra América.
Así se hizo la historia antigua de la época pre-colombina. Estudios al respecto siguen haciéndose y tal vez conozcamos mucho más acerca de este asunto dentro de poco tiempo.
René León
René León
El torquetum permitía calcular la posición de los cuerpos celestes y ajustar la hora y la fecha. Este instrumento, compuesto de discos y placas fue abandonado cuando Galileo tuvo la idea del telescopio. Fue descrito primeramente por Claudio Ptolomeo en el siglo II pero parece que su primer constructor fue Jabir ibn Aflah (Al-Andalus, siglo XII).1 (Tomada de Wikepedia)
‘Siempre en el entonces’, sobre el amor, la vejez y la muerte
José Antonio Albertini durante la grabación del programa Cuba y su Historia de la WLRN TV Canal 17, el 24 de Julio del 2014. Roberto Koltun el Nuevo Herald
MANUEL C. DÍAZ
Especial/el Nuevo Herald
Muchos escritores encuentran en la historia una fuente inagotable de ideas. Algunos inventan un personaje y lo sitúan en una trama con un trasfondo de histórica trascendencia. Otros, en lugar de inventarlo, utilizan uno verdadero y, a partir de su biografía, construyen una novela. Nada malo en ello; ambas técnicas narrativas son válidas.
Y es que puestos a escribirla, ¿por qué no hacerlo tomando como base hechos verídicos? Sobre todo cuando la realidad, como se dice, supera la fantasía. Después de todo, ¿no es eso lo que siempre han recomendado los profesores de escritura creativa? La verdad es que la mayoría de los escritores lo ha hecho; hasta los consagrados. Sin embargo, hay quienes prefieren fabricar sus ficciones, no a partir de la historia sino de sus recuerdos, como ha hecho el escritor cubano José Antonio Albertini en su libro más reciente, Siempre en el entonces (Alexandria Library, 2017).
El volumen está compuesto de dos noveletas (una al comienzo y otra al final) y ocho cuentos convenientemente colocados entre ambas. La primera de ellas, Las macuquinas de don Maximino, que por la complejidad de su trama podría haber sido una novela, es una historia de amor que transcurre en dos épocas separadas por siglos de distancia y en la que aparecen, entrelazados con leyendas y mitos, temas como la trasmigración de las almas, la inmortalidad y la reencarnación. La segunda, Siempre en el entonces, que da título al libro, es también una historia de amor; solo que más contemporánea y tremendamente conmovedora porque se desarrolla al final de la vida de sus protagonistas cuando ambos se preparan, con serenidad y confianza, a partir hacia el ocaso.
Pero son los cuentos quienes le otorgan al libro (quizás por la ligera homogeneidad estilística que los enlaza) su continuidad argumental. Y es que todos están escritos a partir de las vivencias del autor. Desde el primero, A las puertas de la noche, un breve pero poético homenaje literario a Hemingway; hasta el último, Transitar sin adioses, un empírico decálogo de dolorosas despedidas. No son los únicos. Hay otros en los que es posible advertir, aun más, su esencia anecdótica.
Como por ejemplo, en el titulado Horizontes de mar y cielo, narrado con un extraordinario aliento literario y en el que se recrea un imaginado encuentro entre Dulce María Loynaz y un exiliado cubano que ha regresado en sueños a la isla. O en La vida es un adiós, un relato inspirado en la canción Adiós felicidad, de la compositora cubana Ela O'Farrill, repleto de detalles de época y reminiscencias personales. O en El estertor de la memoria, quizás el más logrado del conjunto, dedicado a Pablo Pastrana Bencomo, un cubano desterrado que padecía de Alzheimer y anhelaba regresar a su patria. El relato, narrado alternando flashbacks de su pasado en Cuba con escenas de su vida en Estados Unidos, avanza hacia un final que, aunque previsible, no deja de resultar doloroso: un día el anciano salió de su casa “aferrando su vieja maleta de isla extraviada” y fue encontrado muerto en las vías de un tren.
Siempre en el entonces es un libro muy bien escrito que sorprende por su diversidad temática y por el novedoso tratamiento que se le da a viejos temas literarios, tales como el amor, la vejez y la muerte. Tanto en las noveletas como en los cuentos, Albertini emplea un lenguaje que, aunque directo, no está exento de cierta capacidad de sugerencia. Aquí las tramas no son históricas; sino personales. Nostalgias convertidas en literatura.
José Antonio Albertini nació en Santa Clara, provincia de Las Villas, Cuba. Fue condenado a prisión por conspirar contra el gobierno. En el presente reside en Estados Unidos, junto a su familia. Es autor de las novelas Tierra de extraños, A orillas delparaíso, Cuando la sangre mancha, El entierro del enterrador, Allá donde los ángeles vuelan y Un día de viento. En la actualidad conduce el programa televisivo Cuba y su historia en WLRN-CANAL 17. Es miembro del PEN CLUB de escritores cubanos en el exilio.
José Antonio Albertini estará presentado su libro ‘Siempre en el entonces’ el próximo miércoles 19 de abril a las 6:00 p.m. en el New Professions Technical Institute, situado en 4000 West Flagler St., Miami, Florida, 33134. El acto será moderado por el poeta Ángel Cuadra y la presentación estará a cargo del periodista Alberto Muller.
manuelcdiaz@comcast.net
Academia de la Historia de Cuba
La creación de una Academia de la Historia fue un acto de reafirmación nacional, en medio del nuevo estatus político económico marcado por la tutela e influencia de los Estados Unidos. La propia fecha de la sesión inaugural, el 10 de octubre de 1910, a un año de la restauración de la República tras la segunda intervención norteamericana, resulta reveladora al respecto. Ese día se cumplía el aniversario 42 del inicio de la Guerra de los Diez Años, momento inaugural de la gesta independentista del pueblo cubano. La Academia de la Historia de Cuba (AHC) fue una de las primeras del continente americano, solo precedida por las de Venezuela, Argentina, Colombia y Perú.
Contenido
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1 Primera época
1.1 Inicios
1.2 Reconocimiento como corporación oficial
1.3 Misión
1.4 Membresía
1.4.1 Fundadores
1.4.2 Otros académicos de número
1.5 Modificaciones en los reglamentos
1.6 Publicaciones
2 Segunda época
2.1 Misión
2.2 Atribuciones
2.3 Membresía
2.3.1 Junta Directiva
2.3.2 Miembros
3 Bibliografía
Primera época
La primera época de la Academia de la Historia de Cuba abarca desde 1910 hasta 1962.
Inicios
El primero en gestionar la fundación de una Academia de Historia después de la independencia fue Francisco de Paula Coronado, secundado por Vidal Morales y Néstor Ponce de León. Pero el fallecimiento de este último dejó la gestión en suspenso. La idea se mantuvo de una forma u otra hasta que Mario García Kohly le brindó su apoyo. Para esto consultó a Domingo Figarola Caneda, cuyo informe fue fundamental para la elaboración del decreto presidencial e incluyó una propuesta inicial de estatutos. Entre otros aspectos, lamentaba la destrucción de valiosas muestras de la civilización e historia de Cuba: edificios de gran valor arquitectónico, escudos, emblemas, estatuas, lápidas, retratos y otros testimonios iconográficos, al igual que importantes documentos personales, corrían el riesgo de perderse por la falta de un organismo oficial encargado de conservarlos.
La Academia de la Historia de Cuba fue creada por Decreto Presidencial fechado el 20 de agosto de 1910 e inaugurada el 10 de octubre del propio año. Tuvo en sus inicios carácter independiente, adscrita a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes; en julio de 1914 se le concedió personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales.
Estuvo dirigida por un presidente de honor, que debía ser a su vez el secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, un presidente efectivo, un secretario y un bibliotecario. El primer presidente fue Fernando Figueredo, sustituido tras una corta etapa por Evelio Rodríguez Lendián.
Reconocimiento como corporación oficial
Conforme a lo tratado en relación con la necesidad de legalizar la vida de la Academia, el 2 de julio de 1914, el Presidente de la República Mario García Menocal, sancionó la ley del Congreso que reconocía a la Academia de la Historia de Cuba y a la Academia Nacional de Artes y Letras, carácter oficial y autónomo. De acuerdo al texto de la ley, ambas academias tendrían personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales, así como vida autónoma, con arreglo a sus estatutos y reglamentos.
Misión
La misión fundamental de la Academia consistía en preservar la historia cubana, en medio de una situación de República intervenida, para ello tenía que investigar, adquirir, coleccionar y clasificar todos aquellos documentos que en mayor o menor grado pudieran ser una contribución al enriquecimiento de la historia del país.
Organizó concursos, ofreció conferencias y publicó monografías, colecciones y documentos. Contó con un archivo compuesto por más de diez mil documentos, entre los cuales figuran originales de Carlos Manuel de Céspedes y Salvador Cisneros Betancourt y copias valiosas extraídas del Archivo de Indias, relacionadas con la historia de Cuba. Se le encargaba, asimismo, salvar todo lo que constituyera un recuerdo histórico.
Membresía
Para el cumplimiento de la misión de la Academia fueron nombrados inicialmente un total de 30 Académicos de número, con residencia en La Habana, quienes debían seleccionar 30 académicos correspondientes, en el resto del país o el extranjero. Este cargo, para el que fueron señalados ciertos requisitos y que en lo adelante sería electivo, se confería de modo vitalicio, aunque con algunas condiciones, como la de no renunciar a la nacionalidad cubana.
Fundadores
Los treinta miembros fundadores de la Academia de la Historia de Cuba en 1910, fueron:
Francisco de Paula Coronado y Alvaro.
Juan Miguel Dihigo Mestre.
Tomás de Jústiz y del Valle.
Manuel Sanguily Garrite.
Evelio Rodríguez Lendián.
Rafael Fernández de Castro y Castro.
Luis Montané Dardé.
José Antonio González Lanuza.
Ramón Meza y Suárez Inclán.
José Miró Argenter.
Juan Gualberto Gómez.
Rodolfo Rodríguez de Armas.
Alfredo Miguel Aguayo Sánchez.
Rafael Cruz Pérez.
Fernando Figueredo Socarrás.
Enrique José Varona y Pera.
Enrique Collazo y Tejada.
Alfredo Zayas y Alfonso.
Fernando Ortiz Fernández.
Raimundo Cabrera y Bosh.
Sergio Cuevas Zequeira.
Domingo Figarola Caneda.
José de Armas y Cárdenas.
Eusebio Hernández y Pérez.
Ezequiel García Enseñat.
Manuel Pérez Beato.
Álvaro de la Iglesia y Santos.
Ramón Roa y Garí.
Pedro Mendoza Guerra.
Orestes Ferrara y Marino.
Otros académicos de número
René Lufríu y Alonso.
Joaquín Llaverías.
Antonio L. Valverde.
Francisco González del Valle.
Salvador Salazar y Roig.
Emeterio S. Santovenia.
José A. Rodríguez García.
José Antonio Cosculluela.
Rafael Montoro.
Néstor Carbonell y Rivero.
Carlos M. Trelles y Govín.
Manuel Márquez Sterling.
Carlos Manuel de Céspedes y Quesada.
Roque E. Garrigó.
José Manuel Pérez Cabrera.
Gerardo Castellanos.
Diego González.
Emilio Roig de Leuchsenring.
Carlos Márquez Sterling.
Benigno Souza y Rodríguez.
Gonzalo de Quesada y Miranda.
Federico de Córdova y de Quesada.
Enrique Gay Calbó.
Jorge Mañach y Robato.
Cosme de la Torriente.
José María Chacón y Calvo.
Pánfilo D. Camacho y Sánchez.
Manuel I. Mesa Rodríguez.
Juan J. Remos y Rubio.
Ramiro Guerra y Sánchez.
Enrique Loynaz del Castillo.
Manuel Isidro Méndez.
Elías Entralgo y Ballina.
Miguel Ángel Carbonell.
José Manuel Carbonell.
Luis A de Arce.
Gabriel García Galán.
José Conangla Fontanilles.
José Luciano Franco.
Luis Felipe Le Roy.
José Andrés Martínez Fortún y Foyo.
Francisco J. Ponte Domínguez (elegido en 1957).
José M de Ximeno.
Carlos M. Raggi Ageo.
José Rivero Muñiz.
César Rodríguez Expósito .
José Luis Vidarrueta.
Julio Morales Coello.
Juan Jerez Villarreal.
Modificaciones en los reglamentos
Las mayores modificaciones en los reglamentos de la Academia se centraron en la cantidad de numerarios, el reglamento de 1924 rebajó el tope a 25 y en cambio eliminó el de 30 para los correspondientes. Sin embargo, en marzo de 1926 los nuevos académicos Lufríu y Santovenia, propusieron reducir a 15 los académicos de número, pero aceptaron la propuesta de Néstor Carbonell de que fueran 18 los numerarios. A esto se opuso Jústiz, que había aceptado la reducción a 20. Finalmente se acordó fijar en 20 los académicos de número.
Un nuevo proyecto de reforma del reglamento de 1934, a cargo de Santovenia, Llaverías y Lufríu, retomó la idea de que fueran 15, pero la enmienda de Néstor Carbonell de dejarlos en 20 resultó aceptada por estrecho margen. A diferencia de ambas posturas, Carlos M. Trelles estimó que los numerarios debían ser 50. Justamente el aumento de sillones a esa cantidad, fue la modificación más notable en el reglamento de 1960. No obstante, le precedieron otras reformas intermedias. La primera, cuando se redujeron a 15 los miembros de número en 1940; la segunda, cuando se restituyó la cantidad de 20 en 1943 y la tercera cuando se añadieron tres puestos de académicos de honor, en 1948.
En los primeros reglamentos fue requisito para ocupar los sillones de académicos de número el hecho de residir en La Habana, lo que se modifica en 1935 para incluir a los residentes en municipios limítrofes, junto a la condición de tener más de 30 años. En el caso de los correspondientes, a partir de 1924 la obligación de presentar discursos de ingreso quedó circunscrita a los nacionales, quienes tratarían un asunto inédito relativo a la historia de Cuba. Además de eliminarse el límite de 30 correspondientes, se les permitió a estos la asistencia a las sesiones con voz en cuestiones de índole histórica, pero sin voto. A partir del segundo reglamento se incluyó en la mesa directiva el cargo de vicepresidente. De manera controlada, se tendió a facilitar la consulta de la biblioteca y archivo de la corporación. Se produjeron, asimismo, cambios en el ritual e indumentaria académica, por ejemplo lo establecido para el vestuario e insignias a portar en actos académicos u oficiales, al igual que en el tratamiento entre los numerarios y correspondientes.
El funcionamiento de la Academia no pudo sustraerse a los procesos sociales, culturales y profesionales a medida que avanza el siglo. Así se pudo ver en las precisiones incorporadas en el reglamento de 1935, a partir de la experiencia acumulada, en cuanto a objetivos de esclarecer y divulgar la historia de Cuba, estimular su estudio, fomentar el amor a su conservación y contribuir a todo empeño beneficioso a la cultura histórica; se incluyó lo referente a la emisión de informes a solicitud de los centros oficiales de la República, la respuesta a las consultas particulares, la intervención en asuntos de interés histórico, así como la celebración de actos conmemorativos en honor de grandes personalidades y acontecimientos, con preferencia los nacionales, y honrar la memoria de los historiadores de Cuba considerados clásicos.
Publicaciones
En 1919 apareció el primer tomo de Anales de la Academia de la Historia, publicado bajo la dirección de Domingo Figarola-Caneda. Su último número apareció en 1956. La Academia editó, entre 1944 y 1956, un Anuario que recogía en sus páginas las actividades y diversas cuestiones administrativas relacionadas con la institución. También publicó importantes obras como: Centón Epistolario de Domingo del Monte, la Historia de la Isla y catedral de Cuba, por Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, entre otras. (Diciembre 1958)
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1 Primera época
1.1 Inicios
1.2 Reconocimiento como corporación oficial
1.3 Misión
1.4 Membresía
1.4.1 Fundadores
1.4.2 Otros académicos de número
1.5 Modificaciones en los reglamentos
1.6 Publicaciones
2 Segunda época
2.1 Misión
2.2 Atribuciones
2.3 Membresía
2.3.1 Junta Directiva
2.3.2 Miembros
3 Bibliografía
Primera época
La primera época de la Academia de la Historia de Cuba abarca desde 1910 hasta 1962.
Inicios
El primero en gestionar la fundación de una Academia de Historia después de la independencia fue Francisco de Paula Coronado, secundado por Vidal Morales y Néstor Ponce de León. Pero el fallecimiento de este último dejó la gestión en suspenso. La idea se mantuvo de una forma u otra hasta que Mario García Kohly le brindó su apoyo. Para esto consultó a Domingo Figarola Caneda, cuyo informe fue fundamental para la elaboración del decreto presidencial e incluyó una propuesta inicial de estatutos. Entre otros aspectos, lamentaba la destrucción de valiosas muestras de la civilización e historia de Cuba: edificios de gran valor arquitectónico, escudos, emblemas, estatuas, lápidas, retratos y otros testimonios iconográficos, al igual que importantes documentos personales, corrían el riesgo de perderse por la falta de un organismo oficial encargado de conservarlos.
La Academia de la Historia de Cuba fue creada por Decreto Presidencial fechado el 20 de agosto de 1910 e inaugurada el 10 de octubre del propio año. Tuvo en sus inicios carácter independiente, adscrita a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes; en julio de 1914 se le concedió personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales.
Estuvo dirigida por un presidente de honor, que debía ser a su vez el secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, un presidente efectivo, un secretario y un bibliotecario. El primer presidente fue Fernando Figueredo, sustituido tras una corta etapa por Evelio Rodríguez Lendián.
Reconocimiento como corporación oficial
Conforme a lo tratado en relación con la necesidad de legalizar la vida de la Academia, el 2 de julio de 1914, el Presidente de la República Mario García Menocal, sancionó la ley del Congreso que reconocía a la Academia de la Historia de Cuba y a la Academia Nacional de Artes y Letras, carácter oficial y autónomo. De acuerdo al texto de la ley, ambas academias tendrían personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales, así como vida autónoma, con arreglo a sus estatutos y reglamentos.
Misión
La misión fundamental de la Academia consistía en preservar la historia cubana, en medio de una situación de República intervenida, para ello tenía que investigar, adquirir, coleccionar y clasificar todos aquellos documentos que en mayor o menor grado pudieran ser una contribución al enriquecimiento de la historia del país.
Organizó concursos, ofreció conferencias y publicó monografías, colecciones y documentos. Contó con un archivo compuesto por más de diez mil documentos, entre los cuales figuran originales de Carlos Manuel de Céspedes y Salvador Cisneros Betancourt y copias valiosas extraídas del Archivo de Indias, relacionadas con la historia de Cuba. Se le encargaba, asimismo, salvar todo lo que constituyera un recuerdo histórico.
Membresía
Para el cumplimiento de la misión de la Academia fueron nombrados inicialmente un total de 30 Académicos de número, con residencia en La Habana, quienes debían seleccionar 30 académicos correspondientes, en el resto del país o el extranjero. Este cargo, para el que fueron señalados ciertos requisitos y que en lo adelante sería electivo, se confería de modo vitalicio, aunque con algunas condiciones, como la de no renunciar a la nacionalidad cubana.
Fundadores
Los treinta miembros fundadores de la Academia de la Historia de Cuba en 1910, fueron:
Francisco de Paula Coronado y Alvaro.
Juan Miguel Dihigo Mestre.
Tomás de Jústiz y del Valle.
Manuel Sanguily Garrite.
Evelio Rodríguez Lendián.
Rafael Fernández de Castro y Castro.
Luis Montané Dardé.
José Antonio González Lanuza.
Ramón Meza y Suárez Inclán.
José Miró Argenter.
Juan Gualberto Gómez.
Rodolfo Rodríguez de Armas.
Alfredo Miguel Aguayo Sánchez.
Rafael Cruz Pérez.
Fernando Figueredo Socarrás.
Enrique José Varona y Pera.
Enrique Collazo y Tejada.
Alfredo Zayas y Alfonso.
Fernando Ortiz Fernández.
Raimundo Cabrera y Bosh.
Sergio Cuevas Zequeira.
Domingo Figarola Caneda.
José de Armas y Cárdenas.
Eusebio Hernández y Pérez.
Ezequiel García Enseñat.
Manuel Pérez Beato.
Álvaro de la Iglesia y Santos.
Ramón Roa y Garí.
Pedro Mendoza Guerra.
Orestes Ferrara y Marino.
Otros académicos de número
René Lufríu y Alonso.
Joaquín Llaverías.
Antonio L. Valverde.
Francisco González del Valle.
Salvador Salazar y Roig.
Emeterio S. Santovenia.
José A. Rodríguez García.
José Antonio Cosculluela.
Rafael Montoro.
Néstor Carbonell y Rivero.
Carlos M. Trelles y Govín.
Manuel Márquez Sterling.
Carlos Manuel de Céspedes y Quesada.
Roque E. Garrigó.
José Manuel Pérez Cabrera.
Gerardo Castellanos.
Diego González.
Emilio Roig de Leuchsenring.
Carlos Márquez Sterling.
Benigno Souza y Rodríguez.
Gonzalo de Quesada y Miranda.
Federico de Córdova y de Quesada.
Enrique Gay Calbó.
Jorge Mañach y Robato.
Cosme de la Torriente.
José María Chacón y Calvo.
Pánfilo D. Camacho y Sánchez.
Manuel I. Mesa Rodríguez.
Juan J. Remos y Rubio.
Ramiro Guerra y Sánchez.
Enrique Loynaz del Castillo.
Manuel Isidro Méndez.
Elías Entralgo y Ballina.
Miguel Ángel Carbonell.
José Manuel Carbonell.
Luis A de Arce.
Gabriel García Galán.
José Conangla Fontanilles.
José Luciano Franco.
Luis Felipe Le Roy.
José Andrés Martínez Fortún y Foyo.
Francisco J. Ponte Domínguez (elegido en 1957).
José M de Ximeno.
Carlos M. Raggi Ageo.
José Rivero Muñiz.
César Rodríguez Expósito .
José Luis Vidarrueta.
Julio Morales Coello.
Juan Jerez Villarreal.
Modificaciones en los reglamentos
Las mayores modificaciones en los reglamentos de la Academia se centraron en la cantidad de numerarios, el reglamento de 1924 rebajó el tope a 25 y en cambio eliminó el de 30 para los correspondientes. Sin embargo, en marzo de 1926 los nuevos académicos Lufríu y Santovenia, propusieron reducir a 15 los académicos de número, pero aceptaron la propuesta de Néstor Carbonell de que fueran 18 los numerarios. A esto se opuso Jústiz, que había aceptado la reducción a 20. Finalmente se acordó fijar en 20 los académicos de número.
Un nuevo proyecto de reforma del reglamento de 1934, a cargo de Santovenia, Llaverías y Lufríu, retomó la idea de que fueran 15, pero la enmienda de Néstor Carbonell de dejarlos en 20 resultó aceptada por estrecho margen. A diferencia de ambas posturas, Carlos M. Trelles estimó que los numerarios debían ser 50. Justamente el aumento de sillones a esa cantidad, fue la modificación más notable en el reglamento de 1960. No obstante, le precedieron otras reformas intermedias. La primera, cuando se redujeron a 15 los miembros de número en 1940; la segunda, cuando se restituyó la cantidad de 20 en 1943 y la tercera cuando se añadieron tres puestos de académicos de honor, en 1948.
En los primeros reglamentos fue requisito para ocupar los sillones de académicos de número el hecho de residir en La Habana, lo que se modifica en 1935 para incluir a los residentes en municipios limítrofes, junto a la condición de tener más de 30 años. En el caso de los correspondientes, a partir de 1924 la obligación de presentar discursos de ingreso quedó circunscrita a los nacionales, quienes tratarían un asunto inédito relativo a la historia de Cuba. Además de eliminarse el límite de 30 correspondientes, se les permitió a estos la asistencia a las sesiones con voz en cuestiones de índole histórica, pero sin voto. A partir del segundo reglamento se incluyó en la mesa directiva el cargo de vicepresidente. De manera controlada, se tendió a facilitar la consulta de la biblioteca y archivo de la corporación. Se produjeron, asimismo, cambios en el ritual e indumentaria académica, por ejemplo lo establecido para el vestuario e insignias a portar en actos académicos u oficiales, al igual que en el tratamiento entre los numerarios y correspondientes.
El funcionamiento de la Academia no pudo sustraerse a los procesos sociales, culturales y profesionales a medida que avanza el siglo. Así se pudo ver en las precisiones incorporadas en el reglamento de 1935, a partir de la experiencia acumulada, en cuanto a objetivos de esclarecer y divulgar la historia de Cuba, estimular su estudio, fomentar el amor a su conservación y contribuir a todo empeño beneficioso a la cultura histórica; se incluyó lo referente a la emisión de informes a solicitud de los centros oficiales de la República, la respuesta a las consultas particulares, la intervención en asuntos de interés histórico, así como la celebración de actos conmemorativos en honor de grandes personalidades y acontecimientos, con preferencia los nacionales, y honrar la memoria de los historiadores de Cuba considerados clásicos.
Publicaciones
En 1919 apareció el primer tomo de Anales de la Academia de la Historia, publicado bajo la dirección de Domingo Figarola-Caneda. Su último número apareció en 1956. La Academia editó, entre 1944 y 1956, un Anuario que recogía en sus páginas las actividades y diversas cuestiones administrativas relacionadas con la institución. También publicó importantes obras como: Centón Epistolario de Domingo del Monte, la Historia de la Isla y catedral de Cuba, por Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, entre otras. (Diciembre 1958)
Academia Cubana de la Lengua
Academia Cubana de la Lengua. Organismo rector de la norma y el uso de la variante cubana del español, reúne a los intelectuales más destacados por su contribución al fomento de la lengua española en Cuba. Pertenece a la Asociación de Academias de la Lengua Española.
Índice
[ocultar]Origen y Constitución[editar]
La Real Academia Española se constituyó el 6 de julio de 1713. No obstante, no fue hasta el 3 de diciembre de 1714 cuando, mediante una Real Orden de Fundación, el rey Felipe V autorizó la redacción de sus estatutos y les concedió a sus miembros ciertos privilegios. Esta institución encaminó su labor hacia la salvaguarda de la lengua literaria, aunque también prestó atención a la lengua usual. En el siglo XVIII ya existía la conciencia de que la lengua española había alcanzado un alto grado de perfección. El lema << Limpia, Fija y da Esplendor >> y el emblema – que muestra un crisol puesto al fuego- dan fe de la Academia: afianzar los vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad y elegancia. Cuando las colonias americanas alcanzaron la independencia de la Metrópoli, la Real Academia comprendió la necesidad de fomentar la creación de Corporaciones en la nuevas Repúblicas. El nacimiento de estas Academias Correspondientes no estuvo motivado por intereses políticos, sino porque consideraba que los ciudadanos de todas esas naciones tenían por patria común una misma lengua y, por tanto, compartían el patrimonio de una misma literatura. Las Academias Americanas y de Filipina surgieron a partir de un acuerdo tomado el 24 de noviembre de 1870. Así el 10 de mayo de 1871, nace la Academia Colombiana de la Lengua, la primera Correspondiente americana, con sede en Bogotá; y luego, en 1874, 1875 y 1876, le siguieron las Corporaciones ecuatoriana, mexicana y salvadoreña, en este orden. Desde el momento de su fundación, la tarea esencial de estas instituciones sería colaborar con su casa matriz en la elaboración del Diccionario y la Gramática, e informarla permanentemente del estado de la lengua en cada región. Entre 1922 y 1930, se organizaron ocho Academias que patentizaron la voluntad de España de conservar la unidad lingüística con sus antiguas colonias. Esta intención fue factor importante que propició el surgimiento de una Corporación semejante en Cuba. Sin embargo, lo más significativo es que la Academia Cubana de la Lengua se funda en Madrid el 19 de mayo de 1926, y no es hasta el 2 de octubre del mismo año, según consta en actas, cuando se reúnen por primera vez en La Habana los miembros designados para su constitución oficial. La directiva quedó compuesta por un director, un vicedirector y un secretario; estos tres cargos, establecidos por la Real Academia Española, fueron desempeñados por Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Antonio L. Valverde, respectivamente. La fundación de la Academia Cubana de la Lengua tuvo gran repercusión en la prensa de la época: el acontecimiento fue reseñado en varios periódicos, tales como el Diario de la Marina, El País y la revista mensual El Fígaro, fundada por Manuel S. Pichardo. Una vez constituida la Correspondiente cubana, se acordó crear una comisión integrada por Fernando Ortiz, Antonio Sánchez de Bustamante y Francisco de Paula Coronado para redactar el reglamento que regiría el trabajo y la vida académica. En 1927 aparecen los primeros estatutos, que serán modificados con posterioridad en lo que respecta a los cargos y al número de miembros. La cifra inicial, que fijaba en 18 el número de académicos, después de 1960 se incrementa a 24; actualmente por las letras del alfabeto. En 1927 se había establecido que la Academia tendría una publicación periódica en la que saldrían trabajos de diversa naturalezas, entre ellos los que reflejaran su vida interior y oficial; más no fue hasta 1952 cuando se publicó por primera vez el número correspondiente al trimestre enero-marzo de ese año. Otros cambios significativos introducidos son la creación de la dignidad de académico correspondiente aunque desde antes se hacían estos nombramientos y la celebración de las elecciones en juntas especiales. En el proyecto inicial de estatutos se instaura como requisito indispensable realizar un discurso de ingreso pero, al parecer, los primeros académicos fueron eximidos de ello, pues no hay evidencias de que se hayan llevado a efecto. Hasta 1951, según consta en actas, se resolvió mantener la suspensión del reglamento en lo que se refiere a este punto; sin embargo, más tarde se acordó defender la entrega de un trabajo que seria leído en acto público. En 1953 es refrendada la obligatoriedad de este ejercicio.
LITERATURA CUBANA: DEL TERRUÑO AL UNIVERSO.
Por Eduardo Lolo
Primera parte
Primera parte
[Conferencia presentada en la Sesión General de Inauguración del 98º Congreso Anual de la American Association
of Teachers of Spanish and Portuguese (AATSP) el viernes 8 de julio de 2016 en el Miami Marriot Biscayne Bay Hotel,
en Miami, Florida. Publicada por primera vez en la revista Hispania (Volumen 100, Número 1, Marzo de 2017, Páginas
3-15), como “Hispania Special Feature” de ese número e introducido por Sheri Spain Long (Editora de la revista) en
estos términos: “To help us launch Hispania’s anniversary year, I invited esteemed colleague and AATSP member Dr.
Eduardo Lolo (see bio below) to publish his engaging address from the General Opening Session of the 98th Annual
Conference of the AATSP in Miami, Florida. His plenary reminds us of the special place and space that both Cuban
and Cuban-American literature and culture occupy in local, global, and universal letters.” (p.2)]
La Palma Real (Roystonea regia) es el árbol nacional de
Cuba, cuya imagen puede verse, incluso, adornando majestuosa
el Escudo Nacional. Por su esbeltez y el penacho que
la corona –que semeja una cabellera femenina liberada–, José
Martí calificó las palmas reales, desde su óptica de exiliado,
como “novias que esperan”. Estos árboles gráciles no
necesitan cultivo alguno: nacen firmes de manera espontánea,
a golpe de sol de arrebato y telones de lluvia tropical.
A resultas de ello, desde mucho antes de la llegada de los
españoles y hasta nuestros días, el palmar constituye la
imagen más icónica, generalizada y estable del paisaje
cubano, cubriendo todos los campos de la Isla. Sin embargo,
no pocas veces las palmas reales se ven bestialmente azotadas
por el viento que ruge de boca de los huracanes que
frecuentemente visitan el trópico. Salen entonces volando
sus cabelleras, cruzando llanos y montañas, dando saltos en
las olas de los mares que abrigan la Isla toda: su nobleza
verde cabalgando azul, cambiando el idioma de la tierra por
el lenguaje de las aguas y, a través de este, al de otras tierras.
Un tanto igual pudiera decirse del desarrollo de la literatura cubana desde su nacimiento
en tanto que segmento de un corpus cultural que rebasa el carácter insular de la nacionalidad que
le sirve de origen. Consecuentemente, la literatura cubana también se aparta del monolingüismo
que constituye el patrón común de la mayoría de las literaturas nacionales establecidas,
desarrolladas en la lengua (oficial o no) de la generalidad de sus habitantes. Propicia semejante
característica sui generis el devenir/departir histórico de Cuba, con la paradójica condición de ser
un país de inmigrantes/emigrantes, en masivos fenómenos cíclicos que han hecho de la Isla de la
Palma Real añorado punto de llegada o de trágica huida, en algunas ocasiones de manera
simultánea. Como consecuencia de esa incongruente dicotomía, muchas de las obras maestras de
la literatura cubana han sido escritas fuera del terruño patrio, no pocas de ellas en una lengua
diferente del español.
En sus inicios, el viaje más común fue a la semilla de sus hablantes: España. En efecto,
algunos de sus escritores nacidos en la Isla de padres peninsulares o criollos, desarrollaron total o
parcialmente sus mejores obras en la tierra de sus antepasados: palmas nacidas entre olivares,
“Las palmas son novias”, de Ileana Ferrer
Govantes. Óleo sobre lienzo, 24”x30” abrigadas de vides. Fue tal la calidad de sus trabajos, que algunos de ellos son estudiados como
propios tanto en Cuba como en España. Por lógicas rozones de espacio voy a llamar la atención
sobre dos de ellos solamente: Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) y Eduardo Zamacois
(1873-1971).
La primera, nacida en Camagüey, hizo el viaje en olas de retorno a la raíz cultural hispana
siendo muy joven. Ya las palabras le salían, a borbotones, de la mirada. La misma que, húmeda de
nostalgia prematura, diera luz a su más famoso soneto: “Al partir”.
En España su familia se ubicó en el norte de la península. Pero el gris gallego era demasiado
lúgubre para las pupilas de la camagüeyana, acostumbradas a la luz de alarido del ardiente sol
tropical. Abandona, entonces, el hogar filial y trata de trasplantarse en un suelo más propicio al
recuerdo cálido que la perseguía: a Sevilla se fue en busca de
soles sin sombras; en Sevilla descansa hoy a la sombra soleada
del recuerdo de sus lectores, tanto en Cuba como en Espa-
ña. Pero entre el viaje inicial y el descanso postrero logró
desarrollar una vasta obra que cubre diversos géneros
literarios; todos en la cima de su tiempo. Vivió tan intensamente
como escribía; rompió moldes morales, políticos,
sociales y estéticos. En particular su teatro la hizo favorita del
público español; su vertical crítica a la esclavitud y su
reivindicación del indio, precursora del abolicionismo y el
indigenismo; su ofensiva contra el control masculino del
status quo de la época, predecesora del feminismo; su nada
convencional vida amorosa, poco menos que una estigmatizada
moral, aunque a la postre terminara viviendo como una
beata ermitaña, escribiendo rezos. Así de compleja, intensa y
contradictoria fue su vida, con tantos éxitos en lo profesional
como fracasos en lo personal; pues es el caso que la tragedia
de su vida superó las tragedias que escribiera.
Son muchas sus obras de alcance universal. Baste mencionar sus piezas de teatro Saúl
(1849) y Baltasar (1858), las novelas Sab (1841) y Guatimozín (1845) así como las dos ediciones
de su obra poética en 1841 y 1851.
El otro ejemplo de un escritor cubano que conquistó la fama en España que quiero destacar
es el del pinareño Eduardo Zamacois. A su salida de Cuba a los 4 años de edad, su familia vivió
brevemente en Bruselas y París antes de asentarse definitivamente en España. Agitado y rebelde
como la Avellaneda y los penachos de las palmas, abandonó los estudios universitarios para
dedicarse al periodismo, faceta en la cual editó importantes publicaciones periódicas; también fue,
fugazmente, corresponsal y cronista de guerra. Al mismo tiempo, Zamacois desarrolló una
fundamental obra ficcional, básicamente en la narración breve y el teatro. Fue un bohemio
extremadamente libertino ‒o “sicalíptico”, como se le llamaba entonces a quienes vivían tan afuera
de las normas morales. Quizás por ello sus primeras obras tuvieron un marcado tinte erótico, que
escandalizó a la sociedad española de la época. Empero, su prosa narrativa no era nada comercial
o descuidada como muchos relatos de características semejantes, sino que se destaca por presentar
una especie de fresco realista de la vida ordinaria que refleja. En entregas posteriores el elemento
social o histórico sería determinante, con el tratamiento de temas considerados muy espinosos en
la literatura peninsular de las primeras décadas del siglo XX tales como la vida de los presos, el
homosexualismo y la existencia marginal de los barrios bajos madrileños.
Gertrudis Gómez de Avellaneda. Lo harían célebre obras tales como Amar a oscuras (1894), El punto negro (1897), Horas
crueles (1905), El Otro (1909) ‒luego adaptada al teatro por el mismo Zamacois‒, la trilogía
novelística que comenzaría con Las raíces (1927), la selección de cuentos La risa, la carne y la
muerte: cuentos irónicos, cuentos pasionales, cuentos de asesinos, ladrones y fantasmas (1930),
la farsa grotesca Don Juan hace economías (1936), la novela de intención histórica El asedio de
Madrid (1938), y un largo etcétera. Fue, asimismo, un exitoso conferencista, precursor del uso de
medios audiovisuales en sus presentaciones. No menos notoria fue su labor en la radio, tanto como
escritor de libretos dramáticos (las populares “radio novelas” de origen cubano) como de comentarista.
Más allá de su cultivo de las novelas radiales, siempre mantuvo un estrecho nexo con la
Isla donde viniera a la vida. Su visita de joven a la finca “La Ceiba” donde había nacido (ubicada
en la provincia de Pinar del Río y propiedad suya por mucho tiempo), le hizo entrar en contacto
directo con el “guajiro” cubano, cuya sombra adolorida emergería luego tras la figura del labrador
español retratado en Las raíces.
Mi selección de Zamacois tiene un objetivo adicional:
llamar la atención sobre un autor en la actualidad prácticamente
olvidado, tanto por el público como por la crítica, lo mismo en
Cuba que en España. Y ello a pesar de haber sido uno de los
escritores más leídos de su tiempo y haber llamado la atención
de los estudiosos de la literatura desde sus primeras obras.
Conjeturo que semejante olvido pudiera estar
relacionado con su nada ortodoxa postura política, mantenida
en una época de marcado fanatismo ideológico, en la cual los
colores grises resultaban un anatema. Al comienzo de la Guerra
Civil Española, Zamacois no dudó en expresar sus simpatías
con el bando republicano y demostrarlo en sus escritos. Pese a
ello, al final de la contienda las autoridades republicanas
ordenaron su apresamiento por razones nunca aclaradas por
Zamacois.
Cómo se libró de la ira de los dos bandos españoles en
pugna, sería tema para una novela, que él nunca escribió. Paso
a hacer un resumen: Cuando se ordenó su apresamiento se
encontraba en Barcelona. Unos amigos de las fuerzas republicanas, enterados de la orden de
detención en su contra y temiendo por su vida, se adelantaron a quienes debían cumplir la
disposición y fingieron su apresamiento, aunque en realidad lo que hicieron fue ocultarlo de sus
propios camaradas. Viviendo en la clandestinidad, y a punto de los rebeldes tomar la ciudad, se
refugia en una sede diplomática mexicana, temiendo que por sus públicas simpatías republicanas
los nacionalistas lo apresaran. En medio del caos reinante, se hace pasar por otra persona y alcanza
la frontera con Francia. Allí, los guardias españoles despojaban de todo su dinero a quienes huían,
razón por la cual eran internados en campos de concentración franceses una vez cruzada la frontera.
Un guardia que lo reconoce decide ayudarlo y lo deja pasar sin confiscarle su dinero, por lo que
esquiva la detención fronteriza y logra llegar a París. Pero ahí no terminan sus cuitas: una vez en
la capital gala, las autoridades le dan 48 horas para que abandone Francia. Con el pasaporte español
que portaba tenía solamente dos opciones: regresar a España o viajar a la Unión Soviética. La
representante diplomática de Cuba en París le permitió esquivar uno y otro destino al expedirle de
Eduardo Zamacois. urgencia un pasaporte cubano, con el que pudo regresar a su país de origen, salvado a última hora
como a horcajadas de una palma.
Luego de exitosas estancias en Cuba, México y los Estados Unidos, Zamacois se asienta
permanente en la Argentina. En los años cincuenta, cuando Franco permitió el retorno de los
exiliados republicanos, no se acogió a la amnistía implícita. Ni siquiera quiso viajar a la Península
cuando se le ofreció rendirle un homenaje. Visitó Madrid brevemente (a manera de despedida o
vuelta de noria sentimental) poco antes de su muerte, pero sin aceptar su repatriación permanente:
ya la Argentina convertida en su destino final. Allí su pluma casi que permanece muda hasta su
último libro, esta vez de memorias: Un hombre que se va… (1964). De larga existencia (vivió casi
un siglo) en el exilio no parece haber mantenido una militancia política activa; sus novelas, otrora
famosas, hasta el presente no han sido reditadas seriamente.
Repito que solamente se puede conjeturar acerca de las razones del injustificado olvido en
que han caído Eduardo Zamacois y su extensa obra, incluso desde mucho antes de este morir. La
hipótesis que adelanto podría identificar semejante escamoteo histórico e indiferencia crítica en su
militancia republicana no comunista y, paralelamente, su rechazo a un retorno a España tras el
‘perdón’ franquista aceptado por muchos otros intelectuales del exilio. De ser cierta dicha
suposición, bien que podría ilustrarse su vida y obra como la del más famoso de los crucificados
de la historia: muerto en soledad entre dos bandoleros, uno a la izquierda y otro a la derecha.
Francia también sería punto de llegada de varios escritores cubanos decimonónicos,
quienes crearían sus obras en el idioma del país que los acogiera. Igualmente en este caso voy a
reducir mis comentarios a solo dos: María de las Mercedes Santa Cruz y Cárdenas de Jaruco, más
conocida como la Condesa de Merlín o Le Belle Créole (1788-1852) y José María de Heredia
(1842-1905).
La Bella Criolla vivió su infancia en Cuba, fundamentalmente
al cuidado de su abuela paterna y luego de las monjas del
Convento de Santa Clara de La Habana, una de las cuales influyó
tanto en su formación que terminaría escribiendo su biografía
(Histoire de la Soeur Inès, de 1832). A los 12 años la llevan a
España, donde su madre era Dama de Honor de la Reina y tuvo
su primer contacto con la alta sociedad aristocrática y cultural
europea de la época. En las tertulias de la reina conoció a
personajes tales como Leandro Fernández de Moratín y Francisco
Goya, entre otros ilustres artistas e intelectuales españoles
del momento.
Por razones políticas la familia se traslada a Francia, que
es donde la joven criolla desarrollaría su obra literaria. En la
ciudad luz continúa su vida aristocrática que nunca le abandonaría,
rodeada de eminentes personajes de la cultura europea que
la admiraban por su belleza, su voz (cantaba muy bien, según
testimonios de quienes la oyeron), su atrayente personalidad y el
exotismo de sus raíces. Precisamente, en una tertulia de la alta
sociedad conoce a Antoine Cristobal de Merlin, un general napoleónico nombrado Conde por
méritos militares, quien la desposa en 1811. A su condición de hija de un conde español añadiría
entonces la de esposa de un conde francés, quien le aportaría el nombre con el cual sería conocida
como escritora.
La Condesa de Merlín. - Eduardo Lolo
5
La Condesa de Merlín se reconoce como una de las figuras cimeras de la llamada “literatura
de viajes” y las memorias, modalidades muy en boga en el siglo XIX. Su primer libro se ubica en
el segundo de los subgéneros narrativos mencionados: Mes douze premières années (1831), escrito
con un estilo romántico a lo Chateaubriand. Luego le llegaría la fama con los cuatro volúmenes de
Souvenirs et mémoires de madame la comtesse de Merlin, publiées par elle mêmem (1836) y otros
libros afines. En 1841 publica una obra que sería sumamente controvertida: Les esclaves dans les
colonies espagnoles, accompagné d’autres textes sur l’exclavage à Cuba, cuya traducción al
español vendría precedida por una nada sorpresiva introducción de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
El texto, dada su militancia abolicionista, fue criticado tanto en Francia como en España.
Pero su obra más famosa sería la de un viaje que pudiera catalogarse a sí misma: La Havane (1844),
traducida al español con el título de Viaje a La Habana. Consta de una treintena de cartas (mucho
menos en la traducción española) donde, además de presentar su visión de la capital cubana,
continúa su mensaje antiesclavista.
La habanera y la camagüeyana pueden considerarse pilares fundamentales de la literatura
femenina decimonónica, donde a la calidad literaria y a la belleza femenil unieron el carácter
siempre contemporáneamente polémico de las causas justas. Las dos fueron igualmente criticadas
por sus vidas amorosas poco convencionales: Gertrudis en su juventud; Mercedes en su madurez,
ya viuda. También es de destacar la vigencia de la cubanía en ambas; sin estridencias, pero con
amor; su presencia como antídoto de la nostalgia, pues las dos criollas trasplantadas de suelo nunca
dejaron de tener sus raíces en el terruño de donde partieron a la universalidad. La diferencia del
vehículo lingüístico no fue un obstáculo para todo lo que tuvieron en común. Tula llevó en su
cabellera el penacho de la palma, donde anidaron, agradecidas y sorprendidas a la vez, las
golondrinas madrileñas. La Bella Criolla, por otra parte, hizo mecerse con el viento parisino una
esbelta palma real mucho antes que la Torre Eiffel hiciera lo propio. Palma que abonaría en suelo
galo, incluso con más fama y reconocimiento, otro cubano enraizado: José María de Heredia.
El bardo santiaguero salió de Cuba a la edad de ocho
años y no regresó a la Isla sino casi un decenio después. Su
estancia habanera sería muy corta, retornando casi de inmediato
a Francia, donde recibiría una esmerada educación clá-
sica.
En esas décadas finales del siglo XIX que le tocó vivir al
criollo trasplantado, se hizo evidente que el Romanticismo y el
Naturalismo habían perdido en Francia toda vigencia como
movimientos literarios. Los admirados maestros comenzaron a
ser vistos como figuras obsoletas y las nuevas generaciones de
artistas galos (entre ellos Heredia) pronto comenzarían la
búsqueda de nuevas formas acordes con el nuevo espíritu de fin
du siècle que los asfixiaba.
Así las cosas, Théophile Gautier ideó una nueva
concepción poética que luego desarrollarían otros bardos más
jóvenes, entre los que se encontraba De Heredia. En 1866
apareció el primer número de la publicación periódica Parnasse
Contemporain, que se convertiría en la punta de lanza del
movimiento y de donde tomarían el nombre sus integrantes. A
partir de entonces los “parnassiens” (como se les bautizó) se
dieron a la tarea de cultivar una poesía contraria a la romántica,
José María de Heredia. proclamando un regreso estético a la Grecia antigua (de ahí la referencia al Parnaso), practicando una
especie de escapismo ideológico mediante el llamado l'art pour l'art y utilizando elementos pictóricos
como fórmulas poéticas más allá del lenguaje ekfrástico, entre otras características. A ellos se les debe
la ‘recuperación’ del soneto, subestimado por el Romanticismo.
La importancia de Heredia en el desarrollo del parnasianismo y, por ende, de la literatura
francesa del período fue tal que en 1893 se le otorgó la nacionalidad francesa como paso previo a
su elección, un año después, como Miembro Numerario de la Académie Française; el primer
escritor de origen cubano (y posiblemente el único) en recibir semejante reconocimiento.
Su obra, empero, no fue cuantiosa. De Heredia escribió muy poco y publicó todavía menos.
No obstante, sus sonetos circulaban profusamente en copias manuscritas, lo cual cimentó su
reputación de bardo de aires nuevos incluso antes de estos aparecer en un tomo (con poemas de
otras formas) titulado Les Trophées (1893). Además de ese libro, al ser investido miembro de la
Académie solamente tenía en su haber unas pocas traducciones y algún que otro trabajo menor.
No se conoce de otro escritor que haya sido admitido en la Academia Francesa con una obra tan
pobre cuantitativamente. Su importancia residía, exclusivamente, en la excelsa calidad de su
factura y su influencia en sus contemporáneos. No en balde otro destacado poeta del momento,
François Coppée, calificó el exiguo corpus de Heredia como “légende des siècles en sonnets.”
El soneto más famoso de Les Trophées tiene como tema la hispanización del Nuevo
Mundo: “Les Conquérante”. Se trata de una visión que, aunque no ‘políticamente correcta’ de
acuerdo a nuestra óptica actual, dice mucho de su admiración y hasta satisfacción por la herencia
cultural recibida de quienes llevaron el idioma español a la tierra donde nació. Porque es el caso
que aunque, hasta donde tengo conocimiento, De Heredia escribió solamente en francés, siempre
mantuvo un sólido nexo con sus raíces. Prueba de ello es la cálida referencia a la isla
hispanoamericana donde naciera en su discurso de entrada a la Académie: la palma real ocupando
el sillón #4 de la vetusta institución.
La preferencia lingüística señalada no fue, en momento alguno, motivo de claustro. Como
en una especie de noria literaria, la obra de Heredia influyó notablemente en la poesía hispanoamericana.
Sirve de muestra la fascinación que sus versos ejercieron sobre insignes poetas tales como
Amado Nervo y Rubén Darío. Para ellos el penacho de la palma real, aunque expresándose en
francés, mantenía todo el esplendor de su trópico de nacimiento.
Las luchas de los cubanos por la independencia de la Isla, extendidas ‒salvo durante un
breve período‒ por tres décadas (1868-1898), trajeron como resultado un notable éxodo de criollos
independentistas, ya sea por efecto del destierro punitivo o la huida al exilio. Decenas de escritores
cubanos fueron forzados a abandonar la Isla o decidieron continuar sus vidas “sin Patria pero sin
amo”. Aquí también voy a comentar la obra de solamente dos creadores, tan conocidos que casi
basta únicamente con mencionarlos: José Martí (1853-1895) y Cirilo Villaverde (1812-1894).
El primero, desterrado desde su adolescencia, se convertiría fuera de La Habana que lo
viera nacer en el más importante escritor cubano de todos los tiempos y uno de los más destacados en idioma español. Creó casi toda su extensa obra en el exilio
–fundamentalmente en Nueva York– y se le considera el punto
inicial del Modernismo hispano que luego desarrollaría Rubén
Darío. Al llamado de las “novias que esperan” Martí regresó a
la Isla, donde murió en combate luchando por la independencia
de Cuba. Es de destacar, sin embargo, que en ningún momento
rechazó la tierra de sus padres o su cultura, pues siempre
enfatizó que el enemigo no era España, sino el colonialismo.
De ahí que fuera admirado como escritor en toda la Hispanidad.
Cultivó la poesía, la novela, el ensayo, el teatro y el
periodismo literario. Entre sus obras fundamentales se encuentran:
El presidio político en Cuba (1871), Ismaelillo (1882),
Amistad funesta (1885), Versos sencillos (1891) y decenas de
crónicas periodísticas de marcada calidad literaria. Cultivó
también la literatura infantil, sentando las bases postrománticas
de dicha categoría con La Edad de Oro (1889), una
colección multigenérica considerada una de las piezas clásicas
de la literatura para niños en español de todos los tiempos.
El Louvre
Tomada de: Habana Elegante
Es un hermoso café que está situado en la esquina donde comienza la calle de San Rafael y que sirve de punto de reunión a la gente de mundo que habita, ya como estable, ya como transitoria, esta ciudad. Salones espaciosos y ventilados, cubiertas sus paredes y columnas de espejos y brillantemente alumbrados, ofrece un lugar elegante y céntrico a la multitud de empleados, militares, marinos, negociantes, etc., que carecen aquí de familia y que forman tertulias en las mesas del establecimiento, muy bien servido y provisto de cuanto puede antojársele al paladar más exigente. El bullicio que produce la incesante charla de los concurrentes, da un carácter de fiesta atractiva, y puede decirse que si se cerrase el Louvre sería un día de duelo para los que saben saborear la vida, pues difícilmente se encontraría otro lugar en la ciudad que supliese al que vamos describiendo.
Multitud de personas de distintas categorías sociales acuden allí en pos de citas, ytambién tahures y toda clase de gente vividora o alegre que se conciertan para sus aventuras. Es el verdadero círculo de la gente despreocupada y traviesa de levita, que fragua planes de conquistas femeniles, de burlas a la policía, y de toda clase de negocios nonc santos. Los que son prácticos clasifican prontamente la calidad de los distintos grupos que por zonas toman posesión de las mesas del café a diferentes horas, y con una sola mirada pueden decir cómo anda el barómetro de la moralidad pública. En los altos hay juegos de billar y tresillo y algunas veces se dan bailes donde alternan las razas sin las preocupaciones que en otras esferas, bailando muchos jóvenes que se tienen por paletos y elegantes, con lavanderas y fregonas de color de ébano que huelen a sebo y a cebolla y
que fingen ocultar su rostro con la careta, que es de todas épocas en esta clase de bailes.
Pero dejemos el interior del Louvre que bajo su brillante aspecto tiene muchas telarañas y a las que echaremos un velo por no disgustar a las muchas personas intachables que allá concurren, y plantémonos en la acera que da frente al Parque y que es el lugar más animado y turbulento de la Habana y reflejo de nuestro carácter, que allí se ostenta con mayor espansión por estar al aire libre.
Es una semejanza aunque en menor escala de la Puerta del Sol de Madrid y un lugar verdaderamente alegre. Todo lo que no cabe dentro del café está, en la acera. Billeteros de todas las loterías nacionales, que gritan desaforadamente su mercancía; vendedores de periódicos y debastones, limpiabotas, limosneros, convidadores de garitos, truhanes de todas especies, jugadores, agentes o corredores de la tienda de Cupido; policía uniformada y secreta que todo lo husmea; vagos que esperan la llegada de algún amigo que los convide a cualquiera cosa, ycuantas clases de petardistas pueda imaginar el lector, se hallan allá en alegre roce con otras muchas gentes honradas que pasean por la anchurosa yelegante acera, gozosas de haber encontrado un lugar que contrasta por su belleza con la fealdad y estrechez del resto de la población. Allí se chismea todo lo que pasa ylo que no pasa; atraviesan las ninfas de ciertas calles para recordar su existencia ysus gracias a los disolutos, y también llegan en sus carruajes y a pie damas honestas yencopetadas a saborear los helados de París, que se confeccionan en un establecimiento especial.
Se discuten las reputaciones, se cena en los buenos restaurantes, se bebe, se gesticula y se riñe. Es la acera del Louvre como la caja de Pandora, donde están los males y los bienes. Allí está todo o por allí pasa todo lo fashionable de la Habana. No hay necesidad de ir a otro sitio para hallar lo que se desea, y lo mismo se puede encontrar una mirada de virgen tropical que regenere hasta á un escéptico, que otra que conduzca a una sentina de corrupción; y puede encontrarse también un carterista que le escamotee la cartera del bolsillo.
Los demás establecimientos de la acera son a cual mejores y se clasifican así:
Hotel yrestaurant de Inglaterra, el primero que se montó con lujo en esta ciudad y cuyo salón de comer se ve siempre muy concurrido.
Cosmopolitan, café y restaurant, donde se come muy bien y sobre todo, se cena.
Washington, café y también restaurant, muy decente.
Casino alemán, círculo privado, en los altos.
Helados de París.
Barbería el Louvre, acicalamiento de jóvenes a la moda.
Hotel y restaurant Hispano Americano, más modesto.
Como se ve y contando con los alrededores, puede vivirse muy confortablemente sin salir de este centro, que no tiene que envidiar mucho a los de otras capitales.
Multitud de personas de distintas categorías sociales acuden allí en pos de citas, ytambién tahures y toda clase de gente vividora o alegre que se conciertan para sus aventuras. Es el verdadero círculo de la gente despreocupada y traviesa de levita, que fragua planes de conquistas femeniles, de burlas a la policía, y de toda clase de negocios nonc santos. Los que son prácticos clasifican prontamente la calidad de los distintos grupos que por zonas toman posesión de las mesas del café a diferentes horas, y con una sola mirada pueden decir cómo anda el barómetro de la moralidad pública. En los altos hay juegos de billar y tresillo y algunas veces se dan bailes donde alternan las razas sin las preocupaciones que en otras esferas, bailando muchos jóvenes que se tienen por paletos y elegantes, con lavanderas y fregonas de color de ébano que huelen a sebo y a cebolla y
Pero dejemos el interior del Louvre que bajo su brillante aspecto tiene muchas telarañas y a las que echaremos un velo por no disgustar a las muchas personas intachables que allá concurren, y plantémonos en la acera que da frente al Parque y que es el lugar más animado y turbulento de la Habana y reflejo de nuestro carácter, que allí se ostenta con mayor espansión por estar al aire libre.
Es una semejanza aunque en menor escala de la Puerta del Sol de Madrid y un lugar verdaderamente alegre. Todo lo que no cabe dentro del café está, en la acera. Billeteros de todas las loterías nacionales, que gritan desaforadamente su mercancía; vendedores de periódicos y debastones, limpiabotas, limosneros, convidadores de garitos, truhanes de todas especies, jugadores, agentes o corredores de la tienda de Cupido; policía uniformada y secreta que todo lo husmea; vagos que esperan la llegada de algún amigo que los convide a cualquiera cosa, ycuantas clases de petardistas pueda imaginar el lector, se hallan allá en alegre roce con otras muchas gentes honradas que pasean por la anchurosa yelegante acera, gozosas de haber encontrado un lugar que contrasta por su belleza con la fealdad y estrechez del resto de la población. Allí se chismea todo lo que pasa ylo que no pasa; atraviesan las ninfas de ciertas calles para recordar su existencia ysus gracias a los disolutos, y también llegan en sus carruajes y a pie damas honestas yencopetadas a saborear los helados de París, que se confeccionan en un establecimiento especial.
Los demás establecimientos de la acera son a cual mejores y se clasifican así:
Cosmopolitan, café y restaurant, donde se come muy bien y sobre todo, se cena.
Washington, café y también restaurant, muy decente.
Casino alemán, círculo privado, en los altos.
Helados de París.
Barbería el Louvre, acicalamiento de jóvenes a la moda.
Hotel y restaurant Hispano Americano, más modesto.
Antiguo edificio The Royal Bank of Canada
Tomada de: Opus Habana
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| The Royal Bank of Canada, principios del siglo XX |
The Royal Bank of Canada, es la mayor institución financiera de
Canadá, fundada en 1864 en Halifax, Nova Scotia, bajo la denominación Merchants
Bank of Halifax. En 1901 cambió su nombre a The Royal Bank of Canada y se daba
a conocer como “uno de los diez bancos más grandes del mundo”.
Esta entidad bancaria se asentó en el Caribe desde época muy temprana,
principalmente en la región anglosajona, ganando un gran prestigio. Su primera
sucursal fue fundada en 1882 en Bermuda, siguiéndole en 1899 las de New York y
La Habana. En 1903 The Royal Bank of Canada compró el Banco de Oriente de
Santiago de Cuba, y en 1904 el Banco del Comercio de La Habana. A mediados de
la década de 1920 ya poseía en Cuba más de 65 filiales, convirtiéndose en la
institución bancaria más grande de la Isla. En 1923 adquirió, y ayudó a
consolidar, las operaciones bancarias del banco Pedro Gómez Mena e Hijo.
En 1898, Mr. E. L. Pease, entonces administrador general del banco,
visitó La Habana con ánimos de inaugurar en ella una sucursal. Viendo el
terreno propicio para ello –desde el punto de vista económico y de los valores
de la ciudad misma–, la dirección del banco decidió abrir una oficina en la
capital cubana en enero de 1899. Fue la primera filial extranjera que tras el
fin del dominio colonial se radicó en Cuba sirviendo de escuela a una gran parte
de ejecutivos bancarios cubanos. Asimismo, se escogió como depositaria de los
fondos del Gobierno para el licenciamiento del Ejército Libertador, al cese de
la guerra hispanocubana.
A finales de la década de 1930 llegó a poseer 9 centrales que eran operados
por la Sugar Plantation Operation Company. Los primeros destinatarios de sus
préstamos eran firmas de financiamientos de autos con el 14 % del total y la
industria azucarera con el 11 %. Fue un banco comercial accionista del Banco
Nacional que comenzó a operar en 1950 como institución centralizadora de toda
la actividad bancaria en la Isla.
Sus principales clientes eran empresas extranjeras como la Compañía
Nacional de Alimentos; Créditos y Descuentos Mercantiles; Esso Standard Oil;
General Motor Acceptance Corporation; Compañía Petrolera Shell de Cuba; Cuban
Telephone Company y la General Electric Cubana, S.A. Las utilidades siempre
fueron superiores a 1 000 000 de pesos en la década de 1950.
Su primera ubicación en la capital cubana fue en un modesto local de
la calle Obrapía No. 25, donde abrió como Merchant Bank, luego se mudó al
número 33 de la misma calle, y allí se mantuvo hasta que construyó el gran building de Aguiar y Obrapía, pasando a la Bolsa
de La Habana el primer edificio que había levantado expresamente para sus
oficinas en 1904.
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| Oficinas, década de 1950 |
Según la Memoria Descriptiva para el nuevo edificio, la Dirección del
banco solicitó licencia en 1917 para levantar una nueva fábrica de seis pisos,
destinando la planta baja a las operaciones bancarias y los otros locales para
arrendamiento. Participaron como director facultativo el arquitecto Luis García
Nattes y como contratistas Purdy & Henderson, conocida y acreditada
compañía, cuyas oficinas radicaban en New York y Chicago, con sucursales en las
ciudades de Seattle, Montreal, San Juan de Puerto Rico, Puerto España, Santo
Domingo y La Habana. Fue Purdy & Henderson quien igualmente ejecutó la
construcción del anterior edificio y tendría a su cargo numerosas e importantes
obras como el Banco Nacional de Cuba (Obispo y Cuba), la Droguería Johnson, el
Centro Gallego, el Centro Asturiano, el Capitolio Nacional, entre otras,
incluyendo un conjunto de residencias privadas en el barrio capitalino del
Vedado. Esta firma se había establecido en Cuba desde 1901 y tuvo convenientes
intereses en otros sectores de la economía cubana, pues L. F. Browson, su
antiguo ejecutivo, había formado parte de la Junta del fracasado Banco Nacional
de Cuba desde la década de 1910 hasta el crac de 1921. Era cliente del Banco
Núñez y del Royal Bank of Canada.
Según el proyecto original, en la planta baja la fachada sería de
cantería de Jaimanitas y el resto de piedra artificial de cemento incluyendo
todas las decoraciones y cornisas, piedra a la que se le añadió un tinte
amarillo para acentuar aún más su severidad y magnificencia. Las cimentaciones,
columnas, arquitrabe y techo serían de cemento armado, como también la bóveda
para valores, las cubiertas de azotea, y los muros y tabiques de ladrillo.
Un patio central se abría desde el segundo piso y la porción
correspondiente a la planta baja quedaba cerrada por un lucernario de vidrios
alambrados y emplomados.
Todas las decoraciones interiores se hicieron de yeso así como el uso
del mármol y el mosaico prevaleció en los pavimentos, mientras el ladrillo
catalán se utilizó en la soladura de cubierta. La armadura metálica y el
cristal se emplearon en la carpintería en tanto las puertas de calles e
interiores se fabricaron en cedro. El hierro forjado ornamentaría los huecos de
ventanas y barandas de escaleras.
El acceso a los diferentes pisos se hacía por medio de dos ascensores
eléctricos y una escalera, contando además con otra para incendios.
En 1918, durante el proceso constructivo, se le añade un séptimo piso
destinado a restaurante y club, construido especialmente para ello. Este Lunch Club fue organizado por representantes,
banqueros, comerciantes y profesionales en general de La Habana y funcionó
hasta 1928 en que deciden ocupar los espacios del mismo para oficinas. En 1921
se le hicieron reformas en el segundo piso relacionadas al cierre de vanos y la
construcción de una nueva bóveda, esta vez para libros.
Su fachada presidida por los órdenes clásicos se retira de la acera de
manera que su entrada se hace más accesible y distinguida. Voluminosas columnas
dan paso a la escalinata que conducía directamente a la entrada del banco,
jerarquizando ésta con respecto al resto de las fachadas. El edificio es un
gran bloque dividido en tres cuerpos, el primero formado por la planta baja; el
segundo, por el resto de los pisos, y en el último, una gran cornisa a modo de
remate. El arquitecto Pedro Martínez Inclán hacía la siguiente observación
refiriéndose a este tipo de edificios: “… en general casi todos los edificios
modernos, para comercios y oficinas demuestran una marcada influencia de la arquitectura
neoyorquina con su gran número de pisos, la sobriedad de adornos, las
larguísimas líneas verticales de su fachada, sus grandes cornisas y la
distribución monótona de sus huecos que por necesidades del clima se hacen en
Cuba más anchos”.
Como buen ejemplo de los edificios modernos de esa época, The Royal
Bank of Canada, expresa invariantes a nivel de fachada como el uso de columnas
colosales que en muchas ocasiones iban del basamento a la cornisa, la
ornamentación concentrada en el primer piso mientras el resto es tratado como
un elemento unitario caracterizado por la limpieza decorativa, con amplios
ventanales sin balcones y para cerrar la composición, un gran ático remata el
edificio a manera de cornisa. Estas construcciones se concebían como una gran
columna con un tratamiento diferenciado en cada una de sus partes esenciales
como el basamento, el fuste y el cornisamento. Esta monumentalidad, dada
por el crecimiento en altura, le valió para mostrar, además de su prestancia
arquitectónica, su hegemonía en el sector de las finanzas.
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| Vestíbulo, dácada de 1950 |
Una descripción del edificio, recogida en la obra La Habana y sus grandes edificios modernos, publicada
en 1919, ilustra muy bien lo antes expuesto en los documentos de construcción,
referidos tanto a los elementos de fachada como al interior: “La planta baja,
ocupada por las oficinas del banco, tiene su entrada por la calle Aguiar, donde
se abre un amplio pórtico, fabricado de piedra y mármol blanco, con cuatro
columnas toscanas que sostienen el arquitrabe, y a cada lado una puerta más con
bellos ornamentos en sus remates. Una de estas puertas da acceso a los
elevadores eléctricos para los pisos altos.
El gran salón donde se hallan las oficinas de contabilidad y caja, lo
mismo que el mostrador con numerosas ventanillas para atender al público, están
construidos siguiendo el estilo general, habiéndose empleado profusamente el
bronce y el mármol de Tavernell. En el centro del salón se colocaron varias
mesas también de mármol con cubierta de cristal, para uso del público y a su
alrededor algunos bancos de caoba obscura barnizada. Esta parte del local está
cubierta a la altura del segundo piso por una gran clarabolla de cristal
cuajado en colores que matiza suavemente la luz.
Todo el interior del edificio está provisto de esos modernos detalles
de utilidad; comodidad e higiene, como elevadores conductores mecánicos,
teléfonos intercomunicables, armarios guardarropías, filtros para aguas,
extinguidores de incendios, etc. Siendo necesario, a causa de nuestro clima,
atender cuidadosamente a la libre circulación del aire, se construyó este
edificio separado de los colindantes por un pasillo de dos metros; de modo que
el aire y la luz penetran con abundancia, no solamente por el patio central
abierto en los pisos superiores, sino también por el aludido callejón”.
Referidos en el mismo texto, la siguiente
relación muestra algunas de las empresas instaladas en los departamentos del
Royal Bank of Canada en esa época: Compañía de Seguros “El sol del Canadá”
(seguros sobre la vida), despacho 512; “Sugar Sales Corporation” (compra y
venta de azúcares y de sacos para sus envases), despacho 212; Señores Vilela y
Mayorbe (corredores, fincas rústicas y urbanas), despacho 205; Sucursal de los
Sres. Topping Brothers de Nueva York (exportadores de ferretería gruesa,
efectos navales y herramientas) despacho 217; Sr. Rogelio C. Novo,
representante de las “Canteras de Toledo” (contratista de carretera)
departamentos 318 y 319; Cía. Forestal Agrícola y Ganadera, V. Hermosa, S. en
C. (venta de maderas del país, traviesa, carbón vegetal y otros productos
agrícolas y ganaderos) departamentos 209 y 210; Sres. J. A. Cabasa y Cía.,
representantes exclusivos de varias fábricas; Bufete del abogado Dr. Eduardo
Delgado y el notario Dr. Adolfo Delgado, departamento 207 y 208; “Havana
Importacion Co.” (importadores y exportadores) departamento 216; Barbería del
Sr. Matías Bernardo, (salón elegante con variados servicios) departamentos 201
y 202.
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| Anuncio del Royal Bank of Canada. Años 1950 |
The Royal Bank of Canada se levantó con el esplendor del boom constructivo de los primeros diez años del
siglo XX y el éxito económico de sus promotores, quienes aún en período de
crisis sobrevivieron a ello imponiéndose con más fuerza en el mundo de las
finanzas, el poder y la usura.
Luego del triunfo revolucionario, entre los años 1960 y 1961, se
dictaron las resoluciones sobre la intervención de los bancos, la cual fue
llevada a cabo por Ernesto Guevara y Rául Cepero Bonilla. Por la Instrucción
Administrativa No. 44 del 5 de abril de 1961, se dispuso consolidar todas las
oficinas bancarias con excepción de algunas agencias con las cuales se tomara
otra resolución. Al nacionalizarlas, se le designó a cada banco un
administrador delegado, en tanto se traspasaban a otras instituciones o
empresas como es el caso The Royal Bank of Canada que fue adquirido por el
Banco Nacional de Cuba. A la par de este proceso los directivos extranjeros
renunciaban con los nuevos cambios.
En el momento de la intervención revolucionaria el edificio estaba
ocupado por arrendatarios y por el propio banco, manteniendo éste la planta
baja para sus funciones, 19 apartamentos para rentar, más 2 en la azotea. La
oficina se describía como un área amplia para ambos propósitos, público y
empleomanía. Su aspecto era elegante con buenas comodidades para los clientes,
con aire acondicionado, 11 taquillas para la atención al público, mesas,
asientos, entre otros. Los datos de la Inspección Bancaria contienen un listado
del mobiliario y demás enseres que poseía el banco en 1961.
Hasta la actualidad mantuvo sus funciones de edificio civil público y
a pesar de las reformas sufridas se conserva en su integridad como un valioso
ejemplo del patrimonio cubano del siglo XX.
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