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miércoles, 15 de mayo de 2019

Bienvenidos a Pensamiento

Dr. Joaquín Infante: 
La Primera Constitución para la Isla de Cuba

Foto tomada de: En Caribe

René León

Los cubanos tenemos por costumbre discutir sobre muchos temas. La primera bandera que se enarboló en nuestro país, y ahora cuando escriba sobre la "constitución" van a decir que eso no es verdad que esta vez sí cometí un error. Aque­llos que me conocen, saben de antemano que eso me tiene sin cuidado. En mi ya pobre biblioteca, me quedan sólo libros e informaciones basadas en la verdad, no inventadas, de años de investigaciones en archivos de documentos originales. 

Sobre el Dr. Joaquín Infante, nacido en la heroica ciudad de Bayamo, se ha tratado de buscar el lugar donde estudió. Carlos M. Trelles, no pudo encontrar en los archivos de la Universidad de La Habana, su expediente, por lo tanto se deduce que fue en España.

En un estudio presentado en la Academia de la Historia de Cuba, por Carlos M. Trelles, leyó un trabajo sobre el Dr. Joaquín Infante, y su Proyecto de Constitución para la Isla de Cuba, en la junta celebrada el 20 de octubre de 1928 sé acordó cuanto sigue: "A propuesta del Sr. Trelles se acordó publicar en un folleto, con los apuntes biográficos del Dr. Joaquín Infante, del que es autor y los leyó en una sesión anterior, los trabajos de aquel ilustre patriota que se han podido recoger y que son su Proyecto de Constitución para la Isla de Cuba, la Solución al proyecto de la independencia de la América y la Canción Patriótica de las tropas que llevó el general Mina a Méjico.

En la conspiración separatista en que participaba Infante, por ser delatados, fueron presos Román de la Luz, Luis F.Basabe, Manuel Ramírez, pudiendo escapar Infante, en un barco a Estados Unidos, y después para Venezuela. Sobre él dice Emilio Roig de Leuchsenring: "...haber tenido por escenario la propia Capital de la Isla, concretado sus ideales en una carta constitucional -la más antigua de las constituciones concebidas, redactada y publicada por un cubano, Infante, para la ordenación de su régimen político, una vez independizada de la metrópoli, proyecto de muy relativo valor, sólo histórico, muy lejos de ser modelo de ley constitucional democrática..."

El proyecto de constitución fue desconocido por muchos cubanos, hasta que fue reimprimido por el escritor y diplomático venezolano S.Key-Ayala, en 1928.

Sobre el Dr. José Infante no se tienen muchos datos de su vida. En el Diccionario Biográfico Cubano, de Francisco Calcagno, sólo aparece:"José Infante, bayamés, Dr. y catedrático": En el tomo primero de la Bibliografía Cuba a del Siglo XIX (Matanzas, 1911) de Carlos M. Trelles,p.65, aparece: "Joaquín Infante: Proyecto de Constitución para la Isla de Cuba. Caracas, 1811. Cita de M. Torres Campos.

Bibliografía del Derecho Español.Tomo I.(Madrid),1885 . Infante era natural de Bayamo y partidario de la indepen­dencia. Estuvo en Caracas en 1811 y 1812. Regresó a la Habana en 1813... 

El Dr. Néstor Carbonell, Ministro de Cuba en Argentina, en 1926, aporta datos sobre Infante, en su discurso de recepción en la Academia: Los protomártires de la Independencia de Cuba. Dice: "Por otra parte, no fueron Román de la Luz y Luis F. Basabe los dos únicos cubanos de nota comprendidos en esta causa (la formada en La Habana en octubre de 1810 por intentada sublevación y francmasone­ría). También lo fueron Manuel Ramírez y Joaquín Infante, hombre de excepcionales condiciones de inteligencia y de carácter, autor del primer Proyecto de Constitución de Cuba, quien con noticias de que iba a ser preso, escapó sigilosamente para los Estados Unidos, pasando luego a Venezuela, y donde inscribió su nombre entre los revolucionarios y donde obtuvo el empleo de Auditor de Guerra y Marina de Puerto Cabello..." 

De la Introducción del Proyecto de Constitución, voy a tomar la idea de Infante de su proyecto: "El amor a la Patria me hizo trabajar el Proyecto de Constitución que sigue, y que creo el mas acomodado á los intereses de tan precioso territorio; porque para promoverse su fomento, deben disminuirse sus cargas, y esto no podrá conseguirse sino por la simplicidad de la organización, y por la reducción de los funcionarios. Para la perfección de esta grande obra me pareció preciso cortar de raíz las instituciones perjudiciales y abusivas introducidas por los Españoles durante su dominación; pues los medios lentos y paliativos no harían sino aliviar y prolongar las dolencias, y no las remediarían de una vez, conservandolas, y haciendo recaer siempre en su estado fatal, ó quizá reagravándolo". 

Se cree que la edición del folleto del proyecto, fue en los primeros días del año de 1812. Voy a tomar de algunos artículos las partes más importantes: 

Artículo Primero: Cuatro Poderes Legislativo, Executivo, Judicial y Militar 35.- La Religión Católica será dominante;pero se tolerarán las demás por el fomento, y prosperidad que proporciona á la isla la concurrencia de hombres de todos los países, y opiniones. 

85.- Se entenderán comprendidos en la clase blanca, prece­diendo matrimonio ó sin él, los indios, mestizos, y aquellos que descendiendo siempre de blancos por linea paterna, no interrumpiendose por la materna el orden progresivo de color, ni interviniendo la esclavitud. 

89.- La esclavitud, mientras fuere precisa para la agricultura, continuará baxo principios conciliadores de equidad, justicia, y retribución. 

99.- El territorio de la isla sera inviolable. Se procurará que esté en paz con todo el mundo, y que no declare guerra sino á los que invadan ó molesten su bandera, costas y puertos. 

100.- La bandera nacional será tricolor horizontal, verde, morado y blanco combinación que no se sabe haya sido tomada todavía por otra nación. El sello de Estado podrá reducirse á un pequeño óvalo con el emblema de la Améri­ca en general baxo la figura de una india, y él de la isla en particular, baxo la de la planta de tabaco; porque aunque se dé en otras partes en ninguna es de tan excelente calidad. Al rededor habrá la inscripción: Isla de Cuba Independiente. El estandarte será la bandera misma con el sello de Estado en grande, en el centro". 

Sobre el Proyecto de Constitución se puede decir algo muy interesante, y es que no tenía ideas "anexionistas". Sino de una Cuba Libre e Independiente. Bajo la tutela de ninguna nación.

LA TIERRA, EL PLANETA DE LA VIDA


Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)

La Tierra es un planeta y, por consiguiente, sin luz propia que recibe la energía del Sol.  Esta estrella es una de los cien mil millones de astros de la constelación llamada Vía Láctea. Una estrella roja, situada más cerca del borde externo de la galaxia que de su centro, y que no es ni de las más grandes ni, especialmente, distinta de otros muchos millones de estrellas similares a ella; pero de la que procede la energía que hace posible la existencia de los únicos seres vivos que conocemos en el Universo.
            La magnitud del Universo, formado por miles de millones de nebulosas similares a la Vía Láctea, es tan enorme que nos resulta imposible de imaginar.
            Al nacer la Tierra, hace unos 4600 millones de años, se produjo a la vez la formación de todo el sistema solar. Suponemos, aunque no es fácil saber cómo ocurrió, que masas de unos pocos kilómetros de diámetro llamadas planetoides, fueron chocando entre sí hasta formar, al cabo de unos cientos de millones de años un planeta del tamaño del actual. Su superficie estaba fundida y rodeada por una atmósfera formada por las grandes masas de vapor de agua y otros gases liberados por las rocas al colisionar.
            Al cabo de unas decenas de millones de años, la Tierra se había enfriado lo suficiente como para que gran parte del vapor se hubiera licuado formando los océanos. Los gases predominantes en la atmósfera de esa época eran el vapor de agua, el dióxido de carbono y el nitrógeno junto a hidrógeno, y monóxido de carbono que originaban un ambiente ligeramente reductor. 
            Hace al menos 3600 millones de años, en un océano primitivo que suponemos cargado con distintos tipos de moléculas orgánicas, aparecerían los primeros seres vivos, similares a las actuales bacterias.
            Surgieron después organismos capaces de hacer fotosíntesis, que comenzaron a producir el oxígeno que compone la atmósfera. Hace unos 1000 millones de años, la atmósfera ya era similar a la actual. Oxígeno y nitrógeno eran sus principales componentes y de reductora había pasado a oxidante.
            Nuestro planeta posee una atmósfera rica en oxígeno, temperaturas moderadas, agua abundante y una composición química variada. La Tierra se compone de rocas y metales, sólidos en el exterior, pero fundidos en el interior.
            También posee un campo magnético, una capa de ozono y una ionosfera que protegen la superficie terrestre de las radiaciones solares dañinas y del impacto de muchos meteoritos.
            La vida surgió 1.000 millones de años después. Aquí viven ahora millones de especies de seres vivos, incluyéndonos a nosotros, los humanos.
            Hace unos 700 millones de años se aceleró el ritmo de aparición de nuevos tipos de vida. Todos los grandes grupos de organismos que ahora conocemos: animales vertebrados e invertebrados, aves, plantas, fueron apareciendo en unos pocos cientos de millones de años. Durante el Paleozoico los seres vivos dejan de estar limitados a la vida acuática y conquistan el medio terrestre y aéreo.
            El clima terrestre es fundamental para los seres vivos e inertes. Por consiguiente, el cambio climático es el mal de nuestro tiempo y sus consecuencias pueden ser devastadoras, si no reducimos drásticamente la dependencia de los combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero. De hecho, los impactos del cambio climático ya son perceptibles y quedan puestos en evidencia por datos como: El aumento de la temperatura global en 2016 fue de 1,1 grados, el mayor de la historia de la humanidad, la subida del nivel del mar, el progresivo deshielo de las masas glaciares, como el Ártico, etc.
            Fue, en 1961, cuando por vez primera el cosmonauta ruso llamado Yuri Gagarin, vio la Tierra desde el espacio. Al describir lo que veía comentó: "desde el espacio contemplaba una bonita vista de la Tierra, que tenía un precioso halo azul muy visible. Pasaba suavemente de un azul pálido a azul, azul oscuro, violeta hasta un negro absoluto. Era un cuadro magnífico". Desde entonces cientos de vuelos espaciales nos han familiarizado con la espectacular imagen del planeta azul, nuestro hogar. El único que conocemos que acoja vida. Por ello, La Tierra, es el planeta de la vida.
            Gracias al avance de la ciencia podemos no sólo conocer muchas características de nuestro planeta, sino que también conocemos detalles de la azarosa historia de este astro. Desde su formación en los orígenes del sistema Solar, hasta la actualidad, muchas cosas han cambiado en el planeta. Los choques con gigantescos meteoritos y otras catástrofes han dejado su huella, pero sobre todo la lenta pero continuada acción de la atmósfera, la hidrosfera; el desplazamiento de las placas y la importante actividad de los seres vivos son los que han modelado la Tierra tal como hoy la conocemos.
          Los humanos somos seres visuales y hemos inventado el dibujo. Desde la antigüedad se han elaborado mapas para representar la Tierra. Con la llegada de la fotografía, los ordenadores y la astronáutica, la superficie terrestre ha sido estudiada con detalle, aunque todavía queda mucho por descubrir.


(Del libro EL CANTO DEL RUISEÑOR. Editorial “Granada Club Selección”. Molvízar, Granada, 2019)

En los aires...

Cronista extraordinario en sus días, pudo legar para su tiempo y el presente interesantes asuntos cotidianos. Sin embargo, con estas líneas, Roig de Leuchsenring estrenaría nuevas emociones y en un plano perceptivo diferente: desde los aires, montado en un aeroplano, como se le diría entonces. En este artículo nos ofrece sus impresiones de aquel viaje aéreo efectuado en una tarde habanera.
«Ya estamos en los aires. No se siente nada extraordinario. Ni vértigos ni mareo. Miro hacia abajo y ese 'terror del abismo', que nos da al encontrarnos en lo más alto de altísimos edificios, no lo experimento tampoco», dijo de su primer viaje aéreo

El curioso observador de nuestras costumbres que dentro de media centuria hojee en alguna biblioteca pública –si es que para entonces tiene ya esta capital bibliotecas que valga la pena visitarlas– la prensa habanera de nuestros días, leerá en ella, sin duda con asombro y tal vez con desprecio o lástima hacia la actual generación, las noticias o los artículos que de un tiempo a esta parte se vienen publicando ya sobre el viaje aéreo realizado por un aeroplano de un lugar a otro de la isla y el entusiasmo y curiosidad que el avión despertó en los distintos pueblos de su recorrido, ya la lista de las personas que realizaron vuelos este o el otro día, ya, en fin, el relato que alguno de esos viajeros, literatos o periodistas, hace de sus impresiones aéreas.
–¡Qué atrasada estaba aquella pobre gente! –exclamará ese curioso «costumbrista».–¡Llamarles la atención un aeroplano! ¡Referir la sensación que se refleja en un viaje aéreo!
Y su asombro y lástima hacia nosotros serán grandes como el que nosotros sentiríamos por el que hoy se ocupara de contarnos lo que se experimenta viajando en automóvil, en ferrocarril o en tranvía.
Estas y otras consideraciones análogas me han hecho ahora –sentado en mi mesa de trabajo, frente a las blancas cuartillas–, vacilar un momento antes de escribir las impresiones sobre mi primer viaje en aeroplano, realizado esta tarde.
{mosimage}Pero, me he dicho a mí mismo enseguida, ¿después de mi hazaña –que hazaña constituye hoy en día volar– he de temer a un ridículo a cincuenta años vista...
Y tomando la pluma, escribo...

Cuando llegamos a la Capitanía del Puerto el señor José Caminero, (primer cubano que con fines comerciales ha realizado un viaje aéreo de Estados Unidos a Cuba y «promotor» de la Compañía Cubana Americana de Aviación) y yo, varias personas esperaban turno para volar sobre la ciudad.
En un guadaño, como para hacer resaltar más el contraste entre lo antiguo y lo moderno, nos dirigimos todos hacia el avión, que como inmensa gaviota con sus alas tendidas, se balanceaba suavemente sobre la superficie de las aguas.
Un señor, con el aspecto característico de los touristas yankees y provisto de su correspondiente kodak; saltó sobre la barquilla, como persona familiarizada con toda clase de aventuras y peripecias, cosa natural en un trotamundos.
Cuando ya de regreso acuatizó el avión junto a nosotros, otro individuo se dispuso a subir «a bordo». Hombre entrado en años, alto, delgado, notábase en toda su persona, desde que abandonó el muelle, cierta agitación e inquietud. Nerviosamente se pasaba por el rostro el pañuelo, estrujándolo después en las manos.–¿Creen ustedes que habrá peligro? –nos había preguntado repetidas veces. Tropezando llegó hasta la barquilla. Ya sentado lo vimos sacar su reloj, mirar la hora, y dándose con la mano un golpe en la cabeza, como el que recuerda repentinamente algo olvidado, exclamar:
–¡Qué contrariedad! Tengo que dejar el vuelo para otro día, porque se ha hecho muy tarde y precisamente a esta hora tenía una cita con un amigo, que me debe estar aguardando ya.
Con una graciosa y burlona sonrisa en los labios se levantó entonces una muchacha que en compañía de un joven –su hermano, al parecer– había embarcado en el guadaño. Se quitó el sombrero entregándoselo al acompañante y resuelta, saltó a la barquilla del avión, no sin habernos regalado con la visión, fugitiva y rápida, de una pierna hermosa, mórbida y bien torneada, cubierta por fina media de transparente seda. Mientras el piloto daba «cranque» al motor, la joven viajera abrió su «vanity-case», se contempló un momento en el diminuto espejo, arreglándose, tranquilamente, cual si hubiera estado frente a la «coqueta» de su cuarto, los rizos rebeldes de su negra cabellera, que la brisa, juguetona y acariciadora, había puesto en desorden... Cuando la máquina se remontó, la bella e intrépida viajera nos dijo adiós, agitando graciosamente su pañuelo, cual blanca y diminuta paloma que revoleteara junto al avión.
–¡Qué delicioso es volar; y qué bonita luce La Habana desde los aires! –fueron las primeras palabras que pronunció la joven al descender del aparato.
–Y qué doblemente guapa es usted –exclamé yo.

–Vamos. Ha llegado su turno –me dijo el señor Caminero.
Me trasbordé del barquichuelo al avión, acomodándome junto al piloto Mr. Durston G. Richardson (joven, simpático y valiente «driver» aéreo que ha realizado la travesía Key West-Habana, varias veces, la última, no hace mucho, de una manera dramática, con vistas a lo trágico, pues por habérsele acabado la gasolina, a causa de la rotura del tanque, se vio obligado a acuatizar cerca de las Bocas de Jaruco, donde al cabo de tres días de creérsele perdido, lo encontró, sano y salvo, un piloto del Ejército).
El aparato que ahora ocupo yo como pasajero, es el mismo de aquella sensacional aventura. Un «flying boat», o «bote volador», de la marca «Aeromarine», ligero, de corte y líneas elegantes, con capacidad para dos personas: el piloto y su acompañante. Mientras Richardson da «cranque», me pongo unos espejuelos de automovilista.
–¿Ready? –me pregunta el piloto.
–Listo –le contesto.
Con gran estrépito de su potente motor, el avión arranca. Surca las aguas de la bahía, ligero y rápido, levantando a uno y otro lado, breves montañas de espuma que nos salpican refrescan el rostro. Cerca del Morro comienza a abandonar, suave y lentamente la superficie del mar. Ya estamos en los aires. No se siente nada extraordinario. Ni vértigos ni mareo. Miro hacia abajo y ese «terror del abismo», que nos da al encontrarnos en lo más alto de altísimos edificios, no lo experimento tampoco. Pero de repente veo y siento que el aparato se inclina en forma que a mí me parece acercarse cada vez más a la perpendicular. Nos vamos de lado, hacia el mar, sin remedio. Seguramente se ha roto alguno de los «planos», o el motor. ¿Para qué me habré yo metido en estas andanzas? ¡Qué bien hizo aquel pobre hombre en inventar el pretexto de una cita, y dejarse de vuelos! Agarrado fuertemente a la borda de la «barquilla» evito el caerme... Pero ya volamos horizontalmente, ahora mar afuera, dejando atrás la fortaleza del Morro. Todo ha sido sencillamente, un «viraje».–¡Podía usted haberme avisado, mister Richardson, –le digo, repuesto a medias del susto, al piloto, que no me oye, porque el ruido del motor lo impide, a no ser que se hable a gritos.
Nos vamos elevando. Y sobre la Farola el piloto da uno, dos, tres «virajes», que ahora, más acostumbrado, me parecen a mí de una sensación deliciosa, ¡aunque siempre me acordaré del primero!
Seguimos subiendo. Seiscientos, mil, mil doscientos, dos mil pies, sobre el nivel del mar, señala un aparato colocado frente a nosotros. A esa altura el espectáculo es maravilloso. A no ser por el ruido del motor, creeríamos que nos encontramos, inmóviles, sostenidos en los aires por hilos invisibles. A lo lejos la ciudad se esfuma, se pierde. El mar, de un azul turquí, al principio, parece cada vez más claro, como la límpida superficie de un inmenso espejo.
Por mi mente desfilan en un instante y se atropellan rápidas y fugaces unas tras otras las ideas. Recuerdo los esfuerzos realizados por el hombre tras la conquista del aire –el único elemento no dominado hasta hoy– desde la leyenda ovídica de Icaro volando con su padre Dédalo rumbo a Sicilia: «si la tierra y las ondas nos cierran el paso, el cielo está abierto y por él nos iremos», utópico sueño, desvanecido bien pronto, al desprendérseles, con el calor del sol, las plumas pegadas con cera, de sus alas artificiales; los estudios sobre el vuelo de las aves de ese genio maravilloso y taumaturgo que se llama Leonardo Da Vinci; y mil infructuosas tentativas más realizadas en distintas épocas y por diversos procedimientos; los globos dirigibles de Montgolfier, precursores de los modernos dirigibles y zeppelines; las máquinas dirigibles con motor a vapor; los afortunados ensayos de los hermanos Wright y del brasileño Santos Dumont, ya en nuestros días, precipitándose cada vez más los éxitos, hasta llegar a la hazaña estupenda de Bleriot, atravesando el Canal de la Mancha. Después, numerosos aviadores en Europa y América, asombran con sus progresos; se utiliza al aeroplano como máquina militar, destructora de vidas y símbolo de barbarie y de muerte, ¡oh contrasentidos del progreso y la civilización! Viene la paz, y las enseñanzas de la guerra se ponen entonces al servicio del comercio y de la industria. Así estamos hoy. ¿Qué sorpresas nos reservará el porvenir?

Pensando inconscientemente en estas cosas, veo que hemos llegado a la altura de la Playa de Marianao. Viramos hacia La Habana. El sol, sepultándose lentamente tras el horizonte, lanza sus rayos que al refractarse en las nubes lejanas, semejan un incendio, un prodigioso incendio, en el que todos los colores del iris se mezclan, se confunden y se suceden y desvanecen. Comienza el reinado de las sombras. Las nubes, después de formar caprichosas figuras, unas se deshacen y descomponen, otras corren veloces hasta perderse.
Estamos sobre El Vedado. Volando a menos altura, unos ochocientos pies, el paisaje no es menos bello. Se ven las calles rectas y bien trazadas, y a uno y otro lado las casas y chalets, con la verde salpicadura de los jardines. Los tranvías, con sus luces encendidas ya, parecen luciérnagas que corrieran de uno a otro lado. El parque Maceo con la estatua del Titán, a manera de un pisapapel rematado en diminuto caballo. La blanca y ondulante cinta del Malecón surcada por automóviles, algo más pequeños que de juguete. El Prado, con sus tonos blanco y verde. A lo lejos, como queriendo inútilmente trepar hacia lo alto, la aguja del nuevo templo de los Jesuitas. Aquí y allá van encendiéndose las luces de las calles.
Volvemos hacia la bahía y, casi a ras de mar, nos internamos en ella recorriéndola, en incontables «virajes» entre los barcos anclados. Los marineros nos saludan, interrumpiendo un momento sus faenas. Varios submarinos reposan, junto a un barco de guerra, como gatitos a los que estuviera amamantando su madre.
Descendemos. La quilla del avión corta el agua, que al sentirse bruscamente acariciada, como mujer ardiente, a quien halaga la ruda y brutal posesión, le devuelve, lúbrica y gozosa, envuelta en la blanca espuma de sus ondas, sus besos sensuales y enervantes. Del avión, otra vez al anticuado guadaño, y... a tierra, a la ciudad.

La tumba secreta de Hernán Cortés

Durante 123 años el paradero del los restos del conquistador español fue un misterio, hoy languidecen en el olvido en México

Restos de Hernán Cortés.

JAN MARTÍNEZ AHRENS, México

El mayor enigma de Hernán Cortés fue su tumba. Entre el siglo XIX y el XX, se dio por desaparecida y alimentó uno de los grandes misterios históricos de América. Hubo quien pensó que había sido saqueada, otros especularon con el extravío, y algunos convirtieron el caso en una metáfora del destino de España en México. La verdad no andaba ni lejos ni cerca. Pero aún hoy, cuando la tumba del conquistador languidece en el olvido, mantiene su capacidad de sorpresa.

En 1823, tras la Guerra de Independencia y ante la furia antiespañola que barría México, el ministro mexicano Lucas Alamán, como detalla el historiador Salvador Rueda, urdió una plan para evitar que cayera en manos de profanadores y fuera destruida. Al tiempo que hacía creer que los despojos habían sido enviados a Italia, los ocultó primero bajo una tarima del Hospital de Jesús, el lugar donde la leyenda considera que Cortés y Moctezuma se vieron por primera vez, y 13 años después, tras un muro en la contigua Iglesia de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno.

La ubicación del nicho quedó silenciada y durante años permaneció en secreto hasta que en 1843, el propio Alamán, para evitar que su paradero cayera en el olvido, depositó en la embajada de España un acta del enterramiento clandestino. El documento, lejos de ver la luz, recibió tratamiento de secreto. Dio igual que el embajador fuese conservador, liberal o republicano: de un siglo a otro, el papel nunca salió de la caja fuerte diplomática. Hernán Cortés, el hombre que encarna como pocos el esplendor y la barbarie de la Conquista, hacía mucho que había dejado de ser realidad y se había convertido en un tabú en México. Y la buena relación con el país norteamericano pasaba por su olvido. Incluido el de su tumba.
Hernán Cortes
Así fue hasta que en 1946, un alto cargo del Gobierno republicano en el exilio, de quien dependía la embajada, filtró una copia del documento. El 28 de noviembre de aquel año las reliquias fueron plenamente identificadas.

El hallazgo, tras 123 años de misterio, desató antiguos demonios. Hubo quien pidió que los restos fueran arrojados al mar. Otros llegaron más lejos. Ante estos ataques, salió a la palestra el presidente del PSOE y exministro republicano Indalecio Prieto, exiliado en México y conocedor por su cargo del enigma. En un conmovedor artículo publicado en la prensa de la época, reveló la centenaria historia secreta y pidió la reconciliación. “México es el único país de América donde no ha muerto el rencor originado por la conquista y la dominación. Matémoslo, sepultémoslo ahora aprovechando esta magnífica coyuntura”

Sus palabras no tuvieron eco. México prefirió devolver los restos al lugar al que los había arrojado la historia. En 1947 fueron recolocados en un muro de la Iglesia de Jesús Nazareno. A la izquierda del altar. Allí siguen.

- ¿Viene alguien a visitarla?

- No viene nadie. Aquí no hay permiso para sacar fotos ni hacer turismo. Eso nos lo tienen prohibido.

La secretaria de la iglesia ha respondido sin levantarse de la silla. Está apostada a la entrada y mira con displicencia al recién llegado. El templo, enclavado en una concurrida avenida del centro histórico, parece medio abandonado. A un lado se acumulan muebles antiguos; a otro, andamios y sacos. La tumba no se aprecia a simple vista ni está indicada por ningún letrero. Hay que llegar al fondo y mirar a la izquierda del altar. A tres metros del suelo, se encuentra la placa que señala el lugar donde descansa el conquistador. Es de metal anaranjado. Sólo dice: Hernán Cortés 1485 - 1547.

¿Conoces las victorias del gran marino español Álvaro de Bazán?


El famoso almirante da nombre en la actualidad a una de las modernas 
y operativas fragatas de la Armada

El famoso almirante Don Álvaro de Bazán y Guzmán (1526-1588), primer marqués de Santa Cruz de Mudela, es sin duda junto a Blas de Lezo, uno de los marinos españoles más prestigiosos de todos los tiempos, ejemplo de virtudes, heroísmo y lealtad a la Patria. Marino siempre victorioso, su vida fue toda una epopeya digna de admiración. Fue también mecenas de artistas y construyó dos bellos palacios, uno en Valdepeñas y otro de estilo italiano en El Viso del Marqués (provincia de Ciudad Real) donde, desde 1948, se ubica el magnífico Museo y Archivo General de Marina «Don Álvaro de Bazán». 

Recibió su bautismo de fuego combatiendo contra los franceses en Muros contando tan solo 18 años de edad, y curiosamente a las órdenes de su padre Don Álvaro de Bazán «el Viejo», que también llegó a ser capitán general de las Galeras de España. Después se enfrentó con éxito a corsarios franceses e ingleses durante dos años en aguas atlánticas, al mando de una pequeña escuadra. Más tarde participó en la protección de los convoyes de la flota de la Carrera de Indias que venían de América. Estuvo presente en el socorro de Orán y después en Gibraltar luchando de nuevo contra corsarios ingleses; en la conquista del peñón de Vélez de la Gomera; en el bloqueo de Tetuán y en el socorro de Malta…

En 1569 participó en la campaña contra los moriscos de Granada, cosechando también victorias contra los piratas musulmanes. Su gesta más gloriosa fue en 1571 al mando de la escuadra de reserva (30 galeras) en la batalla de Lepanto, dirigiendo con gran maestría la flota cristiana en la zona de retaguardia. Dos años después participó en la reconquista de Túnez. En la guerra de sucesión al trono de Portugal en 1580 tuvo un destacado protagonismo en la toma de Lisboa remontando el río Tajo. Posteriormente venció de nuevo a los franceses en las Azores, siendo el primer comandante victorioso en un combate entre galeones. Conquistó la Isla Terceira, utilizando por primera vez fuerzas de infantería de marina en operaciones anfibias para consolidar una cabeza de playa. Ya en 1588 el Rey Felipe II le encargó organizar la «Felicísima Armada» contra Inglaterra, siendo capitán general de la Mar Océana, pero tuvo la mala suerte de morir antes de emprender su viaje desde Lisboa, el 9 de febrero de ese año. Si hubiese vivido lo suficiente, quizá aquella gran empresa habría sido también victoriosa y la historia de España y de Europa hubiese sido bien distinta… 

Actualmente presta servicios en nuestra Armada con el insigne nombre de Álvaro de Bazán una de las más modernas y operativas fragatas.

Y para terminar nada mejor que las palabras del gran dramaturgo de las letras españolas Lope de Vega, quien participó como cabo de escuadra en el famoso combate naval de la Isla Terceira (en las Azores, año 1583) y que supo enaltecer las glorias de su almirante Don Álvaro de Bazán con las estrofas que siguen:

«El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés y en todo mar el inglés 
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y Patria honrada
dirán mejor quién he sido
por la cruz de mi apellido
y por la cruz de mi espada». 

Ven al Museo Naval de Ferrol y te contamos más cosas (abierto de martes a viernes, de 9.30 a 13.30 h; sábados, domingos y festivos, de 10.30 a 13.30 h). 
Más información en la web del museo http://armada.mde.es/museonavalferrol y visitas guiadas en la dirección de correo: museonavalferrol@fn.mde.es

LA SONRISA DE LA VIDA


                

Lola Benítez Molina
Málaga (España)

Juego de sentimientos ultrajados, desdicha sin ocaso. El bandoneón de los recuerdos aflora y marchita hasta las gardenias de Machín. Un fado suena en los entresijos de mi alma. Ya no vuela el ruiseñor. Las mentiras, una leve brisa las trae y las lleva. Una luna creciente asoma cohibida, y el latir de las olas murmura sin cesar. Una alondra inocente quiere volar, soñar…, a donde el corazón la lleve, y no encuentra más que el desgarro de lo banal.
            El silencio sin respuesta, cargado de dolor y agonía, acecha a todo aquel que amó y no fue correspondido. Y como diría Neruda en su poema “Tu risa”: “quítame el aire, pero no me quites tu risa porque me moriría…”
            ¿Adónde se fueron los románticos, los forjadores de ilusión, los que siembran amor con la mirada, los que su sola palabra penetra en el verdadero oasis? Uno de ellos, es sin duda, el gran poeta cubano José Ángel Buesa, nacido en 1910 en las Cruces y fallecido en 1982 en Santo Domingo, República Dominicana. Se le conoce como el “poeta enamorado”. Su obra es principalmente elegíaca, grávida de melancolía, de canto al “Amor perdido”, al “Amor prohibido”, al “Amor tardío”. Son célebres sus poemas “de la despedida” o “Poema del olvido” entre otros.
            Como otros tantos cubanos, se vio obligado a marcharse de su paradisiaca tierra. Estoy segura de que ello acentuaría la nostalgia que lo caracterizó. En su obra se aprecia una profunda sensibilidad. Su peregrinar lo llevó a las Islas Canarias y a El Salvador, pero, finalmente, se instaló en Santo Domingo. Sus poemas fueron traducidos al inglés, ruso, japonés, portugués, polaco y chino. Además, escribió novelas y libretos para la televisión y radio cubana y fue profesor de Literatura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de República Dominicana. Es uno de los máximos exponentes del neo-romanticismo americano.
            Para el crítico literario C. S. Lewis: “La dificultad a menudo prepara a una persona común para un destino extraordinario”.
            Parece que hay un nuevo resurgir de poetas, un auge de la cultura y las artes, como búsqueda de una salida a la inquietud y crispación reinantes. El ser humano está ávido de amor y comprensión, por algo siempre se ha dicho que el amor mueve al mundo. Para ello, hay que partir de la base del respeto y de la educación.
            Seamos, pues, portadores de sonrisas, como la sonrisa de un niño que cree en la magia de la inocencia. No olvidemos que el sentimiento por lo bello perdura toda la vida.

A MANERA DE DESPEDIDA: ELIO ALBA BUFFILL: TRASCENDENCIA HUMANA, INTELECTUAL E HISTÓRICA.

Dr. Elio Alba Buffill, Ph.D.
April 25, 1930 - August 24, 2017


Por: J. A. ALBERTINI.
La aristocracia intelectual
viene de pensar y padecer.
José Martí.

Conocí al Dr. Elio Alba Buffill a mediados de la década de 1980, un sábado de tertulia mañanera, en la desaparecida librería Universal de Juan  Manuel Salvat (el querido gordo Salvat) no puedo precisar fecha exacta ni quien nos presentó, incluyendo a su esposa la Dra. Esther Sánchez Grey. ¿Sería el infatigable, hoy ausente, Dr. José, Pepito, Sánchez Boudy, el profesor René León la, también desaparecida, poeta Ana Rosa Núñez o el propio Salvat...? No recuerdo como tampoco olvido que sucedió recién concluido un Congreso de Verano del Círculo de Cultura Panamericano. Ellos, Elio y Esther, según  me dijeron, habían decidido pasar algunos días de asueto en Miami, antes de regresar a su hogar en Verona, New Jersey.
Aquel día, de sol deslumbrante, Elio, amante de los libros, revisaba títulos y conversaba animadamente con todos. Mi primera impresión fue la de un profesor universitario culto y afable. No obstante, su hablar pausado, mirada directa y clara me reveló que acababa de conocer a un hombre inteligente y de propósitos tenaces.
Aquella conversación primera fue el inicio de una amistad la cual, de mi parte, fue cementada por el profundo amor, sin estridencias ni poses patrioteras, que Elio sentía hacia Cuba; Regla su pueblo natal, provincia Habana y todo lo que oliera o supiese a la patria que, por fuerzas ajenas, él y Esther, tuvieron que abandonar  jóvenes y en pleno exitoso desarrollo de sus profesiones como doctores en leyes; abogados.
Llegado al exilio, siempre junto a Esther, por un tiempo se radica en la ciudad de Miami en donde labora como trabajador social en el programa de Ayuda a los Refugiados Cubanos hasta que, por incentivos del gobierno norteamericano el matrimonio decide marchar al norte del país para terminar radicándose en  el estado de
City University New York, June 2002
Dr. Elio Alba Buffill (†), Dra. Ester Sánchez,
Dr. Rowland Boch, (†), Prof. René León
New Jersey.
En New Jersey, trabajó en el departamento de contaduría de  una importante compañía de seguros al mismo tiempo que realizaba estudios universitarios que le permitieron obtener una maestría especializada en literatura hispanoamericana y española.  Sobra destacar que Esther Sánchez Grey-Alba logró éxitos similares, sobresaliendo por su especialización en teatro hispanoamericano. 
A partir de entonces, el Dr. Elio Alba Buffill inició una etapa de vida que lo llevó a recorrer, como profesor, investigador y autor, España y algunos países de Sur América. Su amplia biografía profesional, por si sola, habla de su desempeño académico, logros y distinciones merecidas de las que fue objeto.
Por lo tanto, no es mi objetivo rememorar lo que todos conocemos sobre su quehacer profesional.  Deseo, en estas líneas breves recordar y siempre tener presente el trabajo constante, abarcador y diseminador que el Dr. Elio Alba Buffill, desde el año 1975, al ser nombrado Secretario Ejecutivo Nacional del Circulo de Cultura Panamericano, le insufló a la prestigiosa organización así como la celebración de congresos anuales en New York, New Jersey y Miami, tomando en cuenta que al convertirse en Editor de la revista Circulo: Revista de Cultura, logró mejorar la calidad de la publicación al tiempo que la convertía en una apreciable fuente de conocimientos que alcanzó difusión nacional e internacional. En el presente son pocas las universidades y bibliotecas en Estados Unidos e Hispanoamérica  que no posean, en sus colecciones, ejemplares de la Revista Círculo. Se impone añadir que la colaboración, como editora asociada, en la Revista Circulo de la Dra. Esther Sánchez Grey constituyó y constituye, hasta el presente, un factor de importancia imprescindible.
Elio, a través de la cultura, supo unir a la comunidad culta e intelectual cubana e hispanoamericana. En los congresos y encuentros siempre hacia que primara, por sobre todo, la honestidad, el conocimiento académico, creativo e histórica. Esa erudición real que clarifica la verdad y abre senderos de entendimientos.
Alba Buffill, muy tempranamente vislumbró, aunque en el presente existen personas que se niegan a reconocerlo, que el régimen castro-comunista, día a día, perdía la contienda frente a las fuerzas democráticas cubanas llámese las mismas exilio u oposición interna. El sistema entronizado fracasaba en el frente ideológico, económico y social. No obstante, a través de su falsa cultura oficialista, conducida por pregoneros dóciles buscaba, y aun prosigue haciéndolo, la exculpación y banalización del desastre creado.
Elio, estudioso y observador minucioso, alarmado por el enorme daño antropológico y transcultural que la dictadura totalitaria le infligía a la nación cubana, combatió, desde su posición intelectual, los intentos de borrar la memoria histórica y cultural del pueblo cubano.
Charlas, conferencias, ensayos, libros y la persistencia heredada de precursores, que alumbraron el cubano siglo XIX, de la talla de Félix Varela y José Martí, siempre delinearon los objetivos del Dr. Elio Alba Buffill, sin perder de vista el ejemplo y la labor de otros más contemporáneos como Jorge Mañach,  Levi Marrero, Carlos Ripoll, etc.
En la actualidad, al igual que las personalidades mencionadas en el párrafo anterior, carecemos de la presencia física de Elio. Sin embargo, su pensamiento vivo y creativo se suma al de los forjadores y nutre el caudal de conocimientos, ejemplos y experiencias que, echando a un lado lo toxico, como en su momento lo fueron las corrientes de pensamientos, colonialistas, anexionistas y autonomistas, desbroza el sendero que inexorablemente nos conducirá  a la meta soñada de: Con todos y para el bien de todos.
El Dr. Elio Alba Buffill, el académico dedicado, el ser humano de principios e ideas justas, el hombre; el amigo de mirada clara y sonrisa franca pervive entre nosotros y perdurará, con brillo propio, en nuestra historia y cultura.
Así lo patentiza su amplia y variada bibliografía, entre cuyos títulos, saltando en el tiempo de creación, podemos mencionar: Conciencia y quimera, Cubanos de dos siglos, Estudios sobre letras hispánicas y Cuba: agonía y deber.
Para concluir, confieso que al evocar la vida y obra del Dr. Elio Alba Buffill, se impone citar a nuestro Félix Varela: La práctica de pensar es la que facilita el acierto, y cuando un pueblo no tiene, por decirlo así, medios para pensar, no puede esperarse que adquiera dicha práctica. Antes al contrario, se familiariza con la idea de su incapacidad; deja a otros el cuidado de discutir, y se constituye en masa inerte.

Jose Albertini,
Librería Universal Miami

NOTA: Tomado de la publicación: Círculo: Revista de Cultura. Volumen XLVI, 2017.

Rincon Poetico

Tomada de: www.libreonline.com
Escrito por María Teresa Villaverde Trujillo  
Martes, 23 de Abril de 2019 13:25 


CORONACIÓN DE LA AVELLANEDA
Había retornado a Cuba no la adolescente que sintió la emoción “al partir”, sino la mujer que había experimentado grandes cambios durante su existencia transcurrida en la Madre Patria. Pero a pesar de llegar acompañada por un militar de la Metrópoli, en su país natal se le tributó -a la “Tulia” inmortal como le llamaban sus íntimos-, una fiesta en el Liceo de La Habana a iniciativa del jurista y escritor José Ramón de Betancourt proclamándosele Poetisa Nacional. Homenaje que se realizó el 27 de enero de 1860, coronada la camagüeyana por la poetisa cubana Luisa Pérez de Zambrana.

Fue aquella noche, una noche memorable para La Avellaneda sintiéndose proclamada con una corona de laurel en oro. En unión del coronel Verdugo realiza un recorrido triunfal por varias ciudades de la isla, incluyendo Puerto Príncipe, hoy Camagüey, donde también es homenajeada. En 1884 partió de Cuba -definitivamente, nunca mas volvió a su tierra natal-.

De Estados Unidos pasó a España fijando su residencia en Madrid. Entre 1869 y 1871 se dedicó a la edición de sus obras literarias.

Falleció en la capital andaluza a los 58 años de edad. Sus restos reposan en el cementerio de San Fernando de Sevilla.


“AL PARTIR”
(Autora: Gertrudis Gómez de Avellaneda)

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
La noche cubre con su opaco velo,
Como cubre el dolor mi triste frente.

¡Voy a partir!... La chusma diligente,
Para arrancarme del nativo suelo
Las velas iza, y pronta a su desvelo
La brisa acude de tu zona ardiente.

¡Adiós!, ¡patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
Tu dulce nombre halagará mi oído!

¡Adiós!... Ya cruje la turgente vela...
¡El anda se alza... El buque, estremecido,
Las olas corta y silencioso vuela!


LA CORONA DE LAUREL
“A Cuba pertenece la gloria de la Avellaneda”... “Supongo que todos saben que en el Teatro Tacón en La Habana y en noche memorable la Avellaneda fue coronada con una corona de laurel en oro, y que ella días después la llevó personalmente a la Iglesia del Colegio de Belén, en las calles Compostela y Luz, La Habana, para depositarla a los pies de la imagen de Ntra. Srta. de Belén que allí se veneraba. Después esa corona fue confiada su custodia por los Padres de Belén a la Academia Literaria del Colegio de Belén que llevaba por nombre el de nuestra poetisa”.

Frituras fritas

Frituras fritas

Ciro Bianchi Ross
Caricatura de Laz
  
Sigo acopiando frases curiosas o disparatadas que leo en carteles colocados en dependencias públicas o casas privadas o que me remiten los lectores. Algunas de ellas no tienen desperdicio.
            En la ventana de una casa de la calzada de 10 de Octubre, cerca de la calle Gustavo: “Vendo gángster”. Al cabo de las semanas, el que colocó el cartel se percató de que él no vendía a Al Capone ni a Lucky Luciano, sino ejemplares de unos pequeños y simpáticos roedores y lo sustituyó por el correcto: “Vendo hámster”.
            En una estación de correos de la ciudad de Camagüey: “Después de las diez de la noche, telegramas solo para muertos”, sustituido luego por el apropiado: “Después de las diez de la noche, telegramas solo de urgencia”. Y en una vivienda de la misma ciudad, este, que me hace llegar el lector Ramón Figueredo: “No toque. Vuelva luego”; parecido a otro que, durante un tiempo, se vio obligado a colocar  el autor de esta página a fin de librarse de visitas molestas e indeseadas: “No toque a la puerta. Anúnciese a voces”. Lo que posibilitaba a este escribidor identificar por la voz del visitante y abrir la puerta a discreción.
            Hay algunos carteles memorables, como estos: “Vendo cochecito para niño metálico” y “Fabrico corrales para niños de madera”, por no hablar de verdaderas perlas idiomáticas como “Hay frituras fritas”; “Cuidado, hay un preso prófugo fugado” y  “Llegó la carne de viejos”.
            “No moleste. No compro ni sal”, leí durante mucho tiempo en la puerta de una casa del Vedado. Y en otra: “Cuidado con mi amo. El perro”. En una  de la Calzada de 10 de Octubre se leía: “Cuidado, hay perros”. Pero como el letrero se hallaba colocado justo al lado del número de la casa, al leerse de corrido parecía decir: “Cuidado, hay 777 perros”.
            El doctor Ramón Figueredo me cuenta en una carta sobre un profesor que residía en la calle Artilleros de su ciudad. Un día en que fue a visitarlo, encontró que el hombre había puesto en un lugar visible de la fachada de su casa este cartel: “Toque duro y repetido para poder oírlo”. Al leer aquello  Figueredo  se quitó un zapato y la emprendió a taconazos contra  la puerta. Compadre, me  va a tumbar la casa, dijo el profesor, molesto, al abrirle, y Figueredo, sin inmutarse, se limitó a señalar el cartel. No había hecho otra cosa que cumplir  lo que en él se recomendaba que se hiciera.
EL MOCHO DE CAMAJUANÍ
Todos los que conocieron al dictador Gerardo Machado coinciden a afirmar que era muy vivo y despierto, ágil en la réplica y demoledor en la contrarrespuesta. Tenía, sin embargo, muy bajo nivel educacional. Apenas fue a la escuela.  Desde muy temprano se vio obligado a trabajar como peón de fincas hasta que, en Camajuaní, encontró empleo como carnicero. Ganaría el apodo de El Mocho de Camajuaní al perder un dedo en la carnicería.
 Machado, que ascendió a la Presidencia de la República en 1925 y salió de ella como bola por tronera en 1933, se hallaba en una ocasión de gira política por la antigua provincia de Oriente. Una noche, tras una ajetreada jornada de reuniones, discursos y promesas que  cumpliría o no, se reunió con sus allegados para planificar la agenda del día siguiente. Dijo:
            -Mañana, cuándo váyamo a Manzanillo…
            Alguien de los que lo escuchaba, se atrevió a rectificarlo.
            -Váyamo, no, General, vayamos…
            A lo que Machado, imperturbable, replicó:
            -No, mañana a Manzanillo. A Bayamo vamos después.
            Fue precisamente en tiempos de Machado que comenzó a utilizarse la voz “guataca”, que es un cubanismo, para designar al adulador o apapipio. Vivía rodeado de ellos. Gente que cuando preguntaba la hora, respondían: “La que usted quiera, General”. O como el senador y periodista  Wifredo Fernández, que le susurraba al oído: “Gerardo, ha comenzado tu milenio”
ENFERMEDADES CUBANAS
Hay en la Isla enfermedades que nuestros médicos, a pesar de toda su pericia, no pueden identificar por el nombre que de manera común les dan los pacientes. Un listado de esas dolencias me hace llegar Pablo Vargas, de la dirección del Instituto Cubano del Libro. Desconozco quién es el autor de la selección.
            Aire: Dolor y malestar que se produce al pasar, desabrigado  o con atuendo impropio, de un lugar cerrado y caluroso a otro abierto y ventilado.
            Destemplanza: Temperatura misteriosa del cuerpo. No es demasiado alta para considerarla fiebre ni acudir al médico, pero sí bastante seria para no concurrir al trabajo ni a la escuela.
            Sirimba: Ataque temporal con temblores y pérdida del conocimiento.
            Patatús: Llamado también patatú o patatún. Muy parecido a la sirimba, pero en este caso, la persona que lo sufre cae al suelo.
            Empacho: Problema digestivo que sigue a un atracón de comida cubana;  léase, lechón asado, arroz blanco, frijoles negros, plátanos tachinos y ensalada mixta, regada generosamente con vino tinto o cerveza. No todos acuden al médico para que los ayude a superar este mal porque siempre en la propia cuadra o al doblar de la esquina hay una viejita que lo cura con solo estirar la piel de la espalda o de una pierna.
            Mal de ojo: Es el que empieza a aquejar a un niño cuando alguien le trasmite un daño con los ojos. Se aleja con una piedra de azabache o con la oración de San Luis Beltrán.
            Cuerpo cortado: Enfermedad tan indefinible como el aire. Si hay que describírsela al jefe o al maestro, se dice que parece que va a caernos catarro. Vaya, que no es más que un catarro anterior al catarro.
            Muñeca abierta: Dislocación de esa parte del cuerpo. También puede abrirse la cintura.
            Chiflío: Se dice mejor chiflido. Diarrea aguda.
            Andancio: Similar al chiflido, pero con dimensiones epidémicas.
PEPELITO “JABLA” LENGUA
Tiempo hubo en la Habana en que, tres veces al día, desde las fortalezas se disparaban al aire los cañones  con el propósito de alejar la epidemia de cólera que asolaba la ciudad. Y se encendían en las plazas grandes hogueras de viruta y brea para que la peste se llevara el morbo. Las personas sanas andaban con un pañuelo empapado en vinagre, alcanfor   cloruro pegado a las narices para preservarse del azote, mientras que los especuladores, que viven siempre de las calamidades públicas, hacían su agosto con la venta de parches y papelillos que recomendaban como infalibles contra la enfermedad. A la postre, los cañonazos, las hogueras ni los pañuelos empapados daban resultado alguno.

            En febrero de 1833 se desató en La Habana una epidemia de cólera. La trajo un tal Soler y once horas después de su llegada, el hombre que le dio posada estaba muerto. Un médico de entonces, el doctor Manuel Piedra, vio el primer caso y, sin vacilar, hizo el diagnóstico certero. Fue el acabose. No pudiendo luchar contra el cólera, los habaneros de entonces la emprendieron a pedradas contra Piedra. Y como quisieron matarlo, el Capitán General tuvo que ponerle escolta.
Se dice que en tres meses la epidemia se llevó a la tercera parte de los habitantes de La Habana y al finalizar el año había matado a más de doce mil personas.  Los comercios cerraron sus puertas y desaparecieron los vendedores ambulantes. Se rompieron las relaciones de parentesco y amistad. Las calles se veían solitarias en pleno día, transitadas únicamente por sacerdotes, médicos, estudiantes de Medicina, notarios… Los más pudientes salían de la ciudad para refugiarse en sus fincas más lejanas y solo conseguían  morir a la orilla del camino real sin ayuda alguna. Nadie quería trabajar como sepulturero.  Cuando el cementerio de Espada se hizo pequeño para tantos muertos, se improvisó uno frente a la Quinta de los Molinos, rozando con lo que hoy es la calzada de Ayestarán. En  aquella fosa enorme pararon   muchos de los cadáveres recogidos en la calle y otros más que, sin estar muertos, fueron enterrados en la cal viva.
            Y ese es precisamente el motivo de esta historia que cuenta el escritor Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones cubanas. Sucedió que un esclavo carabalí, ya casi al anochecer, debió conducir a aquella fosa una carreta con 22 cadáveres. Solo que entre ellos iba un borracho que, dado por muerto, había sido recogido en la Plaza Vieja. El fresco de la noche, el traqueteo del vehículo o lo que fuera, provocó que el curda volviera a la vida. El negro, al verlo incorporarse entre sus compañeros de ruta, le preguntó si estaba jugando y le recomendó que volviera a acostarse. No estoy enfermo, dijo el borracho. Peor, dijo el negro, tú etá muelto.Y agregó: Yo lleva veintidó muelto… aquí va eclito: papelito jabla lengua.
ACEITE DE PALO
Mucho ha variado la Medicina desde entonces. Ya al tétanos no se le llama pasmo ni ictericia a la hepatitis. Ni a la gastroenteritis se le dice acidosis. Ya los collares de higuereta al secarse no indican que se recogieron las paperas ni se emplean aquellas cataplasmas de cebo de carnero, borra de café y hojas de salvia envueltos en papel de cartucho  para sacar la pechuguera que dejaba el catarro. Tampoco las heridas se curan con aceite de palo, que evitaba el pasmo. Ni se habla de angurria para identificar  las ganas reiteradas e incontenibles de orinar. 
            Como dice el lector Manuel Lagunilla, de Trinidad, hoy “el lenguaje médico y científico ha traspasado el ámbito de los institutos de investigación, los hospitales y otros centros de salud para invadir el habla popular. Las palabras comunes, corrientes, sencillas se han tornado asépticas, blancas, oxigenadas, con olor a éter y sabor a yodo”.
            Así, nadie pide ya una hoja de salvia para aliviarse la punzada que siente en la cabeza. Sino una dipirona para la cefalea. No se habla de mala digestión, sino de ingesta y a la presión baja, que subía con un poco de café, se le llama hipotensión. Nadie imagina a nuestras abuelas, dice el doctor Lagunilla, hablando de un niño hiperquinético. Sentenciaban sencillamente: Este vejigo es un bofe.

En Ocasión del Bicentenario de los Estados Unidos: Un Episodio en la Historia de América



Por:  Aurelio Tió 

En la historia de América existe una profunda raíz tradicional que no ha sido debidamente reconocida, como lo es en Europa, aunque es guardada con gran veneración por el pueblo como algo casi sagrado. Cuando se demuestra con hechos comprobados documentalmente la falacia de algún concepto tradicional, el pueblo resiste y rechaza instintivamente su rectificación, pues ama a sus ídolos, aunque tengan los piés de barro. La más famosa de las leyendas americanas es quizá la primera que surgió, La Fuente de la Juventud, atribuída al Adelantado Don Juan Ponce de León, el Fausto americano. Dicha leyenda tuvo orígen indígena, tal como la del Hombre del Dorado y la de las Siete Ciudades de Cibola, atribuídas a otros conquistadores. 

Se ha comprobado que por Real Orden, Don Juan Ponce de León zarpó desde Puerto Rico al descubrimiento de La Florida y Yucatán en 1513, cuando estaban en su plenitud sus poderes físicos y mentales a los 39 años de edad, por lo que mal podía atribuírsele una búsqueda mas propia de un anciano en el ocaso de su vida. 

Al vencer el Almirante Diego Colón a la Corona de España, en los famosos "Pleitos de Colón", Ponce de León tuvo que entregarle la gobernación de Puerto Rico, pero el Rey Fernando le concedió en desagravio el Adelantamiento de una fabulosa isla al Noroeste que los indios llamaban Bimini, rica en oro, piedras preciosas y aguas medicinales, las que devolvían la salud al que se bañara en ellas o las tomara. 

En realidad el propósito de Ponce de León fue descubrir y ganar con las armas otra gobernación, pues se trataba de un hombre sumamente activo que se había probado como un excelente conquistador, poblador y gobernante en La Española y en Puerto Rico. 

Fue casi un siglo después del descubrimiento de La Florida que el cronista Antonio de Herrera atribuyó a Ponce de León dicha leyenda erróneamente, al leer en un manuscrito de Fernando de Escalante Fontaneda la leyenda indígena, por haber estado prisionero de los indios de La Florida al naufragar en sus costas alrededor del año 1550. 

La leyenda del idilio amoroso del Capitán Don Cristóbal de Sotomayor, hijo de la Condesa de Tavora y secretario que fue de Felipe el Hermoso, con la princesa Guanina, hermana del cacique máximo de Puerto Rico, Guaybana, es quizá el primer romance americano, que sigue el mismo patrón del de el Caballero de Elvas con la hija del cacique Eucita de La Florida, que a su vez sirvió de base al de la princesa Pocahontas con el Capitán Juan Smith en Virginia. 

Toda leyenda contiene algún grano de verdad histórica dentro de su aspecto imaginativo, pues ha surgido de algún hecho real. Una hazaña es suficiente para dar vida a una tradición, a veces trasmitida y grabada en asociación con un nombre descriptivo o simbólico del hecho en sí, como lo es un castillo, un manantial , una aguada, una hermita, o cualquier paraje que por su notoriedad llame la atención popular. 

Es reconocida la tendencia a aceptar sin investigar las tradiciones que resultan placenteras para la vanidad regional, pues el pueblo desea apro­piarse del aspecto maravilloso de los hechos famosos que despiertan su imaginación. 

La tradición quizá sea la más incierta de las fuentes de la Historia, pero su carácter casi sagrado impide que se reconozcan las alteraciones que la imaginación popular les imparte. La tradición representa los pri­meros pasos de la Historia debido al apego humano a lo maravilloso, y aunque se parece a los cuentos, se inspira en sucesos reales que apelan al gusto popular. Según Goethe, el gusto popular es la apreciación justa de lo que debe agradar en un país en determinada época de acuerdo con el sentido moral de las inteligencias en conjunto. 

Nos viene a la mente un hecho histórico, en ocasión·que se celebra el bicentenario de la declaración de la independencia de los Estados Unidos de América, que tiene el trasfondo legendario de un bello romance hispanoamericano . 

Se trata de incidentes casi desconocidos de la historia del régimen español en el Oeste Medio de los Estados Unidos de América. Este ter­ritorio había sido explorado por el Sieur de La Salle en 1682, y el cana­diense La Clede estableció en 1764 una factoría en San Luis para el comercio de pieles. En 1762 Francia cedió a España todo el territorio que poseía al Oeste del río Mississippi, y le cedió a Inglaterra el que po­seía al Este del río. 

El dominio español del territorio de San Luis de Ylinueses se extendía hasta los estados de Illinois, Luisiana, Missouri, Indiana y Ohio durante la gobernación del Mariscal Don Alejandro O'Reilly, quien procedió a destacar en 1770 al Capitán Pedro Piernas en reemplazo del Capitán Rui, quien había erigido dos fuertes de troncos de árboles y tierra en la confluencia de los ríos Mississippi y Missouri. Lo sustituyó el Capitán Fran­ cisco Cruzat, a su vez reemplazado por el Capitán Fernando de Leyba, quien tomó posesión el 10 de junio de 1778, luego de un viaje de 93 días desde Nueva Orleans por el río Mississippi. Tan pronto reconoció el territorio recomendó la construcción de otro fuerte en la entrada del río Des Moines con 200 hombres de refuerzo, lo que le fue denegado por el Gobernador General Antonio de Ulloa, del territorio de Luisiana. 

Como teniente de gobernador en el territorio de San Luis en 1780, el Capitán Don Fernando de Leyba supo por sus adalides que los ingleses preparaban un ataque con 300 soldados veteranos y 900 indios bajo el mando del Capitán Esse, contra el "Fuerte Don Carlos Tercero el Rey" en San Luis, en la ribera Oeste del río Mississippi. El fuerte fue reforzado con una torre de madera montando cinco cañones, y con un sistema de trincheras circundantes construídas por 281 vecinos hábiles y 29 soldados, de los cuales solo 16 eran veteranos, pues otros cuarenta se encontraban explorando el interior del territorio. Las mujeres, niños e inválidos fueron albergados en la casa fuerte de piedra del comandante, defendida por veinte hombres bajo el mando del Capitán Cartabona. 

El ataque comenzó el 26 de mayo de 1780 y fue rechazado con la pérdida de 22 muertos 7 heridos entre los defensores, quienes tomaron 70 prisioneros. Por su brillante defensa el Capitán Leyba fue ascendido póstumamente al rango de Teniente Coronel el 3 de febrero de 1781, ya que había muerto el 28 de junio de 1780 a consecuencia de heridas en acción, poco después de su esposa. 

Durante el mando del teniente de gobernador Leyba, el Coronel rebelde norteamericano George Rogers Clark había recibido la órden, desde su estado de Virginia de navegar por el río Ohio, hasta los fuertes ingleses de Kaskaskia
(Santa Genoveva), Cahokin en el río Mississippi, y el puesto Vincennes en el río Wabash, los que capturó con sólo noventa hombres contra 200 ingleses y 800 indios aliados. Nombró dicho último puesto el "Fuerte Patrick Henry," que tuvo 175 hombres y 7 cañones. El Coronel Clark intentó atacar a Detroit, pero sólo le llegaron unos 30 de los 300 hombres de refuerzo que había pedido de Kentucky y Tennessee, por lo que tuvo que desistir del ataque. 

Un día del año 1778 el Coronel Clark se había presentado frente al fuerte español "Carlos Tercero el Rey" en San Luis con varios de sus hombres, vestidos con cueros, botines y gorras de pieles, casi desnudos a la usanza india, con el rifle y la mochila de piel con pólvora a sus espaldas, y tan tostados del sol que parecían indígenas, lo que causó extrañeza e hilaridad a Teresa, hermana menor del Comandante Leyba, quien lo invitó a sus cuarteles una vez se identificó. 

Entablaron los dos militares una estrecha amistad, y el Coronel Clark acostumbraba hospedarse en la casafuerte donde residía el Comandante con su esposa, sus hijos y su hermana, no muy lejos puesto Vincennes, en la ribera Este del río Mississippi. Clark tuvo amores con Teresa de Leyba, a quien rescató de los indios durante uno de sus ataques , y le escribía con frecuencia ofreciendo sus respetos a los esposos Leyba y a sus hijos. 

El Coronel Clark tenía a su cargo las fuerzas rebeldes en Kentucky y el territorio Noroeste, a nombre del estado de Virginia, que le había podido entregar sólo 12,500 pesos con los cuales reclutar 350 hombres, lo que resultó insuficiente . Solicitó la ayuda del Capitán Leyba, quien lo refirió al gobernador Bernardo de Gálves, pero éste no pudo ayudarlo, por lo que Leyba garantizó personalmente más de 10,000 pesos en provisiones y pertrechos, los que nunca pudo cobrar debido a la penuria del gobierno rebelde de Virginia, lo que le causó la ruina. 

El ataque al fuerte español se efectuó durante la ausencia del Coronel Clark, quien estaba hostilizando a los ingleses en el interior del territorio. Un mes después de dicho ataque habían muerto los esposos Leyba, y su hermana Teresa se dirigió a Nueva Orleans con sus sobrinos, en donde ingresó en un convento de monjas ursulinas. 

Al regresar el Coronel Clark, fue informado de la tragedia y se dirigió a Nueva Orleans en busca de su novia. Una noche se incendió el convento y el Coronel Clark acudió con otros vecinos en ayuda de las monjas, rescatando a cuatro, entre quienes estaba Teresa a quien le ofreció matrimonio, pero ella le contestó que había tomado los votos y no podía casarse. 

El Coronel Clark le confesó su remordimiento por haberle causado la ruina a su hermano, ya que los vales del estado de Virginia carecían de valor, pero que él se consideraba obligado con la familia. Teresa de Leyba agradeció al Coronel Clark su gran cariño e interés en su bienestar, pero como no podía casarse, lo mas que podía hacer era invitarlo a reunirse con ella en el paraíso, bello final a un romance hispanoamericano. 

Este romance de la vida real señala la asombrosa analogía de la ficción y la historia, pues temas muy parecidos fueron elaborados por el poeta Henry Wadsworth Longfellow en su romance "Evangelina, un relato de Acadia," análogo al de "Hermann y Dorothea" de Goethe , y el de Na­thaniel Hawthorne en sus "Libretas de Apuntes Americanos." 

El poema de Longfellow se refiera a la separación violenta por el gobierno británico, y el exilio, de una colonia francesa en Acadia, Nueva Escocia en 1775. Una pareja de recién casados fueron desterrados el mismo día de sus bodas a sitios distantes, y el poema relata la peregrina­ción de la joven novia en busca de su esposo, a quien encontró en su lecho de muerte en un hospital público en el que ingresó como enfermera tras muchos años de infructuosa búsqueda. 

Tan sencillo relato fue el tema de uno de los más tiernos poemas en la lengua inglesa, el que logró inmediato reconocimiento por su sentimiento amoroso que describe el tipo de mujer afectuosa que sufre y espera con paciencia, y en algunos aspectos es similar al de Teresa de Leyba.

AURELIO TIÒ es presidente de la Academia Puertorriqueña de la Historia.