Bombardeo de Argelia, Agosto 1816-Luny

MANSION DEL VIENTO

Juan Rivero, (Brooklyn, New York)
(A mi sobrina Loreny Holguín)

En la mansión del viento vive una mariposa
En sus alas, hay  colores del cosmos,
quejas de marineros ebrios de amor,
auroras boreales incandescentes
                                                     
En la casa del viento vive una alondra
que peregrina a oscuras en las mañanas
en la casa del viento, hay un reloj, una ventana
y dos copas de Ajenjo, a medio consumir

En la mansión del viento, do reina la soledad,
vivo yo apegado a un recuerdo
Vive el pasado con todos los tiempos
girando en el ático, buhardilla y refugio
millonario en memoria de cuerpos
conjugándose en silencio. Póstumo encuentro

Si, en la casa del viento vive una mariposa
Y yo asido al recuerdo de tu rostro
En la mansión del viento hay mil puertas
de entradas y salidas, un reloj detenido
 y silenciado para siempre, dando la misma hora

¡Ay mariposa del viento!
No te escape, no huyas hacia el misterio de la nada
Ven mariposa, no te vayas hacia el espacio incierto
del cosmos, y en la noche

En la casa del viento muero yo
esperando tu vuelta.
Mariposa de color transparente
Yo, vivo en tus alas
 No ceses de cantar
viento que vives en mi casa


EL MÚSICO: Viajero De Resonancias

imagen

Carmen Hebe Tanco (Argentina)
    
Hay algo que irrumpe la distancia, capaz de unir realidad-ficción, de callar plática, frase, y alcanzar la cúspide más alta.
    Algo, que nos transporta a la furia terrible del dolor, a la transparencia deliciosa de la fantasía, o al bullicio majestuoso de una sensibilidad: LA MÚSICA.
    ¿Es apto para crearla, quien ha visto gozo, y experimentado los placeres?
    No.
    Es simplemente el sentimental.
    No puede respirar sin la beldad, por eso jamás pregunta para quién funda la melodía, ni quién va a recibirla.
    Se abandona al código de la resonancia, a las complicidades del ritmo y plasma las maravillas.
    Cruzó el jinete, un renglón del fuego
    —para alcanzar agudos secretos—
    En el terreno de las ondas, sin remos
    hablaban dioses del después y el antes.
    Lo sorprendieron
    copiando el esplendor del pentagrama.
    En exaltación nos trajo
    clave, rumor, desplazamiento.

    Las posibilidades de la expansión musical se han multiplicado, porque los rasgos del compás se relacionan con la suma de los enunciados.
    ¿Retiene la temporalidad al compositor de los sones?
    No.
    Formula testimonio con independencia, indicando carácter y acompañamiento de la voz del gestor, así es como toma correspondencia con los somas y les permite irradiar la luminosidad que le es propia.
    Debemos aceptar en él, predominio de la hipótesis poética, existe en vibrante elevación, sintiéndose viajero de arrullos y de gloria, de encuentros y desencuentros, de ardores encendidos, para entrar acabadamente a la península de la serena madurez, perspectiva espiritual-humana.
    Con la inclinación y la perpetua ansiedad que encierra el misterio sónico, se es músico.

    Echaré la red almendrada
    de los Oboes.
    Sus opalinos gnomos
    sincronizarán quietud,
    marfiles de tarde.


EL CABALLERO DE PARÍS

René León

    
El Caballero de París era un hombre que caminaba por las calles de La Habana, vestido con su capa negra, su pelo largo, debajo de sus brazos, una cartera llena de papeles donde él decía que estaban los documentos de su linaje. Registrando en mi archivo he encontrado algunas informaciones sobre él, que voy a traerles a los lectores.
    Algunos autores que escribían sobre los personajes y costumbres del ayer, llevaron a sus artículos la figura siempre interesante de El Caballero de París. Según ellos se llamaba José López Lludini, y nació en Fonsagrada, Lugo, España. en 1899. Todos estos datos se pudieron conseguir por una hermana suya. Llegó a La Habana con tres hermanos más, en el barco alemán “Princesa de Cecilia”, en mayo de 1920. José (al pasar los años conocido por El Caballero de París), Antonio, Amancio e Inocencia, mandados a buscar por un pariente.
    Al llegar a La Habana, José empieza a trabajar en hoteles, entre ellos ‘Telégraph”. “Sevilla” y “Manhattan”. más tarde en el restaurante “Las Tullerías” de Monserrate y Obrapía. Según aquéllos que han escrito sobre él, dicen que se enamora apasionadamente de la hija de un médico, el nombre de la amada, Mercedes, a la que él llamaba Merceditas. Los padres de ella se oponen al noviazgo por la diferencia de clase. Ella era la hija de un médico conocido, y él un simple empleado. Era un hombre trabajador. Al fin, cuenta la historia, pudo más el amor, y los jóvenes se veían con permiso de los padres de ella. Eran felices.
    Mercedes se enferma, su padre la atendía, pero al ver que la enfermedad era más peligrosa de lo que al principio pensó, consulta con otros médicos. José la iba a ver los días que le permitía el trabajo. Al saber lo delicada que se encontraba, se llenó de temor. El trataba de ahorrar hasta el último centavo de su dinero para el matrimonio. Al ser llevada a una clínica, los pocos días que vivió, él no dejaba de ir a verla. Se quedaba en los pasillos, o debajo de los árboles de la entrada, rezando por su curación. La madre lo deja pasar cuando ya se esperaba que muriera, y abrazado a ella le juró amor eterno. Promesa que cumple hasta sus últimos días.
La muerte de ella lo afectó en su manera de vivir, se vuelve un hombre descuidado, pierde el trabajo. Empieza en su largo peregrinar por las calles de La Habana. A nadie molestaba, a nadie le pedía nada. Su mente se fue perdiendo, y sólo el recuerdo de su amada se mantenía firme en él.
    Nadie lo molestaba en su recorrido por las calles de la ciudad, con su carpeta llena de papeles, vestido con una capa negra, su larga melena, y se declaró ‘Rey del Mundo”, de su mundo, y proclamó que “el mundo estaba a sus pies”. Los periodistas y costumbristas tejieron sobre su persona un mundo de fantasía y leyenda.
    Vino la revolución castrista y lo llevaron para un asilo, le cambiaron la ropa, pero no su personalidad. Fue siempre su majestad el “Rey del Mundo”.
    Recuerdo que una vez en la casa de mis padres en la Avenida de Carlos III, mi madre tenía unos rosales, y un día toca a la puerta de la casa, y le dice a ella, si le podía dar unas rosas para su novia, mi madre le cortó varias y se las envolvió en un periódico, y muy gentil le dijo “gracias” y se fue.
    Una amiga mía, la profesora Martha Henderson, me cuenta que siendo ella alumna de la Escuela de Kindergarten de La Habana (1949-1952), vivía en el Reparto La Sierra, y un día El Caballero de París se paró frente al jardín de la casa, le hizo una reverencia. y le dijo: —distinguida joven, ¿tendría usted la cortesía de ofrecerme una rosa?
    —Le corté dos y se las di; él las besó e hizo una reverencia, dando las gracias usando un lenguaje florido.
    Cuando deambulaba por las calles de aquella Habana, acogedora y romántica, cada vez que se encontraba con alguna joven que le recordaba a su Merceditas, la seguía y le preguntaba su nombre y le hablaba del amor perdido.
    En el muro del Malecón se le veía muchas veces contemplando el mar azul durante mucho tiempo, quizás, pensando que allá en lo infinito estaba su tierra natal, Lugo. Otras veces se le veía en el cementerio de Colón, donde se encontraba la tumba de su amada. Se pasaba las horas sentado, las lágrimas corrían por sus mejillas.
    Muere en el mes de julio de 1985. Pasaba de 85 años, se fue a reunir con su amada Merceditas.
    Estos versos son para aquel Caballero Caminante, que llevó el recuerdo de su amada a través de los años y quizás, al momento de su muerte, su último pensamiento fue para ella:

‘Hace años que te fuiste de mi lado,
tu recuerdo lo he tenido presente
a través del tiempo y la distancia
y al fin hoy me voy a reunir contigo

para no separarnos jamás”.

PAISAJE, ARTE Y ORACIÓN EN EL PAULAR


Antonio Alcala (†) (España)
   

"NO VINE  HASTA AQUÍ EN BUSCA DE PRISIÓN,

VINE EN BUSCA DE PAZ Y REFLEXIÓN"


                Un mordiente zumbido acabó hiriendo mi subconsciente y, sobresaltado, desperté. Extendí el brazo y, a tientas, palpé el reloj-despertador que al acostarme había dejado sobre una silla, junto a la cabecera de mi cama, y lo paré.

             Encendí la luz de la habitación. Era sencilla: cama individual, armario ropero, pequeña mesa-escritorio con lamparita de flexo, un sillón, un lavabo con un solo grifo de agua gélida, un espejo y una silla, la misma que yo utilizara como mesita de noche.

             Procedente de Arroyomolinos, había llegado en algo más de una hora la tarde anterior, después de recorrer los 100 kms. que, aproximadamente, separan nuestro pueblo del de Rascafría. Y a tan sólo kilómetro y medio en dirección Navacerrada, aparqué el coche junto a la puerta de da acceso al Monasterio del Paular.

             Esperaba mi llegada Fray Mateo, el hospedero, un sacerdote vasco-francés de 78 años, de aspecto bonachón y muy parlanchín. Con él cumplimenté las formalidades de rigor para instalarme como huésped de la Hospedería, dejando abonado por adelantado –como es costumbre- el importe total de mis días de estancia, a razón de 2.000 Pts/día, por pensión completa (12 € ).

             Acto seguido, me facilitó las normas y horarios a cumplir durante mi hospedaje, así como las llaves de mi habitación y de la puerta principal del convento, la cual siempre permanece cerrada, salvo en las horas de visita turística al Monasterio.

             Las visitas se realizan en grupos, acompañados de uno de los monjes, generalmente por el Hermano Eulogio, un simpático cordobés, aquí recluido desde hace 40 años. El Hermano Miguel, un joven diácono valenciano, está el frente de la pequeña tienda de recuerdos y regalos que está situada en la parte izquierda del atrio.

             Las once habitaciones, sólo para hombres, que ofrece la Hospedería y que se distribuyen por un largo pasillo, con acceso al claustro, no están numeradas. Se distinguen por nombres de apóstoles, visiblemente rotulados sobre unos cuadros de cristal traslúcido que hay en la parte superior de cada puerta.

             Fray Mateo me había asignado la de Sant-Yago, es decir, Santiago.

             Como soy algo tardo en lo del aseo personal, y desconociendo el número de huéspedes alojados, que habían de utilizar los servicios comunes por la mañana, no es de extrañar que hubiese decidido levantarme a una hora tan temprana como la de las 5:30. Además, no quería perderme Maitines, a las 6:30 h., al menos el primer día.

             A Maitines siguen: Laudes, a las 7:45; el desayuno, a las 9:00; Sexta, a las 13:55; la comida, a las 14:05 (siempre acompañada de lecturas sobre vidas de santos, o música clásica grabada en CD); Vísperas y Misa Conventual, a las 20:30; cena, a las 21:45 y, para terminar el día, Completas, a las 22:00 h.

             No se exige al huésped que participe, ni siquiera parcialmente, en las distintas partes del Oficio Divino. Lo que sí se le exige es, hacer su cama y limpiar la habitación, cosa que yo hice después de Laudes y el desayuno.

             También son normas de obligado cumplimiento:

-         Una estancia mínima de 3 días y máxima de 10.

-         Recogerse en las habitaciones a las 22:30, hasta el día siguiente.

-         Evitar ruidos que alteren el silencio conventual.

-         No hablar en el pasillo de la Hospedería, o hacerlo en voz baja.

-         No hablar con los monjes, salvo lo estrictamente necesario, o con autorización del Padre Prior, un amable burgalés.

-         No está permitido introducir en el Monasterio o en la Hospedería a otras personas.

-         Durante las comidas y cenas en el Refectorio, todos permanecerán callados.

-         Hay que guardar silencio y abstenerse de fumar en los trayectos entre el Claustro y el Refectorio.

             Tanto da que los huéspedes vengan a cuidar de su alma o de su cuerpo. A lo primero, y si así se les requiere, ayudan los monjes; a lo segundo, pueden contribuir apacibles paseos por el lugar y su entorno: La Morcuera, Cotos y otros muchos senderos.

 Confieso que, alojarme en el Monasterio del El Paular, y compartir unos días de

 vida monacal con sus monjes, está siendo una experiencia inolvidable para mí. Confieso también que no ha sido fruto de la casualidad lo que me ha conducido hasta aquí. Excitado mi interés por las maravillas contadas sobre las cumbres nevadas, los hondos pinares y lo que fue en otro tiempo Cartuja, motivaron mi curiosidad. Pensé que, quizá podría conseguir en mí esas emociones que, el paisaje, el arte y la historia, hacen mella en tantos otros a los que se les define como buscadores de belleza.

             Mucho se ha escrito sobre el valle y La Cartuja. El Paular, está situado en un incomparable marco natural, bellísimo paraje en la cabecera del Valle del Lozoya, a 1.160 m. de altitud, y rodeado por las más encumbradas cimas de la Sierra de Guadarrama que circunda el horizonte: Peñalara, El Reventón y el Risco de Los Claveles.

             Las aguas que bajan de la Laguna de Peñalara por la angostura de El Paular, se unen en el punto en el que el río Lozoya empieza a serlo con caudal de frescura, corriente presurosa, y fría transparencia. Como si se despeñaran, varios riachuelos bajan por los montes y rodean la casa monástica. Y, unos berruecos, diseminados por la pradera; los escasos álamos blancos que quedan de la magnífica espesura de antaño; los fresnos, chopos y las nieves que cubren las cumbres, dejan aterido al Monasterio bajo la visión de los esqueletos de los árboles y los fantasmas de los pinos, en el frío invierno.

             Todo ello compone ese cuadro natural y de espléndida belleza que es El Paular.

             El Paular alberga, en lo que fue el recinto  de La Cartuja, dos entidades bien diferenciadas:

A)    El Hotel ‘Santa María del Paular’, con patios y jardines, ocupa hoy lo que fue pabellón de caza de los Trastamara. Paredes y árboles centenarios que han sido testigos mudos de importantes decisiones y acuerdos socio-económicos, y reformas legislativas de nuestra reciente historia. Actualmente, el hotel pertenece a la conocida cadena internacional hotelera ITT-Sheraton.

B)     El Monasterio, cuyo origen de fundación, como primera cartuja castellana, se atribuye a una promesa hecha por Enrique II de Trastamara, en reparación por el saqueo e incendio que realizaron sus tropas a una cartuja francesa durante sus correrías bélicas.

 Pero fue su nieto, Juan II de Castilla, quien en cumplimiento de aquella promesa, funda esta cartuja el 29 de agosto de 1390, y en ella vivieron los primeros monjes cartujos establecidos en Castilla, hasta 1835.

             Un decreto gubernamental deja sin su casa de oración a esta orden contemplativa y el edificio queda vacío y abandonado.

 Los cuadros de Carducho del claustro pasaron a distintos museos; la sillería de la iglesia se encuentra en San Francisco El Grande (Madrid); y La Cartuja terminó siendo durante mucho tiempo un gran almacén de maderas.

 Pero también ha sido cobijo e inspiración de relevantes personajes. Por El Paular han pasado, desde Enrique de Trastamara a Juan II, el Arcipreste de Hita, Doña Juana de Castilla, el Marqués de Santillana, Jovellanos, Enrique de Mesa, Rubén Darío y Pío Baroja, entre otros muchos.

Aquí se firmó el Acuerdo de Paz entre los Reinos de Castilla y León; y también aquí se fabricó el papel en el que D. Miguel de Cervantes escribió su inmortal ‘Don Quijote de la Mancha

 Pero el regreso a la vida del Monasterio, sólo tiene lugar en 1954. Monjes de la Orden de San Benito, procedentes de la Abadía de Ntra. Sra. de Valvanera, en La Rioja, lo toman en usufructo, quedando como propiedad del Estado.

 Desde el 20 de marzo de ese año, vive en el Monasterio del Paular una comunidad de monjes benedictinos, compuesta actualmente por 13 miembros, dedicados al trabajo y la oración. Son 5 sacerdotes y 8 hermanos, de edades comprendidas entre los 23 años del más joven y los 91 del más anciano y organista. Todos ellos orgullosos de su Monasterio, al que la Dirección General del Patrimonio Histórico-Artístico y la CAM, tienen concedido un Plan Director de Restauración Integral, a desarrollar en el transcurso de los próximos 10 años.

 Las antiguas dependencias del convento, donde el silencio se siente y casi se palpa, invitan al admirado visitante al recogimiento y la reflexión.

             No puedo entrar en la difícil tarea que supone describir la belleza del conjunto arquitectónico y los muchos detalles artísticos que encierra, porque mis escasos conocimientos en la materia desmerecerían  de la realidad que mis ojos disfrutan:

 -         El paraje del mínimo consuelo.

-         El Atrio.

-         El Claustro, su Templete y su jardín-cementerio

-         El Claustrillo dieciochesco

-         El Refectorio

-         La antigua Sala Capitular, hoy capilla barroca

-         El Retablo Mayor, pieza excepcional del gótico tardío del siglo XV, labrado en alabastro.

-         La espléndida reja, en la que unas figuras diabólicas parecen advertir al visitante que a los malos espíritus se les expulsa del sagrado.

-         El Transparente, de deslumbrante atmósfera barroca y rococó, que mezcla exceso de rojo con imágenes y columnas, en un abigarramiento que puede ser atroz para los acostumbrados a la sobriedad, pero que es un verdadero reto a las apariencias suntuosas.

 En fin, son tantos los detalles que merecen ser admirados que es imposible para mí describirlos como ellos y tú merecéis; mejor ven a verlos.

 Estoy convencido de que disfrutarás como yo, y tendrás ocasión de serenar el alma con la contemplación de esta belleza, tan próxima a Madrid  y quizá tan ignorada por muchos.

                                                                        El Paular, 10 de febrero de 1998

Hospital Hijas de Galicia


fuente: blog caosycosasdecuba - por Engie Alvarez


Muy pocos saben cómo y por qué surgió esa casa de salud y si lo saben prefieren no recordarlo. Es una historia desgarradora que documentó en un libro el historiador cubano Julio César González Pagés. Nació como una hermandad en torno a la prostitución para dar asistencia a mujeres que no tenían acceso a los hospitales y morían de sífilis en las casas de recogidas. Ese es el origen de Hijas de Galicia, el Hospital Materno Infantil Diez de Octubre, que presta servicios en la barriada de Luyanó, en La Habana.

Más de 60 000 gallegas arribaron a Cuba a fines del Siglo XIX y en los años iniciales del Siglo XX. Eran mujeres solas o con niños pequeños a su abrigo, generalmente analfabetas y, por supuesto, carentes de recursos; terminaban aquí como sirvientas o como prostitutas. Vivían una realidad que en sus cartas ocultaban a la familia lejana. No pocas de ellas se unieron y fundaron lo que sería la asociación Hijas de Galicia y el hospital de igual nombre. Eran la oveja negra de la emigración española y el Centro Gallego, con su poder y representatividad, ocultó su existencia y quiso ahogar la sociedad que surgió a la vida el 12 de junio de 1912 con el nombre de Solidaridad Pontevedresa y que cinco años después, el 18 de enero de 1917, pasó a llamarse Hijas de Galicia. 

A comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, González Pagés encontró en una oficina olvidada del Gran Teatro de La Habana toda una documentación relacionada con Hijas de Galicia. Quiso acceder a las actas originales de esa institución y luego de buscarlas en archivos cubanos y gallegos terminó encontrándolas en el mismo hospital, donde las guardaron cuidadosamente. En esos papeles está toda la historia.

A inicios de los años 90, muchas gallegas o sus descendientes, todas ya muy mayores de edad, acudían al Gran Teatro, antigua sede del Centro Gallego. Allí González Pagés aprovechó la ocasión y 120 de ellas le contaron sus vidas y las de sus familias en demoradas entrevistas. Fue así que el historiador conoció a la hija de la gallega embarazada que sirvió de modelo para la escultura que se erige a la entrada del Hospital Materno Infantil Diez de Octubre, a la que muchas pacientes veneran como a una santa. 

El boicot del Centro Gallego contra Hijas de Galicia cesó en 1919, sin resultados. La institución siguió su curso. Acogía sólo a mujeres y a niños de uno y otro sexo, unos 36,000 en total hasta 1956. Disponía en esa fecha, de un edificio de ocho plantas, con cinco salones quirúrgicos y diez salas de hospitalización en las que, como promedio, permanecían internados 206 pacientes al día. Laboraban allí 39 médicos. Su presupuesto, en 1957, fue de más de 968,000 pesos, cifra que incluía los gastos de la clínica y también del balneario que, para los asociados, poseía en Marianao.



La Fundación de San Agustín de la Florida, por Don Pedro Menéndez de Avilés, en el 1565


René León

  Se ha hablado mucho del descubrimiento de la tierra de La Florida, llamada así por Ponce de León. Pero mucho antes que Ponce de León, se habían sucedido otros intentos que no dieron el resultado esperado. El primero, la expedición de Diego de Miruelo, en 1516, quien al regresar a Cuba no había tenido el cuidado de hacer un mapa “…sin haber hecho el oficio de buen piloto de demarcar la tierra y tomar altura” (Inca Garcilaso, La Florida, Obras Completas, 1970, p.31-32). El segundo intento lo lleva a cabo  Francisco Hernández de Córdoba, en 1517, que fue enviado por Diego Velázquez desde Cuba a las costas de Yucatán. Pero su enfrentamiento con los indios, del que sale herido, le ocasionaría la muerte diez días después de llegar a Cuba. La tercera expedición conocida es la de Alonso Álvarez de Pineda (bajo el mandato del gobernador de Jamaica, Francisco de Garay), quien dirigió una flota en busca del paso al Mar del Sur, y recorrió la costa desde la Florida hasta Tampico. A su regreso, el gobernador Garay solicitó del Rey la colonización de esas tierras en 1521, pero al confrontar muchos problemas regresó a Jamaica en 1523. Otra de las expediciones fue la que Lucas Vázquez de Ayllón envió al mando del piloto Francisco Gordillo en busca del estrecho de la Florida, pero al encontrarse en la Florida Pedro de Quexos lo llevó a perseguir a los indios y llevárselos como esclavos. A su regreso a La Española fue castigado por Ayllón. Años más tarde, Ayllón dirige una expedición a la Florida que salió del puerto La Plata (Santo Domingo). Y funda la colonia de San Miguel de Guadalupe (Jamestown), aunque ésta fracasa a su muerte en 1526. Los padecimientos que pasaron y los ataques de los indios les hacían la vida muy dura a los expedicionarios, de los que regresaron a La Española sólo ciento cincuenta.. En 1537 Hernando de Soto es designado por Carlos V como Adelantado de La Florida. Reclutó un ejército de 600 hombres, que zarpó de La Habana hacia La Florida en siete navíos  grandes y tres pequeños. Desembarcaron en la bahía de Tampa el 25 de mayo de 1538. Sus hombres capturaron a un español que vivía con los indios y que se llamaba Juan Ortiz, al que le pusieron por nombre “el indiano”. Ortiz informa a Soto que en esa parte de La Florida no había oro, pero que había un reino más al Norte. Y hacia allá se fue Soto con sus hombres: su aventura le costó su propia vida y a la vez costó las de muchos de sus hombres. Al llegar al río Mississippi, muere el 25 de marzo de 1542. Sus restos mortales fueron colocados en una canoa, y lanzados al río para  que se hundieran. Muchos de sus hombres murieron, y los pocos que sobrevivieron llegaron a México al mando de Luis Moscoso Alvarado.

  Pero la expedición fracasada que los Cronistas consideran mal dirigida por incapacidad fue la de Pánfilo de Narváez en 1527. Fernández de Oviedo, en su Historia  general y natural de las Indias, IV, BAE, 1959, pp. 285-288, dice: “Esto acaese a los que no bien pensadas e ponderadas primero sus empresas, se pierden con ellas, e lo que es peor, causan que otros acaben mal….Narváez: para ser mandado y no para mandar”. Mas adelante dice, recordando su fracaso en México, “Si Pánfilo de Narváez no perdiera la memoria de cómo fue tratado en la Nueva España, e mirara cuán al revés le salieron sus pensamientos, no buscara otros torbellinos e fatigas” (Oviedo, pp.285-286).


  En 1526 un grupo de frailes, encabezado por Fray Luis Cáncer, desembarcó cerca de la bahía de Tampa. Ellos traían collares, espejos y otras bisuterías para ganar la amistad de los indios; al principio, los aceptaron pero, al pasar los días, los atacaron, los hicieron prisioneros, y los fueron matando uno a uno -sólo se salvaría uno de los religiosos-.
  La Florida fue olvidada. Habían fracasado todas las expediciones enviadas y sus capitanes, muertos. Pero al pasar los años la situación cambió totalmente, habida cuenta de la contienda religiosa entre católicos y protestantes. El rey Felipe II le da permiso al Capitán Pedro Menéndez de Avilés para explorar y colonizar La Florida como Adelantado de la Corona, con la condición de eliminar a todos los protestantes que se encontraran allí.


  En 1563, el Almirante Coligny, jefe de los protestantes franceses, que eran llamados hugonotes, ordena preparar una expedición para ser enviada  a La Florida, al mando de Jean de Ribault, gran capitán de la armada francesa, y establecer una colonia y expandir el poder francés en aquellas regiones,
  La presencia de los protestantes franceses en La Florida preocupaba a España; aquéllos se habían establecido y construido un fuerte en el (St.John River) -San Juan-, y estaban tratando de extender sus dominios más allá del territorio ocupado. Al ser enviado Menéndez de Avilés con orden de exterminar por orden del Rey a todos los protestantes, se vendrían abajo todos sus proyectos.
  La expedición de René Gaulaine de Laudonniere llega a La Florida en 1564 y se asienta en un área a la que llamaron Fort Caroline (Jacksonville), utilizando este lugar para poder atacar a los barcos españoles.
  Pedro Menéndez  de Avilés  sale de Cádiz el 29 de junio de 1565 con 19 buques y 1,504 soldados y colonos. En su viaje sufre un terrible huracán que lo deja sólo con 5 barcos y 600 soldados y 16 mujeres. Se refugia después en Puerto Rico, de donde sale y llega a la bahía de Vizcaíno (Biscayne Bay); de allí parte, y el día 28 de agosto llega a lo que es hoy San Agustín, a la cual bautiza con ese nombre, cerca del río de Los Delfines. Reúne a todos sus hombres y prepara un ataque a Fort Caroline, pero allí se encuentra con que los franceses tienen cuatro galeones. Prepara un ataque por sorpresa, el 20 de septiembre, en el que mata a casi todos los hombres (132) por ser hugonotes y piratas, y perdona la vida a las mujeres y los niños, mientras que el resto de los hombres se interna por tierra. Renombra el fuerte como San Mateo. Días después captura en un islote a 140 corsarios franceses a los que mandó degollar después de que éstos se habían rendido. Desde aquellos tiempos ese lugar se llama Bahía de Matanzas. En Europa, al saber lo que había hecho Menéndez de Avilés, se horrorizaron. Motivado por lo pasado, da comienzo en la historia de España “La Leyenda Negra de España”. Cuatro años después, una expedición francesa atacó el fuerte de San Mateo, al sur de San Agustín, y fueron pasados a cuchillo y ahorcados los sobrevivientes. Ésa fue la revancha que le infligieron a los españoles.
  San Agustín de La Florida fue creciendo poco a poco, hasta llegar a ser la ciudad más antigua de los Estados Unidos. El saqueo de San Agustín por piratas se produjo en 1668. Para volver a reponerse y dar comienzo a la construcción de mejores defensas para el futuro de ella, se erigió el Castillo de San Marcos en el 1672. Se usó por primera la piedra de coquina, que está compuesta por conchas de molusco “Donax” y arena, que se juntan con la cal de la arena y agua, y que le dan una solidez extraordinaria. Dicha construcción duró 23 años.
  San Agustín fue sitiada varias veces, pero nunca se rindió.  La Florida pasó a poder de Estados Unidos en 1821. Al día de hoy, San Agustín es una bella ciudad turística, con una población que acoge con afecto y cariño a todos los que la visitan, y que pronto va a celebrar sus 450 años de fundación.

El Resurgimiento de los Tenores


Rowland J. Bosch

  Sin compararlas mencionemos que hubo dos eras de grandes tenores. La primera antes de la Segunda Guerra Mundial. La segunda comenzó al terminarse ésta.
  Recordemos a D'Stefano, Bergonzi, Alfredo Kraus, Franco Corelli, Nicolas Gedda y posteriormente a Domingo, Pavarotti, Carreras, Araiza y otros. Unos están retirados, o han fallecido, como es caso de Mario del Mónaco. Otros se esfuerzan aún por mantenerse en popularidad y así brindar la belleza de sus facultades a un público ansioso ya de nuevos timbres hermosos.
  Desde hace muchos años la decadencia de voces varoniles, particularmente en el registro alto, ha preocupado  a los envueltos en las actividades del mundo operístico, así como a los fanáticos del arte en cuestión. Hasta el propio Metropolitan se ha visto en la necesidad de emplear a voces mediocres para cubrir papeles principales en sus presentaciones. Han sido, desde luego, voces educadas, profesionales y seguras en su cuerda pero no causan admiración en el público y aunque el auditorio aplaude por disciplina, rutina o educación, no estremecen el cuerpo ni hielan la sangre de los espectadores.
  No hay que desanimarse, recientemente han surgido cantantes prometedores. Ha habido un nuevo amanecer operístico. Son nuevas voces en el campo lírico, quizás algo frágiles y con fluctuaciones, pero ¿cuál de los grandes cantantes no las ha tenido en el transcurso de sus carreras artísticas? Desde Caruso hasta Gigli, Bjoerling o Corelli, tenemos innumerables    ejemplos   de   dificultades   vocales   y   artísticas.
   Los directores de las compañías operísticas se han dado cuenta de la importancia del gusto del público para la supervivencia del arte. Se sigue deseando escuchar las óperas de siempre como "Rigoletto", "Tosca", "Cav/Pag", "Turandot", "La Bohemia", "La Traviata"; el repertorio en fin de Puccini, Verdi, Bizet y otro compositores, salpicado siempre de algún verismo y algo de "Bel Canto" con Donizetti, Bellini y Rossini y no  la  imposición de  obras nuevas sin calidad, como si la época de los grandes compositores jamás hubiera existido. Ni tan siguiera las grandes obras traducidas al inglés han tenido éxito.
  Hoy escuchamos y vemos lo que siempre ha gustado aunque lo hagamos un sin número de veces. Ahí radica el triunfo. Éste no está en cambiar las obras, sino en presentar las mismas con diferentes artistas. El auditorio compara y trata de valorar a los nuevos talentos.
  En el grupo de nuevas voces tenemos a varios tenores que nos recuerdan a los cantantes de antaño. Marcello Giordani, nativo de Augusta, Sicilia. Hizo su debut en el Met, en el papel de Rodolfo en "La Bohemia" en 1995. Ha cantado como Alfredo en  "La Traviata". Tras dificultades con su voz en 1993, parece  ahora haber encontrado una posición cómoda en su propio registro. Esperamos no le ocurra como Giusseppe Giacomini, gran voz que nunca se supo emplear.
  El cantante debe como cosa primordial conocer su voz, su alcance, lo que puede hacer y lo que no debe hacer. "Yo tenía miedo de cantar hasta un "B-Flat", confiesa Giordani, quien es un tenor esencialmente lírico aunque su timbre tienda a lírico spinto. Ha cantado Alfredo Germont en "La Traviata", Pinkerton en "Madame Butterfly", "Werther", "Manon", en "Rigoletto", y en "Elixir de Amor". Además de cantante es un buen artista. Franco Zeffirelli lo ha respaldado con entusiasmo. "Estuvimos hablando por más de tres horas sobre el tercer acto de "La Traviata", dice refiriéndose al productor. "Los consejos de mi primer manager italiano le hicieron mucho daño a mi voz", se lamenta. "Lo único bueno que puedo decir de él es que por él conocí a mi esposa".
  Aunque Giordani tiene un sonido netamente italiano también  domina los "roles" franceses. El estilo francés le permite cantar de una manera  más refinada, con más expresión como en   "Los Hugonotes" y en "Werther". Rechaza la tentación de cantar papeles más pesados, más dramáticos como le sucedió a su coterráneo Giusseppe D'Stefano que destruyó su voz  al dedicarse a cantar como lírico spinto. "Yo no quiero perder mi timbre lírico" -afirma-. "Quizás dentro de seis o siete años el público me pida esos papeles, pero por ahora no quiero apresurarme", dice con decisión.
  Otro tenor que ha escalado la fama lo es el argentino Raúl Giménez. Nació en la pequeña ciudad argentina de Carlos Pellegrini, en 1951. Estudió canto en la Fundación del Teatro Colón en Buenos Aires. Debutó como Ernesto en "Don Pasquale". Ha cantado además "El Barbero de Sevilla", "Falstaff", "Orfeo" y  "La Cenerentola". Es un especialista en el repertorio "Bel Canto" sobre todo en Donizetti y en las arias de Mozart.
  Otro gran tenor es el canadiense Ben Heppner, nativo de la Columbia Británica. Hizo su debut en Estados Unidos en el Carnegie Hall en 1988, en La Scala en 1990, en el Metropolitan de Nueva York en "Die Meistersinger" y ha grabado para la RCA la opera "Turandot".
  El francés Roberto Alagna de quien se esperan grandes triunfos en su carrera artística. Kristjan Johannson de Reikiavik, en la fría Islandia quien es un verdadero lírico-spinto. Ha cantado "Cavalleria Rusticana" en el Met de Nueva York, aunque parece tener últimamente dificultades vocales. Richard Leech quien emplea magistralmente su media voz. Sergei Larin, nativo de Latvia. Hizo su debut como Cavaradossi en "Tosca" en 1994 en el Met y Richard Margison, de Victoria, Canadá, que es otro lírico-spinto muy prometedor. Debutó en el Met como Pinkerton "Butterfly"  y ha cantado distintos papeles: Manrico, Calaf y Radamés. Hay otros que mencionarlos prolongaría infinitamente este trabajo y esperamos que con el transcurso del tiempo estos cantantes y los que sin lugar a dudas han de aparecer, se  mantengan en el pináculo de su arte para beneplácito de los amantes de la ópera.


AL ARRIMO DE MI OTERO, DE ELIANA ONETTI




Comentario: Herminia D. Ibaceta

    "Al Arrimo de mi Otero" es la más reciente contribución a la literatura de Eliana Onetti, poetisa cubana residente en España. No siempre llega a nuestras manos un material como éste, digno de leerse por sus múltiples valores. Se escribe tanta letra vacía, ajena al espíritu, que cuando se recibe un libro que se propone y cumple su objetivo y que abraza temas trascendentes, reconocemos de inmediato la presencia del texto esperado.
    "Al Arrimo de mi Otero" es un libro que abarca dos géneros literarios, poesía y narrativa, por los que la autora camina con paso firme y reconocido éxito, y en los que se pone de manifiesto el sello que caracteriza la obra de Onetti: su gran preocupación por una humanidad que no encuentra su camino. Con ella convive, en ella piensa, con ella sueña, a ella se dirige en el marco de sus versos y de sus narraciones.
    No son fáciles los temas que inspiran estos poemas. Las virtudes teologales, las virtudes cardinales, y otras cualidades tales como: la modestia, la perfidia, la inocencia, etc., por abstractos, requieren un alto nivel de inspiración. Encarnando las virtudes o cualidades a las que se refieren sus versos en la imagen de la mujer, la autora ha podido obtener un resultado genuinamente poético:
    “Enciende sus pestañas de fulgores/ la fiebre de su ardiente fanatismo/ y el mágico rigor del ascetismo/ demuda de su rostro los colores/. Se nutre sobriamente de fervores/ que tienen resplandor de crucifijo./ Y no hay en sus entrañas más que un hijo: /El místico placer de sus dolores/. Tiene prendida siempre la mirada/ de una visión excelsa y venerada,/ ebria de éxtasis más que de vino./ Y el pecho flébil que huye del pecado/ florece cuando su Alma y el Amado/ coinciden al final de su camino./ Nació casta y mujer. Se llama fe.  (Pág. 14.)
    En medio de temas abstractos y de temas sociales, que atañen a las miserias de la humanidad aparecen, sin embargo, pinceladas de júbilo como las que encontramos en el poema Alegría:
    “Alegría tiene en su cara morena dos destellos refulgentes:/ esos ojazos oscuros siempre cuajados de abril/ que brillan como ningunos diciendo al mundo: reid”./ El cuerpo se le alborota/ y toda su piel morena desde el tobillo hasta el pelo/ vibra y se tensa y conmueve al compás del canto negro. (Pág. 31)
    El lenguaje conductor, tanto de los versos como de la prosa de Onetti, es depurado, alto, y siempre al nivel del sentimiento que se desea transmitir, destacando una gran imaginación y un profundo sentido de humanidad. Eliana comienza el sector narrativo con “La Cometa”, compendio de siete cuentos fantásticos, siete aventuras en las que la autora, abrazada a su cometa que, glosando sus palabras, constituye su propio yo, visita lugares increíbles. Al final de cada travesía regresa al hogar y en su remanso sueña. En estas escapadas por mundos irreales, aparecen imágenes desgarradoras de niños afiebrados y sin pan, de lugares tenebrosos donde habitan seres inmolados por la metralla, alternando con aventuras risueñas, niños dichosos, y sueños románticos. A través de sus cuentos la autora medita sobre lo que debe ser y no es, doliéndose de una humanidad que no alcanza a ser feliz. La prosa de estos cuentos es una prosa verdaderamente poética, con profusión de imágenes y en la que, en no pocas ocasiones, surge la rima:
    “En la almena del torreón solitario, ateridas quedamos tan sólo mi cometa y yo bajo el lloro gris de una llovizna silenciosa, cuyo gélido contacto impregnaba el alma”. (Pág. 55);
    “ De la madre, regazo de pomarrosa, sólo tiene la dulzura cuitada y la castaña sedería de las guedejas húmedas de fiebre”. (Pág. 44).
    “¡Ay, quien pudiera volver el tiempo atrás, simplememte, o vivir en los recuerdos siempre, siempre! Pero el tiempo no se para; no tuerce su curso un río; no vuelve al nido vacío un ave muerta en invierno; y no puede un triste guante trocar su humilde destino” (Pág. 84).
    "Al Arrimo de mi Otero" es un libro inspirador, que por las sendas del sueño nos lleva a la realidad, enfrentándonos con todo lo que ésta tiene de gozo o de infelicidad, nos induce a la reflexión, y despierta en nosotros la necesidad de urgentes soluciones.  

El Sifón del Alcantarillado de La Habana



Invisible y desconocido por la mayoría de los habaneros, el Sifón del Alcantarillado de La Habana, constituye uno de los más relevantes trabajos ingenieros realizados en Cuba en todos los tiempos. Como explica el licenciado Juan de las Cuevas Toraya, en su obra Las siete maravillas de la ingeniería civil cubana, la generalización del uso del agua en necesidades personales, las grandes aglomeraciones urbanas y la consiguiente aglomeración de residuos e inmundicias, obligó a la extracción y conducción de estas, fuera y a distancia de los recintos urbanos, situación que hizo crisis con la invención de los inodoros en 1810, los que requerían mayor cantidad de agua para su utilización y obligaron a construir medios más rápidos y menos molestos para evacuar las aguas negras domésticas.


En La Habana, los pocos kilómetros de cloacas existentes, sin plan ni sistema, descargaban las aguas negras conjuntamente con las pluviales. En la sequía constituían el escape para los gases de la descomposición de las materias orgánicas depositadas en el fondo y por el contrario, los grandes aguaceros desbordaban los albañales junto con el agua de lluvia y penetraba en las casas que poseían, en algunos casos, menor nivel que en las calles. Al finalizar el siglo XIX, la Enciclopedia Británica decía que la capital cubana era una ciudad de ruidos y malos olores, sin una satisfactoria limpieza de calles, o de drenaje del subsuelo y una bahía corrompida por las impurezas de la ciudad. Al concluir la guerra de independencia hispano-cubana, el gobierno de ocupación norteamericano (1898-1902) le encomendó proyectar la obra al ingeniero Samuel Gray, reconocida autoridad en esa materia en los Estados Unidos, quien realizó los cálculos para una ciudad de 600 000 habitantes.

Dado lo cerrada de la bahía, se definió que no se debía llevar a ésta el agua de las cloacas, por lo que sería necesario bombearlas y descargarlas al océano Atlántico. Esto determinó que se proyectaran sistemas separados de cloacas y drenes, pues éstos podían descargarse directamente a la bahía, cuando esos aspectos no habían adquirido el rigor que tienen en la actualidad.

La subasta de las obras se realizó el 23 de octubre de 1901 y la ganó Mac Givney and Rokeby, quien ofertó construir el alcantarillado y la pavimentación en 10, 6 millones de pesos. Las obras se iniciaron en 1908 y el sistema de cloacas comprende: una línea llamada Marginal del Norte, que recoge todos los albañales al norte de Reina y Carlos III. Comienza en la calle Línea la del Vedado y sigue por San Lázaro, Trocadero, Tejadillo, Aguiar, O’Reilly, hasta la Plaza de Armas, donde se une con la Marginal del Sur, que recoge los albañales del resto de la ciudad.

Esta segunda línea recorre la calle Oficios, Paula, Puerta Cerrada hasta Carmen donde se divide en dos líneas: una va por el Matadero hasta Infanta y recoge la barriada del Cerro y otra va al este de la Calzada de Cristina, se dirige a Agua Dulce, y se vuelve a subdividir en dos ramas, una irá por Concha hasta la Víbora y la otra sigue hasta Jesús del Monte.

La complejidad de las obras estuvo dada por las características del subsuelo, principalmente de calizas cavernosas, las que después de los dos metros, hacía que se anegaran las zanjas por debajo del nivel del mar. En la calle Tejadillo la profundidad de la zanja fue de 8 metros y la de Paula llegó hasta 10, y pese al apuntalamiento todos los edificios se rajaron. Las casas dañadas por las obras fueron reparadas por lo contratistas, los que antes de comenzar a trabajar en cada cuadra visitaban casa por casa con un inspector del Gobierno y levantaban acta del estado en que se encontraban para evitar reclamaciones injustas.

La única mecanización utilizada fue un sistema llamado “Telpher” que constaba de armazones de acero en forma de “A” que montadas sobre las zanjas suspendían un riel por el que corría una grúa eléctrica móvil que servía para trasladar el material de la excavación y los tubos. En la obra se utilizaron tubos de barro vitrificado en diámetros hasta 38 cm, los mayores eran de hormigón. Las aguas albañales de las dos marginales, afluían a una cámara de sedimentación y coladores cerca de la Plaza de Armas, desde por un túnel sifón construido bajo la bahía, de 2.13 metros de diámetro y 375 de largo, se pasaban todos los albañales de la ciudad a una Cámara de Succión situada al otro lado de la bahía en Casa Blanca. De allí, por bombas centrífugas se elevaban a la altura de La Cabaña, desde donde por gravedad, a través de una tubería de hierro fundido de 1.52 metros de diámetro, se vertía a 147 metros de la costa, a una profundidad de 11 metros. El túnel Sifón se comenzó el 1 de mayo de 1911 y se terminó el 19 de abril de 1912, trabajándose tres turnos a 8 horas todos los días.

Uno de los drenes principales construidos fue el de Matadero, que conduce a la bahía al arroyo de su nombre, y evacua un área de 6, 9 km cuadrados. Al desembocar en la bahía tiene una sección de 9.75 metros de ancho por 2,82 metros y sobre él se construyó una calle de 20 metros de ancho. El otro gran dren fue el de Agua Dulce, que recoge las aguas de los arroyos Maboas y Agua Dulce. Este desemboca con una sección de 4,9 metros de ancho por 3,4 de alto, todo de hormigón armado sobre pilotes espaciados a 90 centímetros y recoge las pluviales de 5,7 km cuadrados. Al océano Atlántico descargan los drenes de las calles: Águila, San Nicolás, Gervasio, Lealtad y Belascoaín. Del Vedado también descargan al litoral los drenes de las calles 15, 11, J, G, C, Paseo, 6 y 10. Al finalizar las obras el 30 de junio de 1915, se habían ejecutado 294 km de cloacas y 150 km de drenes, con un costo total de 9,8 millones de pesos. Por su magnitud, complejidad, rapidez de ejecución y utilidad bien merece esta obra considerarse como una de las Siete Maravillas de la Ingeniería Civil en Cuba.

El Cubo, visible escultura urbana













Con el fin de cambiar la imagen del enclave portuario, desde la perspectiva urbana y arquitectónica, se proyectó el enmascaramiento de la Cámara de Rejas del Sifón, en la Plaza de Armas. Sobre la base del “cubo”, la propuesta fue diseñada como forma geométrica de menor impacto en el contexto, tendiendo a las dimensiones de 9 x 9 x 9 metros que exigían los requerimientos funcionales, emitidos por la empresa Aguas de La Habana. Así, precedidos por este concepto, se concibió esta obra para la protección y funcionamiento del sistema, y la divulgación de sus valores dentro del patrimonio constructivo de la Isla.

El Cubo se compone de dos cuerpos: una caja transparente, que permite mostrar el proceso y hacer partícipe al público del mismo, y otra caja opaca que facilita la protección y funcionalidad del sistema. En las horas nocturnas actúa como una caja de luz, sumando al novedoso proyecto otro atractivo singular. Situado en una zona que ha emprendido su rehabilitación integral, el Cubo deviene escultura urbana de alta significación para el borde marítimo de La Habana Vieja, al tiempo que se convierte en un punto de desarrollo de la cultura ambiental de la ciudad.


El nuevo diseño para la Cámara de Rejas exigió el talento de creadores y constructores que, empleando materiales como el hierro y el vidrio, supieron concertar una imagen contemporánea en un contexto legendario, comprometido con la historia y los valores patrimoniales de la ciudad. El Cubo está conectado con un separador vial, a modo de paseo, que incluye vegetación y gráfica informativa del proceso y la trascendencia de esta obra centenaria. Realizada por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, esta intervención contó además con la participación de la Constructora ACINOX y la empresa Aguas de La Habana.

HORAS ILUMINADAS


-Reseña de Roberto Soto Santana, Presidente de la Asociación Literaria Calíope (Murcia, España) y Abogado en ejercicio, incorporado al Ilustre Colegio de Madrid.

Así se titula el más reciente efluvio, en forma de poemario, del numen de doña Leonora Acuña de Marmolejo, la autora colombo-estadounidense que tiene sus raíces echadas hace mucho tiempo en la neoyorkina Long Island –aunque la lira que tañe siempre ha sido  profundamente hispanoamericana-.
En este nuevo libro, la autora vierte, una vez más, desde su alma en poso, los temas de reflexión que han caracterizado siempre su verso (el Amor, la Paz, la Amistad y el laurel tendido hacia las frentes de las personalidades eximias del buen hacer literario, patriótico y humanista de la comunidad mundial que se expresa en español). En esta obra, la poetisa desenvuelve y alcanza los objetivos que en ocasión anterior hubo de fijar para su pluma: a saber, “Quiero el verso en mi anhelo cincelado,/pulido en el dolor y acrisolado;/el verso noble y elocuente y sabio/que restañe de ofensas el agravio.//El verso rutilante en la palabra/que despierte conciencias y que abra,/liños de amor, lealtad, justicia y paz/y nos lleve en vendimia a un solo haz.”(1)
Esta pulsadora de la lira, oriunda del sudoeste colombiano -donde la vegetación es frondosa y lujuriante, los ríos son límpidos y caudalosos, las nueve décimas partes de la población están asentadas en núcleos urbanos, y el español se habla con el característico acento vallecaucano o valluno-, ha ilustrado esta edición con algunos lienzos de su paleta, en los que demuestra el dominio de variados registros estilísticos (desde la pintura andina de trazos rectilíneos que exorna la portada del poemario, y que hace recordar al argentino Hugo Irureta; hasta la figura de mujer yacente, en trazos expresionistas, de “Tiempo de solaz”, en la página 22, pasando por el retrato realista del paisaje –sin figuras animadas, como en el “Estanque de Mercurio”, en la página 33; o con ellas, como en “Niño indio con su burro”, en la página 30-).
En los poemas, la autora demuestra una admirable soltura en el manejo de los versos de arte mayor, ya que una mayoría de las creaciones incluidas en este libro está perfilada en versos endecasílabos, sea en estrofas de dísticos o pareados consonantes –logro difícil,  ya que no suelen manejarse para la poesía lírica sino para la didáctica, la narrativa o la epigramática- (“El lucero de mi anhelo”), sea en sonetos (“Hora de Tinieblas”, “¡Marana Tha!”).
La poetisa aborda con parejo éxito el versolibrismo en su discurso apologético de Alfonsina Storni, en el que evoca el fin que puso a su vida esa flor de sensibilidad nacida en Suiza y criada en la Argentina, arrojándose al mar aunque no sin antes dejar su postrer soneto “Dientes de flores, cofia de rocío…”, en el que responsabilizaba a un desengaño amoroso de su infausta salida de este mundo. No sabemos si por casualidad o deliberadamente o por simple asociación de sentimientos, en este ramillete lírico de Acuña de Marmolejo, a este elogio póstumo –que, en cuanto a su insumisión al metro y a la rima, atiende al criterio del español Luis Cernuda respecto a que “Si en el verso hay música, mi preferencia se orientó hacia la «música callada» del mismo”, es decir, hacia el verso libre- le sigue inmediatamente en el libro el “Epitafio”, un soneto en el que se habla de la partida de la más bella rosa “…con la más alta estrella/¡que la unció al fiel lucero que rielaba en el mar!”
Por otro lado, impresiona la sutileza perceptora de los rasgos distintivos de las personalidades de dos próceres cubanos a quienes doña Leonora Acuña dedica sendas loas, al saber distinguir entre la naturaleza reconocida de José Martí como espíritu Libertador de la Perla del Caribe y la de Antonio Maceo como caudillo que llevó a vías de hecho, en el plano militar (como Lugarteniente y bajo la dirección superior del Generalísimo Máximo Gómez, dominicano de origen y cubano por sus merecimientos), la grandeza de las ideas martianas. A Maceo le dedica el soneto con estrambote “Bajo el palio sagrado” y las cuartetas “Cual un león herido”, y a Martí, el “Soneto al Apóstol José Martì”.
Y así, hasta un total de ochenta y ocho composiciones, hay poemas de alegría  y de tristeza, de esperanza y de desespero, de nostalgia y de remembranzas juveniles, pero sobre todo de aliento, de fe en la vida y en un Ser Supremo, de la bondad del Amor y de la Paz y de la virtud de la compasión, que integran un canto sostenido, respaldado por el ejemplo personal, a la affectio familiae que debe presidir las relaciones con ascendientes y descendientes en el tronco genealógico e incluso con los demás consanguíneos, colaterales y allegados. Porque doña Leonora Acuña ha sido, a lo largo de toda su vida, una devota, entregada a paladinas, de la necesidad de la práctica cotidiana de  la pietas –como se entiende en latín: el sentimiento de bondad hacia el prójimo-.
Y “Horas Iluminadas” es, en el fondo y en resumen, un compendio de las variadas modalidades de ese sentimiento, expresadas en forma poética, y aderezadas con la sabiduría de la experiencia vital de la autora, su exquisita sensibilidad personal, su vasto bagaje intelectual y artístico, y sus acendradas convicciones espirituales, tanto humanistas como cristianas.
Recomendamos la lectura de esta obra de doña Leonora Acuña de Marmolejo como fuente de regocijo para el alma –tanto por sus propiedades animadoras para la acción cotidiana de relación interpersonal como de provecho por el gozo estético que aporta siempre un libro bien escrito, en este caso además con donaire y acendrado empleo de nuestra común lengua cervantina, y firmemente anclado en nociones y sentimientos positivos-.