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sábado, 1 de junio de 2019

LA DEMOCRACIA ATENIENSE (Parte 2ª)

Foto tomada de: Icarito


por Roberto Soto Santana,
 de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.

Como se ha dicho, el sistema político resultante de las reformas de Solón, a los ojos de la actualidad, ciertamente no puede ser calificado como democrático, sino más bien timocrático (hizo hegemónica a la aristocracia de la riqueza, en vez de la del linaje, que era la que hasta entonces había ostentado el poder político en solitario). Pero, en su época, entrañó que a todos los ciudadanos de un estado, incluso a los desprovistos de todo recurso o patrimonio excepto la disposición de su propia persona, se les reconoció por igual un mínimo común denominador de derechos y libertades.
Tras una dinastía de tiranos, la de los Pisístratas, que dura medio siglo, entra en escena un segundo gran reformador del sistema ateniense de gobierno: Clístenes, a quien Herodoto calificó como “el hombre que trajo las tribus y la democracia”. En verdad, Clístenes llevó a vías de hecho una amplia serie de reformas en apenas dos años de gobierno. Instauró un Consejo de los Quinientos (en lugar del antiguo Consejo de los Cuatrocientos) encargado de preparar los trabajos de la Asamblea, y se eligió a sus miembros sobre la base de la representación de cada uno de los 140 demes  o núcleos de población –según su tamaño, cada uno tenía derecho a nombrar desde 1 ó 2 hasta 22 consejeros-. Los pobladores de los 140 demes quedaban  repartidos, en número lo más paritario posible, entre las diez tribus, cada una de las cuales designaba por elección a un estratega o comandante militar (terrestre y naval a la vez). Demos ya significaba “el pueblo”, de donde demes significaba “donde vive el pueblo” o simplemente “población”. Que todos los demes tuvieran representación en el Consejo de los 500 implicaba que los núcleos rurales podían equilibrar la influencia de los núcleos urbanos –éstos, donde tradicionalmente se tenían las riendas del gobierno- y que toda la población del Ática estaba interesada –se le había dado ese aliciente- en defender el bienestar de Atenas como condición concurrente para el bienestar de todas las comunidades sujetas a su gobierno-. Poco más de tres lustros después de la muerte de Clístenes, Atenas aplasta la invasión persa en la legendaria batalla de Maratón, librada contra las huestes del emperador Darío I. .
Con ocasión de la victoria de Maratón, quedó demostrado –en un momento de suprema crisis- el funcionamiento de la regla de la mayoría incluso en el terreno militar: aunque mandados por Milciades, los hoplitas (la infantería con peto, coraza y escudo de bronce, que peleaba brazo con brazo en formación compacta) fueron lanzados en carga a campo traviesa contra la caballería persa en virtud de la opinión mayoritaria de los diez estrategas (uno por cada una de las diez tribus impuestas por Clístenes, como mandaba la ley).
En la misma década de la victoria de Atenas en Maratón sobre los persas, accede al gobierno del Ática un plebeyo: Temístocles, hijo de un miembro de una prominente familia noble ateniense y de una concubina no ateniense y posiblemente ni siquiera griega. Se daba cuenta de que los persas, bajo Xerxes –el sucesor de Darío, el emperador derrotado en Maratón-, querían convertir a Grecia en una satrapía y que para ello volverían a intentar otra invasión del Ática, con una fuerza naval más fuerte y una caballería y cuerpo de arqueros mucho más numerosos, contra los que los atenienses sólo podrían oponer 70 trirremes y su sacrificada infantería (formada por clases medias, que eran las que podían sufragarse la panoplia de bronce que constituía su ajuar guerrero). Esta vez los persas podrían vencer, por la sola fuerza del número. Temístocles comprendió que, para no perder sus libertades, los ciudadanos libres de Atenas, a través de su Asamblea, deberían decidir la inmediata construcción de una flota.
Sucedió que súbitamente aumentó la producción de las minas de plata del Laurio, propiedad del Estado, o tal vez se constató una acumulación de sus existencias, y Temístocles logró que la Asamblea aprobara la asignación de ese producto a la ampliación de la flota con carácter inmediato, de manera que cuando Xerxes I acometió la esperada segunda invasión persa, justamente diez años después de Maratón y apenas tres años tras la decisión de la Asamblea respecto a la construcción de nuevos barcos, los trirremes atenienses ya eran 200 en vez de 70. Al final las fuerzas convocadas por Atenas derrotaron a los persas en Salamina por mar y por tierra en Platea. Aparte del precio pagado en vidas por la victoria, la propia Atenas fue tomada, saqueada y destruída por los persas, antes de que éstos fueran derrotados y expulsados.
Se abre entonces, a mediados del quinto siglo antes del comienzo de la era cristiana, un período de profundas reformas políticas en el interior de Atenas seguido en paralelo por una agresiva y exitosa política exterior imperialista. En un período de treinta años, el predominio de Esparta entre las potencias griegas fue reemplazado por la hegemonía ateniense (que incorporó a una gran cantidad de ciudades-estado a una alianza encabezada por ella, la Liga de Delos, a la vez que fundó colonias propias en ambas márgenes –la europea y la asiática- del mar Egeo, sometiendo a tributo a aliados y a cleruquías –grupos de ciudadanos atenienses a los que se les asignaban tierras en suelo extranjero conquistado-).
Pericles entra aquí en escena, para conducir a Atenas a su Edad de Oro, antonomásticamente llamada el Siglo de Pericles. Durante los treinta años en que dirigió la política interior y exterior y las campañas militares de Atenas (hasta su muerte en el año 429 antes de Cristo), amplió el número de las ciudades confederadas en la Liga de Delos hasta por lo menos ciento cincuenta o acaso doscientos. Confundió deliberadamente la caja de los tributos procedentes de los estados confederados con el tesoro ateniense, rehusando dar cuenta detallada de la disposición de tales fondos a sus aportantes (con el argumento de que Atenas los defendía a todos). Bajo su  gobierno alcanzó su máxima extensión el imperio ateniense, que llegó a abarcar prácticamente todas las islas del mar Egeo, desde los Dardanelos hasta el Mediterráneo, el litoral anatólico en su virtual totalidad, y buena parte de la margen noroccidental del Egeo –fundamentalmente, la Calcidia-. Esparta mantuvo su carácter de primera potencia terrestre, pero Atenas consolidó sin duda la primacía en el mar, tanto en poderío comercial como en fuerzas navales de combate. Pericles favoreció y protegió a pensadores y artistas, que pudieron madurar sus grandes obras precisamente gracias al mecenazgo del Estado ateniense: así, el filósofo Anaxágoras, el dramaturgo Sófocles, el historiador Herodoto, el escultor y pintor Fidias.
A su muerte, ya se habían cumplido casi dos años del estallido de la Guerra del Peloponeso, causada por la sempiterna prevención de Esparta contra el expansionismo ateniense.
 La guerra concluyó con el desmembramiento del imperio ateniense, tras la derrota militar del año 405 a. de C. en Egospótamos, la rendición formal ante el rey espartano Lisandro al año siguiente, la subsiguiente demolición de las murallas de la ciudad, la reducción de la flota a doce navíos, y la imposición abierta por Esparta de una oligarquía (la llamada de los Treinta Tiranos) como forma de gobierno para Atenas, si bien el régimen democrático se restablece formalmente con la expulsión física de los Treinta Tiranos al cabo de unos pocos meses.
A partir de ese momento Atenas sobrevive como ciudad estado con algunas posesiones coloniales en Anatolia y en islas del Egeo durante siete décadas más, a la sombra de una Esparta que tuvo ocasión para humillar a Atenas con una segunda rendición impuesta como desenlace de una guerra iniciada dos lustros más tarde contra varios estados griegos a la vez. La independencia política de Atenas se desvanece definitivamente en el 338 a. de C., cuando el helenizado rey Filipo II de Macedonia derrota a una fuerza griega conjunta en la llanura de Quersoneso, en la Beocia, e impone a los vencidos –al año siguiente- la afiliación a la llamada Liga de Corinto, bajo la férula absoluta de Macedonia.

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