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domingo, 1 de noviembre de 2020

Bienvenidos a Pensamiento

Feliz Dia de dar Gracias



Fiesta.Uncomo.com



 

Sucedió este Mes en la Historia - Noviembre 5, 1733

La primera publicación de el
The New-York Weekly Journal 



El 5 de noviembre de 1733, John Peter Zenger publicó su primer número del New York Weekly  Journal,el órgano político de un grupo de residentes que se oponían a las políticas del gobernador colonial William Cosby. Aunque muchos de los artículos fueron contribuidos por sus colegas más sabios, Zenger todavía era legalmente responsable de su contenido como editor. Durante un año el periódico continuó sus mordazes ataques contra Cosby hasta que, el 17 de noviembre de 1734, Zenger fue arrestado por difamación. Permaneciendo en prisión durante casi 10 meses, finalmente fue llevado a  juicio  en  agosto del año siguiente. Sin tener en cuenta la  amonestación de ljuez, su brillante abogado defensor de Filadelfia,  Andrew Hamilton, argumentó que el propio jurado era competente para decidir la verdad de las declaraciones impresas de Zenger. Para aclamación del público en general y de los espectadores, el jurado colonial absolvió a Zenger por considerar que sus cargos se basaban en hechos, una consideración clave en los casos de difamación desde ese momento.

Articulo Tomada de: www.britannica.com

Torreón de La Chorrera

 


Ciudad vieja de La Habana y su sistema de fortificaciones

Patrimonio de la Humanidad de la Unesco


Torreón de la Chorrera en 2011.







por Zilia L. Laje


El Torreón de Santa Dorotea de la Luna de la Chorrera formaba parte, junto con el torreón de Cojímar, del sistema militar defensivo español de La Habana.  Parte de esa defensa era proteger la desembocadura del río Almendares y evitar que barcos enemigos de España se abastecieran de agua dulce en esa localidad.  Se encuentra en el punto del litoral en el que la principal corriente de agua dulce de la ciudad, que tuvo por un tiempo por nombre “La Chorrera”, luego de un tránsito de alrededor de 45 Kilómetros, se une con el mar.

Por el desarrollo que progresivamente iba alcanzando la Villa de San Cristóbal como puerto intermedio de envío de mercancías de América hacia Europa, se hizo absolutamente necesario mejorar las condiciones defensivas de la ciudad. Culminadas las construcciones de las fortalezas de La Punta y El Morro, a ambos lados de la entrada de la bahía, se decidió la edificación de dos fuertes o torreones, uno hacia el oeste a la entrada del río, conocido por aquel entonces como La Chorrera, y otro hacia el este en Cojimar, para proteger esos lugares estratégicos de posibles desembarcos enemigos a la Corona Española.

Se propuso su construcción por el gobernador Pedro Valdés a principios del Siglo XVII, y reiterada su necesidad por otros gobernadores. Después de una visita en el año 1633 por una comisión a la que la Junta de Guerra del Consejo de Indias le encomendó dictaminar, fue ordenada su construcción urgente por la Real Cédula del 30 de enero de 1635, debiendo el gobierno mexicano situar el financiamiento y su diseño correría a cargo del ingeniero Juan Bautista Antonelli.

Por orden del gobernador Antonio de Oquendo, el capitán Juan Alférez escogió el lugar donde se debía situar el castillo y confeccionó su plano.  El cálculo del costo de los materiales y la mano de obra que realizó resulta impresionante.  Dejó este último aspecto a criterio del gobernador debido a su maña para estos menesteres, teniendo en cuenta la cantidad de operarios esclavos acostumbrados a tales trabajos.

No obstante la premura, pasaron algunos años y nada se hizo hasta el mandato de Álvaro de Luna (de 1639 a 1646), quien, temiendo un ataque de holandeses y portugueses, y cansado de pedir el aporte a México, que no se hizo efectivo, se apresuró a iniciarr las obras con la contribución económica de los vecinos.

Para dirigir las obras, De Luna mandó venir de Santiago de Cuba a Juan Bautista Antonelli “el Mozo” (Madrid 1585 - Cartagena de Indias 1649), hijo de Bautista Antonelli (Gatteo 1547 - Madrid 1616), el constructor de los castillos del Morro y de la Punta, quien comprendió la urgencia de la construcción del torreón.  Originalmente era redondo, como las torres que había en las costas de España para rechazar los ataques de los moros y estaba artillado.

El torreón se terminó de construir en mayo de 1646.  Resolvió que fuera cuadrado, con ochenta pies de lado y cuarenta de altura, y que cada uno tendría cinco cañones a una altura de veinte pies y otros seis en la cubierta.  También le construyó escaleras fijas separadas de las torres, unidas a ellas por puentes levadizos, así como aljibes, almacenes y barracas para alojar hasta cincuenta hombres.  El fuerte finalmente costó 20,000 ducados en total, y fue costeado por los vecinos.  Por Real Cédula del 17 de septiembre de 1647 el Rey se da por enterado de la terminación de La Chorrera.

Cumplió su misión protectora hasta que en la toma de La Habana por los ingleses fue abatido por la escuadra de Lord Albemarle.  A principios de 1762 Carlos III le había declarado la guerra a Inglaterra, y el 6 de junio ya estaba frente al puerto de La Habana una escuadra inglesa formada por numerosos navíos de guerra, cerca de 150 embarcaciones de transporte y varios miles de hombres.

El ataque mayor fue por el este, cerca de Cojímar, pero por La Chorrera también desembarcaron 2,000 soldados. Esta fortificación pudo probar su valor, cuando la dotación al mando del cubano Luis de Aguiar, ascendido a coronel de milicias, sostuvo el asedio de dos navíos ingleses comandados por el mismo Lord Albemarle, hasta que se le agotaron las municiones.  El torreón sufrió daños mayores.  Fue tan intenso el combate que la artillería de los barcos ingleses dejaron este pequeño fuerte casi destruido a cañonazos en su mayor parte y Aguilar tuvo que retirarse luego.

Cruzaron esas tropas inglesas el monte vedado, se situaron en las cercanías de la ciudad, sobre la loma llamada de Aróstegui, donde luego se construyó el castillo del Príncipe y, con la toma de Guanabacoa y la voladura del baluarte del Morro, La Habana tuvo que rendirse.
De menos de un año fue la ocupación inglesa, que terminó al firmarse en Fontainebleu y en París la paz entre las dos naciones, con el acuerdo de que Inglaterra le devolvía la ciudad a los españoles a cambio de la península de la Florida.

Otra vez así el monte vedado volvió a serlo, y en el islote donde estuvo el torreón de La Chorrera después que La Habana regresó al poder de España, fue necesario reconstruir posteriormente un pequeño castillo en forma de rectángulo con un segundo nivel, el torreón que vemos hoy en día, en cuya azotea se colocaron varios cañones.

En 1931 el torreón, así como los terrenos costeros a su alrededor, se le entregaron a la Marina de Guerra de Cuba para su uso.
 
A pesar de los años y los estragos propios del aire y el mar, el Torreón de La Chorrera se conserva como una atractiva reliquia con el añadido de su valor histórico y de la zona donde se encuentra.

La historia casi desconocida de la cubana que se convirtió en leyenda

La Milagrosa

La Milagrosa, la historia casi desconocida de la cubana que se convirtió en leyenda

    El cementerio de Colón, en La Habana, es un sitio de obligatoria visita para quienes desean conocer la capital de la mayor de las Antillas.

    Con su arquitectura barroca, sus caminos escoltados por frondosos framboyanes y palmas, y sus 56 hectáreas, este camposanto lleno de historias románticas, mitos y leyendas, es el más grande de América.

    La tumba más popular de este camposanto es sin duda la de Amelia Goyri de la Hoz, quien fuera una dama de alta alcurnia y a quien en la actualidad se le conoce como “La Milagrosa”.

    A los once años de vida Amelia queda huérfana de madre, por lo que su tía, Doña Inés, pasó a ser su tutora. La joven era sobrina de los Marqueses de Balboa, quizás una de las familias más famosas de la aristocracia cubana.

Los devotos de La Milagrosa acuden constantemente a la tumba, confiados en sus poderes de sanación.

    Luego de muchos años de sufrimiento, tuvo que esperar que su tíos fallecieran para poder casarse con el hombre a quien amaba: su primo José Vicente Adot y Rabell. Aunque desde los 13 años hicieron publico su amor, la posición económica y social de este era insuficiente para garantizar un futuro de bienestar, según las exigencias de la época, por lo que comenzaron las prohibiciones familiares y las tristes aventuras de los adolescentes que se amaban a escondidas.

    Sus tíos se opusieron siempre a la relación amorosa de la sobrina con quien era su primo, Vicente Adot, debido a que el joven no tenía la misma clase que ellos. Al estallar la guerra del 95 en Cuba, Vicente parte a la manigua. Al finalizar la contienda el primo de Amelia vuelve a casa ostentando los grados de capitán. Las glorias bélicas de Adot conllevaron a que los Marqueses de Balboa no vieran ya con tan malos ojos el noviazgo, permitiéndole poco tiempo después a la pareja que se casase.

La bóveda está situada en el noreste, campo común No. 28, muy próxima a la Capilla Central

    Casi un año vivió feliz la pareja antes de que ella quedara embarazada. Entonces la dicha creció y disfrutaron de su gran amor a plenitud. Sin embargo, su dicha sería interrumpida trágicamente. A los ocho meses el parto se adelantó. El alumbramiento fue asistido por el Doctor Eusebio Hernández, considerado en la actualidad el Padre de la Obstetricia en Cuba. Por desgracia, el renombre del médico no pudo cambiar el curso de la historia. El parto tristemente terminaría a causa de la preeclamcia, no sólo con el fallecimiento de la madre sino también con el de su primogénito.

    El 3 de mayo de 1901, día de la Santísima Cruz, el joven esposo perdía en el mismo momento a su amada de 24 años, a su hija y, con ellas, su felicidad y cordura. Se dice que quedó perturbado mentalmente y en su ilusión, Amelia yacía dormida.

La fama de Amelia traspasa fronteras y a ella la visitan extranjeros de cualquier parte del mundo

     Cada tarde el hombre iba al cementerio y comenzaba a golpear la aldaba de la lápida al a tiempo que gritaba: “¡Amelia, despierta! ¡Amelia, despierta!”. Al momento de marcharse, lo hacía con el sombrero en la mano y sin voltearse, pues era de mal gusto darle la espalda a una dama. Día tras día, durante 17 años, José estuvo haciendo este ritual hasta que falleció.

    La mujer fue enterrada con el niño muerto colocado a sus pies. Al abrir el sepulcro 13 años después para inhumar a otro familiar, encontraron intacta a la joven Amelia con su hija en brazos, en un gesto de protección maternal, tal como refleja la escultura que hoy descansa sobre tu tumba. A partir de este instante, su fama creció al punto de ser conocida como La Milagrosa…

En los días próximos al de Las Madres la afluencia de público es mucho mayor

    En la actualidad, ni un solo día pasa sin que alguien visite a La Milagrosa y le haga sus pedidos, con el mismo ritual del esposo. Cientos de tarjas han sido colocadas en su honor, como fe de la ayuda que ha prestado a los necesitados. Su bebé en brazos frecuentemente se ve vestido con ropas que llevan los agradecidos y en su sepultura las flores son siempre nuevas y frescas, porque invariablemente las llevan los visitantes de toda Cuba y un poco más allá.

    La Milagrosa recibe incluso más flores que las demás figuras sacras, y son decenas de personas las que acuden diariamente a ella para pedir por sus asuntos de amores o por sus hijos. Desde hace mucho tiempo, el rito consistía en hacer sonar las aldabas como mismo hiciera durante 17 años su devastado esposo. Al retirarse del sitio, los visitantes lo hacen caminando hacia atrás, para no llegar a dar la espalda a la estatua de Amelia, “La Milagrosa”.

Tomado de: cubacute.com

LA BIBLIOTECA



La marea comienza a bajar después del fuerte aguaje. Patricio del Arco enciende el motor de la camioneta, sigue por la inmensa playa, rumbo a Bellavista. No quiso utilizar la carretera, se empecinó en bordear el mar para gozar la belleza del paisaje, con las tijeretas y gaviotas que planean en el aire con tanta maestría. Le gusta escuchar llorar de soledad a la playa.

Acelera la marcha, el aguacero amenaza a lo lejos; observa las nubes oscuras, cargadas de agua. Los cangrejos salen de sus cuevas en busca de alimento, caminan para atrás moviendo los ojos en toda dirección. Basta seguir conduciendo para advertir los pescadores en alta mar, perseguidos por los tiburones. El clima se muestra agradable, aunque el mar exige extrema vigilancia, puede cambiar de un momento a otro.

No había logrado conciliar el sueño, preocupado por el viaje que realizaría y por los libros que llevaba, que habían sido bien embalados. Definitivamente se radicaría en Bellavista.

El viaje en la solitaria playa comienza a causarle temor, en aquella soledad podrían aparecer piratas; como envuelto en un sueño, siente que lo persiguen para robarle el dinero y su biblioteca. ¡Qué sería de él sin sus libros! Los piratas lo arrojarían al mar y las olas se encargarían de llevarlo al fondo de las aguas o las corrientes lo arrastrarían hasta el puerto. El diario de la tarde informaría, hombre de mediana estatura, enjuto, calvo, de tez más blanca que trigueña, nariz alargada, cejas espejas, con una arruga vertical en la frente, aparece ahogado, se cree fue lanzado al mar.

Acelera la marcha, preocupado, podría sufrir un ataque sorpresivo en aquella soledad. Con inclinación a recordar episodios que ha leído, se le viene a la memoria A sangre fría, de Truman Capote. No sabe qué hacer, aplasta el acelerador; entre tanto, trata de concebir un plan, mira el martillo. Angustiado, gasta el tiempo pensando en la manera de salvarse. Cae en cuenta de que el viaje por la playa es peligroso, está lejos del

pueblo y recuerda personajes audaces y malvados que lo emocionaban siendo un adolescente que en cuanto cogía el ritmo no descansaba hasta terminar de leer una novela. Pero en esa soledad en la que viajaba, siente temor. Con la mirada clavada en la arena trata de pensar en el poema recién escrito.

Ve claramente el paisaje encrespado, imponente; percibe el aire fresco, salobre, respira profundo. Se detiene a descansar, camina por la playa, levanta los brazos. Le parece oír una voz fina, dulce. Sin saber quién es mira a un lado y otro. ¡Oh, es el viento! El mar está endiabladamente hermoso. Vuelve al vehículo, acelera la marcha.

Al llegar a Bellavista reconoce una figura humana de baja estatura, delgada, abundante cabello; lo reconoce, es el carpintero Luis Rubín, quien le construye los anaqueles para la biblioteca. Se pasea a lo largo de la vereda, espera la llegada del doctor Patricio del Arco. Poco después saca los libros y comienza la tarea de disponerlos en su sitio hasta armar la biblioteca. Con la mirada atenta, Patricio clasifica cada libro y luego lo coloca en el anaquel respectivo. Más de un mes le toma el arduo trabajo, pero cae en cuenta que le faltan repisas, restan muchos libros por ubicar, manda a trabajar otras.

Por un instante, el carpintero se detiene, analiza el enorme peso concentrado en un solo lugar por la presión que ejercen los libros, lo que podría causar graves problemas en la casa, tal vez un hundimiento. Vacila en hablar con Don Pato, como lo trata a veces más cercanamente, al ver su entusiasmo. Tiene que advertirle del riesgo, pero duda. Contempla la biblioteca, luce bonita. Teme hablarle, conocedor del mal carácter del propietario. Éste ha tomado asiento, embelesado, respira en aspiraciones profundas, como si estuviera frente a una bella mujer que le sonriera con gracia. ¿Le digo que es necesario repartir el peso por la gravedad que está ejerciendo? Los anaqueles deben estar en la sala, los dormitorios, en el jardín y hasta en los baños. Mejor no le digo. Un sentimiento vago de peligro, una leve duda se torna en angustia, le parece absolutamente irrespetuoso manifestarle su preocupación.

El doctor Patricio del Arco expresa su enorme emoción por su biblioteca, lo hechizan su armonía, sus colores, la diversidad de temas y disciplinas que encierran sus libros. Su existencia se ha adueñado de ella, como si todos esos saberes y conocimientos le dieran salud, provecho para su cerebro y su alma.

Rubín, al ver la dulzura con que Patricio acaricia cada libro, le sacude el polvo, abre cualquier página y lee en voz alta, siente placer, vive especialmente para cada ejemplar. Le ha costado trabajo, esfuerzo, privaciones obtener los libros. Comprende la fuerza que le otorga la biblioteca, sin ella se moriría. El carpintero alza los párpados y contempla los libros. Solo pudo murmurar, entrecortada la respiración, volveré con los nuevos anaqueles, don Patricio. ¡Que sea pronto! ¡Sí, doctor!

Luis Rubín vuelve con los nuevos anaqueles, obedece colocarlos junto a los otros. Del Arco, rápido, con viva impaciencia, los llena. El carpintero se siente conmovido por la dicha que expresa el dueño y, a la vez, una enorme tristeza; es un sentimiento confuso. ¿Por qué tiene que mortificarlo? Sería un pájaro de mal agüero. Mueve la cabeza tristemente y piensa en su indecisión, y con voz temblorosa, Vea, don Pato, tiene que repartir el peso de la biblioteca, está concentrado en un solo punto y eso es peligroso. El doctor grita, Atrevido, soy el doctor Patricio del Arco, quién te ha dado confianza. Habla con altivez, No permito observación alguna, resulta ridículo que un carpintero reproche mi conducta. Se agita al hablar, ¿Comprendes, ¿Comprendes? ¡Borracho, imbécil, insolente!

El carpintero baja la cabeza, avergonzado de haberse atrevido a advertirle, pero siente un mandato de conciencia. En su interior se dijo, Él tendrá sus libros, pero yo tengo la experiencia. La arruga vertical en la frente del doctor contribuye a darle un aspecto respetable. Con voz alta y gesto autoritario, despide a Rubín. Disculpe doctor Del Arco. Y siente correr sudor en sus axilas, tiembla como si le hincaran la garganta con la punta de un cuchillo. Cabizbajo, con la mirada en el suelo, sale en silencio.

Con la cabeza erguida, camisa abierta, sombrero de alas anchas y zapatos deportivos, el doctor pasea por la playa bajo el bochorno de un día de sol; a ratos corre, levanta los brazos y las piernas, se inclina de un lado a otro, se siente bien cuando hace gimnasia. Algunos turistas, sentados en la playa disfrutan del paisaje, otros caminan de extremo a extremo, se bañan, y otros más miran el mar desde las terrazas de los hoteles.

Las muchachas lucen ternos de baño y Patricio, al verlas, suspira, se pregunta si vale más la belleza o la virtud. Por las noches sus sentidos están al acecho, a tal punto que comienza otro viaje, en puntillas se acerca a la playa. ¿Qué es esto? Es una de las muchachas que se baña en bikini.

Todas las mañanas madruga a la playa llena de niños que, sentados en la arena, con las olas entre las piernas, juegan con tiburones y ballenas de plástico. Otros bañistas saltan con las olas. Todo es ambiente festivo, pero muchas veces se retira, decepcionado, por los jóvenes que encuentra dormidos en la playa, borrachos por el efecto del licor. En la playa se han instalado parasoles donde se vende bebidas alcohólicas, allí la gente grita, pelea y, rendida, cae en la arena. Le disgusta observar el proceder de las personas que sienten placer en el licor.

Entra a un salón donde todos hablan en voz alta, gesticulan, levantan los brazos como si estuvieran frente a un público expectante, sintieran cientos de ojos invisibles observando la escena y escucharan aplausos emocionados. Disfrutan, ven rostros con máscaras distorsionadas. ¡Los odio! Gritan al mismo tiempo, viven una exaltación que es demasiado cara. ¿Por qué bebían? Será algún problema de conciencia, por debilidad, por miedo, no puede entender esa fusión de emociones y desenfreno. Camina hacia su casa, sale al balcón a leer una novela, de vez en cuando levanta la mirada y ve un grupo de jóvenes que abrazados caminan tambaleantes. ¡Qué barbaridad! ¡Qué falta de carácter!

Una noche Patricio del Arco corrige uno de los poemas que formaba parte de su poemario titulado El mar. Acomoda la lámpara para obtener más luz, se siente

transportado: el mar marca las huellas de la vida, el mar va diciendo en su alegría... En ese momento escucha un ruido confuso, resuena un fuerte golpe, cae la lámpara al suelo, los libros. Patricio se levanta, corre, el terror se apodera de los turistas, la casa se hunde. Con la boca abierta, los ojos fuera de sus órbitas como si quisieran salir disparados. Gritan ¡temblor! ¡temblor! Apenas tiene tiempo de salir a la calle, oye el estrépito, las llamas se levantan consumiendo la biblioteca, observa las lenguas de fuego de diversos colores.

El doctor Patricio del Arco camina sin zapatos por la playa, se tambalea, un delicioso vértigo se apodera de él, recita versos húmedos de vodka. Con los ojos encendidos, atormentado, se echa a llorar abrazado de Rubín, Pato eres una gran poeta, mándate otro versito, y tomemos otro trago. ¡Salud, Pato!

LUCHA POR TUS SUEÑOS


 Carlos Benítez Villodres

Málaga (España)

    Tiempos difíciles siempre los hubo. La discrepancia en cuanto a posicionamientos ideológicos o partidistas late hoy, como lo hizo ayer, en la sangre del ser humano, de la sociedad. Ante esta realidad, el hombre actual es consciente de que, con la evolución de la vida, estos desacuerdos o disentimientos son más férreos, más sistemáticos, más generalizados, debido al incremento y desarrollo de la capacidad de invención. Por ello, a veces pensamos que cada día todo empeora, pero no es así, aunque la disconformidad entre los hombres se acreciente con el paso del tiempo y, por ende, la distancia que los separa.

En medio de esta selva de aciertos y desatinos, la grandeza está en la concepción que determinadas personas tienen de la vida en continuo progreso, gracias a la perseverante y solidaria alianza que logran unas y otras por medio de su fe humana y colectiva. Quien asegure, pues, que ese avance natural es más negativo que positivo para el ciudadano y para la sociedad está cometiendo un error sin límites. El hombre comprometido en esa marcha hacia delante sabe perfectamente que “ridiculizar las esperanzas de progreso, expone sir Peter Brian Medawar, es la fatuidad suprema, la última palabra de la pobreza de espíritu y mezquindad mental”.

Cuando el hombre reflexiona sobre temas que afectan a la humanidad o a una parte significativa de ella, tales como la situación política mundial, los atentados contra los derechos humanos, el cambio climático por el calentamiento de la tierra, la pobreza en el mundo..., se horroriza, pero qué pocos son capaces de cuestionarse cómo actuar para mejorar estas realidades, tan crueles como devastadoras. Es más fácil pensar que nada mejora, que no hay nada positivo que esperar.

Evidentemente, el hombre prefiere adoptar esta postura acomodaticia, resignada, antes que comprometerse en los asuntos ingentes, en los problemas difíciles de solventar, no imposibles, que requieren para sus respectivas soluciones el respeto y el entendimiento, la comprensión y la tenacidad emprendedora de su conciencia adulta. “Lucha por tus sueños, asevera Paulo Coelho, o los demás te impondrán los suyos”. Pero ¿acaso sospecha el ciudadano que se está convirtiendo en un ingenuo, en el consumidor de forraje periodístico, voraz y febril, de las opiniones, especulaciones y migajas que los políticos sueltan?

 

 


Stamen Grigorov, el descubridor de la bacteria que fermenta la leche y forma el yogur

El médico y microbiólogo búlgaro investigó los beneficios para la salud del alimento tradicional de su país y también contribuyó a la consecución de la vacuna contra la tuberculosis

Stamen Grigorov, médico y microbiólogo búlgaro.OTROS

Por: ALBERTO LÓPEZ
Articulo tomado de: EL PAÍS

La imagen del yogur nos puede transportar a Grecia, Turquía, Bulgaria… y lo tenemos tan incorporado a nuestra dieta y existen tantas variedades, texturas y sabores que podemos pensar que siempre estuvo ahí tal y como lo conocemos. Es cierto que el yogur puede tener más de 4.000 años de historia, que la literatura lo nombra por primera vez en la ‘Historia natural’, de Plinio ‘El Viejo’, y que hasta la longevidad de Abraham es atribuida a las propiedades del yogur en la tradición persa, pero el conocimiento del proceso de fermentación que da como resultado el yogur natural tiene apenas un siglo.

Fue un científico búlgaro, Stamen Grigorov, más interesado por la Medicina que por la Microbiología, el que se adentró en la tradición gastronómica por excelencia de su país para investigar tanto las causas que producían el yogur como sus supuestos beneficios para la salud.


Hijo de una familia muy humilde de campesinos, sus padres hicieron el gran esfuerzo de que pudiera estudiar lejos de casa con la intención de que regresara convertido en un maestro de escuela. Pero las expectativas familiares se quedaron cortas porque pronto el joven Stamen Grigorov destacó por su intuición e inteligencia, y se le fueron abriendo las puertas para estudiar en diversas universidades europeas y aprender de grandes científicos con los que colaboró.

Sus ansias de aprendizaje para responder interrogantes le llevaron a investigar el proceso de fermentación del yogur búlgaro y a lograr aislar la bacteria que lo producía. Sin embargo, la fama científica que consiguió no lo alejó de la medicina práctica y regresó a su país para dirigir un pequeño hospital donde también consiguió resolver una de sus obsesiones, combatir la tuberculosis, adelantándose a Fleming en el uso de la penicilina y a los que luego se llevaron la fama de descubrir la vacuna contra la tisis: Albert Calmette y Camille Guérin.

Stamen Grigorov nació tal día como hoy, 27 de octubre, hace 142 años, en 1878, en el pueblo de Studen Izvor, al oeste de Bulgaria. Fue el noveno de 12 hijos de una familia de campesinos analfabeta que vio en la educación de su hijo un futuro alejado del campo. Con gran sacrificio lograron que fuera al extranjero para estudiar y convertirse en maestro, pero la vocación de Stamen tomó otro camino.

El joven Grigorov, apasionado por la ciencia desde niño, realizó la Secundaria en Francia y decidió continuar allí con sus estudios universitarios. Se matriculó en la Facultad de Ciencias Naturales de Montpellier y después completó sus estudios de Medicina en la ciudad suiza de Ginebra, donde realizó un doctorado.

A los 26 años Stamen Grigorov contrajo matrimonio en Bulgaria, pero regresó a Ginebra para comenzar a trabajar en la universidad como asistente de investigación del profesor Leon Massol.

Un año después, Grigorov realizó el principal descubrimiento por el que ha pasado a la historia. Tras unas cortas vacaciones en Bulgaria, su esposa le regaló algunos productos típicos de la comida búlgara entre los que no podía faltar el yogur. El joven científico llegó al laboratorio del profesor Massol con un bote de yogur cuajado y le pidió algunas indicaciones antes de pegarse literalmente al microscopio…

Grigorov se dispuso a investigar sobre la variedad original del yogur búlgaro, que solo se puede producir en Bulgaria y en algunas regiones vecinas de la península balcánica. Con este yogur ocurre que en otras condiciones climáticas naturales las bacterias degeneran rápidamente, pierden sus cualidades y mueren. Estudios científicos posteriores han demostrado que en esa zona se dan las bacterias específicas y los rangos de temperatura necesarios para producir yogur de forma natural. Precisamente la base del alimento del yogur en la dieta de Bulgaria era uno de los supuestos para explicar la mayor longevidad de la población en Europa.

El joven Stamen Grigorov, después de cientos de largos experimentos, logró descubrir y aislar el microorganismo en forma de varilla que causa la fermentación de la leche y que da como resultado el producto que hoy todos conocemos como yogur. Publicó un trabajo científico sobre el descubrimiento de la bacteria y después presentó un informe sobre el yogur búlgaro en el Instituto Pasteur en París. En su honor, la nueva bacteria descubierta fue denominada por la comunidad científica ‘Lactobacillus bulgaricus’.

Una aportación a la divulgación y la fama del yogur búlgaro la realizó en 1908 el biólogo ruso y después Premio Nobel de Medicina Ilya Méchnikov. Según su teoría, la causa principal del envejecimiento de los seres humanos es la acumulación de sustancias tóxicas en el organismo y el efecto de las bacterias putrefactivas en el colon. La bacteria descubierta por Stamen Grigorov, afirmaba el científico, retenía el desarrollo de las bacterias patógenas con lo que demoraba el proceso de envejecimiento del organismo.

A pesar del trascendente descubrimiento y de las invitaciones que Grigorov recibió para continuar su carrera científica en Suiza, su verdadera afición por la medicina práctica lo hizo regresar a Bulgaria. Allí se puso al frente del hospital de la pequeña ciudad búlgara de Tran, muy cerca de su localidad de nacimiento.

Grigorov realizó otra contribución importante a sociedad con el descubrimiento de un tratamiento contra la tuberculosis, si bien la vacuna fue un trabajo después reconocido a Albert Calmette y Camille Guérin ante la falta de medios y financiación para patentar Stamen su hallazgo.

El 20 de diciembre de 1906, en París, en el número 104 de la revista médica ‘La Presse Médicale’, publicó su informe científico ‘La vacuna antituberculosa’, que informaba a la comunidad científica sobre los resultados de la investigación del científico búlgaro sobre la aplicación de hongos de penicilina para el tratamiento de la tuberculosis. Después de la publicación la comunidad científica expresó un gran interés en el descubrimiento de Grigorov quien, a través de sus experimentos científicos ‘in vitro’ e ‘in vivo’ en animales de laboratorio y más tarde en pacientes humanos, demostró y describió claramente el efecto curativo de los hongos de penicilina en el tratamiento de la tuberculosis.

Ese siempre fue el sueño médico de Stamen Grigorov: combatir la tuberculosis, que a principios del siglo XX se había convertido en una auténtica lacra en Europa. Las sucesivas guerras de principios de siglo no ayudaron a contener la enfermedad, y Bulgaria no fue una excepción, así que en 1912 el doctor Grigorov decidió ir al frente de la contienda para ayudar a los soldados y poner en práctica su descubrimiento.


Durante ese tiempo atendió a miles de soldados y civiles heridos o enfermos de cólera y tuberculosis, y a falta de medicamentos adecuados hasta consiguió adelantarse al microbiólogo inglés Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, al lograr aliviar el estado de sus pacientes e incluso curar a algunos de ellos dándoles de comer pan enmohecido cubierto del hongo de la penicilina.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial el doctor Stamen Grigorov fue condecorado con una Cruz de Valentía y la Cruz Roja de Oro. Regresó al hospital búlgaro en Tran después de volver a rechazar dos invitaciones para trabajar en Ginebra y en Brasil. Sin embargo, aceptó la de un hospital italiano en Milán en el que se dedicó por completo al tratamiento de la tuberculosis.

La curiosidad con la que trabajó toda su vida para resolver dudas y conocer una respuesta científica a los acontecimientos también se da en la fecha de su muerte, ocurrida a los 67 años, en 1945, y el mismo día en que nació, el 27 de octubre.

Hace cinco años, al conmemorarse el 110 aniversario del descubrimiento científico de la bacteria que produce el yogur, se celebró una conferencia científica en la capital búlgara para poner más aún en valor su contribución a la humanidad y una fiesta del yogur en la localidad de Tran. También en su honor, el glaciar ‘Grigorov’ lleva su nombre en la isla Brabant, en el archipiélago de Palmer de la Antártida. Por último, su pueblo natal, Studen Izvor, alberga hoy uno de los pocos museos de yogur que hay en el mundo.

CLARA

Como Rosa crecida en un jardín

Legas perfume y virtud de dama

Al corazón que nutres como llama

Remansos de pasión y amor sin fin

Ansias con la bondad que el alma clama

 René  León

Gracias por visitar Pensamiento

 La próxima publicación será
deciembre 1ro.



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