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viernes, 1 de mayo de 2015

CENTÓN ANECDOTARIO de la INDEPENDENCIA de CUBA

Foto de: El Proyecto Matriz
Por Roberto Soto Santana
Segunda parte:
Entre la inopia y la grandeza morales

  Los caminos de la Historia nunca son rectilíneos, ni las conductas de todas las personas son homogéneas e invariablemente ejemplares. Lo que maravilla constatar es cómo una minoría reducida –como porcentaje de la población total del país, en el momento dado- logró la meta perseguida por los protomártires y de las generaciones del ’68 y del ’95: la Independencia de Cuba.
  Existen, por un lado, versiones de ensoñación romántica, y, por otro lado, también seguidores del dogmatismo analítico de los marxistas a machamartillo (que quieren encorsetar la realidad dentro de sus rígidos esquemas apriorísticos, so pretexto de un riguroso ‘materialismo dialéctico’),  que hablan de una supuesta unanimidad en el decurso de la voluntad independentista del pueblo cubano. Por ejemplo, en el cómputo hecho en una obra de un historiador residente en Cuba, a la que le fue conferida el Premio de la Crítica de 1999 (“Cuba, la forja de una nación”, Rolando Rodríguez, Ediciones B, Caja Madrid, Tomo II, p. 612], el número total de combatientes del Ejército Libertador (en el periodo 1895-1898)  ascendió a 53,774 -de los cuales 10,665 cayeron en acto de servicio-. Aquella cifra equivaldría al 3.5 por ciento del total de la población contada en el Censo de 1899.
  Sin embargo, hay testimonios dejados por contemporáneos de los hechos, e investidos de irrebatible autoridad -merced a su carácter de participantes directos en la contienda- que nos dicen, con respecto a ambas fases de nuestra Guerra Libertadora de los Treinta Años (1868-1898), que en 1878, “En los momentos en que el General más hábil del ejército español [Arsenio Martínez Campos] se colocaba frente al ejército libertador,  nuestras filas no contaban arriba de 4,000 combatientes. El que os habla [Fernando Figueredo Socarrás, “La Revolución de Yara”, pp 256 y siguientes, Edit. Cubana, Miami, 1990] obtuvo ese dato con vista de los retornos de todos los Departamentos, cuando formaba parte de la Administración Spotorno. Oriente y Las Villas contaban poco más de 1,500 hombres cada uno, mientras Camagüey apenas pasaba de 800 entre infantes y jinetes…¡4,000 hombres para soportar el empuje de un ejército aguerrido de más de 100,000 hombres! ¡4,000 hombres encargados de mantener airoso el sagrado lábaro, símbolo de la redención de la Patria, que estaba llamado a cobijar á todo el pueblo cubano!
  “Y mientras tanto, ¿qué hacía ese pueblo, que ya acostumbrado al heroísmo de un puñado de compatriotas, se había vuelto insensible á sus penas y sus torturas? Un reducido número de él se concretaba a admirarlo platónicamente, y á aplaudir, á hurtadillas, sus triunfos, y á llorar, en silencio, sus desgracias! El resto, una parte numerosa por cierto, nos combatía, pugnando por matar junto á nuestro fuerte adversario, a esa misma Patria de que nuestras manos esperaban. Necesitaría volúmenes para describir las atrocidades cometidas por los voluntarios cubanos contra los patriotas; temerosos de que los españoles dudasen de su lealtad,  exageraban su papel y se convirtieron en verdaderas fieras contra sus hermanos…No había en toda la Isla un poblado, por insignificante que fuera, que no contara con su Sección de voluntarios, todos cubanos, con jefes y oficiales cubanos también. Imagínese el poder en manos de un pueblo ignorante á quien  se aplaudían sus barbaridades siempre que las víctimas fueran los patriotas ó sus familiares…El General Máximo Gómez…dice: ‘Al recibirse la noticia del Convenio del Zanjón, se ha tratado de buscar una víctima, á quien hacer responsable, mas no se ha procurado estudiar los hechos, conocer el estado del ejército y los recursos de que podía disponer, el más ó menos auxilio que ha recibido de la emigración y el cómo ha respondido en general el pueblo de Cuba á la llamada de sus libertadores. Durante la guerra, en su época más brillante, que fue del 74 al 75, el ejército pudo alcanzar á 7,000 hombres listos para el combate; en su mayoría eran gente de color, y los blancos que había eran del campo: había desaparecido la juventud cubana de la madera del resuelto Luis Ayesterán, de Antonio Luaces y de Félix Tejada y nadie venía á reemplazarlos: ya eran escasos los hombres de cierta inteligencia, pues se habían muerto los iniciadores y no había quien los sustituyese: el resto de los cubanos, 30,000, -Martínez Campos me aseguró que tenía 50,000, -con las armas en la mano y formados en las filas españolas, probaban su amor a la independencia dando muerte á la República: una gran mayoría permanecía inactiva en las poblaciones, dando recursos á los españoles y esperando que con sus buenos deseos triunfara la libertad y los menos desempeñaban la difícil y arriesgada tarea del laborante; otra parte en la emigración sacrificada estérilmente por torpezas ó desgracias que hacían insuficientes sus esfuerzos, pues á Cuba jamás llegó lo suficiente para cubrir nuestras necesidades...”El que hace la guerra es el que está facultado para hacer la paz”. No deben olvidar este principio los que, cómodamente sentados en el círculo  de la familia, junto á la lumbre del hogar, acusan á hombres que luchan con la muerte; no es ciertamente desde el lugar seguro á que no alcanzan las balas, donde el alimento diario reconstituye, la higiene preserva, el sueño tranquilo repara, y hasta los gustos caprichosos se satisfacen, desde donde debe exigirse á los menos que sacrifiquen sus vidas y las de sus familiares por obtener un bien de que están ansiosos los que en medio de tantas comodidades no se tienen que esforzar para ser exigentes”.
  ¿Qué sucedió entre 1878 y 1895? La respuesta clara y exacta la dio Juan Gualberto Gómez hace exactamente un siglo, ya en plena República, en una conferencia dictada en el Ateneo de La Habana en abril de 1913 [“Algunos preliminares de la Revolución de 1895”, recogida taquigráficamente y reproducida en el libro “Por Cuba Libre” –Homenaje de la Ciudad de La Habana al gran cubano en el centenario de su nacimiento-, Oficina del Historiador de la Ciudad, 1954]. En esa disertación dijo J.G.G.: “Cuando terminó la Guerra de los Diez Años con el Pacto del Zanjón, y después de la Protesta de Baraguá, parecía que el espíritu revolucionario había muerto para siempre en Cuba- Muchos elementos importantísimos que habían tomado parte principal en la Guerra de los Diez Años, habían aceptado la legalidad española aquí constituida. Venían a trabajar de buena fe, honradamente y animados de patrióticas esperanzas, para sacar de la nueva situación todo el provecho posible…Llegamos, así, señoras y señores, a un momento en que el espíritu cubano sufre una gran crisis. Estaban a punto de desanimarse los autonomistas: España, recalcitrante, negaba toda reforma; los revolucionarios, desdichados en sus intentos, se habían vuelto a dispersar. Cada cual buscaba la manera de ganar el pan cotidiano por cualquiera de los medios que se le presentasen. Soldados heroicos de la Guerra de los Diez Años, que habrían de cubrirse otra vez de Gloria en la Revolución del 95, libraban la subsistencia trabajando como obreros, con  el azadón o la pala, en el Canal de Panamá, en construcción…Había en Cuba, al finalizar el siglo pasado [se refiere al siglo XIX] dos corrientes entre los elementos que representaban el espíritu cubano: la corriente evolucionista significada por el Partido Autonomista, y la corriente revolucionaria, representada por los separatistas. Alternativamente una de esas dos corrientes dominaba en el espíritu público. Nunca llegaron a confundirse…llegamos a juntarnos un día la inmensa mayoría de los cubanos y nos juntamos en la Revolución de 1895. ¿A qué se debió esa gran aproximación? ¿Por qué se logró que la Revolución del 95 tuviese más fortuna que la Guerra de los Diez Años y tuviese mejor éxito que la Guerra Chiquita?...la diferencia fundamental entre la Revolución del 95 y las anteriores, diferencia fundamental no en cuanto a la aspiración, sino en cuanto al método. La Guerra de los Diez Años surge solamente en una parte del país; y surge sin relaciones casi con importantes elementos, y hasta puede decirse que sin haber impetrado el concurso de regiones, de comarcas enteras. Se sostiene por virtualidad de la idea, por el heroísmo de sus mantenedores; pero sucumbe sin haber obtenido el apoyo de gran parte de la Isla
  “Pero así y todo puede asegurarse que las dificultades mayores no nacían de la acción del gobierno español, nacían precisamente de la acción de los propios elementos cubanos. ¡Ah! ¡cuántas dificultades hay que vencer, señoras y señores, para hacer una revolución! Se hacía necesario primero que una gran mayoría de cubanos la quisiesen, porque nosotros vivíamos aquí sin tener el poder público, y enfrentados con su hostilidad, por el contrario; con el tesoro colonial en manos del gobierno, con la fuerza pública en su poder; todo eso que Fouillé llama ‘la propiedad social’, es decir, lo que representa la riqueza colectiva, en manos de los elementos enemigos de los revolucionarios. Después, había fuera de la administración y del ejército, una población sedentaria española, laboriosa, rica, activa, afianzada en el país y que no podía mirar, ni miraba, con buenos ojos la independencia. De donde resulta que si no se reunía una gran parte de esos elementos hostiles, el fracaso de cualquiera tentativa era claro y evidente. Ahora bien, los autonomistas tenían muchos cubanos a su lado; teníamos que combatir a loa autonomistas, y teníamos que reducirlos a la impotencia frente a nosotros y, sin embargo, no quitarles su vigor ni su fuerza, para que, cuando estuviesen a nuestro lado, representasen vigor y representasen fuerza…En esta circunstancia y en estas condiciones el país, el Partido Revolucionario, que en 1892 se había constituido en los Estados Unidos, trae su acción a la Isla de Cuba, llevando a su frente al genial Martí…Pero yo debo deciros que tengo la íntima convicción de que no hay hombres necesarios. Para ningún pueblo ningún hombre es indispensable. Pero yo sí creo que hay obras, hay empresas, que necesitan de su hombre, y cuando no encuentran su hombre, esas empresas no se realizan. Es seguro para mí, que sin Martí, Cuba hubiera llegado algún día a la independencia; pero siempre en otro esfuerzo, en otro empeño distinto a éste que realizamos bajo la acción de Martí. El Partido Revolucionario Cubano no hubiera hecho lo que hizo si no lo hubiera dirigido Martí…Porque Martí no era soldado. Eso que muchos espíritus superficiales algunas veces estimaron deficiencia suya, fue precisamente una de las condiciones que más facilitaron el éxito de sus propósitos. Martí no había estado en el campo, en la Guerra de los Diez Años; Martí no lo había estado en la Guerra Chiquita, puesto que fue deportado a España como Jefe de la Conspiración en La Habana, y, por lo tanto, Martí no tenía que provocar recelos ni animosidades entre los grandes jefes de la Revolución…Porque, señoras y señores, se cree con frecuencia que conspirar es fácil y agradable; que eso lo puede hacer cualquiera; que está al alcance de todas las voluntades. Y conspirar, conspirar con éxito, paréceme a mí la obra más difícil que puede realizar hombre alguno…Porque las conspiraciones para la rebelión son el esfuerzo del pobre, del débil, del pequeño, para derribar lo rico, lo grande, lo fuerte; y entonces hay que echar mano a todos los elementos propicios, hay que tocar a todas las puertas, hay que buscar lo mismo la hez que la nobleza de la Patria, y hay que traerlo todo y juntarlo en amalgama extraordinaria, sin ver si la mano que uno aprieta es mano que ennoblece, o si la mano que uno estrecha con efusión, es mano que deshonra y que nos expone a desmerecer…”
  En  resumen, muchos cubanos de bien contribuyeron sus esfuerzos generosos a la consecución de la Independencia. Aunque no todos en la misma medida, ni con la misma consideración hacia los demás conmilitones, ni con la misma altura de miras. Hacer justicia a la tarea rendida por cada uno no requiere necesariamente glorificar (ni tampoco rebajar) el papel individual de aquéllos a quienes no puede ni debe escatimarse sus méritos, sin que tampoco haga falta que se les eleve a una especie de altar laico, como si su comportamiento no hubiera mostrado en ocasiones puntuales sus lunares y eclipses y sus humanas pequeñeces (ni tampoco oprobiar su memoria).

            (Fin de la Segunda Parte. Continuará)

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