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martes, 1 de julio de 2014

Bienvenidos a Pensamiento


ÚLTIMO TRANCE de “UN PRESIDENTE CORDIAL”


© Roberto Soto Santana, de la Academia de la Historia de Cuba (Exilio)

Así le gustaba definirse a Carlos Prío Socarrás, primer Presidente de la República nacido tras la Independencia del dominio colonial español y primero –y, hasta ahora, el único- en fallecer por la vía del suicidio –sea durante o después de su desempeño del cargo-.
Los periódicos del 6 de abril de 1977 (así, EL PAÍS, en España) dieron cuenta de un despacho de la agencia EFE sobre la muerte, el día anterior y por propia mano, en su residencia de Miami Beach, en el 5070 de Alton Road, del hasta entonces (y hasta el día de hoy, también) último Presidente constitucional de Cuba (que lo fue durante el periodo entre 1948 y 1952).
El Dr. Prío se había despertado temprano, y había salido al jardín de su casa, en bata y zapatillas, a fin de recoger el periódico del día, para leerlo -como era también usual- al pie de la piscina. A las ocho y cinco, el jardinero de la casa vecina escuchó un estampido, y fue a alertar a la Policía. La familia de Prío, todavía dormida y con el aire acondicionado en funcionamiento, no se enteró de nada. A las ocho y once minutos llegó el lugar de los hechos una ambulancia, en la que casualmente prestaba servicio un galeno cubano, quien le reconoció y asistió enseguida. El cuerpo se encontraba yacente, sobre una tumbona, con un balazo sangrante en el pecho y a su lado un revólver calibre 38 de cañón corto.
A preguntas del Dr. López Vázquez –el médico que se había personado- y el oficial de Policía Edgar Ávila, Prío, todavía consciente, reconoció su autoría del disparo y negó de plano que hubiera sido víctima de un atentado.
Trasladado al Hospital Mount Sinai, tres cirujanos le practicaron una intervención in extremis, para intentar salvar su vida. Fue inútil: Prío falleció a las 9:30 de la mañana.
Su cadáver fue enterrado en el cementerio de Woodlawn Park, adonde acudieron varios miles de personas, a rendirle sus últimos respetos.
Cuando Prío fue elegido y tomó posesión como Presidente de la República, ya estaba en marcha la Guerra Fría –conformada entre febrero y septiembre de 1946 con el intercambio de telegramas de agrios reproches entre los EE.UU. y la Unión Soviética, aunque realmente quedó declarada de hecho con el Discurso sobre el Telón de Acero, pronunciado por Winston Churchill el 5 de marzo de 1946 en el Westminster College, en Fulton, Missouri-.
En su primer mensaje al Congreso, en 1948, Prío señaló que, entre los problemas a los que se enfrentaba Cuba, “El primero de ellos, el que más atención merece por su fuerza, su disciplina y su tremenda peligrosidad social y política, es el Partido Comunista, organización internacional que ha tomado entre nosotros el nombre de Partido Socialista Popular”. A los pocos días de partir al exilio, tras el Golpe de Estado ejecutado el 10 de marzo de 1952 por el ex Presidente y Senador por la provincia de Las Villas, Fulgencio Batista, Prío declaró en México que estaba “dispuesto a pactar con todas las fuerzas políticas que combaten a Batista. Menos con los comunistas”.
Prío había contraído matrimonio el 14 de julio de 1945 con María Dolores Tarrero Serrano -nacida en el central azucarero Pina, en Camaguey-, quien le acompañó en el exilio. Mary Tarrero trabajaba como taquígrafa en el Senado cuando conoció al abogado, y entonces Senador por la provincia de Pinar del Río, Carlos Prío Socarrás. El matrimonio tuvo dos hijas, María Antonieta (Marián) y María Elena. En enero de 1959 la familia regresó a Cuba, pero pronto se marcharon de la Isla. La viuda de Prío falleció en su casa de Miami, el 23 de septiembre de 2010, a los 85 años de edad, a consecuencia de una neumonía.



Fuentes consultadas: Ciro Bianchi Ross, crónica del 21 de abril de 2012, en www.juventudrebelde.cu/columnas/2012-04-21/como-murio-carlos-prio-socarras/
Katia Figueredo Cabrera, “Carlos Prío Socarrás, Fulgencio Batista, Francisco Franco: la escalada hacia una consolidación ‘fraterna’ (1948-1958)”, en la revista Illes I Imperis, del 27/07/2009, publicada por la Universidad Pompeu Fabra, de Cataluña, pp. 49 y 52.


The Cultural Journal

Foto tomada de:  Maricel Mayor Marsán
Ramapo College  de Nueva Jersey, Volume XXII, Issue II, Fall 2013

La publicación de esta revista se hace con los esfuerzos y la coordinación de Niza Fabre, Giuseppe Sorrentino, Karl Johnson y otros. La profesora Niza Fabre ha podido lograr a través de los años, con un grupo de profesores, una publicación de gran calidad. Se trata de una publicación bilingüe que contiene una variedad de temas culturales tanto de nuestra época como de la Historia de nuestra cultura. Incluye temas como la poesía, viajes, semblanzas de figuras del mundo hispanohablante, visitas internacionales, premios para representantes de nuestras Artes, inmigración, un Club Cultural, economía internacional, un registro de revistas alusivas, recetas, murales y no pueden faltar hasta animales. Despliega cuarenta y cinco páginas de información bien balanceada y de interés común, acerca de nuestra herencia cultural. Le auguramos a esta valiosa publicación un futuro eterno.

La poesía de Martí

Por: Juana de Ibarbourou

Desde esta tierra del Sur, mi República oriental dulcemente marina, por sobre todo el Continente se tiende hasta Cuba, una recta tensa, que une a los dos pueblos en una amistad, en un amor que tiene un tierno matiz de patria común. Es que ningún uruguayo olvida jamás que su bandera cobijó a José Martí en el exilio y que él a su vez representó a nuestra nación desde su Consulado en Nueva York, dándole para siempre a ese puesto una alta jerarquía histórica. Por eso, entre todos los países de América, el Uruguay es el que tiene derecho más próximo a la hermandad de Cuba. Martí es herencia americana, herencia latina, como todo grande hombre de una raza lo es de ésta, dondequiera que esté afincado. Pero así como en el clan familiar hay siempre un hermano más apegado a otro que los demás, bajo la curva simbólica de los brazos de Martí alzados para el juramento de la independencia, en el grupo escultórico de los libertadores que algún día ha de crear un Rodin americano, el Uruguay es el que más próximo estará al corazón llameante del Apóstol. Me crié amándolo (mi padre, español, vivió en Cuba años de su adolescencia); se me enseñó a querer a esa tierra y a su héroe, y ese amor está consubstanciado con mi corazón. De los recuerdos paternos aprendí a conocer "‘la perla antillana”, con el minucioso sentido de los ciegos. No la he visitado nunca, aún, pero su geografía, su aire, su luz, el mar que le redondea la cintura, me son tan familiares como los de mi país. Y en Montevideo, en mi cátedra de Lectura Comentada del Instituto Normal de Señoritas, el verso puro, la prosa rigurosamente poderosa de impartí, hacían de fiesta la hora de clase en que los teníamos como lección del día. Igual que Bécquer, Martí se nos entró en el alma y como sucede siempre con los verdaderos poetas, su verso nos sirvió muchas veces de término de comparación a situaciones íntimas, y fué ejemplo, confortación y embriaguez. Porque este cubano incomparable, se polarizó en dos encarnaciones inmensas, alrededor de las cuales giró todo lo que él fué, de modo perfecto, en la vida: héroe y poeta. Su prosa magistral mucho mayor, en cantidad, a los versos que nos dejó, le descubre a cada instante en esas dos entidades supremas. En aquella época aprendí de memoria aquel poema egregiamente grandilocuente de Los héroes, que parece modelado por un escultor genial:

Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino,
Los héroes, de pie, reposan.
De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche.

Cansado de luchas y fanfarrias, Martí se dirigía a sus hermanos de inmortalidad, a la única hora posible para esos diálogos. Y así lo veo en el umbral del claustro marmóreo lleno de erguidas estatuas gloriosas, conversando con ellas, fascinadoramente, de patrias y versos. Tan original, certero y rico de centellas en la prosa. Tan difícilmente sencillo y puro en la poesía, como aquellas estrofas invictas de La rosa blanca, modelo de forma y esencia, que recitan los escolares de mi país, y que él ha de escuchar desde allá, conmovido por ese culto nacional que el Uruguay le rinde desde su entraña. Martí está entre los grandes que desde hace tres generaciones forman nuestra vía láctea política. Millares de poetas han querido imitarlo. Imposible, pues muy pocos poseen como él, en “esta tierra menuda y rencorosa”, los dos augustos elementos con que ese poema fué creado: santidad y genio. El estilo de Martí, sin antecedentes americanos (Montalvo es grande y distinto), viene tamizado desde las más lejanas fuentes del idioma. Con su elocuencia recia y fulgurante, sus certeros arcaísmos que le confieren tanta gracia, con su simplicidad de poeta prístino que le ha dado el rigor del despojamiento y hace de su estrofa brillante una gema límpida, sólo podemos encontrarle raíces en lo más profundo de Santa Teresa, su hermana monja. Martí, escritor, orador, poeta, es tan inmenso como Martí patriota. Una vez quiso él enseñar cómo se es poeta y dijo que “para hacer poesía no hay como volver los ojos fuera: a la naturaleza; y dentro: al alma”. Fórmula fácil para él que poseía el destino, pero tan inaccesible como aquella de la musa traviesa de Ricardo Palma que encomendara poner consonantes en las puntas, y en el medio... talento. Martí fué poeta porque su alma excepcional sentía la naturaleza, que es Dios, como un elegido del cielo, y porque los supremos poderes le dieron el valor creador sin el cual la sensibilidad y la contemplación no pueden llegar al milagro del verso logrado. Su obra es humanidad viva, fe, amor... y genio. Los romances de Ismaelillo, en esos metros falsamente fáciles que él maneja con tanta soltura y elegancia, como toda su producción lírica, son verdaderas trampas geniales en las que se cae atrapado el que recien empieza a estudiarlo. Llano, muy cielo azul, pero tan dueño de centellas, que pronto, de ese decir simple salta una chispa que nadie podría sacar de su ámbar y que es el prodigio del fuego haciendo arder la zarza sin consumirla. Tanto en los Versos libres como en los Versos sencillos; en los poemas galantes de ese gran galanteador, como cuando, “espantado de todo”, se refugia en el hijo rimando delicias para su “reyecillo” o canta sombrío a sus “hermanos muertos el 27 de Noviembre” (los estudiantes de Medicina fusilados en La Habana ese mes del año 1871). Martí se salva de la recarga romántica-decadente de la época y, para gloria de nuestra lírica es, por su buen gusto, su erguidura, su ímpetu, su sintaxis, su adjetivo, la perdurabilisima voz poética que sigue dándonos su melodía, cuando hace más de medio siglo la muerte le apagó en la garganta, en el combate, yámbico de Dos Ríos, la otra voz, la sonora y alucinante del orador. Martí es un precursor del modernismo en la poesía americana y tal vez Darío bebió en él sus primeros sorbos de gracia y cuento:


Margarita, está linda la mar...

El gran nicaragüense dice en su estudio de La Nación, de Buenos Aires, que Martí poeta fue mucho tiempo casi desconocido para él. Pero si algo había leído del bardo cubano, eso fue bastante, como una gota de salada agua del mar es el océano en potencia y el ascua minúscula que ha arrastrado el viento todo un incendio de bosques a kilómetros de distancia. Martí, que indudablemente tuvo en la poesía clásica castellana su nodriza y su aya, viene de muy lejos. De un muy lejossiempre más cercano que todo, porque está en el pueblo y en el corazón de cada lírica y sensible criatura del pueblo. Si los héroes dialogan con él de noche, mano a mano, de día lo escoltan juglares que recogen del sufriente limo mortal su experiencia y filosofía, cantando con acento directo y bruñido, a lo que les quema el alma por formar parte ella y que nos viene del aliento del principio de la creacion. Martí lo transforma en legítimo derecho de poeta:

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho
Parto la carga contigo.

¿Qué importa que tu puñal
Se me clave en el riñón?
Tengo mis versos que son
Más fuertes que tu puñal.

¿Qué importa que este dolor
Seque el mar y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
Nace alado del dolor.

  Es evidente que Martí quiso con el amor de la vocación, su destino lírico. No vacila en hablar de él orgullosamente, cuando la mayoría de los poetas lo tratan como a la propia sangre que necesitan para la salud y la vida y lo silencian siempre. Apenas si a veces lo hacen formar parte de una metáfora o una vergonzante referencia.

Aplomado y límpido, Martí dice lo que siente sin mirar a su público de reojo. Es que, más aún, no busca tener público, como el ruiseñor. Canta por un imperativo natural y lo hace con una idiomática segura, perfecta, sin dengues ni laberintos. El sol directo de Cuba, que ha de comerse sombras y contraluces, está, vertical, en su verso. Y así era él mismo, vertical, y por eso ha quedado en América como una de las más fuertes columnas de la poesía y la libertad. Si como héroe tiene un ancho espacio luminoso para su estatua en el claustro de los héroes, como poeta se talló un plinto de piedra berroqueña y se conquistó una siempre fresca corona de laurel castellano. La niña de Guatemala, la que por él se murió de amor, la que en andas llevaron a enterrar obispos y embajadores, y cuya mano afilada y cuyos zapatos blancos besó transido de dolor en la despedida suprema, es mucho más que un romance hermoso. Bien sabemos el nombre de la pobre y bella desdeñada, que prefirió el frío definitivo del agua del río, al del olvido de aquel desmemoriado que volvió casado con otra, aunque a ella la hubo amado tanto. Ese romance puro y sereno, sin embargo llora sangre. Así, llorando y sangrando de remordimiento desesperado, debió escribirlo Martí que tuvo grandes poderes de atracción con las mujeres, pues sin ser hermoso poseía unos ojos de fuego y una invisible aureola que conmovía los sensibles nervios femeninos. Su bondad total lo salvó de ser un don Juan: su genio y su sentido de la libertad, de los derechos humanos, de ser un conquistador de cualquier especie. Él sabía bien que “el amor engendra melodías” y sembró amor en el verso, en la prosa de centella, en cuanto ideal se le cobijó bajo la noble frente magnética. Como él mismo dijo de Emerson, Martí fue “un hombre que se halló vivo”. Lo vemos inflexible y dominante en la lucha sagrada por la libertad de su patria; grande, con sólo los odios que por ser justos son santos, como lo prueba en Versos sencillos su “Romance a Aragón” y en múltiples instantes su cariño a la España de sus ancestros, limpia de la culpa que los políticos tuvieron en la esclavitud de Cuba. Si en todos sus aspectos yo lo venero y lo admiro, Martí tiene en mis preferencias de vocación y destino, la alucinante atracción de un ídolo. Muchos poetas de América hubieran deseado poseer su sobria y certera claridad. Pero ese don sólo lo reciben del cielo muy pocos grandes. Su vastísima cultura, ese relampagueo académico, fulgurante, entre la transparencia del agua, su sencillez asistida por el vocablo antiguo que la subraya de gracia, esa sintaxis que parece tan lisa y es su gran misterio de forja y riqueza, todo eso que es Martí poeta sea en la prosa, en el verso, en el patriotismo o en la heroicidad, hacen de él una creciente estampa de Dios. Así lo estamos amando. Así está él superando a todas las estatuas de sus diálogos olímpicos.

Montevideo, febrero de 1953.

Memoria del Congreso de Escritores Martianos (Febrero 20 a 27 de 1953). La Habana: 
Publicaciones de la Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento de Martí, Imprenta Úcar, García, s. a., La Habana, 1953.


La "alucinante atracción" de Martí

Jorge Camacho
(Un texto de Juana de Ibarbourou sobre el autor de Ismaelillo)

Jorge Camacho

     No es aventurado decir que el año de 1953 debería llamarse, oficialmente, el año de la apoteosis martiana. Este año se dan cita en Cuba un sin número de críticos e intelectuales de Europa y América para rendirle culto y devoción al cubano, a quien - como dijera Juana de Ibarbourou - tiene “la alucinante atracción de un ídolo.” Los que no pudieron llegar a tan grande ceremonia mandaron desde sus respectivos países, flores y testimonios de su apostolado. Los editores de la Memoria del Congreso de Escritores Martianos incluyeron el artículo La poesía de Martí, de Ibarbourou, poetisa uruguaya que en ese mismo año había sido nombrada “Mujer de las Américas” y dos años antes había recibido en Cuba la Orden Carlos Manuel de Céspedes.
     El artículo en cuestión es una de las joyas de la bibliografía sobre el escritor cubano, puesto que se inserta en la tradición de poetas de Hispanoamérica que han escrito sobre él, ya sea para expresar su admiración por su obra, o para referirse a la influencia ejercida en ellos por ciertos poemas suyos (son los casos, por ejemplo, de Rubén Darío, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Octavio Paz). 
     Comienza Juana hablando en su artículo de los lazos que unieron al cubano con Uruguay (nación de la que fue cónsul en New York), y termina con la confesión – no por tantas veces repetidas, menos halagadora para nosotros - de que lo amaba como a la misma “estampa de Dios.” 
     A juzgar por los temas de que habla, y el sentimiento que la inspira, Juana parece seguir de cerca en esta nota, los artículos necrológicos que escribió Darío para La Nación de Buenos Aires cuando murió Martí. Se detiene en uno de los poemas más extraños y “alucinantes,” del cubano, y que cierra la colección de los Versos sencillos: "Sueño con claustros de mármol." Como se recordará, Darío expresó en aquella oportunidad que era como una marcha de Beethoven. Habla, asimismo, de "La niña de Guatemala," para confesar que Martí “sin ser hermoso poseía unos ojos de fuego y una invisible aureola que conmovía los sensibles nervios femeninos” (el magnetismo de los ojos de Martí es otro de los tópicos del momento), y no deja de mencionar, además, su cariño por España, su “Romance a Aragón” de los Versos sencillos, que patentiza, dice, los “su cariño a la España de sus ancestros, limpia de la culpa que los políticos tuvieron en la esclavitud de Cuba.” ¿Los políticos solamente? Nótese que Juana afirma un poco antes, que su padre era español (Vicente Fernández), y que había vivido en Cuba durante su adolescencia. Fue a través de él, dice, que aprendió a amar a Martí. Dejo entonces a los lectores este texto de la uruguaya para que disfruten de su prosa y de su testimonio de admiración por el cubano.

Jorge Camacho, Ph.D
Assistant Professor of
Latin American Literature and Comparative Studies
Dept. Languages, Literatures and Cultures
University of South Carolina

Una noche de ésas

Tomado del blog: Miraádose Adentro

Eliana Onetti (†) Cuba

Medité un momento
una de esas noches huérfanas
con que a veces me contento.

En la noche bruma,
fue tan sólo un gesto
sin importancia ninguna,
pero a veces basta.

Subióseme a la garganta
un lamento iconoclasta
y aullando, lancé a la luna
toda mi pena y mi rabia.

El Teatro Sauto de Matanzas, Cuba


René León
Miembro de la Academia de la Historia de Cuba (Exilio)

Mi amigo el Dr. Filiberto Henderson, nacido en Matanzas, cuando lo iba a visitar a su casa en Charlotte, N.C. , me invitaba a su bebida preferida, el té inglés, que saboreábamos con gran placer. Nos poníamos a hablar de su ciudad querida, Matanzas. Recuerdos de su niñez, de su familia y de su querida esposa e hijo. Recuerdos todos gratos de aquellos años felices. De sus estudios en la Universidad de La Habana, los primeros de enseñanza, y más tarde como maestro. Recuerdos de tiempos que se han ido con los años pero no de la memoria de aquéllos a quienes recordamos con cariño.
tomado de la Jiribilla, Cuba
  Me decía Filiberto que el nombre original del teatro fue el de Teatro Esteban, luego Colón, más tarde Martí, y  hoy Sauto, en honor del Doctor en Farmacia Ambrosio de la Concepción Sauto y Noda, vecino de la ciudad  y amante de las artes y benefactor de la ciudad. Matanzas fue considerada La Atenas de Cuba. Por el teatro desfilaron artista de gran nombre y compañías de teatro de fama internacional. Por Sauto pasaron Brindis de Salas, José White, Ana Pavlova, Ernesto Lecuona, la compañía Ristori, los Robreño, Teresa Carreño, gran pianista, Esperanza Iris, Enrique Borrás y otros. 
  En ella pronunciaron arengas revolucionarias Sanguily, Gonzalo de Quesada, Juan Gualberto Gómez, Rafael María de Labra, Bonifacio Byrne. Y tantas otras actividades para la sociedad matancera.
  En octubre de 1858 se acordó edificar un Teatro con el nombre de Esteban, y se formó una Sociedad Anónima por acciones de 100 pesos cada una, a fin de reunir el capital necesario para dar inicio a la construcción. Bajo la presidencia del Gobernador D. Pedro Esteban y Arranz, a la constitución asistieron: Isidoro Hernández, Agustín Ibarra, Pedro Hernández Morejón, Ramón Brufau, Cosme de la Torriente, Francisco Jaurés, Agustín Kobbes, los Amézaga, Crespo y J. Estefani. Se nombraron tres comisiones para que se ocuparan de la suscripción. El 15 de octubre de 1858 se dio cuenta de haber colectado la cantidad de $94.500. Se creó una comisión para seleccionar el terreno y dar comienzo a la construcción del teatro. Convocado un  concurso para los planos de la construcción del Teatro, se presentaron al mismo los preparados por D. Francisco Piqué, D. Daniel D’Allaglio, D. José Borrell, Dr. Francisco Sosa y otros más. La Junta Directiva solicitó al gobernador de La Habana la ayuda del Teniente Coronel de Ingenieros D. Francisco de Albear y Lara, para que emitiera su opinión sobre los planos y los de quién o quiénes debían ser escogidos. El primero de mayo de 1860 fueron seleccionados los de Piqué y D’Allaglio, pero  había que  hacer ciertas modificaciones a ambos. La Directiva eligió al del Sr. D’Allaglio, para que hiciera las reformas indicadas por Albear. Al mismo tiempo la Junta acordó dar las gracias al ingeniero Albear.
  Iniciadas las excavaciones, y preparados los cimientos, el 13 de Octubre  de 1860 se acordó colocar la primera piedra para dar inicio al teatro. La Junta Directiva celebrada el 15 de Octubre, en la residencia del Gobernador, acordó que se colocase una caja sin ceremonia alguna, donde aparecieran documentos y publicaciones de la ciudad. El 15 de Octubre dio comienzo la ceremonia, en la que se procedieron  a guardar ejemplares de diferentes publicaciones y documentos: Aurora de Yumurí, de diferentes días, Liceo de Matanzas, Reglamento de la Sociedad Liceo, Reglamento del Casino Príncipe Alfonso, Faro del Comercio, Gaceta de La Habana, Diario de la Marina, El Porvenir.
  Otrosí, una copia del acta del día 11,  firmada por todos los miembros, envuelta en papel de plomo, y monedas de plata  del nuevo cuño de S.M. Doña Isabel II. Después de terminado,  se cerró la caja, y fue rellenada con polvo de carbón, quedando depositada en los cimientos del edificio.
  El Teatro fue construido en el centro de la Plaza de la Vigía, más tarde llamada Colón. Situado entre las calles de Magdalena y Gelabert, el Teatro está a 175 pies distante del Río San Juan y el puente de Bailén. El edificio está construido  de cantería.
  Hay cuatro pisos que están sostenidos por columnas de madera. Josefina Ortega, en  La Jiribilla, Cuba,  2003, dice: “El interior del teatro es una máquina del tiempo: en su lunetario se vive en otro siglo. El decorado, la disposición de los balcones y pasillos, sus reservados y la zona donde otrora se ubicaba la claque, existe aún y se conserva en buen estado”.
  En su recuerdos de El Teatro Esteban, por Lola María Ximeno de Escoto, s/f, en Sauto, Historia de un Teatro, ella nos deja grandes rememoraciones de los bellos tiempos de las representaciones, y nos dice: "El proverbio de "A buen hambre no hay pan duro" de José Jacinto Milanés ofreció gran aliciente por ser obra del inolvidable bardo matancero y en el cual la señorita Susana Pérez Miranda y los señores Estrada y Zenea y Luis Ortega descollaron. El proverbio en la Cumbre fue escrito por su autor en una de las temporadas que allí pasó y dicen que contemplando el Valle".
    Y Lola María Ximeno, continúa: “El hermoso sueño  realizóse: sentíanse satisfechos; oyendo D’Allaglio esa noche –obligado como fue de salir a la escena por el público que lo aclamaba delirante, resistido él a presentarse por la modestia de su traje, que disimuladamente encubría otra mayor modestia, la del verdadero mérito a cuyo premio creíase él tan ajeno- este concepto de un inspirado y oportuno soneto de don Rafael Otero, a él dedicado y ante  él recitado, que de seguro, confuso y sorprendido escuchó:

A
Daniel
D’Allaglio

Por Rafael Otero

  Cuando la triste realidad sombría,
En esta plaza por doquier reinaba,
Yo recuerdo, Daniel, que te encontraba
Como una estatua silenciosa y fría.

  Sobre las piedras meditar te veía,
Porque tu mente espléndida creaba
El digno monumento que soñaba
Como soberbio alcázar e Talía.

  Nadie pudo alcanzar el pensamiento
que guardabas altivo en tu memoria,
de perpetuar en el cubano asiento.

  Escrita en piedra, tu brillante historia,
Y hoy exclama tu propio monumento
¡Tuya es la inspiración, tuya la gloria!

                                       Matanzas 1862.


  Ella hace un recordatorio a todos los matanceros, cuando dice: “Ahí podemos admirar el valioso legado de un pasado honroso y siempre y antes que nada matanceros exclamar desde lo más recóndito de nuestro ser: “!Honor a ellos!, ya que en esos días, aquellos corazones sólo latían al íntimo pensamiento en la elocuente salutación por todos expresadas de “¡Salve Matanzas!”.



LÁGRIMAS



Rev. Martín N. Añorga

Este artículo se lo dedico a la niña que me abrazó con sus temblorosos brazos mientras lloraba la muerte de su papá. Le dije, “ahora te quedan dos padres, Dios y yo”. Recostó sobre mi hombro su cabecita y al poco rato quedó dormida.
San Agustín dijo en cierta ocasión que “las lágrimas son la sangre del alma”, y no es de extrañarnos que un santo como el venerado obispo de Hipona, haya expuesto tal idea. Centenares de años antes el rey David hizo esta confesión: “cansado estoy de sollozar; todas las noches inundo de lágrimas mi cama, ¡mi lecho empapo con mi llanto!”.
Víctor Hugo, el extraordinario autor francés, en un tono de sorpresiva espiritualidad afirmó que “los ojos no pueden ver bien a Dios, sino a través de las lágrimas”. Estamos seguros de que existe un definido matiz religioso en nuestras lágrimas. Y sé que es así, porque después de ellas nos llegan el alivio, el consuelo y la paz.
Recuerdo a mis abuelos, hace decenas de años, la mañana en que sufrí una caída y y me eché a llorar. “Los hombres no lloran”, me amonestó mi abuelo, no teniendo en cuenta que yo era apenas un niño. Estaba reaccionando de acuerdo a los viejos tiempos en que se creía que los varones tenían menos corazón que las niñas; pero la realidad es que he llorado más veces de adulto que cuando era un chiquillo de corta edad.
Llorar es una necesidad emocional que nos extrae de adentro el dolor y lo diluye cuando lo convertimos en emotivo desahogo.. Es curioso el misterio de una lágrima. Se derrama cuando somos felices, recibimos una grata sorpresa, logramos el buen éxito que añorábamos o experimentamos una prueba de amor. Nunca olvidaré el nacimiento de mi primera hija. Su madre sufrió fuertes dolores de parto y no podía contener los inquietantes quejidos; pero cuando nació la niña y la vio saludable y bonita empezó a derramar las lágrimas más santas y puras que yo he visto. Han transcurrido 55 años y todavía esas lágrimas lloradas por otros ojos, humedecen los míos.
He sido testigo de los padres que lloran cuando abrazan al hijo que regresa de la guerra sano y salvo. No olvido a la madre feliz que me dijo: “mucho lloré en su ausencia, y ahora lloro a su llegada”.
Me han conmovido las lágrimas de las novias que al recibir la bendición matrimonial mezclan de una maravillosa forma las lágrimas de sus ojos con las sonrisas de sus labios. Susana, pronunciadas ya las palabras finales del casamiento, lloraba sobre el rostro de su recién estrenado esposo. Alguien le susurró al oído que cuidara su maquillaje, y ella, de forma filosófica dijo con voz entrecortada, “no importa, ahora mi maquillaje es él”.
Me he estremecido en los aeropuertos de Miami cuando veo a los extenuados viajeros procedentes de Cuba que se arrodillan para besar la bendita tierra americana y la riegan con un amoroso recado de lágrimas. Alcanzar la libertad es un brillante collar que se engalana con las perlas de las lágrimas.
Aunque a menudo se llora ante las alegrías de la vida, hay muchos casos, sin embargo, en que las lágrimas son anuncio de dolor, tristeza, amargura, desesperación o soledad. Con personas que encarnan esta realidad me he identificado en incontables ocasiones. Razón tenía Amado Nervo cuando escribió estos versos:
“Ya no hay dolor humano que no sea mi dolor,
ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma se angustia
sin que yo me angustie y llore,
ya mi corazón es lámpara fiel de todas las vigilias”.
¿Quién no ha llorado ante la muerte de un niño? Nunca he logrado guardar compostura. Recuerdo a numerosas madres que en la camita del hospital han llorado desconsoladamente. Muchas de ellas me han lanzando esta pregunta como un dardo hiriente: “¿Por qué muere mi inocente criaturita y hay tanta gente grande mala que vive sin que Dios le mande la muerte? He comprobado que las frases estereotipadas tales como “Es un angelito que va al cielo”, o “Dios lo ama tanto que lo llevó a su lado para salvarlo de la maldad del mundo” suenan huecas y sin sentido. En casos como éstos el camino adecuado es ”llorar con los que lloran”, como dice La Biblia. Este es el sendero más corto para comunicarnos con los que sufren. Lo expuso hace tiempo, Lope de Vega: “no hay en el mundo palabras tan eficaces, ni orador tan elocuente como las lágrimas”.
A lo largo de mis más de sesenta años de ministerio cristiano he visitado centenares de hospitales, funerarias y cementerios. He tenido que apartar a esposas que se abrazan al féretro de sus compañeros de toda la vida. He tenido que enfrentarme a hijos e hijas que lloran la muerte de sus padres. En muchos casos los he dejado llorar, porque las lágrimas son fuente de consuelo y reparación. A veces, lo confieso, he hecho mías las palabras del salmista (42:3): “mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me echan en cara a todas horas: ¿Dónde está tu Dios?”. La pregunta se responde en Las Escrituras con estas palabras: “”A Ti he clamado, Señor. Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientes. Atiende a mi clamor, porque estoy muy abatido … (Salmo142:5). Porque el dolor suele debilitar nuestra fe y estremecer nuestras convicciones, mi fuente de poder –para mí y para compartir- la hallo en estas palabras del profeta Isaías: “el Señor omnipotente enjugará las lágrimas de todo rostro”.
Una de las experiencias más traumáticas en el destierro en los años iniciales del exilio, era el no poder ir a la patria herida para estar al lado de nuestros padres, hijos o hermanos cuando eran atrapados por la muerte. Recuerdo a varias personas que se han acusado a gritos por haber emprendido la ruta del destierro dejando atrás a sus seres más amados. Me recuerdan a la pobre mujer de la que se habla en el evangelio de San Lucas que “llorando se arrojó a los pies de Jesús de tal manera que se los bañaba en lágrimas”.
La Biblia es libro santo en consuelo pródigo para la hora de la lágrima triste. ¿Quién no halla un hálito de paz en estas palabras?: “Porque el Cordero que está en el trono nos guiará a fuentes de agua pura, y Dios nos enjugará toda lágrima de los ojos”. (Apocalipsis 7:17).
Algo verdaderamente sorprendente lo hallamos en el evangelio según San Juan. Es una frase breve, pero que proyecta un cúmulo de ideas. Es el versículo más corto de Las Escrituras, Solamente dos palabras: “Jesús lloró”. (Juan 11:35).
¿Cómo es posible que Jesús, el Señor de señores, el Redentor, Rey de los cielos, se haya humillado acogiéndose a la sumisión o tal vez a la rebeldía de las lágrimas? Recuerdo las palabras del Apóstol San Pablo en su epístola a los Filipenses, quien hablando de Jesús dijo que “se rebajó voluntariamente, tomando naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos”. Jesús entiende nuestros sufrimientos porque El también los ha experimentado, y en el esplendor de sus lágrimas está la purificación de las nuestras.
Jesús tenía ganada su imagen de Mesías, sanando enfermos, resucitando muertos y predicando la Palabra de forma como “nunca antes otro había hablado”; pero no le importó presentarse a los demás como un sencillo amigo que lloró por un ser amado que había muerto. Me molestan estos “santos” que se llegan al sufriente que llora y le dicen “tú eres cristiano, compórtate como tal y enfréntate al dolor sin derramar lágrimas”. ¿Querrán –me pregunto yo- que seamos mejores que Jesús? Exhibir una lágrima de dolor es darle voz al corazón.
Pensemos, finalmente, en que Jesús lloró ante la ciudad de Jerusalén, Iba a ser crucificado en esa misma santa ciudad, había anunciado el camino verdadero al reino y muchos le fueron indiferentes y agresivos. Nosotros hemos sido también víctimas de la traición y la deslealtad. Debemos seguir el ejemplo de Jesús y llorar por aquellos que insisten en vivir con sus almas hundidas en el fango de la maldad. ¡Lágrimas, perlas que brillan de decoro cuando son sinceras, justificadas y puras como las que derramó Jesús!
Y termino, citando a un escritor secular con este pensamiento de Stendhal: “frecuentemente las lágrimas son la última sonrisa del amor”.



JUAN CUETO-ROIG: MEMORIA QUE BURILA EL OLVIDO

Juan Cueto-Roig
Foto: Ernesto G

Por: J. A. Albertini

Lo que un hombre ha recogido
durante su infancia del aire de
la época para amalgamarlo
con su sangre, perdura en él
de modo inseparable. 
El mundo de ayer.
Stefan Zweig

Siempre, por su genuinidad, he sido lector y admirador de la obra del poeta, escritor, ensayista y traductor cubano exiliado, Juan Cueto-Roig, quien nació en Caibarién, provincia de Las Villas, pueblo luminoso de pescadores, costa hermosa y casas de tablas enjalbegadas con portales extensos como aceras. Sin embargo, Cueto-Roig, considera al cercano Remedios, octava villa fundada en Cuba por los conquistadores españoles, como su ciudad, ya que pocos días después de su nacimiento, el padre, recién enviudado, decidió, junto al resto de la familia, radicarse allí, no lejos de la histórica Iglesia Mayor. 

Con anterioridad, a lo largo de varios años, el autor con publicaciones de poesía como: En la tarde, tarde, Palabras en fila, en clase y en recreo, En época de lilas, traducción al castellano de 44 poemas de E.E. Cummings, Cavafis, veintiún poemas traducidos del inglés y Esas divinas cosas: Tribulaciones y alegrías de un traductor, nos ha deleitado y llevado a la reflexión, junto a su producción en prosa cuyos títulos son: Ex-Cuetos, Hallarás lobregueces, Verycuetos y Veintiún cuentos concisos. 

Y ahora, en el presente, Juan Cueto-Roig, nos entrega su obra más reciente: Lo que se ha salvado del olvido, libro que es un viaje a la memoria. Esa memoria presente, con hálito de enigma, tal vez fatalista, que nos aproxima al ser humano que lucha, pero que presiente que su existencia comenzó por el final de una vida y terminará devorada, como la de sus progenitores, por un abril cualquiera. ¿No fue acaso el poeta T.S. Eliot quien, en El entierro de los muertos, dijo?: Abril es el mes más cruel, hace brotar/ lilas del interior de la tierra muerta, mezcla/ la memoria y el deseo, estremece/ las raíces marchitas con lluvia de primavera.

Cueto-Roig, en Lo que se ha salvado del olvido obra, concisa, directa, realista, dura y a la vez tierna, nos asoma a los recuerdos tempranos de un niño y al dibujo de la biografía apresurada de una familia, la suya, y a una época impresa que, combinando prosa, poemas y fotos, retrotrae al lector a jirones de existencia. Todas las existencias.

Cuenta que su madre, María Ofelia Roig y Coloma, un día de primavera, falleció a poco de su alumbramiento, el menor de cinco hermanos. Lo antecedían un varón mayor y tres hembras. Y en menos de dos líneas, cargadas de estremecimiento inevitable, el autor, dice: Treinta y seis días sobrevivió la madre al infausto parto. 

Y sigue narrando como José Cueto e Isla, el progenitor, también parte en primavera: Era como ocho años antes, un día de abril, dejándolo, junto con el resto de la prole, huérfano en aquel caserón colonial con tías paternas y primas que se debatían entre la modernidad, el deseo de la carne y ocasionales humedecimientos vaginales, con pretensiones de agua bendita, provocados por sotanas erectas que desafiaban la fuerza de las costumbres y tradiciones que al anochecer, en alas de murciélagos hogareños, recorrían los techos coloniales y cielos de la Villa, cuyas calles y callejones oscuros conservaban la impronta de espectrales piratas furtivos, en busca de mermelada de guayaba.

Elpidia, la tía que pospone la toma del hábito monjil para cuidar a los sobrinos, es a quien el autor confiesa que por un tiempo llamó mamá en infantil y lógica búsqueda del amparo perdido hasta que bruscamente, como había sucedido desde su nacimiento, fue separado de ella en nuevo desarraigo que se profundizaría con estadías en un orfelinato e internados en escuelas religiosas de La Habana y Querétero en México.

Y es en el internado eclesiástico de Querétero, con doce años de edad, donde conoce el rostro de la muerte temprana. Paulino, el amigo y compañero que le había dicho que lo que más temía era quedarse solo, fallece, y en la noche, después de rezar un rosario junto al féretro, lamenta haber tenido que dejarlo solo.

No obstante, para mí, lo más significativo de la lectura de Lo que se ha salvado del olvido es la presencia de Remedios y los primeros años de vida de Juan Cueto-Roig en esa Villa. La memoria visual del pequeño nos habla del compositor Alejandro García Caturla, y del trato que el autor tuvo con la familia del juez músico. También, de puertas, ventanas y vigas de madera que el comején silencioso devora, de campanas que llaman a misa; noches cálidas, zumbido de mosquitos y refugio de mosquiteros, para despertar con aroma de café recién colado, olor a leche que hierve y deja una capa de nata; de mediodías soñolientos y penumbras de alcobas en los que el huérfano, libre de supervisión, salía al soleado patio para subido a la mata de aguacate, desde lo más alto del ramaje, contemplar los techos de tejas rojas y la inevitable torre de la iglesia, husmear en las propiedades colindantes y descubrir secretos de familia, nidos de pájaros y dilatar sus fosas nasales con el perenne aire, perfumado de guayaba, que surgía de la no lejana fábrica de conservas.

Asimismo, nos hace copartícipes del amor prohibido, para algunos, de la prima Teodomira. Amor que identifica con el sabor de las golosinas, obsequiadas por el amante solícito, y el olor de las naranjas. 

Remedios es una presencia constante en el autor, un pensamiento que la distancia impuesta y el conocimiento de otras tierras y culturas jamás opacó en su conciencia y que de forma espontánea gravita en el total de su producción literaria como una especie de lo que el irlandés James Joyce llamó “epifanías”, o sea convicciones religiosas o visiones místicas de creencias y conceptos arraigados en el individuo. Es por eso que en el tercer capítulo del libro el autor afirma: Somos del lugar en cuyo cementerio están enterrados los muertos más queridos.

Juicio que comparto con el autor porque a pesar de que nació en Caibarién, Remedios, no es distante, ambas villas están en la misma provincia y país. Por lo tanto leer Lo que se ha salvado del olvido, además de refrescarme paisajes, compartir sentimientos, sensaciones, olores y sabores, rescatados del olvido aparente, me induce a pensar que siempre uno será de donde se nace. Se puede morir en cualquier parte. Incluso, escoger el sitio y tener conciencia del fin inminente. Pero no nacer. Se nace del sentimiento de una mujer que sangra y sufre sobre una tierra determinada que nadie, por lo menos que yo sepa, eligió. Naces y cuando aspiras el temor de los vivos lloras. Lloras y quedas impuesto de hora, día, mes y año. Si es invierno, primavera, verano u otoño; si llueve o brilla el Sol. Y sobre todo asumes, por herencia ineludible e intangible, las responsabilidades, logros y desaciertos de aquéllos que te antecedieron e hicieron crecer las buenas y malas hierbas.

Estoy seguro que nadie que lea Lo que se ha salvado del olvido puede permanecer sin experimentar una carga de sentimientos reflexivos. Este volumen, impecablemente escrito, es una obra de amor. Amor doloroso que se inició un cuatro de marzo a las once de la noche de un año determinado, cuando de las entrañas de María Ofelia Roig y Coloma nació el último de sus hijos, Juan Cueto-Roig Isla Coloma, huérfano prematuro de presencia pero no de amor. Sentimiento que el autor consagra en estas páginas, para proclamar, sin proponérselo, y carente de lenguaje retórico, que madre e hijo han permanecido y permanecerán indisolublemente unidos en la memoria que el olvido es incapaz de devorar, porque como ha dicho el poeta chileno Gonzalo Rojas: El amor es acaso la única utopía que nos queda. Y a cuenta y riesgos añado que de utopías se construye la realización de los sueños, sean estos tangibles o aparentemente intangibles. 

En Hallarás lobregueces, obra anterior en prosa, el autor, fiel a la evocación de los familiares que partieron primero, en prolija dedicatoria, que titula A mis muertos cuando se refiere al ser que lo alumbró escribe: A María Ofelia, mi madre (única persona en esta lista de cuya muerte me confieso culpable).

Por mi parte, y para concluir, pienso que María Ofelia vive. Vive a plenitud en las obras de Juan Cueto-Roig, en el palpitar del corazón creativo del autor y en cada gota de sangre, herencia materna que circula por sus venas corpóreas.

Incluso, me arriesgo a decir que en las palabras de los poetas traducidos por Juan Cueto como E.E. Cummings y Cavafis, aletea el espíritu de las intenciones universales y existenciales de este autor que, al final, sólo quiere, aunque sea en ideas, regresar al gusto de la guayaba pueblerina que se hace mermelada y penetra, con su aroma dulzón, en los sepulcros. Sus queridos sepulcros remedianos.