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domingo, 15 de junio de 2014

Tomado del libro de Washington Irving,Cuentos de la Alhambra

Washington Irving
La Alhambra vista desde los jardines del Generalife. 
Al fondo el barrio del Albayzin.
“Hay dos clases de gente para quienes la vida es una fiesta continua: los muy ricos y los muy pobres. Unos, porque no carecen de nada; los otros, porque no tienen nada que hacer; pero no hay nadie que entienda mejor el arte de no hacer nada y de nada vivir, como las clases pobres de España .Una parte de ello se debe al clima y lo además al temperamento. Dadle a un español sombra en el verano y sol en el invierno, un poco de pan, ajo, aceite y garbanzos, una vieja capa parda y una guitarra, y ruede el mundo como quiera. ¡La pobreza! Para él no es una deshonra. La lleva consigo con elegante estilo, como la raída capa; porque él siempre es un “hidalgo’, aunque sea con harapos”.

  “Triste resultó en verdad la partida cuando me despedí de aquella buena gente y los vi descender lentamente las colinas, volviendo de vez en vez la cabeza para decirme su último adiós…Al caer la tarde llegué al sitio en que el camino serpentea entre montañas, y allí me detuve para dirigir una última mirada sobre Granada. La colina en que me encontraba domina un maravilloso panorama de la ciudad, la vega y los montes que lo rodean, y está situada en la parte del cuadrante opuesta a la Cuesta de las lágrimas, famosa por el “último Suspiro del Moro”. Ahora podía comprender algo de los sentimientos experimentados por el pobre Boabdil cuando dio su adiós al paraíso que dejaba tras él y contempló ante sí el áspero y escarpado camino que lo conducía al destierro.

  Como de costumbre, los rayos del sol poniente derramaban un melancólico fulgor sobre las rojizas torres de la Alhambra. Apenas podía distinguir la ventana de la torre de Comares, donde me había sumido en tantos y tan deliciosos ensueños. Los numerosos bosques y jardines en torno a la ciudad aparecían ricamente dorados por el sol, y la purpúrea bruma del atardecer estival se cernía sobre la vega. Todo era ameno y deleitoso, pero también tierno y triste a mi mirada de despedida. “Me alejaré de este paisaje –pensé- antes que el sol se ponga. Me llevaré su imagen revestida de toda su belleza”.
  Luego de este pensamiento, proseguí mi ruta entre montañas. Un poco más, y Granada, la vega y la Alhambra desaparecieron de mi vista. Así terminó uno de los más deliciosos sueños de una vida que tal vez piense el lector estuvo demasiado tejida de ellos.

Nota: Tomado del libro de Washington Irving, Cuentos del la Alhambra. Publicado en Londres en 1832 y New York (ampliada) en 1857. Fotos de Wikipedia




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