domingo, 2 de agosto de 2015
sábado, 1 de agosto de 2015
Visita de la corbeta-escuela española "Nautilus" a la Habana
René León
La guerra entre España y Cuba, terminó el 12 de agosto de 1898. Estados Unidos de Norteamérica entró en ella cuando ya el ejército español estaba derrotado por las fuerzas cubanas. El 20 de mayo de 1902, Cuba se integra a los gobiernos establecidos en el mundo hispano. Las relaciones con España siempre fueron cordiales, no hubo en la derrota ni persecuciones, ni venganzas contra los españoles y sus simpatizantes. Ningún barco de guerra español había visitado la isla. En un principio el gobierno español esperaba que al llegar al puerto de La Habana la corbeta-escuela "Nautilus", no fuera bien recibida por el pueblo cubano, sin embargo ningún rescoldo hubo entre cubanos y españoles, se respiraba un aire de hermandad y fraternidad.
El 24 de junio de 1908 el vigía del Morro señaló a lo lejos en el horizonte las velas del barco español. La entrada al puerto se encontraba llena de pequeños botes, veleros, barcos y el remolcador que lo iba a esperar para llevarlo dentro de la bahía. Las playas cercanas y el Malecón estaban llenos de público. Los edificios colindantes a la bahía estaban adornados con banderas de Cuba y España. La ciudad entera les iba a brindar un recibimiento apoteósico.
El Ayuntamiento de La Habana acordó tomar parte activa en los festejos que durarían catorce días en honor de los marinos-cadetes y oficiales españoles. Las sociedades regionales, comerciantes, industriales, veteranos cubanos de la guerra de independencia, miembros del congreso, funcionarios americanos , el pueblo en general los recibió con entusiasmo y cariño. La visita del "Nautilus" marcaba para la historia de Cuba y España una página de gloria, y sincera amistad.
Los voladores dieron la señal de la entrada de la corbeta-escuela, el pueblo en general sin distinción de clases corrió hacia la Avenida del Golfo. Todas las embarcaciones, llenos sus palos de banderas y adornos, los esperaban a la entrada del puerto, para luego escoltar la corbeta dentro de la bahía. El remolcador "Pablo Gamiz" fue en busca del "Nautilus". Al entrar en la bahía las baterías del Morro retumbaron con los cañonazos de saludo. Las sirenas de los barcos, gritos de "Viva Cuba" y "Viva España", de entusiasmo llenaron la ciudad.
Subieron a bordo las diferentes comisiones de recibimiento. La primera fue la del Ayuntamiento y los veteranos de la guerra de independencia, con un representante del gobierno interventor americano. Las Sociedades Españolas, los diarios de la ciudad que desde el conocimiento de la visita habían participado en el recibimiento, estaban representados por el Diario de la Marina, Unión Española, Diario Español, Avisador Comercial, El Comercio, La Lucha, El Mundo, El Triunfo, Havana Post, El Fígaro, Cuba y América, y otros.
Fueron días de regocijo en general, los marinos y oficiales fueron invitados a las diferentes sociedades, hospitales, clubes; se dieron bailes y comidas en honor de ellos, recibimiento que ellos nunca olvidarían.
Sobre la visita varias personalidades cubanas se expresarían así :
Néstor Carbonell: "La unión de cubanos y españoles, -que nada ni nadie romperá- ha dicho en tono imperativo a los codiciosos que han venido a esta tierra a sacar de sus entrañas oro, a corromper nuestras costumbres, a dividir sus habitantes y a prostituir la conciencia popular, que la independencia de Cuba está como nunca asegurada; asegurada para ahora y para después, y para mientras impere en los pechos cubanos el amor y el patriotismo".
Enrique José Varona: "No sólo para los cubanos, sino para cuantos se interesan por Cuba, resulta un hecho altamente satisfactorio la visita de la "Nautilus". El influjo de las ideas de nuestra época es bien visible en este suceso, y puede parangonarse con otros ocurridos a nuestra vista. Todos tienden a demostrar que las ideas políticas han entrado en un período de apaciguamiento, el cual promete días mejores a la conturbada humanidad".
José Lacret Morlet: "En ninguna ocasión más propicia podrían haber llegado esos distinguidos españoles, y decimos esto porque en ningún momento como en el presente, en las circunstancias en que nos encontramos (intervención americana) precisa es y hasta salvadora la unión más estrecha y fuerte entre cubanos y españoles, para conservar en esta tierra que fue rico florón de Castilla, hoy República de Cuba, la raza de nuestros antepasados, su amor y civilización. La presencia del "Nautilus" en nuestras aguas lejos de avivar recuerdos y odios pasados, fortifica el sentimiento y alienta el espíritu nacional del pueblo cubano".
Al referirse las anteriores personalidades a la situación de Cuba, se refieren a la intervención americana en el país, al pedirla el presidente don Tomás Estrada Palma, para no entregar el gobierno a manos del congreso, que fue la más grande estupidez de Estrada Palma.
Como es natural siempre hay comentario contrario y fue un artículo en el Sun de Nueva York, relativo a la visita del "Nautilus": "Diez años después de la guerra que separó a España del resto de sus colonias del Nuevo Mundo, el pequeño barco escuela "Nautilus" ansiosamente esperado, por su tardanza en el Atlántico, entró en el puerto de la Habana, cruzando a remolque las sombras del Morro y la Cabaña, (de sangriento recuerdo está última,) como si estuviese reacia a figurar en los festejos que los españoles expatriados preparaban en su honor, por ser la primera nave de guerra que enarbolando la bandera roja y gualda de España, llegaba a Cuba después de su independencia... La guerra con los Estados Unidos, largo tiempo esperada y siempre temida, le arrebató las últimas joyas de su corona colonial, y hoy vive escondida en su última concha "Nautilus".
Como es natural el Sun siempre se había distinguido por las críticas a España y a los mismo cubanos durante la guerra de independencia. Pero entre tanta inmundicia, el corresponsal del Diario Español en Washington, publica la historia del célebre capitán Richmond Hobson, que hundió el "Merrimac", diputado por Alabama, en una conferencia dada en la Academia Naval de Annapolis, a los guardiamarinas americanos, al referirse a lo que él entiende por deber y disciplina, en los marinos o soldados, cuenta la historia de lo sucedido en Santiago de Cuba, después de terminada la batalla naval. Pide permiso para visitar el barco español semihundido "Vizcaya": "...allí vi a un marinero español, completamente carbonizado que, por un raro fenómeno de equilibrio, se mantenía de pie y agarrado a las manivelas de la válvulas de vapor. La muerte le sorprendió en esa actitud. Cuadro tan terrible y tan hermoso, me produjo tal emoción que me quité la gorra ante aquel héroe anónimo y modestísimo marinero del "Vizcaya" y pensé: "Esta es la estatua del Deber". "Jóvenes, pensad en el marinero español carbonizado".
Otra anécdota también del Diario Español, fue la referida a él por el comandante del crucero "Nevada", H.P.Huse: "Era por la tarde, ya casi al final de la batalla: hacía un calor terrible. Yo estaba de servicio en el "Glowcester". De repente un oficial dio la voz de alerta. Uno de los torpederos españoles se nos venía encima. Como es natural, todos los fuegos de nuestro barco se concentraron en el diminuto barco español (el "Plutón" o el "Terror", si mal no recuerdo) sobre él mandamos una verdadera lluvia de metralla. Claro es que nosotros, la oficialidad, no perdíamos de vista al torpedero español; con los anteojos podíamos ver la cubierta; los marineros españoles, unos inmóviles...¡muertos! otros arrastrándose por el puente...heridos que aún luchaban entre la vida y la muerte: los charcos de sangre que iban de babor a estribor o de proa a popa según el balance de la nave. Desde el barquito español no se hacía ni un disparo. No obstante seguía avanzando sobre nosotros. De pronto, de una de las escotillas del barco vimos salir a un oficial español, descalzo y ensangrentado o lleno de manchas de sangre: con la gorra tirada hacia atrás miró aquel espectáculo espantoso de hombres muertos o agonizando; de piezas desmontadas... ya estaba tan cerca el torpedero que hasta disparábamos con los cañones revólvers, sin buscar protección de ninguna clase, aguantó de frente, y al descubierto tan terrible fin, como el que ya espera nada más que morir, pero morir como un bravo, y con la sangre fría y con un valor admirable, sacó una petaca, hizo un cigarrillo de papel, encendió una cerilla y guardando el equilibrio como pudo para no escurrirse en los charcales de sangre que corrían por la cubierta, se puso a fumar impávido... En aquel momento me apercibí de que el timón del torpedero estaba hecho pedazos; que el barco estaba sin gobierno: que la corriente era la que lo traía a la boca de nuestros cañones y mandé parar el fuego... vimos que aquel oficial era el único superviviente de la nave. Espontáneamente, de todos los pechos de los tripulantes, salieron tres ¡hurras! francos y nobles, vibrantes de entusiasmo y admiración por aquel valiente caballero oficial de la marina española, y era curioso el ver a los marineros americanos vitorear a España, en el mismo momento de la lucha, cuando las pasiones son más violentas... Siento no recordar el nombre del oficial español, pero si alguna vez tiene usted, (al reporter del Diario Español) oportunidad de verlo, hágale usted saber el profundo respeto y admiración por él". Esos son dos ejemplos del valor de los marinos españoles.
A las dos de la tarde, del 9 de julio de 1908, se oyó la voz de ¡babor y estribor de guardia!. El remolcador tomó las estachas y lentamente fue moviendo al "Nautilus" fuera de la bahía, pasando frente al "Morro" y "La Cabaña". El Malecón habanero, desde la calle de San Lázaro, a los muelles de Luz, y las azoteas de los edificios se encontraban llena de público. Al quedar libre el "Nautilus" fuera de la bahía, se fue alejando lentamente, los últimos barcos que lo iban acompañando se fueron retirando, las sirenas sonaban, las campanas de las iglesias cercanas lo despedían. El recuerdo de la visita de los marinos españoles había quedado en el corazón del pueblo cubano.
La Calle 23 en el Vedado, La Habana en Ciudades, Pueblos y Lugares Cubanos
La Calle 23 se encuentra en la sección de la ciudad de La Habana llamada el Vedado. Si es cierto que la Quinta Avenida era la calle más deseada donde vivir en la metrópoli de La Habana, la Calle 23 era la más deseada donde pasar el día. Sobre todo en su intersección con la Calle L. Desde tal intersección hasta el Malecón se le llama La Rampa a esta calle y es allí, al menos era, el lugar de mayor actividad en toda La Habana.
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En L y 23, la intersección que ya mencionamos, se encuentra Radio Centro que era uno de los grandes cines de la ciudad. Frente a Radio Centro se eleva el Habana Hilton, ahora llamado Habana Libre, uno de los mejores hoteles de toda Cuba. Pero realmente eran los estudios de la CMQ detrás de Radio Centro los que hacían de aquella esquina un lugar fabuloso. Los artistas constantemente entrando y saliendo de aquel edificio hacían de toda La Rampa la casa de la farándula.
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Los restaurantes y cafeterías en toda La Rampa, comenzando por los del Habana Hilton, eran maravillosos. Aunque debemos recordar que los buenos restaurantes comenzaban desde mucho antes de llegar a La Rampa. En la década de 1960 se construyó un edificio muy atractivo en una de las esquinas de L y 23, una verdadera obra maestra arquitectónica. A ese edificio le llaman Coppelia.
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La Calle 23 corre desde el Puente del Almendares hasta el Malecón. Desde L y 23 hasta el Malecón el relieve es en caída, bajando una loma. Esta irregularidad del terreno hace de La Rampa aun más atractiva porque si desea ir a la intersección, digamos ir a Coppelia, tiene que subir y aunque no es nada grave, hay que esforzarse un poquito. Lo cual es parte de la maravilla de los inviernos habaneros. Sí, a muchos habaneros les encanta comer helado en invierno; recuerde que en Cuba las temperaturas más frías no llegan a ser ni un friecito en muchas otras partes. En el proceso de subir La Rampa el friecito se trabajaba y llegaba uno a la heladería calientico y con buen apetito. Sin embargo, en verano cuando el clima es más caluroso, se va a tomar fresco al Malecón y entonces como en La Rampa todos los santos ayudan en esa dirección, se llega refrescado y sabroso al muro del Malecón.
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Más fotos de la Calle 23 |
| L y 23 |
| Infanta y 23 |
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LAS UNIVERSIDADES EN CUBA (1ª parte)
Las Universidades en Cuba
por Gloria Besada
"Uno de los grandes males de que adolecía la enseñanza superior en Cuba era que existía solamente una Universidad, la ya desde entonces bicentenaria Universidad de La Habana.... En los primeros años de Cuba republicana, la pertenencia al Ejército Libertador era un factor de gran influencia en la vida política. Para tener cierto peso en la vida pública era prácticamente indispensable haber sido General del Ejército Libertador. Más tarde, cuando pasaron algunos años y esos generales, así como también los coroneles, envejecieron y fueron desapareciendo de la vida política, las oportunidades de los doctores se acrecentaron, y le cargo de profesor titular de la única universidad de Cuba, la Universidad de La Habana, cobró una importancia extraordinaria."
Esto dio lugar a que, en muchos casos, una cantidad considerable de profesores de la Universidad de La Habana (sobre todo de profesores titulares), después de haber obtenido tales cargos, se valieran de los mismos para mejorar sus posiciones profesionales y económicas particulares y, algunos de ellos, para dedicarse ventajosamente a la política. Estos profesores no sólo no daban clases (o acaso muy pocas), sino que dejaban que la enseñanza que ellos estaban obligados a impartir fuera prodigada por profesores auxiliares o ayudantes. Esto fue una verdadera lacra para la enseñanza universitaria en Cuba, aunque no impidió que hubiera distinguidísimas excepciones.
(La semilla, vol. 1)
Foto: Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas.
Los orientales fueron los primeros en movilizarse para promover la creación de una segunda universidad nacional. En octubre de 1947 se fundó la Universidad de Oriente y poco después abrió sus puertas, aunque no fue reconocida oficialmente hasta 1949.
Fue aproximadamente en esa época cuando regresé a Santa Clara para ejercer la carrera de abogado, así como la plaza de Abogado de Oficio de la Audiencia de Las Villas (...) Pronto me enteré de que en Santa Clara se hablaba de pedir la creación de una universidad y de que en Santiago de Cuba ya se estaban dando los pasos para la creación de la Universidad de Oriente."
La semilla, vol. 1
Foto: Universidad de Oriente, Stgo. de Cuba.
LAS UNIVERSIDADES EN CUBA (3ª parte)
El Dr. Pedro Pérez Ruiz, prestigioso Notario Público de Santa Clara y Decano del Colegio Notarial de Las Villas, quien había sido un gran amigo y compañero de mi padre, desde hacía años era un entusiasta promotor de una futura universidad en Santa Clara. Su entusiasmo lo demostraba, entre otras cosas, insertando en el papel timbrado de su bufete, como lema, la frase "Universidad Central para Santa Clara" en forma bien visible. Me enteré también de queModesto de J. Pineda y Cabrera, un abogado, graduado unos años antes que yo, había iniciado una activa campaña a favor de la creación de una universidad en Santa Clara.
Pineda era un hombre de gran empuje, extraordinariamente activo y emprendedor. Desde que hablamos por primera vez sobre el asunto de promover de una manera enérgica y efectiva la creación de una universidad en Santa Clara, quedé entusiasmado con su plan y le ofrecí mi cooperación. Me explicó que la Universidad de Oriente ya había empezado a dar clases, que todavía no estaba reconocida, pero que contaban con el apoyo del conocido político oriental Lincoln Rodón, quien gozaba de una gran influencia ya que, a la sazón, era el Presidente de la Cámara de Representantes. El plan de Pineda consistía en reunir un grupo de personalidades distinguidas de Santa Clara, constituir una asociación privada no lucrativa que se llamaría Consejo Directivo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, la cual, como toda otra asociación privada no lucrativa, se inscribiría en el Registro de Asociaciones no Lucrativas que se llevaba en el Gobierno Provincial. Yo dudaba de que nos permitieran inscribir esa asociación privada con el nombre de Consejo Directivo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Cuando discutí con él las dificultades que podrían presentarse para que aceptaran la inscripción de esta asociación privada con ese nombre, Pineda me dijo: "Jorge, precisamente la fuerza que vamos a tener es que, cuando se haya inscrito esta asociación privada, tendremos un título para actuar como Consejo Directivo de la Universidad. Las observaciones que me haces probablemente sean ciertas teóricamente, pero, en la práctica, no creo que tengamos problemas para la inscripción. Hay que tener en cuenta que todos en la provincia de Las Villas queremos tener una universidad. Por tanto, es improbable que en el Gobierno Provincial le pongan obstáculos a un primer paso tan efectivo como éste". Y así fue. El Consejo Directivo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas quedó inscrito como asociación privada. Además, el Gobernador nos facilitó un cómodo y amplio local en el edificio del gobierno provincial donde podíamos reunirnos por la noche una vez por semana.
LAS UNIVERSIDADES EN CUBA (4ª parte)
Esto había sido acompañado de una serie de reuniones que habíamos celebrado con distintas personalidades en la provincia de Las Villas. Llegó entonces el importante momento de determinar quién ocuparía el cargo de Rector. Había en Santa Clara dos personas que se habían preocupado de señalar la necesidad de que la provincia de Las Villas tuviera una universidad: el Dr. Pedro Pérez Ruiz, antes mencionado, y el Dr. Pedro Camps y Camps, hombre de letras, quien había realizado labores similares a las del Dr. Pedro Pérez Ruiz, aunque en menor escala. Pineda y yo visitamos al Dr. Pedro Pérez Ruiz y lo invitamos a que se incorporara al Consejo Directivo ocupando el cargo de Rector que le ofrecíamos. Por razones de tipo personal, quizás por ser un hombre de cierta edad, pero quizás también resentido por haber sido superado en esta actividad por gente más joven, el Dr. Pérez Ruiz declinó nuestro ofrecimiento. Entonces visitamos al Dr. Pedro Camps y le hicimos el mismo ofrecimiento, que fue aceptado. El Consejo Directivo quedó integrado de la siguiente forma: Rector: Pedro Camps y Camps; Secretario General: Modesto de J. Pineda Cabrera; Tesorero: Armando Triana; Vocales: José Lorenzo, Agustín Anido, José Antonio Pascual, Antolín González del Valle, Víctor Bonachea, Jesús Rodríguez de la Cruz, Alberto Rodríguez Marín, Antonio Azel, José Navarrete, Tomás Río León, Serafín Fernández, Jorge Besada Ramos, y quizás otro u otros que no me vienen a la memoria en el momento en que se escriben estas líneas.
LAS UNIVERSIDADES EN CUBA (5ª parte)
El trabajo de publicidad y relaciones públicas que debíamos realizar era enorme. Era esencial despertar el interés por la Universidad Central en toda la provincia de Las Villas y que ésta no pareciera como algo que sólo ofrecía interés para la ciudad de Santa Clara, que era la capital. Además, sabíamos que la Universidad de Oriente gozaba del apoyo unánime de todos los partidos políticos en la provincia de Oriente, y que ya estaba abierta y funcionaba desde 1947. Aunque habíamos logrado despertar un gran interés en la "Universidad Central", para muchos, en Santa Clara, los Miembros del Consejo Directivo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas no éramos más que un grupo de tontos que perdían su tiempo en reunirse todas las semanas a título de miembros de un consejo directivo que no existía, de una universidad que tampoco existía, y que tomaban unos acuerdos que, por tal razón, eran asimismo inexistentes. También sabíamos que el Proyecto de Ley para la creación de la Universidad de Oriente ya existía y que en la próxima legislatura sería presentado a la Cámara de Representantes, cuyo Presidente era Lincoln Rodón, conocido legislador oriental, que había sido fundador del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), pero pertenecía entonces al Partido Demócrata. Era necesario actuar rápida y eficazmente.
LAS UNIVERSIDADES EN CUBA (6ª parte)
El consejo directivo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas quedó integrado de la siguiente forma: Rector: Pedro Camps y Camps; Secretario Gral.: Modesto de J. Pineda Cabrera; Tesorero: Armando Triana; Vocales: José Lorenzo, agustín Anido, José Rodríguez de la Cruz, Alberto Rodríguez Marín, Antonio Azel, José Navarrete, Tomás Río León, Serafín Fernández,Jorge Besada Ramos y quizás otro u otros que no me vienen a la memoria en el momento de escribir estas líneas.
Por suerte, el Consejo Directivo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas que habíamos así creado y logrado inscribir como una asociación privada con fines no lucrativos encontró un aliado formidable en la persona del Dr. Miguel Suárez Fernández, Presidente del Senado y político de extraordinaria fuerza, pues controlaba el Partido Auténtico en la provincia de Las Villas y había llegado hasta a disputarle el control de dicho partido y la candidatura a la Presidencia de la República a Carlos Prío Socarrás. Cuando le pedimos que nos ayudara en el empeño de lograr la anhelada Universidad Central (sobre todo si se tiene en cuenta la ventaja que sobre nosotros habían logrado tomar los orientales), el Dr. Miguel Suárez Fernández, con la mejor disposición, nos respondió: "Soy villareño y sé lo que tengo que hacer. No se preocupen en lo más mínimo. Si no hay universidad para Las Villas, tampoco la habrá para Oriente. Voy a hablar con Lincoln [Rodón] para que sepa que si el Proyecto de Ley llega al Senado sin que se le haya incluido la Universidad de Las Villas, le vamos a poner tantas enmiendas que no habrá tiempo para aprobarlo en la próxima legislatura, y quizás en ninguna otra". El Proyecto de Ley, enmendado con la inclusión de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, fue aprobado por ambos cuerpos colegisladores, sancionado y promulgado por el Presidente de la República, y publicado en la Gaceta Oficial como Ley Nº 16 de 22 de noviembre de 1949.
Dicha ley consta esencialmente de dos partes: el cuerpo o parte principal de la Ley y una disposición final. En la parte principal se expresa, en resumen, que se crea la Universidad de Oriente y que la provisión de fondos se dividirá en dos capítulos de igual montante: un primer capítulo destinado a la construcción de la Universidad de Oriente y un segundo capítulo destinado a su funcionamiento. En la disposición final se expresa que donde se lee "Universidad de Oriente" deberá leerse "Universidad de Oriente y Universidad Central Marta Abreu de Las Villas" y que las disposiciones relativas a la provisión de fondos se modifican de manera que ésta se divida en cuatro capítulos de igual montante: un primer capítulo destinado a la construcción de la Universidad de Oriente, un segundo capítulo destinado al funcionamiento de esta Universidad, un tercer capítulo destinado a la construcción de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas y un cuarto capítulo destinado al funcionamiento de esta Universidad. Los fondos correspondientes a los capítulos primero y segundo se pondrán inmediatamente a disposición de la Universidad de Oriente. Los fondos correspondientes al capítulo tercero se pondrán inmediatamente a disposición de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Los fondos correspondientes al capítulo cuarto quedarán retenidos y se pondrán a disposición de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas inmediatamente después de que ésta haya comenzado a funcionar.
La semilla, vol. 1
Foto: El Capitolio, La Habana, sede del Congreso de la República.
Fue entonces cuando comenzó la construcción de los tres primeros edificios de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas: los edificios del Rectorado, la Facultad de Humanidades y la Facultad de Ciencias. La razón por la cual los edificios de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas fueron mucho más grandes, espaciosos y bellos que los de Universidad de Oriente fue, precisamente, que la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas pudo emplear para la construcción de edificios una cantidad de dinero relativamente grande, correspondiente al funcionamiento de la universidad, pues no comenzó a funcionar sino después de construidos sus primeros edificios.
En 1946 se había creado la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, como universidad privada. En su fundación desempeñó un papel preponderante el señor Robert Butler, Embajador de Estados Unidos en La Habana. Esta universidad estuvo regida por los Padres Dominicos norteamericanos y en ella se impartía una enseñanza de alta calidad. Estaba destinada primordialmente a los hijos de familias de buena posición económica. Los Rectores de esta Universidad fueron siempre extranjeros. A fines de 1960 fue nombrado Rector de esta universidad Monseñor Eduardo Boza Masvidal, procedente de una distinguida familia camagüeyana, quien en mayo de ese mismo año había sido consagrado Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de La Habana. Monseñor Eduardo Boza Masvidal fue el primer y único Rector cubano que tuvo esa universidad católica, la cual, pocos meses después del nombramiento de su primer Rector cubano, fue cerrada definitivamente el 2 de mayo de 1961, en la época de la dictadura castrista.
(La semilla, vol 1 y La semilla, vol.2 Jorge Beseda Ramos)
Canción de otoño en primavera
Por Rubén Darío
A Gregorio Martínez Sierra
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera oscura
hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...
En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y le mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón,
poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas,
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!
La Quinta Avenida en Miramar, Marianao, La Habana
| en Ciudades, Pueblos y Lugares Cubanos |
| La Quinta Avenida |
La Quinta Avenida una vez fue la calle más prestigiosa y bella de toda Cuba. La Habana, con su gran población y hermosas edificaciones, puede competir con muchas de las grandes ciudades europeas y americanas. Pero La Habana se encuentra en Cuba, una isla de las Antillas y como ciudad antillana carece de algo que es totalmente inaceptable. La Habana no tiene playas. Sin embargo, no muy lejos hacia el oeste, cruzando el río Almendares, sí hay litoral de playa. Es en esa sección donde se encuentra el barrio llamado Miramar, en la ciudad de Marianao. Como a los habaneros tanto les atrae el disfrutar de la playa, siempre en dirección a Miramar mantenían sus miradas. El asunto llegando a culminarse cuando se hicieron puentes para cruzar el río ya mencionado. La Habana creció en dirección hacia Marianao, y Miramar se convirtió en el nuevo barrio influyente de la metrópoli. La Quinta Avenida es la vía principal de Miramar.
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| En la Quinta Avenida a la salida del túnel del Almendares |
Una vez que el Malecón de La Habana se extendió hasta la Chorrera (la desembocadura del río Almendares) la Quinta Avenida era su continuación en el lado de Marianao. Antes se efectuaba el cruce del río a través del puente Pote que era de hierro y levadizo. Pero llegó el momento en que el tránsito automovilístico era demasiado y cada vez que había que levantar el puente para que pasara algún barco, los tranques eran más de lo que la población podía aceptar. Entonces, en la década de 1950, se hizo el Túnel del Almendares. Desde entonces se puede proceder del Malecón a la Quinta Avenida, y viceversa, sin ninguna demora; como si fueran una misma vía. Claro, de inmediato nos damos cuenta de la gran diferencia de una avenida a la otra por las edificaciones próximas a ellas. Además, el Malecón corre próximo a la costa mientras que la Quinta Avenida se encuentra varias cuadras ya dentro de la ciudad.
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| Una de las que fueron las bellas mansiones de la Quinta Avenida |
A lo largo de esta avenida, desde principios del siglo XX hasta finales de la década de 1950, se construyeron las edificaciones más lujosas y bellas de Cuba durante esos años. Claro hay excepciones, sin embargo hay algunos palacetes próximos a la Quinta Avenida y en el resto de Miramar que son tentaciones a la misma arquitectura y el arte. Los parques eran también preciosos. Los Club de yates y de playas fueron los mejores de toda Cuba, cuando Cuba se encontraba en todo su esplendor. Sin faltar los templos religiosos tan lujosos como las mansiones en su entorno.
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| La Copa de la Quinta Avenida |
JUAN GUALBERTO GÓMEZ:
(Primera Parte)
© Roberto Soto Santana , de la Academia de la Historia de Cuba (Exilio)
Como dice el Prof. René León en su estudio sobre el
“Manifiesto del Clero Cubano Nativo: A las Autoridades del País: Discriminados
por ser Cubanos”1: “Todos
los cubanos en tiempo de la colonia en Cuba sabían que no podían contar con el
clero español, pues éstos estaban al lado de los enemigos de nuestra revolución
y derechos, defendiendo a la
Corona , porque era anticubana. El pueblo y los pocos
sacerdotes cubanos que había en Cuba sabían que la Iglesia , por conducto del
Pontífice Romano, respaldaba 100% la actitud del clero español [a la vez que
hacían votos] por el inmediato final de la guerra y la victoria de España.
Las generaciones mambisas que organizaron, proclamaron
y participaron personalmente en las insurrecciones contra la dominación
española en Cuba, ocurridas durante el periodo 1868-1895, incluyeron tanto al
comienzo de la Guerra
de los Diez Años como en la contienda reanudada con el Grito de Baire, entre
otras muchas personalidades egregias (y, al mismo tiempo, Luces de la Masonería ), a fundadores
de la Logia Tínima
Nº16 de Puerto Príncipe (la actual Camagüey) tales como el Marqués de Santa
Lucía (Salvador Cisneros Betancourt), Ignacio Agramonte Loynaz (caído el 11 de
mayo de 1873 en la acción de Jimaguayú), Carlos Loret de Mola Varona, Bernabé
de Varona (“Bembeta”, pasado por las armas inicuamente tras el apresamiento de
la expedición del “Virginius”2) –de los 76 sublevados en el Paso de
las Clavellinas, el 4 de noviembre de 1868, 72 eran Maestros Masones de esta
Logia-; entre quienes “levantaron las columnas” de la Logia Esperanza
Tropical Nº9 de Bayamo, a Francisco Vicente Aguilera, Pedro Figueredo Cisneros
(fusilado en 1870 en Santiago de Cuba), Carlos Manuel de Céspedes, Manuel
(“Titá”) Calvar y Vicente García (asesinado por mano española en 1886, en su
exilio de Costa Rica); a Bartolomé Masó y Donato Mármol (entre los iniciadores
de la Logia Buena
Fe de Manzanillo); y a tantos y tantos otros cuyos nombres harían la lista
interminable, entre ellos nuestro Apóstol José Martí y el gran caudillo de la Invasión , Antonio Maceo
Grajales.
José Martí dejó escrito3, y el cierre de
estas palabras lo repitió el Papa Juan Pablo II en la homilía que pronunció en
la antigua Plaza Cívica de La
Habana , en el transcurso de su visita a Cuba en 1998 –plaza a
la que el atrabiliario Régimen comunista le tiene atribuido el vergonzoso
nombre de Plaza de la
Revolución-, que “Hay en el hombre un conocimiento íntimo,
vago, pero constante e imponente, de UN GRAN SER CREADOR: Este conocimiento es
el sentimiento religioso, y su forma, su expresión, la manera con que cada
agrupación de hombres concibe este Dios y lo adora, es lo que se llama
religión. Por eso, en lo antiguo, hubo tantas religiones como pueblos
originales hubo; pero ni un solo pueblo dejó de sentir a Dios y tributarle
culto. La religión está, pues, en la esencia de nuestra naturaleza. Aunque las
formas varíen, el gran sentimiento de amor, de firme creencia y de respeto, es
siempre el mismo. Dios existe y se le adora…Las exageraciones cometidas cuando
la religión cristiana, que como todas las religiones, se ha desfigurado por sus
malos sectarios; la opresión de la inteligencia ejercida en nombre del que
predicaba precisamente el derecho natural de la inteligencia a libertarse de
tanto error y combatirlo, y los olvidos de la caridad cristiana a que, para
afirmar un poder que han comprometido, se han abandonado los hijos extraviados
del gran Cristo, no deben inculparse a la religión de Jesús, toda grandeza,
pureza y verdad de amor. El fundador de la familia no es responsable de los
delitos que cometen los hijos de sus hijos…Todo pueblo necesita ser
religioso….Es útil concebir UN GRAN SER ALTO…para los pueblos es imprescindible
afirmar la creencia natural en los premios y castigos y en la existencia de
otra vida, porque esto sirve de estímulo a nuestras buenas obras, y de freno a
las malas. La moral es la base de una buena religión….Un pueblo irreligioso
morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan
de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice.”
También el Generalísimo Máximo Gómez puso por escrito4,
en carta fechada el 22 de agosto de 1895, su creencia en un GRAN SER ALTO, al
decirle a su destinatario, Tomás Estrada Palma: “Soy creyente en una
Providencia oculta, que dirige las acciones de los hombres, y es así, que
siempre nos queda mucho fuera de la órbita en donde giramos, y todo eso queda
al arbitrio de nuestra fortuna, ó desventura”.
Tanto
en el siglo XIX como hoy en día, la Masonería , ante la oposición feroz de la Iglesia 5, ha
propugnado la laicidad como regla de oro para la convivencia entre Política y
Religión. La Constitución de
Guáimaro, promulgada el 10 de abril de 1869, estableció la libertad de cultos,
sin reconocer privilegio para ninguno en particular. La Constitución española
suscrita el 1 de junio del mismo año, tras el derrocamiento de Isabel II,
estableció en su artículo 21 la libertad de cultos, pero dispuso que “La Nación se obliga a mantener
el culto y los ministros de la religión católica”. Y así permaneció la
situación en Cuba bajo la dominación española, hasta que la primera
Constitución de la República
independiente, aprobada el 21 de febrero de 1901, restableció los principios de
la primera Constitución de la
República en Armas –la de Guáimaro- en materia de libertad de
cultos y de libertad de conciencia, añadiendo la separación entre la Iglesia y el Estado,
declarando (todo en un solo artículo, el número 26) que “Es libre la profesión
de todas las religiones, así como el ejercicio de todos los cultos, sin otra
limitación que el respeto a la moral cristiana y al orden público. La iglesia
estará separada del Estado, el cual no podrá subvencionar, en caso alguno,
ningún culto”. El celo agnóstico de algunos Delegados les llevó a los extremos
de proponer, sin éxito, la exclusión de la palabra “religión” en cualquier
parte del texto Constitucional (el caso de Salvador Cisneros Betancourt) o la
sustitución de la referencia a la moral cristiana por la de “moral pública” (el
caso de Rafael Manduley), o a oponerse a la invocación a Dios en el Preámbulo
(como hicieron Salvador Cisneros Betancourt y Martín Morúa Delgado6).
Sin embargo, el liberal y librepensador Juan Gualberto
Gómez –el brazo ejecutor de Martí en 1895 en el estallido del alzamiento que se
conocería como el Grito de Baire-, se opuso, infructuosamente, en su
intervención del 26 de enero de 1901 ante la Asamblea Constituyente ,
a la inclusión de esa cláusula de separación entre la Iglesia y el Estado. Esta
actitud, estando en el caso personal de ser un confeso indiferente en materia
de religión7, la fundamentó el insigne matancero en una preocupación
de índole puramente pragmática: “estoy convencido de que en la Constitución no
debemos poner nada más que lo que es esencial y fundamental…me inclino a dejar
en manos del Estado cubano, si es conveniente y necesario en el día de mañana,
el poder dirigirse con las facultades soberanas que la Constitución pueda
dejarle, al poder o a los poderes supremos de las diferentes iglesias, para
poder regular con ellas el modo como aquellas iglesias habían de desenvolverse
dentro de la sociedad cubana…Si yo me preocupara aquí más de los intereses
religiosos de una iglesia cualquiera que de los intereses de la sociedad civil
cubana y del Estado libre e independiente de Cuba, yo dejaría que se pusiera
impunemente ese artículo en la
Constitución , porque debo deciros aquí, en voz muy alta, que
no será no, la Iglesia
la que experimente la necesidad de vivir en relación con el Estado cubano: lo
que yo me temo es que la
Iglesia sea la que no quiera tendernos la mano…porque, oidlo
bien, señores delegados, éste es un pueblo donde no ha habido hasta hoy, y
quiera Dios que perdure, donde no ha habido fanatismo religioso…pero este
pueblo que no ha sido jamás fanático, fue y es un pueblo católico, éste es un
pueblo donde la
Iglesia Católica está arraigada, donde en realidad de verdad
el culto católico ha sido el único que ha arraigado de una manera positiva...yo
que no tengo absolutamente ninguna especie de fanatismo religioso; yo que no
soy por desgracia mía un creyente, como algunos de los que aquí se levantan;
pues bien, señores, dentro de ese orden de cosas, yo me pregunto…¿creéis como
políticos, como hombres previsores, como hombres de gobierno; vosotros creéis
práctico que debéis abandonar al azar y a la voluntad de un poder extraño la
implantación de ese Estado dentro del Estado cubano, que sea esencialmente
hostil a nuestra República independiente y soberana?...yo no os digo que vayáis
a pactar con la Iglesia …yo
sí os digo que no debéis en manera alguna impedir que el Gobierno futuro, mejor
dicho, que los Poderes Públicos de la República , si lo entienden conveniente, lo hagan
si cabe…Por otra parte, señores, pensadlo bien, todo lo que parezca persecución
de la Iglesia …todo
lo que sea perseguir a quien no nos molesta…eso ha de contribuir de una manera
poderosa a robustecer su influencia…¿Pensáis en manera alguna que si aquí
ponéis en la Constitución
la prohibición de que se puedan establecer relaciones entre el Estado y la Iglesia , ya habéis
resuelto el problema?”
Sin embargo, el texto del artículo 26 de la Constitución de 1901
pasó íntegramente a ser el artículo 27 de la Ley Constitucional
de 3 de febrero de 1934, e igualmente el artículo 35 de la Constitución de 1940,
el artículo 35 de los conocidos como Estatutos del Viernes de Dolores (Ley
Constitucional de 4 de abril de 1952), y el artículo 35 de la llamada Ley
Fundamental de 7 de febrero de 1959, hasta que la Constitución
comunista de 1976 redujo la libertad de conciencia y de creencias
religiosas a una mera mención inane, neutralizada por la declaración de
ilegalidad y punibilidad de la invocación de convicciones religiosas como razón
de la negativa o inhibición de la adhesión activa al régimen8.
¿Cómo se explica entonces esta actitud de Juan
Gualberto Gómez, hombre de la plena confianza de Martí9, en aparente
contradicción con su apego a la laicidad? Para comprenderlo, es imprescindible
analizar el Diario de Sesiones de la Convención Constituyente
en su sesión del 26 de enero de 190110.
Juan Gualberto Gómez propuso que la frase “la Iglesia estará separada
del Estado” fuese suprimida en la
Sección 3ª de la
Base 13 del proyecto de Constitución. En pro de mantener
dicha frase en el texto, el Delegado Emilio Núñez intervino para señalar que
“si algo bueno, si algo práctico, si algo útil ha realizado la Intervención en Cuba,
es separar la Iglesia
del Estado. La mayor calamidad que ha pesado siempre sobre los pueblos
latinoamericanos ha sido la unión de la Iglesia con el Estado. Para conseguir su
separación, han tenido que derramar torrentes de sangre y dividirse en bandos
poderosos.”. El Delegado Fernández de Castro habló a continuación de Emilio
Núñez, para secundarlo, “haciendo presente a los señores Convencionales que
tengan en cuenta que el hecho de no constar en la Constitución que la Iglesia está separada del
Estado, deja en libertad, el día de mañana, á un Gobierno cubano, de unirla si
lo tiene á bien. En el mismo sentido se pronunció el Dr. Alfredo Zayas al decir
que “desde el momento en que cabe interpretar la Base como dejando en libertad
á cualquier gobierno de Cuba para celebrar esa íntima alianza entre una Iglesia
y el Estado, y por lo mismo que esa Iglesia en Cuba será probablemente la Iglesia católica, cuya
unión al Estado hemos podido ver, apreciar y aquilatar sus resultados…Yo quiero
alejar el menor pretexto donde pueda fundarse esa alianza de la Iglesia con el Estado, sea
cual fuera esa Iglesia.” Sometida a votación nominal la cuestión, los
asambleístas José M. Gómez, Monteagudo, Morúa, Robau, Fortún, Cisneros, Silva,
Betancourt, Rius Rivera, D. Tamayo, Sanguily, Núñez, Lacret, Portuondo, Castro,
Manduley, E. Tamayo, Bravo Correoso, Alemán, Zayas, Villuendas y el Presidente
Cisneros Betancourt estuvieron a favor de mantener la frase relativa a la
separación entre la Iglesia
y el Estado. Solamente votaron en contra de la separación entre Iglesia y
Estado los Convencionales González Llorente, Berriel, Quílez, Quesada, Juan
Gualberto Gómez y el ex autonomista Eliseo Giberga.
“Vergara. óleos al viso de la poesía”, Madrid España.
Asociación Literaria Calíope., 1998.
Autores: Pedro Vergara, de la obra pictórica; Eliana Onetti, de la obra poética.
El arte de la pintura y el de la poesía se hermanan simbióticamente en este pequeño libro de sesenta y cuatro páginas que los artistas Pedro Vergara y Eliana Onetti nos envían desde España.
Después de la segunda guerra mundial el arte de la pintura decae. Al presente hay brotes esporádicos en distintos países; Pedro Vergara nos viene de Albacete, en el sur de España, como gran pintor realista.
Sus óleos, ya sean sobre lienzo (20) o sobre tabla (4), nos presentan un arte directo, de cosas vivas; los bodegones con sus comestibles, los paisajes de lugares reales y hasta alguno de tono religioso como “La Asunción de Chinchilla” inspirado en la Virgen María que se venera en su ciudad natal.
Pedro Vergara es un pintor joven, lleno de energía. Para ser un buen pintor se necesita nacer con el don. Vergara se ha perfeccionado en su profesión estética a tal extremo que se siente capaz de enseñarla y ha aglutinado en una academia de pintura a estudiantes deseosos de aprender y ansiosos por descubrir los secretos del artista. Ahí esta la escuela de Dibujo y Pintura de Arroyomolinos de la que es su director.
Dice Eliana Onetti en el prólogo del libro: “Resulta sorprendente la percepción de texturas, tan realistas que en ocasiones no basta con la vista y surge la imperiosa necesidad de tocar lo que se ve para verificar su personalísimo realismo”.
La obra de Vergara es un crisol donde las posibilidades de aprendizaje y captación se han crecido y calcinado.
Están los ingredientes que el artista va incorporando a su inspiración pictórica ya con rasgos provenientes de Francisco de Zurbarán con su impresionismo, o los de Juan Bautista Chardin con sus retratos y sus interiores y también los de Juan Vermeer con sus paisajes, todo unido en una nueva edición ejemplar por su colorido, por la realidad estática, por la claridad descriptiva, por el detalle único, por la policromía de un Van Gogh y los claroscuros de un Rembrandt.
Eliana Onetti es una destacada escritora quien ha vertido su poética inspiración sobre estos lienzos en los que a veces no se sabe dónde hay más poesía: si en la pintura o en el poema. Los cuadros destellan al observarlos una poesía sublime que agradece su contemplación. Bien lo dice la poetisa:
“Los pintores son poetas que con el pincel
describen y riman con sus colores. Son artísticos estetas”.
En “A la Carta”, la poetisa se inspira en “Rincón de la Seguidilla”, óleo sobre tabla en el que aparecen, como digna representación del sur de España, las castañuelas, unas botas usadas y un sombrero cordobés.
Eliana Onetti nos dice sobre este óleo:
“…A estos tres ingredientes
añadimos picardía,
salpimentamos con gracia
y adornamos con salero.
De guarnición sol radiante,
ritmo, sueños, alegría
y esencia de pueblo llano
que suda, sufre, palpita,
vive, muere y resucita
Et voilà…, sin mantel blanco
ni blondas, una delicia
de gourmet: ¡Andalucía!.”
El pintor le canta a Andalucía. Se inspira en el canto flamenco, el cante “Jondo” en el que las castañuelas llevan el compás de la música entre las oscilaciones y los movimientos del baile.
“Soñé la luz.
La soñé misteriosa y opalina,
nebulosa y fugaz y transparente”.
En otro de los lienzos de Vergara “Camina Despacio”, se nos presenta la vista de un pueblo vetusto, solitario, lleno de cal amarillenta en las paredes. En la lejanía dos figuras del pueblo le dan vida al paisaje, una anciana y un niño y más cerca unas inquietas palomas adornan la quietud imperante:
“En el pueblo,
las palomas
son las dueñas de la calle
sin flores
y sin aromas.
¡Por eso no hay mariposas!”
Hay en los cuadros de Vergara un mensaje de aliento, de vigor, de esfuerzo y de valor. Sobre
el lienzo ¡NO ESTOY MUERTO! la poetisa, en hermosos octosílabos que nos recuerdan las redondillas martianas, nos dice:
“Amo las piedras vetustas
y los portones oscuros;
amo los claustros desnudos
y las cúpulas augustas”
En “Así de fácil”, Onetti, con gran versatilidad que la honra, nos regala el poemita “Mi perro perrito”:
“…Aunque seas un perro chino
feo, temblón y friolero,
calvo y cobardón, te quiero.
¡No importa que no seas fino!”
En conclusión, nos hallamos ante una obra bien lograda, muy original, española en esencia en la que se amalgaman dos artes mayores. Una obra que expone las dos caras de un solo arte supremo: La belleza en dos formas, en dos versiones y como tal hay que observarlo y absorberlo como se puede deleitar el visitante a un Museo, digno de la contemplación ante la grandeza humana.
Rowland J. Bosch
Pen Club de Escritores Cubanos (E)
Tribulaciones de un paleógrafo frustrado
- Detalles
- Tomado de: Opus Habana
- Escrito por Emilio Roig de Leuchsenring
- Publicado el 24 Noviembre 2009
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«porque este rectificador de errores, ya desde el prólogo empieza a cometerlos por su cuenta, pero es esto cosa habitual en él, y de ahí la triste fama de que siempre gozaron sus libros de tener mas errores que páginas y merecer el justo calificativo de «cajones de sastre remendón», lo cual, como ya apunté al referirme a su Habana Antigua, siempre tiene la utilidad de que gozan los referidos depósitos sastreriles».
Quien no conozca las obras del doctor Manuel Pérez Beato anteriores a su folleto póstumo Rectificaciones Históricas, pensará que el agudo ataque de inquina contra mí que padece le ha impedido poner en orden papeles e ideas, porque este rectificador de errores, ya desde el prólogo empieza a cometerlos por su cuenta- pero es esto cosa habitual en él, y de ahí la triste fama de que siempre gozaron sus libros de tener mas errores que páginas y merecer el justo calificativo de «cajones de sastre remendón», lo cual, como ya apunté al referirme a su Habana Antigua, siempre tiene la utilidad de que gozan los referidos depósitos sastreriles.
Prueba al canto.
Refiérese en el primer párrafo del prólogo de sus Rectificaciones Históricas, al Congreso Histórico Municipal Interamericano, y en el segundo habla de una Sección de Historia Colonial y de unos escritos míos en Carteles, como si una y otros tuviesen relación con ese Congreso, cuando aquélla pertenecía al Primer Congreso Nacional de Historia y del mismo se trataba en éstos.
En el tercer párrafo cita frases de un artículo mío publicado en Carteles y ni siquiera sabe copiar el título que yo puse:Intensificación y revalorización de los estudios históricos cubanos, y escribe: «Intensificación y revalidación de los estudios históricos cubanos», olvidándose, en cambio de censurarme, como podía haberlo hecho, el uso del americanismo «revalorizar», en vez de la palabra castellana «revalorar», la que he rectificado yo en posteriores trabajos.
Los tres restantes párrafos del prólogo están dedicados a ridiculizar los propósitos que con los Congresos de Historia persigue la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, de velar por la justa y veraz enseñanza de la Historia en nuestro país.
Después del prólogo vienen dos páginas de Elucidario, y para no perder el hábito, el doctor Pérez-Beato vuelve a equivocarse, mencionando como presentado en ese Congreso Histórico Municipal Interamericano que sigue mezclando con el Primer Congreso Nacional de Historia, un articulillo mío —Las Fortalezas Coloniales de La Habana—publicado hace muchos años en la revista Social y que reprodujo últimamente la revista Arquitectura. En el Primer Congreso Histórico Municipal Interamericano presenté yo el siguiente trabajo: Reliquias habaneras: Los cañones que sirvieron para amarrar la cadena que cerró el puesto de La Habana en 1762; y en el primer Congreso Nacional de Historia, este otro, según claramente se precisa en mi artículo de Carteles: Revalorización de la guerra libertadora cubana de 1895.
Da también por presentado en ese doble congreso de su invención un trabajo del arquitecto Luis Bay Sevilla —Costumbres Cubanas de los siglos XVI a XIX— cuando es lo cierto que éste no presentó ningún trabajo ni al Congreso de Historia ni al Histórico Municipal.
En el resto del Elucidario se repiten las chirigotas contra los tres —Bay, Bens, Roig—a quienes nos califica, escrito con cursiva, desde luego, de consagrados de tiempo inmemorial al estudio de nuestra historia, para decir poco después, ya con letra redonda, que nuestros trabajos —los que ni Bay ni yo presentamos a Congreso alguno y el que si presentó Bens al Primer Congreso Histórico Municipal Interamericano: La Habana en el siglo XVI, cuyo título copia erróneamente «no son sino un conjunto lamentable de inexactitudes y errores, todo carente de critica y con la adición de algunas invenciones de propia cosecha», agregando que «es inconcebible que ante un concurso tan ilustrado se haya podido presentar una muestra tan inferior de nuestra cultura histórica». No padeció esta desgracia, en lo que a Bay y a mi se refiere, ningún congreso; y en cuanto a los errores que atribuye a mi referido trabajo, trataré mas delante de quitarme de encima de encima esos muertos que creo no haber matado.
Entremos ahora de lleno en la rectificación a las rectificaciones del doctor Pérez-Beato.
Un par de ejemplos, entre muchos, pondrán de manifiesto la «buena fe» y la «probidad científica» de las Rectificaciones: Digo yo en La Habana desde sus primeros días hasta 1565 (Actas Capitulares…, p. 168-169) hablando del barrio de Campeche:
«Existía en La Habana por esta época (1564) una zona o localidad que encontramos citada en las Actas con el nombre de Campeche…Pérez-Beato conjetura, sin documento que lo acredite, que debió su nombre «al establecimiento en él de indios de Campeche».
Y Pérez-Beato en las Rectificaciones escribe con notoria mala fe:
«Voy a dar al doctor Roig de Leuchsenring el documento que echa de menos, aunque lo tiene en las propias actas que ha publicado y en nuestra Habana Antigua».
Y ofrece la copia de un acta de 1569, que no figura en el primer tomo de las publicadas por mí, que como se verá en seguida, desconocía Pérez-Beato hasta que yo mismo la di al público más tarde. Y pretende agredirme con armas que yo mismo le he dado.
En efecto: ¿por que escribí yo lo que escribí en 1937? Sencillamente porque Pérez-Beato en su Habana Antigua había hecho la confesión que yo recojo y copio más arriba. Véase:
Pérez-Beato. Habana Antigua; p. 30 hablando del barrio de Campeche dice: «Debió su nombre según conjeturas al establecimiento etc… Aunque no hemos podido hallar noticias que lo acrediten».
Como se ve, es precisamente él, no yo, quien echa de menos e ignora el documento y asi lo reconoce expresamente.
Si Pérez-Beato confiesa esto, ¿qué tiene que ver que yo lo recoja casi con sus mismas palabras en 1937? Si en 1939, en el segundo tomo de las Actas yo le ofrezco la que él cita ahora, está claro que ha rectificado su juicio y que lo que entonces era mera conjetura y carencia de noticias que lo acrediten se convirtió, gracias a mí, en prueba documental.
Otra muestra de encono esta en la parrafada que dedica Pérez-Beato a probar que «he inventado» un gobernador de Cuba, Antonio de Funes.
En la página 226 de mi obra La Habana desde sus primeros días...inserto la lista completa de los gobernadores de Cuba hasta la época de mi estudio (1556) y el capítulo XXV, pág 229-234, está todo él dedicado, a los gobernadores de Cuba con expresión de las fechas, de nombramiento y cese. En ninguna parte aparece el nombre del gobernador Antonio de Funes.
¿Como he podido inventar este otro? ¿Cómo me lo «inventa» Pérez Beato?
Se trata simplemente de una errata cometida por el transcriptor del siglo pasado y que pasó inadvetidamente a mi estudio Y así debió de comprenderlo el rectificador, si realmente estuviera dotado de buena fe, sin la cual no se puede hacer historia y se cae en el pecado de hacer historias.
Solo de historias se trata en todo este desgraciado libro del doctor Pérez-Beato, que no añade un adarme de gloria a su labor como historiador y que en mala hora para su memoria ha sido dado a la estampa precisamente a raíz de su muerte.
Nada más tendría que añadir a lo dicho, si no me interesara aclarar el origen y los motivos que indujeron a Pérez-Beato a montar guardia desconfiada y avizora frente a mi desde el día en que se me honró con el puesto de Historiador de la Ciudad.
Critica la publicación de las Actas, ese es mi pecado, porque la transcripción del siglo pasado a que me atuve contiene algunas incorrecciones (no tantas como quiere y como hubiera querido el señor Pérez-Beato). No lo niego, es más fui yo quien lo descubrió y noblemente lo confesó en la Introducción a las Actas Capitulares, (p. 6-7.Pérez-Beato pasa por alto esta circunstancia y quiere cargar a mi cuenta los disparates, si los hay, los defectos (pequeños y no sustanciales en general realmente) cometidos hace un siglo.
Es toda una norma de moral y de seriedad que yo no admito ni practico. Cargo con todas mis culpas y hasta con muchas de las ajenas, si es necesario; pero me niego a soportar las insoportables por ruines y malintencionadas.
Cuando publiqué las Actas Capitulares, preste un servicio enorme a los historiadores cubanos, al propio Pérez-Beato el primero, que las ha utilizado y las ha copiado constantemente aunque sin citarlas ni una sola vez. Acudí al recurso de publicar las transcripciones antiguas por razones de economía de tiempo... y — ¿por qué no decirlo?—porque no encontré en Cuba a nadie que me ofreciera garantía científica suficiente para encomendarle la tarea con seguridad de exactitud mayor a la lograda con la trascripción pragmática del siglo pasado. Y a nadie le extrañe el fenómeno, ni se eche a desdoro para nuestra República, porque por un lado la Paleografía española científica es una ciencia de creación relativamente reciente (vive aún y en plena labor creadora, exilado en la República hermana de México. Su verdadero fundador, Millares Carló, catedrático de Paleografía de la Universidad de Madrid) y por otro, nuestra Universidad Nacional, yo creo que equivocada y lamentablemente, pero éste es el hecho, no tiene establecidos los estudios de Paleografía y Diplomática, realidad que me ha cerrado la posibilidad de acudir al más alto centro docente de la República en busca de un documento en esos estudios. Tan pronto lo tuvimos, en el mismo momento en que hubo entre nosotros persona conocedora de los secretos de la Paleografía y de la Diplomática, el mismo día en que me di cuenta de ello por haberme matriculado personalmente, con todos los colaboradores de mi oficina, en un curso de Paleografía y Archivología explicado en la Institución Hispanocubana de Cultura por el doctor Jenaro Artiles, concebí el propósito, que realicé lo antes que pude, de llamarlo a colaborar conmigo y encomendarle la trascripción de las Actas para continuar su publicación. Desde entonces el doctor Artiles lleva personalmente, como colaborador mío y de la Oficina del Historiador, la lectura y publicación de las Actas. Confío en que adelante, aquel defecto que ya advertía yo en el prólogo del primer tomo de las Actas Capitulares, quedara subsanado: de aquí la injusticia del doctor Pérez-Beato al reprocharme que lo publicado tiene defectos cuando he sido precisamente quien señaló tales defectos y logró los nuevos procedimientos.
La cosa es tan mezquina, que sólo con señalarla se refuta sin más razonamientos. Pero la mezquindad sube de punto cuando se observa que Pérez-Beato, con un espíritu pequeño de anticubanismo, afirma que las Actas municipales «en la actualidad, gracias a un extranjero (como él mismo subraya) se transcriben correctamente» (P. 64).
Falso de toda falsedad. Jenaro Artiles, paleógrafo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, es cubano por nacimiento. Y Cuba, la historiografía cubana, no merecen que una vez que tuvimos un cubano paleógrafo se invente una extranjería para una labor ruin anticubana.
Y sin querer aquí descubre Pérez- Beato el motivo de su rencor, al decir: «…ya que no se quiso reconocer que hubiera entre nosotros (no un cubano sino entre nosotros, subrayo yo) quien supiera hacerlo.»
Por ahí debió haber empezado Pérez-Beato. El es ese postergado sabio que esta entre nosotros, que se considera capaz de hacerlo. Haberlo dicho y nos hubiéramos ahorrado, de ser cierto, todo esto y sobre todo, se hubiera evitado él el rencor que amargó los últimos años de su existencia. No hubiera tenido yo ningún inconveniente en encomendarle a el personalmente la tarea de transcribir las Actas, con sólo que me lo hubiera indicado…y hubiera sabido hacerlo, porque cada vez que ha hablado de las Actas Capitulares en sus escritos, las ha citado por las copias del siglo pasado y no por los originales ilegibles: con los mismos errores, con las mismas faltas, incurriendo en el mismo «crimen» que me reprocha, por la sencilla razón de que el doctor Perez-Beato no era paleógrafo. Pero esto lo demostraré cumplidamente la semana próxima.
Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 9 de abril de 1944.
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.
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