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viernes, 1 de marzo de 2013

La Soledad en la Poesia Femenina

Thinking of you - by ~IthilyenIthilyen

Herminia D. Ibaceta

          La soledad, sentimiento que habita en todo ser humano nos acompaña de la cuna a la tumba, influyendo unas veces, determinando otras, nuestro hacer y decir a través de nuestro paso por la vida.  Sentimiento tal ha despertado el interés del hombre, quien lo ha hecho objeto de estudios científicos y filosóficos.  La soledad es, además, una poderosa fuerza inspiradora en la creación artística en general y en la literaria en particular.  Es objetivo de nuestro estudio analizar la influencia que este sentimiento ha tenido y tiene en la poesía femenina de Iberoamérica.
          Analicemos, pues, las ideas que sobre la soledad y sus manifestaciones nos brindan dos reconocidos filósofos y poetas: el mexicano Octavio Paz y el libanés Khalil Gibrán.  En su libro “El Laberinto de la Soledad” nos dice Octavio Paz:   “La soledad, el sentirse solo y el saberse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí, no es característica exclusiva del mexicano.  Todos los hombres, en algún momento de su vida se sienten solos; y más: todos los hombres están solos.  Vivir es separarnos del que fuimos para internarnos en el que vamos a ser, futuro extraño siempre.  La soledad es el fondo último de la condición humana. (1)  Por su parte, Khalil Gibrán afirma:  “La soledad tiene suaves, sedosas manos, pero sus fuertes dedos oprimen el corazón y lo hacen gemir de tristeza.  La soledad es el aliado de la tristeza y el compañero de la exaltación espiritual”. (2)
          Si, como afirma Octavio Paz, la soledad es condición inherente al ser humano; si, como dijo Gibrán, soledad y tristeza son aliados; y, si sabemos que la obra de arte es expresión de nuestras vivencias más hondas, tenemos que convenir en que el sentimiento que analizamos puede ser el alma de un cuadro, de una escultura, de una partitura musical o de una obra literaria, ya sea ésta, novela, cuento o poesía.  Hasta qué punto puede determinar el sentimiento de soledad la vida de una persona se refleja en investigaciones realizadas en diferentes países.  En España, por ejemplo, la asociación  El Teléfono de la Esperanza, en su reportaje ”No me acompañes soledad”, registra:  “Las más de las 300,00 llamadas anuales que se reciben en esta asociación  hablan por sí mismas del grado de sufrimiento que la soledad causa en la sociedad española.  El 70% de los que llaman son mujeres, algo en lo que coinciden  con los Estados Unidos y el resto de los países occidentales de su entorno, y no es porque a los varones no les afecte, es que, sencillamente, no lo cuentan.  El sentimiento de soledad es una realidad en ambos sexos, pudiendo manifestarse en cualquier etapa de la vida, siendo la vejez la más afectada. (3)
          La soledad no es un sentimiento nuevo, es tan viejo como el hombre mismo.  Solo se sintió el hombre primitivo al  buscar la compañía de otros hombres para vivir en comunidad. Solo se sintió Cristo en la noche del huerto, sola María ante la cruz.  Solos se sienten el niño que crece sin amor, el adolescente incomprendido, el joven sin esperanzas; solo el anciano por su invalidez y por la indiferencia del mundo que lo rodea; sola la persona discriminada; solos los desterrados ante la ausencia de su paisaje, de sus costumbres, de su gente.
          Al correr de los años, con los avances de la civilización y los nuevos patrones de conducta a los que nos obliga la vida moderna, lejos de aliviarse, la soledad se recrudece, tanto así, que algún psicólogo la ha definido como “La peste del siglo XX”.  Según el Dr. Jiménez Cajal, psiquiatra del Hospital de la Princesa en Madrid, la soledad explica la cantidad de horas que se desperdician frente al televisor, o la internet, así como la adicción a ciertas substancias.  Al respecto indica Pedro Madrid, psicólogo y director de la Asociación del Teléfono de la Esperanza, que: “La soledad se intenta acallar con una dependencia al alcoholismo y a las drogas, la agresión y, a veces, el suicidio crónico” (4).  Si tal es el efecto que el sentimiento de soledad produce en el ser humano, puede entenderse por qué se ha manifestado en la literatura de todos los tiempos.  Si la poesía es, como dijo Martí,  “Un pedazo de nuestras entrañas” (5), no sería aventurado afirmar que el sentimiento de soledad, asociado a la tristeza, es capaz de determinar, en gran medida, la conducta del ser humano que la sufre;  por tanto, este sentimiento no ha podido ni podrá estar ausente de los cantos del poeta, sea éste hombre o mujer.
          El poeta lírico, nos dice Octavio Paz,  “Establece un diálogo con el mundo; en este diálogo hay dos situaciones extremas, dentro de las cuales se mueve el alma del poeta: una de soledad; otra de comunión. El poeta parte de la soledad movido por el deseo de comunión.  Las dos notas extremas de la poesía lírica, la de la comunión y la de la soledad, las podemos contemplar, con toda su verdad, en la historia de nuestra poesía. (6)
          Aunque el reportaje de El Teléfono de la Esperanza nos dice que el hombre es menos inclinado a contar su soledad que la mujer, lo cual puede obedecer a que en materia íntima es el hombre más introvertido, o a la idea errónea de que confesar su sentimiento sería tomado como falta de hombría, se encuentran numerosos poetas en cuyos versos el sentimiento de soledad se expresa en toda su magnitud.  Baste citar a Antonio Machado, quien dio a su primer libro el sugestivo título de “Soledades” y en su segundo, “Campos de Castilla”, describe los campos de Andalucía y de Castilla en forma tal que la descripción del paisaje se convierte en reflejo de su propia soledad.  Su lírica íntima, sobria, doliente, contiene el elemento poético que Machado consideró de mayor importancia: “Una honda palpitación del espíritu” .(7)
          En un artículo publicado en “Ventana Poética” del Diario Las Américas, nos habla el poeta Luis Mario sobre  “La patriótica soledad del poeta Arturo Doreste”, quien expresa en un extraordinario soneto el tajante vacío que lo dominaba: “Solo en la patria, solo en el encierro,/ solo en el sacrificio y el destierro, /solo en la indignación , solo en la guerra/ y solo he de arrastrar ludibrio y dolo/ hasta morir estoicamente solo/ en el rincón más solo de la tierra./” (8).  Numerosos son los ejemplos a citar pero, como señalé al principio, no es la poesía masculina el objeto de nuestro estudio, sino la femenina.
          Desde el pasado remoto, la mujer convirtió la poesía en su más fiel confidente.  Es el caso de Safo, poetisa griega, nacida según se cree, en el siglo VI A.C.,  en los 600 versos que se calcula quedan de su obra se nos presenta una poesía amorosa, que expresa el sentimiento desnudo, con fuerza irracional y una intangible nostalgia , que pudo tener como causante un gran vacío interior.
          Pero volvamos la vista hacia poetisas más cercanas en el tiempo y la distancia, para encontrar a Rosalía de Castro, nacida en Compostela, Galicia, en 1837.  Si una obra poética ha sido influenciada por la soledad es la de esta mujer, que desde temprana edad vivió de cara al infortunio.  Hija natural, aunque de familia ilustre, no lleva el apellido paterno, pero sí recibe el amor maternal y una esmerada educación.
Se casa por amor y es correspondida, pero una cruel enfermedad pulmonar, la pérdida de la madre y de un hijo, y un tiempo de emigración en Castilla le producen un recóndito sentimiento de nostalgia, de soledad, que dominan su sentir y su cantar.  Fue la suya una poesía hondamente lírica.  En sus “Cantares Gallegos” (1863), en los que canta a su tierra, hay una gran emotividad y dulzura, no exenta de saudades. El tiempo de emigración aumenta su tristeza.  El trato de los castellanos hacia los gallegos, tan frío como su clima, tan estéril como su paisaje, calan su vacío y en su libro “Follas Novas”  (1880) desnuda la soledad que la consumía, reconoce que su alma reposaba en un desierto y en sentidos versos reclama: “Castellanos de Castilla: Tratad bien a los gallegos;/ cuando van, van como rosas;/ cuando vienen, como negros./
En esta otra, que paso a citar,  compara la tierra castellana con un desierto: “Sin árboles que den sombra /ni sombra que preste aliento.../ Llanura, siempre llanura,/ desierto, siempre desierto” (9). Esa llanura y ese desierto que nombra están, realmente, copiando su inmensa soledad.
          En un estudio de la soledad en la poesía femenina de Iberomérica ocupa un primer plano la poetisa chilena Gabriela Mistral, quien titula  “Desolación” su primer libro. Su voz poética, alejada del Modernismo, fue siempre incisiva y austera, nutriéndose de sentimientos surgidos al calor del sufrimiento y la tragedia.  Hogar sin calor paterno, amor no correspondido, muerte trágica acechando en cada recodo del camino, insatisfecho anhelo de maternidad, producen una obra poética que es fiel expresión de su íntima soledad.  Gabriela, dice Carmen Conde, “Tuvo seguidores, pero nadie alcanzó el nivel de su voz trágica o tierna ni de su desolación” (10).  Precisamente en su poema “Suplicio” nos dice: “Tengo ha veinte años en la carne hundido/-y es caliente el puñal-/un verso enorme, un verso con cimeras de pleamar/” (11).  A Gabriela le dolía el amor, y el amor fue su tormento.  El abandono y posterior suicidio de su novio intensifican su vacío, un vacío que rompe en voces que encarnan, en los “Sonetos de la Muerte”, un hálito de venganza y que, además, piden la muerte para sí: “El besó a la otra a la orilla del mar,/ resbaló en las olas la luna de azahar/y no untó mi sangre la extensión del mar./”(12).  Voz, que ante su desierto interior reclama al padre: “!Padre Nuestro que estás en los cielos./ por qué te has olvidado de mí!/  Llevo abierto también mi costado/ y no quiere mirar hacia mí!/” (13).  Soledad y tristeza, hermanadas, determinan su obra poética. Soledad y tristeza que sólo aminoran, en parte, su preocupación por la niñez y el destino del hombre en América.
          Causas análogas a las que afectaron la vida de Gabriela se encuentran, por igual, en la de Alfonsina Storni, produciendo en ésta como en aquélla un sentimiento de soledad palpable en su poesía.  Como la de Gabriela, fue su infancia difícil, forjando en ella una imagen amarga en lo concerniente a las relaciones entre el hombre y la mujer.  Como Gabriela no fue en el amor correspondida.  Pasó su juventud en lucha con la vida, para ayudar a la familia y educar a su hijo sin padre.  De su primer libro, La Inquietud del Rosal”, es el poema “El Cisne Enfermo” en el que se autorretrata:  “Cuentan las leyendas que está enfermo de amor/ que el corazón enorme se le ha centuplicado/ y que tiene en la entraña como el crucificado/ un dolor que cobija todo humano dolor”/ (14) .  Su situación económica mejora, adquiere amigos, pero su sentir amoroso no cambia, pudiendo apreciarse un desgarramiento interno, un toque de personal amargura: “Soy un alma desnuda en estos versos, alma desnuda que angustiada y sola,/  va dejando sus pétalos dispersos”/. (15). A diferencia de Gabriela, se rebela contra el hombre a quien en el poema “Tú me quieres Blanca” reta con amargura no exenta de ironía.  El éxito no pudo impedir que su vida se consumiera en una eterna tristeza. Enferma de cáncer, se entrega en cuerpo y espíritu al mar al que amó para irse como ella decía: “Me iré serenamente del país del hastío/ al país del misterio que nos tiende su red” (16)
          Hablando de mujeres poetas, cuya obra está dominada por un hondo sentimiento de soledad, no podemos olvidar a la puertorriqueña Julia de Burgos, cuya vida marcó, impiadosa, la tragedia.  Pobrísima infancia, padre alcohólico y muerte de seis hermanos la afectan hondamente. Sus ideas políticas, siempre al lado de la izquierda, contribuyeron, también, a su aislamiento, así como el alcoholismo en el que vivió sumida durante la última etapa de su vida.   En sus versos, Julia se dolía siempre de su profundo vacío: “Nadie,/ iba yo sola/. Nadie/  pintando las auroras con mi único color de soledad/ (17) . Julia era como dicen sus versos: “ola de abandono,/derribada, tendida/ sobre un inmenso azul de sueños y de alas”./ (18)  La imagen de la muerte la asediaba:  “Todas las horas pasan con la muerte en los hombros/yo las sigo todas con mi muerte en los brazos.”/(19).  La lejanía de su tierra, su desarraigo, se reflejan en “Las sombras se han echado a dormir sobre mi soledad”/ sola, desenfrenada en tierra de sombra y de silencio”. (20)
Tan sola se sentía que pudo presentir su final ocurrida en una calle neoyorquina: “Morir conmigo misma, abandonada y sola,/ en la más densa roca de una isla desierta/ en el instante un ansia suprema de claveles/ y en el paisaje un trágico horizonte de piedras./” (21).
          Es la uruguaya Dora Isela Rusell, otra poetisa, quien en versos de gran riqueza espiritual declara su vacío interior:  “Sola como ciudad abandonada/ que me avasalla y me convierte en huesa” (22), pero Dora Isella no sólo siente la soledad sino que la busca y así lo reconoce: “Busco la soledad que siempre llevo/ como fundida en torno de mi historia/ la sola fuente donde acaso bebo / de un agua sosegada y sin memoria”/(23)
          El trabajo poético de la mujer cubana, como el de las otras poetisas de Iberoamérica, muestra, sin lugar a dudas, el influjo del sentimiento que estudiamos; sentimiento que no es patrimonio de unas pocas sino de muchas.  La realidad del tiempo disponible, sin embargo, nos obliga a la brevedad, tanto en éstas como en aquéllas. La muerte del esposo y de sus cinco hijos convierte a Luisa Pérez de Zambrana en la imagen de la desolación. Tal es su estado de ánimo que en el poema  ”Las tres tumbas” la lleva a considerarse como “La encina herida por el rayo y la cruz enlutada de la muerte” (24).  En el poema “La Vuelta al Bosque”, declara: “El mirto de mi amor estremecido/ cerró la flor y se cubrió de sombra/ así mi corazón de espanto frío,/quedó al golpe, Dios Mío,/ que mi vida cubrió de eterno duelo”.  Este aplastante sentimiento late por igual en  el poema “La noche en los sepulcros”, en el que reclama para sí la muerte: “y al oscilar de las estrellas tristes./ por su llanto de muerte  humedecida,/ sobre el manto de adelfas de su tumba,/ que me encuentren inmóvil y sin vida”/.(25)
          La poesía de Sara Martínez Castro, a quien todos conocemos, cae de lleno dentro del grupo que estudiamos.  Su libro La Soledad Detenida lo atestigua desde el título mismo.  Puede decirse que el 50% de los versos contenidos en esta entrega muestran el poderoso influjo que este sentimiento tiene en su poesía, en la que dice ser: “una muerte fugitiva/ vagando por su lágrima asustada”.(26). Sara considera tanta su soledad que reconoce: “Yo diría que tanta soledad es lo primero”.(27).  Es indiscutible que el sentimiento que se adueña de sus versos es el mismo que domina el paisaje de su alma.
          María Josefa Ramírez,  poetisa cubana fallecida en New York, a quien conocí personalmente, fue, a no dudarlo, marcada por un amargo sino. El destierro, la muerte de la madre, un amor irrealizado, y el suicidio de su hermano la convirtieron en la persona más triste con la que haya tenido contacto.  “De un solo color” es el titulo del único libro que publicó. Color que no fue otro que el de su irremediable soledad. La imagen de la ceniza que usa en los siguientes versos nos da la medida de su íntimo abismo: “¡Ceniza en la ventana y en las calles./ Ceniza galopando por el viento!/ ¡Soy no más que resaca de ceniza!. Ceniza soy y a la ceniza vuelvo!”(28).
          La poesía de Dulce María Loynaz, premio Cervantes 1992, ha sido considerada por los estudiosos de esta materia como una poética de la soledad y el silencio.  Pertenecer a una familia que gozaba de excelente posición social y económica le permitió crecer y educarse sin los rigores por los que atravesaron  Gabriela, Alfonsina o Julia, por ejemplo.  Los honores recibidos fueron innumerables; sin embargo, había en ella una innata tristeza, que bien pudieron acentuar problemas sentimentales y un ansia de maternidad nunca lograda.  En sus estudios sobre la obra de Dulce M. Loynaz, el Dr. José Olivio Jiménez nos habla de la importancia que en la misma tuvieron la soledad y el silencio, silencio que, según Jiménez -y cito-, ”Estaba frenado por un íntimo pudor”.  “Ya no hablaré más nunca. Seré menos/ que el cisne no dando a la vida/ ni el último acento/.  Silencio al que ella reconocía como parte de sí: “Estás en mí como la música en la garganta del ruiseñor, aunque no esté cantando/”. Continúa Jiménez: la soledad en Dulce María, no se expresa de manera tajante sino como una timidez asumida: “Soy como el viajero que llega a un puerto y no le espera nadie”. En otras ocasiones, sin embargo, su soledad es de efectos más dramáticos y sombríos, pero aún así, no expresa una angustia actuante o factual sino como un amargo augurio: “Alguien exprimió un zumo de fruta negra en mi alma/ Quedé amarga y sombría / como niebla y retama /presiento que una cosa ancha y oscura y desolada viene sobre mí/ como la noche sobre la llanura/  A veces, prosigue Jiménez, la soledad viene a ella como estremecida evocación inmediata, vivida en las fuentes del pasado y de la ausencia: “Estoy doblada sobre tu recuerdo, como la mujer que vi esta tarde en el río/ horas y horas de rodillas./ doblada por la cintura/ sobre este río negro de tu ausencia”  (29).
          Sugerir un sentimiento, no confesarlo explícitamente, no significa carencia del mismo. Es cierto que Dulce María, a diferencia de sus contemporáneas, no expresó en versos tajantes la soledad que sentía y que la acompañó hasta el último día de su vida.  Dulce Maria no protestaba, pero lejos de rechazar la soledad, la aceptaba, la buscaba, yo diría que la amaba:. “No cambio mi soledad,  por un poco de amor, por mucho amor sí / pero es que el mucho amor también es soledad /¡que lo digan los olivos de Getsemani!”
.(30)
         Ya dijimos que el sentimiento de soledad es tan viejo como el hombre mismo.  No podemos negar su sempiterna existencia.  El ritmo de la sociedad en que vivimos la ha recrudecido. Según las investigaciones  realizadas por El Teléfono de la Esperanza,  es este sentimiento uno de las principales causantes de problemas sociales tales como el alcoholismo, la adicción a las drogas, y el suicidio. Éste es, por supuesto, su ángulo negativo, pero no todos los humanos la subliman de la misma manera. El pintor la lleva al lienzo, el escultor a la piedra, el músico al pentagrama, el narrador y el poeta a la palabra y al verso.  La soledad tiene, por tanto, su arista positiva.  El arte en general así como la literatura –principalmente, la poesía- lo demuestran.
          De acuerdo con las consideraciones y ejemplos presentados en este análisis, puede afirmarse que el sentimiento de soledad no sólo puebla la poesía escrita por la mujer iberoamericana, sino que su poder es tal, que ha proporcionado a la misma sus páginas más sentidas, más humanas. Abogaría por que las agencias que estudian la soledad y sus consecuencias enfatizaran la divulgación de este aspecto positivo. Quizás la poesía sea una alternativa feliz a las lacras sociales mencionadas, al tiempo que un amplio camino para obtener un nuevo florecimiento de las artes en general y de la literatura en particular.

Comienzo de Primavera




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Siempre...


Pedro Briceño


Siempre he estado locamente enamorado de ti, mi Ale.
Desde la primera y pocas lunas que te vi,
cuando el viento caribeño acariciaba tu pelo angelical,
y tu voz sensual despertaba mis más profundos anhelos.

Siempre te mantuve en mi sosegada mente
mientras crecíamos cada quien por su clandestina parte,
sintiendo un inmenso vacío por dentro,
sin nada que calmara mi lamento y melancolía.

Siempre soñé con besarte tu prohibida boca,
tocarte tu bella alma, y amarte apasionadamente,
sin dejar que el tiempo pase en vano,
sin dejar de agarrar tu suave mano.

Siempre te amaré con toda mi esencia.
Eres mi razón de mi constante latir,
me alientas a descubrir maneras de amarte y sentir
que todo es para siempre

Juntos hasta el fin.

SI LOS CUBANOS HONRADOS SE HUBIERAN CONFORMADO, CUBA SEGUIRÍA SIENDO COLONIA (Enrique José Varona)

Plaza de San Francesco, Habana, 1900-1920.
http://www.panoramio.com/photo/40240378

Plaza de San Francisco La Habana 1900


Roberto Soto Santana

            Los historiadores igual de dogmáticos (según el Diccionario de la Real Academia, “dogmático” es la cualidad de inflexible, que mantiene sus opiniones como verdades inconcusas) que maniqueos (es decir, los que dividen a todos los contendientes en dos compartimientos estancos y homogéneos: el bando de los buenos y el bando de los malos), al glosar la Cuba colonial posterior al Convenio del Zanjón  la pintan dividida socialmente entre la España rapaz defendida por los Voluntarios, del lado triunfante, y los separatistas frustrados,  vencidos militarmente, del lado derrotado.
            En cuanto a la trayectoria y significación del Autonomismo, la línea general, mantenida por los historiadores de más relieve, tanto en la Cuba republicana anterior a la implantación del régimen comunista como por el posterior academicismo oficial sometido al “pensamiento único”, ha sido la de considerarlo una “rara avis” sin sustento social alguno, cuyo ideario era la expresión necesaria del reaccionarismo ideológico de su composición clasista, e inmerecedor de reconocimiento alguno como coadyuvante, ni siquiera marginalmente, a la resistencia frente a la opresión por parte de la Metrópoli, ya que pretendía ocupar una imposible equidistancia entre integristas e independentistas.
            Así lo expresó Emilio Roig de Leuchsenring en 1945: “Sólo puede encontrarse explicación a la errónea postura, junto a España, adoptada por los autonomistas cubanos (…) en el agudo reaccionarismo y conservadurismo político de aquellos hombres, en su españolismo, sentido más ardientemente que el cubanismo natural y lógico dada su condición de criollos, y en su posición económica de burgueses acomodados, hombres de estudio y gabinete, profesionales en su mayoría, egoístas y pusilánimes, incapaces de arrostrar, en beneficio de la colectividad, la posible pérdida de su propio bienestar material y el de su familia” (“13 conclusiones fundamentales sobre la Guerra Libertadora cubana de 1895”, Jornada nº 34, Centro de Estudios Sociales de El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., pp.33-34).
            Esta valoración economicista tan característica de los marxistas ‘estrechos’ –aunque Roig no pasara de ser más bien un filomarxista- constituye un paradigma de sectarismo en el análisis histórico que no parece digno de un historiador de la talla de Leuchsenring, ya que en la Guerra de 1868-78, en la Guerra Chiquita, y en la Guerra de 1895-1898 integraron las filas mambisas numerosos prohombres acomodados y acaudalados, que por ello quedaron empobrecidos (Francisco Vicente Aguilera, Miguel Aldama Alfonso, Carlos Manuel de Céspedes, Salvador Cisneros Betancourt) así como incontables profesionales (Ignacio Agramonte Loynaz –abogado-, Fernando Figueredo Socarrás –ingeniero-, y los médicos Máximo Zertucha, Félix Figueredo, Eugenio Sánchez Agramonte, y Enrique Núñez de Villavicencio, entre otros muchos galenos que abandonaron sus consultas para ir a combatir a la manigua).
            Este prejuicio (el de identificar extracción social con trayectoria política) inficiona en iguales términos al argumentario de los historiadores marxistas cubanos contemporáneos Jorge Ibarra (autor de “Ideología Mambisa”, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 58), que imputa “el contenido reaccionario y retrógrado del autonomismo” a la extracción social de sus dirigentes), Ramón de Armas, que califica a los autonomistas como exponentes de “una burguesía antinacional” (“Los partidos políticos burgueses en Cuba neocolonial (1899-1952)”, Edit. de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p. 24) y Mildred de la Torre, para quien el autonomismo es “una fuerza retardataria del progreso social…que aspiraba a detener el desarrollo ascendente de la nacionalidad cubana…concebida con la finalidad de destruir la opción independentista” (“El autonomismo en Cuba , 1878-1898”).
            De que los autonomistas cubanos estaban políticamente equivocados no cabe la menor duda. No obstante, de ahí a asimilarlos a los integristas va un largo trecho.
            Como ha señalado Antonio-Filiu Franco Pérez (“Vae Victis!, o la biografía política del autonomismo cubano (1878-1898)” <Historia Constitucional (revista electrónica), n.3, 2002 http://hc.rediris.es./03/index.html>),  “Pocas figuras de la historia política del siglo XIX en Cuba han concitado juicios tan negativos como los cubanos propugnadores del proyecto decimonónico de descentralización colonial. Aún hoy, a más de un siglo de los acontecimientos del llamado ‘desastre’ de 1898, perdura entre muchos historiadores cubanos la opinión que los considera arquetipos históricos del antipatriotismo y la negación de la cubanidad”.
            En este contexto, este estudioso ha subrayado “la incapacidad de la historiografía cubana nacionalista del siglo XX para ir más allá de la descalificación del autonomismo como proyecto político, y de los autonomistas como cubanos. Inculpar a los autonomistas insulares como las auténticas bestias negras de las tendencias heterodoxas cubanas del siglo XIX [ha conducido a que]  la investigación histórica sobre el XIX cubano [quedara] de esta manera lastrada por un modelo ideológico-político que a priori juzgaba  como errónea a toda postura  o modo de actuación política diferente a la revolucionario-independentista”.
            A continuación en la misma obra, este investigador señala que “...a partir de que el Partido Liberal adquirió su organización definitiva en la Junta Magna celebrada el 15 de febrero de 1879, se sientan las líneas maestras de la doctrina autonomista cubana, que en esencia estaría marcada por una estrategia posibilista, legal, pacífica y evolucionista de actuación política, cuyo objetivo último era la implantación  de un modelo descentralizado de organización política colonial en Cuba…la composición social del núcleo dirigente del Partido…permanecería invariable hasta su ocaso y definitiva desaparición como agrupación política. Destacaban en este núcleo dirigente hombres con una sólida formación jurídica, que en muchos casos habían cursado estudios  universitarios en España, lo que en no poca medida determinaría la solución jurídico-política que desarrollaría doctrinalmente el PLA, así como la estrategia política que asumiría. Eran criollos, acaudalados o de clase media, a los que sus intereses materiales les hacían ver con horror los terribles resultados que les acarrearía una insurrección revolucionaria. De ahí que su lema de ‘orden y libertad’ se opusiera siempre a la temida revolución independentista, y determinara la toma de posición del Partido sobre este particular entre 1879 y 1895…Un enfoque verdaderamente científico de este problema exige valorar con objetividad desapasionada el complejo entramado de circunstancias sociopolíticas y económicas que determinaron su modo de actuación. Cabe decir, pues, que los cubanos propugnadores del proyecto político autonomista para Cuba, en tanto hijos legítimos de su época y de sus singulares circunstancias sociales, resultaron marcados por la ideología liberal consolidada a lo largo del siglo XIX…Reducir el pasado histórico a través del prisma de visiones nacionalistas estrechas es renunciar –o pretender negar- a una parte de la razón de la existencia de la identidad cubana; es ver la Historia de un solo color, y no en su verdadera multiplicidad de matices. Es, en fin, el huevo de serpiente de la intolerancia.”
            En todo caso, la cuestión de la validez del ideario autonomista la dejó zanjada José Martí en un artículo publicado en la edición de PATRIA del 26 de marzo de 1892 (“Obras Completas”, Edit. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo I, pp. 355-356) en el cual hace una fundada exhortación, que no contiene fulminantes descalificaciones sino que plantea un imperativo moral ineludible, señalando que “Por la confusión de los términos se confunden los hombres. No hay que estar a las palabras, sino a lo que está debajo de ellas (…) La autonomía sería una palabra grata al cubano y al puertorriqueño, puesto que autonomía sólo quiere decir gobierno propio, si el autonomismo no hubiese descompuesto los elementos necesarios para el gobierno propio (…) Los autonomistas, con su derecho pleno de cubanos, pueden, cambiando totalmente de espíritu y de métodos, entrar en la obra que perdura cuando la suya se viene abajo, en la obra que se mantuvo abierta para recibir a los mismos que la perseguían y reprobaban, en la obra nueva y radical de la independencia. La independencia, que se anhela para fundir en el trabajo victorioso de la creación del pueblo nuevo los factores que pueden debilitarlo o rendirlo al extraño si se aflojan o divorcian, jamás podrá ser la continuación de la obra tortuosa, indecisa, descorazonada y parcial de la autonomía (…) No es la caja sólo lo que hay que defender, ni es la patria una cuenta corriente, ni con poner en paz el débito y el crédito, o con capitanear de palaciegos unas cuantas docenas de criollos, se acalla el ansia de conquistar un régimen de dignidad y de justicia, en que en el palacio del derecho, sin empujar de atrás ni de adelante, sean capitanes todos. La independencia no ha de ser, porque más valdría entonces que no fuese, el desconocimiento del derecho de una entidad cualquiera de la familia del país, nueva o histórica: hemos sido azotados, y el primero en verdad sería el que hubiese recibido más azotes, si no estuviese antes que él el que se alzó contra ellos. Por el poder de erguirse se mide a los hombres. Las columnas son sustento más seguro de un pueblo que los lomos. Los lomos se han de enderezar. Las columnas se rompen, pero no se doblan. La obra de la columna no podría hacerse con los lomos (…) Con el autonomismo de gabinete, que con la bandera de la evolución se ha puesto en el camino de la evolución real del país, y sólo entrará en vida cuando entre en ella, -la independencia sólo puede obrar como se obra con los obstáculos: o se carga con ellos, y se les abre espacio para seguir la pelea con más poder, o se les deja de lado. Pero el número del país, que por el autonomismo enseñaba su anhelo de libertad inextinguible, y expresaba en él los deseos de independencia que agitan su corazón; el número del país, que por la tentación de la actividad mantenía en el autonomismo la resistencia a España, ése no es ejército propio de los que con España pueden vivir en paz sincera, y apetecen y buscan la paz con España, y desconocen con su alma peninsular el alma criolla, sino ejército de la resistencia contra España. Y el día en que pudiese volver a surgir, aunque hemos de sangrar y bregar porque no surja, el conflicto por donde la guerra pasada vino a fin, el conflicto entre el espíritu confuso y grandioso de la guerra, sublime y viable a pesar de su desorden, y el ánimo sectario y encogido de aquellos en quienes se vinculó su representación, no estará el número del país con los que miran más a un grupo de él que a la obra común de todos los grupos, o a los intereses de unos más que al interés de todos; no estará con los que en un pueblo probado por el heroísmo brillante de la campaña y el heroísmo silencioso del destierro, quieran continuar la vida arrogante o recelosa de la esclavitud, con sus miras poblanas y sus hábitos canijos; no estará con los enemigos de la independencia. Y sólo los enemigos de la independencia pueden estar con los que no la traigan en su corazón”.
            En resumen, no puede rehusársele legitimidad histórica al autonomismo como un ideal político alternativo para la Cuba del siglo XIX (“legitimidad” es cualidad de legítimo, y “legítimo” es sinónimo de lícito, es decir, justo, permitido, según ciencia y razón). Otra cosa es que el autonomismo fuera incapaz, como lo fue, de contrarrestar el inmovilismo de la dominación colonial, que no quiso nunca levantar o por lo menos suavizar la opresión de los criollos. Y que, por lo tanto, la guerra quedara como única opción posible.
No ya Martí, sino Enrique José Varona, tras ingresar en el Partido Autonomista a raíz de la Paz del Zanjón, le había dicho en carta a su paisano Salvador Cisneros Betancourt que esa adhesión política le había “proporcionado la oportunidad de decirles” a los jefes de ese partido “grandes verdades sobre el espíritu de explotación y rapiña de la colonización española”.
Varona, tras ser elegido diputado por la Isla a las Cortes españolas, en las listas del Partido Liberal Autonomista, en una entrevista mantenida en 1884 con el Ministro de Ultramar en Madrid, éste le anunció que no habría más reformas a favor de Cuba, lo que le llevó a renunciar a su acta y al propio partido autonomista, en diciembre de 1885.
A la fundación del Partido Revolucionario Cubano, en 1892, el propio Martí solicitó la colaboración de Varona con vista a la reanudación de la lucha, y este último, en 1895, en su opúsculo “Cuba contra España”, sentenció que “la guerra es una triste necesidad” (Véase “Desde mi Belvedere”, pp. XLIV y siguientes, Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2010).
Como dice la cita de Varona en el monolito a la entrada del edificio de la Biblioteca Pública sita en la esquina de las avenidas 41 y Buen Retiro (actualmente, calle 100) en el municipio de Marianao (hoy en día, Playa), “Si los cubanos honrados se hubieran conformado, Cuba seguiría siendo colonia”.

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Burbujas


BLINÓ: El Primer Globonauta Cubano






Josefina Ortega

  José Domingo Blinó fue el primer cubano que se elevó en un globo sobre La Habana. Y por esas raras paradojas que tiene la vida, en una tierra que gusta de darles “aire” a sus hijos más famosos, a Blinó hoy apenas se le recuerda.
  Las ascensiones en globos eran ya un espectáculo en esta villa, en la primera mitad del siglo XIX, como aquella impresionante del francés Theodore. Cuando se conoció la inminente ascensión del primer cubano, un tal José Domingo Blinó, debió llenar de orgullo a más de un ciudadano.
  Nacido y criado en la ciudad, para más señas, jorobado, y de oficio hojalatero con taller en la calle Teniente Rey, el intrépido joven anunció su ascensión en el Diario de La Habana, los primeros días de mayo de 1831. Grandes expectativas despertó en la población semejante acontecimiento, tema obligado desde entonces en las tertulias citadinas.
  Para favorecer el proyecto se abrió una suscripción popular, iniciada por el Capitán general Dionisio Vives, cuyos resultados fueron altamente beneficiosos. Por si fuera poco, los habaneros en aquella oportunidad serían testigos no solo de la demostración del primer aeronauta cubano, sino también de la subida del primer globo confeccionado en la Isla.
  Su autor sería el propio Blinó, con la ayuda de los mejores profesores de Física y Química de la capital. Acaso ello explique por qué los resultados posteriores del cubano fueran muy superiores a los de sus predecesores venidos de otras tierras.
  Legado el 30 de mayo de 1831, el valiente joven se lanzó por los aires  en su globo desde la plaza de los Toros del Campo de Marte (en los terrenos que hoy ocupa el Capitolio Nacional), donde se aglomeraba una entusiasta multitud. Muy pronto los espectadores observaron que el aeronauta criollo sobrepasa los límites  de sus colegas extranjeros, y en la distancia se pierde de vista, siempre viajando hacia el poniente.
  Angustiosas resultaron las horas que siguieron a la desaparición del globo en el horizonte. Se dio orden de movilizar las patrullas y embarcaciones en distintas direcciones y se ofrecieron varias “onzas” por su rescate, pero todos regresan sin información alguna. Así transcurren dos días de visible abatimiento, interrumpidos brevemente por las inevitables “bolas” que sitúan a Blinó, triunfador, en Florida; en Yucatán o en otras regiones desconocidas de Centroamérica.
  Pero la historia no tuvo un fin trágico: al fin, la esperada noticia llega a las autoridades: el primer aeronauta cubano ha descendido, luego de un viaje en medio de lluvias y vientos tempestuosos, en los terrenos del potrero de San José, en el término de Quiebra Hacha, en Pinar del Río.
  José Domingo Blinó es el héroe de aquella singular jornada. Objeto de homenajes, serenatas y banquetes, como bien dijera Álvaro de la Iglesia, en sus Tradiciones Cubanas, muy pronto cayó sobre él un “chubasco de seborucos poéticos”, que, por cierto, merecieron ser recogidos por Boloña en una obra de cien páginas titulada Colección de todas las poesías en elogio del cubano Domingo Blinó”.
  Su segundo intento fue un fracaso. Blinó, urgido por todos los apremios posibles partió rumbo a Nueva York, para, según algunos, comprar un globo aerostático de mayores dimensiones, a fin de emprender nuevos viajes que le permitieran reivindicar su fama ya en picada. Se desconoce el resultado de las gestiones en tierras del Norte. Al volver a Cuba, durante la travesía enfermó de gravedad y murió en el barco en que retornaba. Su cadáver fue lanzado al mar.
  Quien inició días de fama con una ascensión al cielo, acabó su existencia en el fondo del mar. El cubano Domingo Blinó terminó demasiado pronto. Pero de todos modos seguirá siendo el primero.

Publicación (La Jirivilla)

Pensamiento de José Martí:



Painting by Raúl Martínez

“La fama es un caudal que suele producir hermosa renta. Muchos poetas hay, en todas partes de la tierra, que se quejan de lo improductivo de la Musa, mas es lo cierto que en los pueblos grandes, donde hay gran público, suelen pagarse bien las obras de los poetas: sólo que lo que se paga, no es la obra, sino el derecho de explotar el nombre famoso del que lo ha hecho”. (22 de mayo de 1892)

CITEREA


Eliana Onetti ( †)

Ella es perfecta…
Praxíteles no hubiera podido
Mejorar la pureza de líneas
De su cuerpo sensual y bonito.

Son redondas las caderas,
Esbelto el talle menudo,
Erguido y túrgico el busto,
Y el piececito apolíneo
Hechicero y de buen gusto.

Hermosa entre las hermosas.
Parece una ninfa; semeja una diosa.
¡Lástimaque sólo sea una figura de loza!

Tania Caridad: La Luna y El Mar.





Blanca M. Segarra: Publicado en 1999

Comentario de René León

A mi hija

“No quiero ser esa que se viste de luto y llora
por un tiempo el dolor de una vida”

  Tengo en mis manos un libro que una madre dedica a su única hija, asesinada por un hombre malvado. En el libro encontramos el amor de ella por su Tania Caridad. Los versos reflejan su dolor y angustia. Desde el primer momento que los leí creí que eran parte de mi vida, me sentí parte de Blanca. Al ver la foto de Tania Caridad, su cara traslucía inocencia y candor.
  Blanca, en su soledad, dice:
  ¡Mi corazón voló al cielo/ y se arrodilló ante Dios/ a pedirle de favor/ que me otorgara consuelo” / Mi sangre se congeló/ en mis entrañas desechas/ destruyeron la cosecha/ aunque se llevó la flor/ que con mi savia sembré”.
  La finura de la tez de Tania Caridad, joven, ojos negros y anchos que titilaban inteligencia. Algunas veces, su mirada juvenil se perdía en lontananzas, otras en silenciosa caricia. En sus labios, un mohín infantil. Cuando conversaba con sus compañeros de trabajo, la dulzura de su voz. Blanca, en “Bálsamo”, dice:
  “Tanita es algo más que Luz Dorada/ fría, aterciopelada/ que llega junto a mí;/ es un ave que canta en mis entrañas/ una pena inmortal que no me daña/ ni se aleja de mi./”
  “Tanita es ver el ocaso cada tarde/ soñando con el alba al nuevo día/ es una brisa suave de alegría/ aliviando la herida que me arde”.
  En el vivir nuestro de todos los días, nos rebelamos muchas veces contra nosotros mismos; pero en las horas de tedio la tristeza va confortando nuestro espíritu. El tiempo transcurre y lo tratamos de detener, pero es imposible, porque todo es angustia, alegría y esperanzas.
  Miramos al cielo y las nubes siempre distintas, siempre las mismas. El tiempo pasa, reina el silencio. El recuerdo de Tania Caridad, me envuelve, parece como si ella caminara a mi lado, y el cielo azul y las nubes redondas blancas, pasan lentamente, nubes fugaces e inmutables. Y su madre, Blanca, dice:
“Dicen los que creen todo saber, que el dolor más fuerte que sufre una mujer es traer un hijo al mundo y yo les digo que no, que el dolor más profundo no es tenerlo, es perderlo”.
  En su corta edad, Tania Caridad, nos dejó unos versos donde ella musita:
Mi Mar

Me preguntaste ayer qué me gusta más que el mar
fue tan fácil responder
no existe nada en el mundo que me pueda gustar más
si me preguntas por qué, no sé si pueda explicar.

Me gusta verlo calmado, sirviéndole al Sol de espejo
y si refleja la Luna, no sé cuántas cosas siento;
me gusta sentir la arena, perdiéndose entre mis dedos
y acostarme sobre ella para buscar mi lucero.

Me encanta si está furioso, en esas noches de invierno
cuando sentada en la playa tengo como amigo al viento;
él me trae los recuerdos más bellos de mi niñez
y con ellos las nostalgias de aquél que nunca olvidé.

Me fascinan sus misterios, me aterra su inmensidad
y pensar que él está tan lejos me dan ganas de llorar
para mí ellos dos son uno y no lo puedo evitar
si no importa lo que haga, él sigue siendo mi mar

8-27-94

  Todo está en silencio. Blanca, parada en el balcón, mira a lo lejos el mar, y de él le llegan los recuerdos de su Tania, que amaba el mar. Ella desea vivir hora por hora, minuto por minuto, en una serenidad inalterable. Que nadie rompa su paz interior, de luz. El tiempo camina lentamente, y los recuerdos llegan. Se desliga de todo lo que le rodea, el transcurso de las horas y días. El cielo está limpio, y las horas van pasando lentas. El aire vivo y sutil le tonifica los nervios. ¡Oh sueños felices de amor y contento! Ella quisiera detener el tiempo, es algo imposible, porque al darnos cuenta han pasado días, semanas, meses y años.

A Tania Caridad con mucho amor

René  León

Mi tío Ismael


Zilia L. Laje


Mi tío Ismael, el mayor materno, fue lo más semejante a una figura paterna que tuve de niña.

Era bajo, tenía la nariz fina y recta, escrupuloso. De los seis a los diez años, yo me le sentaba en las piernas y decía que le contaba las canas. Cuando él no quería que le arrugara la raya de los pantalones recién planchados, encendía un tabaco.

Cuando tendría yo seis años, se mudaron para una casa a cuatro puertas de nosotras. Tenía plantas de cactus en los poyos de las ventanas, flor de mármol azulosa en macetas colgantes de loza verde en la galería y en el cantero del traspatio, claveles, que regaba e injertaba, matizados. Allí pasé con ellos un ciclón cuando tenía ocho años. Era presumido, usaba una sortija con un rosetón redondo de chispas de brillante y un sortijón con un aguamarina; se mezclaba su propio perfume, individual, oscuro, que guardaba en un pomo tallado cuadrado con tapa de cristal en el chifforobe.

Era corredor de aduanas, tenía su oficina en la calle Aguiar entre Amargura y Teniente Rey. Tenía fama entre sus colegas de honesto. Era formal, caballeroso, correcto.

Le gustaba tener reuniones en su casa y usaba todas las ocasiones festivas, Nochebuena, su santo, para celebrar, e invitaba a toda la familia. Cuando celebraba uno de esos festejos, preparaba un jamón en dulce, que planchaba con una plancha de hierro y azúcar. Tenía un surtido de licores cordiales, anís, apricot, crema de cacao, crema de menta, Cointreau. Y una colección de jarras de cerveza y de tapas de botellas de bebida, cabezas de caballo, cascos, sombreros, musicales, que guardaba en la vitrina y les enseñaba con orgullo a los visitantes. Cuando se habían tomado unas copas, cantaban "Yo te daré, te daré, niña hermosa, una cosa que yo solo sé, café." Tenía un encendedor como un timón de barco. Había platos de metal dorado a relieve en el comedor. Y un colmillo de elefante con una aldea china tallada en el marfil.

Por un tiempo, el ómnibus de la escuela me dejaba en su casa por las tardes, y a veces comía allí. Recuerdo los platos de colores enteros, vivos, marrón, azul marino, verde.

Recuerdo que dirigía los sobres, en una letra muy bonita, anticuadamente el título solo en una línea arriba a la izquierda y después indentándolo un poco en la próxima línea el nombre del destinatario. Le ponía un acento a la preposición a.

En aquellas reuniones a mí se me permitía probar los licores dulces, a mí me gustaba en particular la crema de cacao. En una tal en su casa, teniendo unos diez años, fui pidiéndole a cada familiar un poco de licor, cada uno creía que él era el único que me había dado a tomar y después de un rato, me fui para mi casa, a cuatro puertas, escribí una nota que le dejé a mi madre sobre la mesa de comer, "Estoy jalada, tengo hasta hipo" y me acosté. Cuando mi madre se dio cuenta de mi ausencia, me buscó, fue hasta la casa, me encontró durmiendo y volvió para la fiesta con la nota, que le enseñó a los familiares.

Me decía mi madre que había estudiado en el Centro Escolar de la Asociación de Dependientes del Comercio.

Había anotado celosamente datos de la familia Bello en una libreta, y, cuando yo comencé a interesarme en mis tíos, él me los facilitó.

Recuerdo los apellidos de un par de colegas que yo le oía mencionar a menudo, Pita y Cobo. Cuando una vez le dieron dinero de más en el banco, caminó las cuatro cuadras para ir a devolverlo. Su hijo, mi primo, que había estado estudiando para arquitecto, fue a trabajar con él y se hizo cargo de los clientes mas nuevos del aeropuerto, mientras mi tío atendía a los antiguos del puerto marítimo.

Tres descendientes llevan su nombre, su bisnieto se llama Ismael Javier Bello IV.

Cuando mi tío Ismael tendría unos 16 años, la familia vivía en la calle Salud entre Marqués González y Oquendo. El era novio de una muchacha vecina, Mercedes Torroella Rooney, de madre irlandesa, que se oponía a las relaciones, porque quería que la hija se casara con un español que tuviera dinero y mi tío estudiaba en el Centro Escolar de la Asociación de Dependientes del Comercio. Ella era rubia, de ojos verdes, se apodaba "Cheché". La familia se mudó para la calle Primelles en el reparto Las Cañas en el Cerro y cuando Cheché no supo de Ismael, fue a la casa acompañada de la sirvienta a verlo. Mi abuela, María Hortensia, se escandalizó de que una muchacha fuera a la casa de un hombre con la criada.

Mi tío conoció a otra muchacha vecina a cuatro cuadras entre la Calzada y San Cristóbal, Rosario Ríos, rubia, de ojos verdes, apodada "Chicha". Al cabo pidió su mano, se casaron y tuvieron un hijo. Vivieron en la calle San Benigno, en Santos Suárez.

Después de 28 años de matrimonio, Chicha murió. Un día mi tío le anunció a la familia que traía a una amiga a la casa para que la conocieran. Recuerdo el día. Apareció una señora canosa, acompañada de una amiga. Era Cheché. Habían pasado 31 años. Ella había estado casada, con un español, y tenido una hija. El hijo de Ismael, mi primo, ya se había casado. Mi tío y Cheché se casaron, fueron a pasar la luna de miel en Varadero y se mudaron para la misma casa en la calle Salud en que ella había estado viviendo todo el tiempo, porque su madre, Mary, se había quedado ciega y conocía la casa. La matriarca irlandesa ahora lo apreciaba mucho. Estuvieron casados 17 años, hasta que él falleció.