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domingo, 1 de septiembre de 2013

SONETO A LA FLUORITA



Hilda Norma Vale, Argentina
De su libro "Soñar la Vida"

Con estrambote

Arco iris de cristales fulgurantes
Quetzal inmóvil gloria subyacente
Mineral con destellos piedra riente
Corazón de colores palpitantes.

Multicolor racimo destellante
Jardines escondidos roca ardiente
Terrenal acuarela brillo urgente
Granada mineral y rutilante.

Pedernal cristalino flor hermosa
Coral multicolor prendida brasa
Inmóvil y chispeante mariposa.

Pájaro que fulgura sol que abrasa
Mineral que palpita culta rosa
De fluor que todo brillo sobrepasa.

La copa del minero se rebasa
Con tu ambrosia terrestre y fragorosa.

Fernando Ortiz


Fernando Ortiz. La africanía de la música folklórica de Cuba.  La Habana, 1950. xvi-478 p., ilus. Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba. Prólogo de Alfonso Reyes. La Habana, 1951. xvi-466 p., ilus. Los instrumentos de la música afrocubana. La Habana, Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, 1952-1955. 5 vols.:-306, 344, 452, 472 y 530 p., ilus. Revista Interamericana de Bibliografía.
Book Reviews Gilbert Chase

  Los siete gruesos tomos de la magna obra del sociólogo y folklorista cubano Fernando Ortiz, conocido por sus múltiples y nutridos estudios afrocubanos, vienen a constituir un valioso y completísimo cuadro de la música afrocubana en todas sus ramificaciones. Los cinco tomos dedicados a los instrumentos de esa música, presentados con gran lujo de detalles, incluyendo numerosas ilustraciones gráficas y musicales, están precedidos por dos volúmenes que documentan, primero, la presencia africana en el folklore de Cuba, y luego los caracteres del baile y del teatro de los negros en este folklore.
  Antes de entrar en los pormenores de este copioso trabajo, quisiera comentar las bases tan amplias y tan profundas de su estructuración  ideológica. Me refiero a la ponderada consideración que el autor concede a los factores geográficos, históricos y sociales. Esta música es el producto de aquellos factores. Sería factible estudiar el producto, descriptiva y analíticamente, sin ocuparse de los factores formativos. Pero eso no sería hacer historia, puesto que la historia es siempre un proceso cultural, algo dinámico y no estático. La historia musical, en tanto que es un ramo de la historia de la cultura, algo dinámico y no estático. La historia musical, en tanto que es un ramo de la historia de la cultura, debe fundarse en la premisa de que la música es hecha por hombres y mujeres situados históricamente en un tiempo y un espacio cuyas dimensiones culturales son precisamente aquellos factores geográficos, sociales, etnográficos, lingüísticos, y hasta económicos, en lo que hace hincapié el autor.
  Es indudable que la música tiene contornos y modalidades bien definidas, que le confirieron una marcada y poderosa idiosincracia, y cuya influencia se ha dejado sentir en grandes sectores de nuestro continente. Toda la zona del Caribe es de fundamental importancia en el desarrollo musical de América, y dentro de esa zona la isla de Cuba ocupa un lugar céntrico por la complejidad y la pujanza de sus formas músico-folklóricas. También es indudable que la fuerza generatriz y la potencia extra-nacional de la música cubana se deben principalmente a la presencia africana en ella. La obra de Fernando Ortiz viene a tener entonces un doble valor. Por una parte, nos brinda un magnífico ejemplo de lo que debe ser  la historia musical de América, dentro de la línea de la disciplina que hoy llamamos “etnomusicología” (antes conocida como “musicología comparada”). En segundo término, nos ofrece una vasta y bien organizada documentación acerca de una música y una tradición popular cuya influencia ha sido tan preponderante en la evolución musical del hemisferio occidental.
  Para apreciar el aporte de la obra de Ortiz en su justo valor, habría que hacer una reseña detallada de cada uno de los siete tomos que la componen, y, desde luego, el espacio disponible no permite tan minucioso examen. Nos contentaremos, entonces, con trazar a grandes rasgos el contenido de la obra. El primer tomo (478 páginas) nos presenta un panorama general de la música africana, introducción  imprescindible para abordar cualquier aspecto de la música afroamericana, sea en el Caribe, en el Brasil, o en Estados Unidos. Con el segundo tomo (466 páginas), que ostenta un prólogo de Alfonso Reyes, entramos en el mundo fascinante del baile y del teatro popular de los negros, estrechamente ligado a formas litúrgicas y ritos tradicionales, ya que, como dice nuestro autor, el baile de los negros “no es cosa de juego”. Especialmente interesante es el capítulo III, sobre “La pantomima entre los negros”, pues sabemos que la base del baile africano es pantomímica. En Cuba, esta clase se manifiesta en la mímesis de bailes como la rumba y el freme, así como en las litúrgicas danzas de máscaras de los cultos afrocubanos.
  Siguen después los cinco tomos destinados al estudio de los instrumentos de la música afrocubana, distribuidos del modo siguiente: I, Los instrumentos anatómicos y los palos percusivos; II, Los instrumentos sacuditivos, y los frotativos y los hierros; III, Los tambores xilofónicos y los membranófonos abiertos, A a N; IV, Los pulsativos, los fricativos, los insuflativos y los aeritivos. El último tomo contiene también los índices generales, que incluyen el índice bibliográfico, índice de figuras, e índice de instrumentos. Son, en total, 2,103 páginas a la descripción de los instrumentos musicales afrocubanos.
  Para los que indagamos en la historia cultural del Nuevo Mundo, la obra de Fernando Ortiz es fuente inagotable de datos, de ideas, y de sugerencias. Tal vez sería deseable que para el lector menos especializado se hiciera una versión condensada, que pusiera a su alcance los datos, los antecedentes básicos  para el entendimiento de la música y el folklore afrocubanos como aspecto fundamental en el proceso cultural de nuestro continente. Sea como fuere, los estudiosos de la materia tenemos que agradecerle al doctor Ortiz su ardua y proficua labor en este campo fecundo donde –él mismo lo reconoce- aun queda tantos surcos para labrar.

University of Oklahoma,
Norman,  Oklahoma, E.U.A.




Gala la Mujer Enigmática


René León

  En el Museo Salvador Dalí de St. Petersburg, Florida se presentó en noviembre de 1995 hasta el 28 de enero de 1996, una exhibición de fotografía tomadas por Robert Desacharnes, que habían sido tomadas de 1904 a 1977, en total 86. Con el nombre de Gala and Dalí Photographs. 
  Descharnes aparte de ser fotógrafo, es autor y editor de muchas de las presentaciones que sobre Dalí se han realizado. Yo asistí a la presentación donde asistieron miles de personas. Fue un verdadero éxito.
  Ahora tenemos que preguntarnos. ¿ Quién era Gala? ¿Qué influencia tuvo en la vida de Dalí? El nombre de ella ha quedado en la historia entrelazada al del famoso pintor Salvador Dalí. Aventuras amorosas con jóvenes, caprichosa, codiciosa. Pero estas cosas que en otra mujer la hubieran demeritado, en ella al contrario la elevaron a la fama.
  Sobre ella diría Tim McGirk, en su libro Gala ¿Musa o Demonio?  "Algunos dijeron que la codiciosa de Gala abarató el arte de Dalí, que ella obligó a producir obras en masa, poco originales y descuidadas, para obtener así un rápido beneficio con el que satisfacer sus gustos  por el sexo y el juego". Más adelante continúa: "De cualquier forma, lo cierto es que Gala fue una fanática del genio de Dalí. Para agrupar puedo decir, que sin Gala, el famoso pintor no hubiera llegado a donde llegó, por ser un hombre tímido y con muchos complejos. Ella fue su confidente, su compañera por más de medio siglo. Entre ellos hubo algo muy importante; cada uno le ofreció al otro lo que éste necesitaba".
  Nace Helena Ivanova Diakonova en Kazán antigua capital  de Tartaria, a finales de agosto de 1894. De su familia se tienen pocos datos. Sus padres se llamaban Antonine e Ivan. Era la segunda de los cuatro hijos. A los 16 años, en 1912 contrae pleuresía, y su familia la envía a Suiza, a un sanatorio cerca de Arosa. Es allí donde ella descubre un mundo diferente. Pacientes acomodados que vivían una vida de fiestas y vicios. Conoce una Europa distinta a su tierra natal. Se interesa sobre la influencia cultural de Francia, que es en ese momento considerado el centro del arte y la cultura. Sus lecturas preferidas los libros de Dostoyevski, y Tolstoi. Conoce a un joven francés, que al pasar los años sería su amante y más tarde su esposo. Paul Eluard. El sanatorio de Arosa, fue el primer atisbo a la vida del mundo que ella quería vivir.



  Regresa a su país. En 1915 Europa se encuentra en guerra. Se sienten los rugidos de los cañones. Ella empieza a escribirle cartas a Paul, la pasión crece. Vuelve a Suiza al tener una recaída. Ha visto los destrozós de la guerra, la muerte, el hambre. Se hace una sola idea; no volvería a pasar necesidades. Las relaciones con Paul terminan en matrimonio. Se le consideraba como uno de los poetas de la nueva generación de París.
  Gala, mujer joven, bella y exótica. Los hombres se sentían atraídos por esa sensualidad que brotaba de todo su ser. Tiene una hija, Cécile. Paul no fue un verdadero esposo para ella, pues muchas veces la entregó a otros hombres, entre ellos Max Ernest, Chirico, todos conocidos en el arte y la literatura. Al pasar estas aventuras volvían a llevar su vida normal.
  En el verano de 1929, van de vacaciones a Port Lligat y allí conoce al joven Dalí que se encontraba en ese momento con su amigo Luis Buñuel. Este último la criticaría a ella indirectamente, diciendo que no le gustaban las mujeres de piernas arqueadas, y ella las tenía. Sin embargo, Dalí quedaría prendado de ella, Le declararía su amor. Sería al principio su amante y más tarde su esposa. En el transcurso de sus agitadas vidas, el gran pintor la llevaría como modelo en muchas de sus pinturas, que se conservan en diferente museo del mundo.
  Ella ayuda a Dalí a darse a conocer en París, y a ser aceptado entre los surrealistas. Desde el primer momento de su unión, comprendieron que conquistarían el mundo del arte. Cada uno supo dar al otro lo que éste necesitaba.
  De ella nos ha quedado su leyenda, su vida agitada, de aquellos años de locuras. Sus amores con hombres jóvenes que aparecen en muchas fotos regadas por el mundo.. Dejándonos el recuerdo misterioso de ella. Sobre Gala, dice Antoni Pitxot: "Gala era para mí un personaje, un ser de una potencia realmente arrolladora que se imponía sobre todos los lugares en que estaba presente...Era una mujer de temperamento duro, aparentemente agresiva, pero también de un gran sentimentalismo".
  La vida de Dalí y Gala fue siempre agitada. Los últimos años de la pareja fueron de inseguridad y hastío. Ella había engañado mucho a Dalí y él se sentía herido. Pero los años no habían pasado en vano sobre ella. A finales de 1982, Gala se encontraba enferma, falleciendo el 10 de junio de ese año. Tenía 88 años. Fue embalsamada, recibiendo sepultura, en la cripta del castillo que ellos tenían en Pubol, donde yace bajo una losa negra rodeada por un caballo blanco. Dalí muere seis años después y fue enterrado en el medio de su teatro-museo de Figueres.
  Ella nos dejó su recuerdo de mujer exótica. Para terminar sobre la vida de Gala, quiero dejar un poema que su primer amor y después esposo, le escribió el día que se casaron, y que lo dice todo: "Sus ojos siempre están abiertos/y no me/quiere dejar dormir./ Sus sueños, llenos de luz,/ evaporan incluso al sol,/ haciéndome reír, llorar y reír,/ y hablar sin tener nada que decir". 



A una flor

Manuel Acuña (México) (†)

               


Cuando tu broche apenas se entreabría
para aspirar la dicha y el contento
¿te doblas ya cansada y sin aliento,
te entregas al dolor y a la agonía?

¿No ves, acaso, que esa sombra impía
que ennegrece el azul del firmamento
nube es tan sólo que al soplar el viento,
te dejará de nuevo ver el día?...

¡Resucita y levántate!... Aún no llega
la hora de que en el fondo de tu broche
des cabida al pesar que te doblega.

Injusto para el sol es tu reproche,
que esa sombra que pasa y que te ciega,
es una sombra, pero aún no es la noche.

Carta de Amor



José Ángel Buesa (Cuba) (†)

     Aquí, sin ti, ya sé lo que es la muerte,

pero no te lo digo para no entristecerte.
Quiero que te sonrías para que siga habiendo
claridad en los días.


     Quiero que no se empañe tu mirada,

pues, si no, no habrá estrellas,
ni habrá luna, ni nada...    


Y, sobre todo, lo que quiero y quiero

es un año que tenga doce meses de enero.



     Aquí llueve y no importa, pues la lluvia es tan leve

que al leer esta carta no sentirás que llueve.
Pero cierro los ojos y te recuerdo tanto

CUBA HEROICA - Estampas olvidadas

Juan Jerónimo Díaz de Villegas

por Roberto Soto Santana (de la Academia de la Historia de Cuba – Exilio)

            ¿Quién no ha oído hablar, una y otra vez, de la infausta suerte de Oscar de Céspedes y de Céspedes, el primer hijo varón del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, concebido en el primer matrimonio de aquél con su prima María del Carmen Céspedes y del Castillo? ¿Y de la digna respuesta de su padre –con emulación del caudillo leonés del siglo XIII, Alfonso Pérez de Guzmán, Guzmán el Bueno- ante la extorsión que el Capitán General de Cuba quiso hacerle?
Nacido en Bayamo en 1847, en el momento del Grito de Yara, dado por su padre el 10 de octubre de 1868, Oscar era estudiante de la Facultad de Derecho en la Universidad de La Habana. Salió inmediata y clandestinamente de Cuba hacia los EE.UU., con intención de enrolarse a la primera oportunidad en una expedición armada que partiera hacia la Isla, y unirse a la lucha libertadora, con las armas en la mano. Lo logró, regresando a Cuba en el yate Santa Anna, junto a otros veinte expedicionarios, el 19 de enero de 1870, por el sitio llamado Covarrubias –entre Manatí y Puerto Padre-. A las 48 horas del desembarco, se incorporó al campamento de su padre Carlos Manuel. A mediados de mayo de ese mismo año de 1870, casó con su prima Manuela Rita de Céspedes y López. En plena luna de miel, cayó prisionero de una columna española, que lo trasladó a Camagüey y quedó a la disposición del entonces Capitán General de la Isla, Antonio Caballero y Fernández de Rodas, quien le puso como condición para perdonarle la vida que le escribiera a su padre instándole a entregar las armas. Oscar se negó, y como consecuencia Caballero de Rodas lo hizo fusilar, el 29 de mayo de 1870. A pesar de haber tenido lugar la ejecución del joven, el Capitán General, con fecha 1 de junio, se dirigió a Carlos Manuel de Céspedes, ofreciéndole salvar la vida de su hijo a cambio de un arreglo personal cuyos detalles deberían discutirse. Dos días después, C.M. de Céspedes, ignorante todavía de lo que había sucedido, rechazó por escrito la propuesta.
Prácticamente desconocida –salvo para los especialistas- ha permanecido, en contraste, la idénticamente gallarda actitud adoptada, un año más tarde de los acontecimientos acabados de relatar y ante la misma desgarradora situación personal, por el Mayor General del Ejército mambí Juan Jerónimo Díaz de Villegas y por su hijo Leopoldo. Juan había nacido en La Habana el 24 de junio de 1821. En 1843 se mudó a Cienfuegos, donde casó con su prima Adelaida Díaz de Villegas, que era nieta del rico hacendado Agustín de Santa Cruz y Castilla, propietario del ingenio azucarero “Nuestra Señora de las Candelarias” y entonces recién fallecido (en noviembre de 1841). Se alzó en armas el 6 de febrero de 1869, en Cienfuegos. El 10 de abril fue nombrado por el Presidente Céspedes como jefe de operaciones en Las Villas –aunque no aceptó el nombramiento- y le fueron impuestos los galones de mayor general (el onceno oficial, por orden cronológico, en ser investido de tal graduación durante la Guerra de los Diez Años). La edición del 13 de abril de 1871 del periódico proindependentista LA REVOLUCIÓN, publicado en Nueva York, cuenta que cuando su vástago Leopoldo “fue capturado, lo condujeron a Cienfuegos, y creyendo los españoles que la rendición de su padre era segura, amenazaronle con que de no hacerlo darían muerte a su hijo y comenzaron las gestiones en este sentido.
“Juan Díaz de Villegas rechazó varonilmente proposición tan inhumana y dio órdenes de que no dejaran llegar hasta él ningún parlamentario enemigo; el honor del jefe no corría peligro, pero el padre quería ahorrar a su corazón lastimado todos los tormentos de su angustiosa situación.
“Al hijo mientras tanto se le aguijoneaba para que escribiera una carta suplicante a su padre; pero como resistiese denodadamente, el heroísmo de ambos condujo a los españoles a ofrecer la vida al infantil prisionero si consentía en dar vítores a España y en manifestarse arrepentido de su conducta pasada; supo empero aquella alma espartana rechazar repetidas veces con fría serenidad oferta tan tentadora, y pocos días después se lanzó al mundo civilizado la noticia de su muerte.”

Referencias bibliográficas:
(2) “Hombres del 68”, Vidal Morales y Morales, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1972, págs. 196-197.


Nueve cuentos para recrear el café


Comentario de Magaly Quiñones (San Juan de Puerto Rico)


En esta entrega literaria, María Eugenia Caseiro nos presenta una colección de nueve cuentos, en su mayoría breves. Armada de un lenguaje extenso y una rica gama de recursos  lingüísticos y literarios, la autora va adentrándonos con mano segura, en su universo narrativo.  En éste perviven personajes atormentados, solitarios, quienes a través del flujo de conciencia,  muestran al lector la trama interna de hondura sicológica. Vivimos rodeados de signos, símbolos  que aceptamos o rechazamos; la mirada aguda de Caseiro nos recuerda la importancia de los  detalles en este gran conjunto que es el mundo que nos rodea. Su óptica perspicaz se posa sobre matices inadvertidos aún para el lector más sagaz. Comienza con un título multisugerente, El  Círculo. La historia se desarrolla en Cuba, isla natal de la autora. El círculo color naranja opera  como leit motiv que, unido al personaje principal, nos va guiando desde el Caribe hasta Nueva York haciendo hincapié en temas tan actuales como lo son la diáspora y ciertas fórmulas para sobrevivir, hasta alcanzar al final un desenlace sorpresivo; elemento constante en la cuentística de esta autora que, de igual modo, logra la estampa final en Descarga Matinal a lo Cubano y El Collar, en que Caseiro explora el tema de la pérdida de memoria, la demencia senil y el mal de Alzheimer y nos develan a una escritora avezada en pleno control del mundo creado por su hábil pluma. Utilizando una prosa rica en detalles y múltiples imágenes visuales y sensoriales, Caseiro nos muestra que la realidad no es factor unívoco al mostrarnos varias de sus caras, algunas de ellas dolorosamente crueles. La figura patética de la mujer que, obsesivamente, desea poseer un collar de ágatas visto en el escaparate de una tienda, mujer que irremediablemente inmersa en sí misma oscila entre el sepulcro del encierro en un sanatorio y la movilidad que le brinda la ansiada libertad, es un ejemplo magistral del desarrollo de este tema. No hay duda de que nos encontramos frente a una autora que en su creación roza todas las vetas del arte. Su utilización de los colores y sus contrastes, así como del juego verbal entre las luces y las sombras, la acercan a la paleta del pintor; su gran poder de observación en el manejo descriptivo -descripción que luce por momentos fotográfica o cinética- y el despliegue estético de la repetición, el símil y la metáfora la acercan a la buena poesía. Caseiro, escritora de origen cubano, radicada en los Estados Unidos, toma de primera mano el tema del exilio y al abundar en aspectos propios de su tierra natal como lo son los elementos del panteón africano y el sincretismo religioso, el uso de expresiones idiomáticas y personajes típicos de su país, nos adentra en un mundo particular que gradualmente va universalizándose. Nada humano le es extraño y es precisamente esto lo queenriquece, dando cuerpo y hondura a su producción literaria. 

La buena educación

Eliana Onetti (†)



    Estamos comenzando un nuevo año: 2008. ¿Qué mejor momento para reflexionar, especialmente, sobre la educación que los niños y jóvenes merecen y a la que tienen derecho? Porque de la buena educación que demos a nuestra prole dependerá que en el futuro puedan o no ser una esperanza de mejoramiento para la sociedad en que viven.

    Educación, como concepción general, es el acto de transmisión de los valores y el conocimiento de una sociedad. Debe la educación ser la guía para el aprendizaje de una cultura y de un comportamiento compatible con la adultez que permitan a cada persona llenar satisfactoriamente su cometido dentro de la sociedad en que vive.
    Educación es, por lo tanto, la acción de moldear el espíritu y esculpir el carácter, y para ello es necesario trabajar con total dedicación en el individuo desde su más tierna infancia hasta el momento de su muerte. Educar es tarea de los padres en primer término; de la familia toda en segundo y de la comunidad en pleno finalmente. 
    La enseñanza, parte inseparable de la educación, es la actividad que permite al maestro y al profesor o quien haga las veces de tales (que los padres también enseñan) transmitir una serie de conocimientos que puedan ser de utilidad al individuo en su actividad diaria. Enseñamos buenos modales, Aritmética, Gramática, Historia, etc.
    La escuela es un centro de enseñanza y NO ES POSIBLE pedir al maestro que se convierta en educador, porque entonces no tendría tiempo para enseñar. No pidamos “peras al olmo” porque nos quedaremos sin peras y sin sámaras.
    La función de la escuela es, por tanto, instruir las mentes y prepararlas para los distintos tipos de actividades intelectuales necesarios en la sociedad; incluidas la ética y la cívica. La escuela debe enseñar disciplina, respeto y las normas de comportamiento social y tener como objetivo prioritario el enseñar a pensar, -que es como enseñar a ser- y sembrar en el niño la semilla del amor al estudio y al conocimiento.
    El Estado, administrador de los recursos de un país o nación, o sea, de una sociedad cuya comunidad de origen, ideas, lengua, costumbres y principios esenciales aglutina a sus componentes, tiene el deber de garantizar una enseñanza de calidad a todos sus ciudadanos. Este principio básico es indiscutible.



   


 El Estado, por tanto, tiene la obligación de proporcionar una enseñanza pública y gratuita de calidad, garantizando que la escuela pública satisfaga las necesidades sociales de una instrucción satisfactoriamente uniforme y plenamente eficaz en todos los centros públicos de enseñanza. Logrado esto, desaparecerá “per se” la preocupación existente en estos momentos en la sociedad española con respecto a la posibilidad de escoger o no el centro de estudios más adecuado para sus hijos, ya que todos los centros estarían uniformemente dotados en excelencia para cumplir su función.
    Para lograr estos objetivos, es absolutamente necesario que los parámetros regidores de la enseñanza no estén a merced de los vientos políticos; sino basados en técnicas pedagógicas eficientes y duraderas; lo que no significa que éstas sean inmovilistas, sino que, por el contrario, sean capaces de adecuarse a los tiempos de manera tal que provean siempre conocimientos acordes con las necesidades reales de la sociedad.




    Si tenemos centros de enseñanza dotados de cuadros profesorales vocacionales y adecuadamente instruidos; un plan de estudios pedagógicamente acertado y una comunidad convencida de que el rigor, la disciplina y el esfuerzo deben ser la tónica predominante en el entorno que relaciona magisterio y aprendizaje, habremos dotado al país de sólida base para desarrollar el entramado educativo que una sociedad necesita para progresar intelectualmente.
    Y si, además, logramos darnos cuenta de que la enseñanza laica, sin tintes proselitistas de ningún tipo –ni religioso ni ateo- es perfectamente compatible y adecuada al modelo de sociedad contemporánea, se acabará de una vez por todas la fútil discusión sobre la asignatura de religión en las escuelas públicas. Porque la religión es una opción personal y privada, totalmente desvinculada de la enseñanza general. Son los padres los que deben aportar los medios para que sus hijos puedan recibir adoctrinamiento en su confesión religiosa, y para ello tienen los recursos del ejemplo personal y familiar y de las iglesias, que es donde mejor pueden el niño y el adolescente imbuirse de la fe de sus mayores. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. 
    ¿Y la escuela privada? Tiene ésta también su sitio en el entramado educativo, pero debe la escuela privada cumplir fielmente con el currículo de estudios diseñado por la enseñanza pública, de manera que sus educandos tengan garantizada la obtención de similares conocimientos. La escuela privada puede y debe ampliar su abanico de asignaturas, con conocimientos y actividades que la escuela pública, por su masificación, es incapaz de ofrecer, como la enseñanza en profundidad de idiomas extranjeros, por poner un ejemplo. La escuela privada, porque puede seleccionar, viene a llenar un espacio importante en el ámbito de la instrucción, ofreciendo a aquellos alumnos mejor dotados el ambiente ideal para mejor aprovechar su tiempo y su esfuerzo. 


    La buena educación se mama desde la cuna, se desarrolla y fortalece a lo largo de la infancia y la adolescencia, se consolida en la madurez y evoluciona con cada experiencia vivida, pero necesita, como planta delicada, del cuidado y el afán amoroso de un jardinero devoto: la sociedad en pleno.

Escuela Alfredo Ma. Aguayo



por Zilia L. Laje
 Primera Parte

    Esperando en el departamento de radiología del hospital Mercy un jueves para hacerme una radiografía, me encontré con una compañera de la escuela elemental, Marta Villar Campillo, que no hubiera reconocido jamás ya que hacía ya 51 años que no nos veíamos, sino porque la llamaron por su nombre y yo tengo mucha mas retentiva para los nombres que para la fisonomía.  Mas tarde me encontré en el blog de Desarraigos Provocados un artículo sobre la escuela de otra antigua alumna, Gladys Zamora Díaz, en tres partes, http://desarraigos.blogspot. com/2008/07/escuelas- municipales-de-la-habana- antes.html.
    La escuela era Alfredo Ma. Aguayo, en Estrada Palma # 375, e/José A. Cortina y Figueroa, en Santos Suárez.  Era municipal, para niñas, nombrada en honor al pedagogo Alfredo Ma. Aguayo Sánchez, muy "progresiva":  había dos aulas amplias de cada grado, con puntal alto, y no tenían pupitres individuales, sino mesas de a cuatro alumnas, de madera, redondas o cuadradas, pintadas en tonos pastel, rosado, azul, verde, melocotón, amarillo, aqua o lila, dos pizarras y estantes de libreros bajo las ventanas altas a lo largo de dos paredes.  La arquitectura era de estilo geométrico, parte Art Déco, parte aerodinámica, y ocupaba toda una manzana.  Había sido construida alrededor de 1936, durante la administración del alcalde Antonio Beruff Mendieta.  Estaba auspiciada, y otras tres instituciones similares, por el Ayuntamiento de La Habana.  El ingreso era por becas concedidas por los representantes a la Cámara y los concejales municipales.  La educación era de primera y los maestros excelentes.  Me acuerdo de las maestras.  Recuerdo la escuela con con cariño.
Escuela Municipal Alfredo Ma. Aguayo en la actualidad 
    El vestíbulo de entrada, circular, tenía proverbios grabados en las paredes a lo alto, "Sólo la verdad nos pondrá la toga viril", "Ay de los pueblos sin escuelas, ay de los espíritus sin temple", de Martí.  La oficina quedaba a la derecha, la dirección a continuación.  La directora era la Dra. Alicia Cuervo Barrena, alta, la sub-directora Elena Blanco, ambas de mucho busto.  La secretaria se nombraba Margarita Alcalde.  A la izquierda había una escalera curva ancha.  En frente había un salón de recreo con mesitas como para jugar damas.  Hacia la derecha quedaban las aulas numeradas impares, 1, 3 y 5, un muro delante desde donde se podía mirar hacia abajo; pero no recuerdo qué se vería en el sótano, quizás otro patio, el laboratorio en la esquina, una escalera para subir a la planta alta y bajar al sótano con pasamanos planos de madera, al doblar a la izquierda estaba el comedor con varias puertas, y a continuación, el "pantry", donde había una nevera roja de Coca-Cola.  Hacia la izquierda estaban las aulas numeradas pares, 2, 4 y 6, un patio interior cementado en frente, en la esquina el apartamento de la directora, que una que hubo ocupó, una escalera hacia la planta alta, al doblar a la derecha, los talleres de corte y costura y puericultura, y en la esquina el departamento de pintura.  Por la galería al fondo, quedaban las aulas 8 y 10 a la izquierda, la escalera a "la pista" y a la derecha, las aulas 7 y 9.  El piso era de chispas de mármol con unas líneas doradas, el precursor del terrazzo; las galerías anchas tenían unas franjas en los bordes.  Tenía capacidad para 300 alumnas pupilas y 200 externas.
    Las "externas" entrábamos a las 8:30 de la mañana y salíamos a las 6:30 de la tarde.  Allí desayunábamos, almorzábamos, merendábamos, comíamos y nos bañábamos, y las más chicas hasta el 3er grado dormían la siesta.  Por la mañana teníamos las clases académicas.  Enseñaban inglés a partir del 4to grado, "El inglés en acción" del método de Leonardo Sorzano Jorrín, fonética; la profesora se llamaba Josefina Cadenas, y dibujo, no recuerdo si la maestra era María de los Angeles Fernández de Castro.  Aprendí a trazar letra gótica y dibujar siluetas de damas antiguas en tinta china sobre cristal.
    El comedor tenía 16 mesas largas de granito, con banqueticas circulares que salían de las patas de las mesas, para 32 alumnas.  La instructora, Gladys Machado, se sentaba en una silla alta como un guarda de prisión, para poder dominar el salón entero, y con su voz como un látigo, infundía terror.  Las alumnas nos sentábamos en grupitos de a cuatro, en los que una alumna de 6to grado nos servía a las otras tres mas chicas de las fuentes en que nos subían la comida por elevador manual.  El desayuno era café con leche, al que se le formaba una nata fina, y pan de flauta, algunas veces chocolate caliente.  El almuerzo y la comida consistían en sopa o potaje, de chícharos, garbanzos, lentejas, judías, frijoles negros o colorados, biftec, picadillo, carne con papas o rueda de pescado, pollo los viernes, no recuerdo qué otra carne servían, arroz blanco siempre, algunas veces viandas, papas, plátanos o malanga, y de postre mermelada de guayaba, arroz con leche, fruta-bomba, harina en dulce, coco rallado, cascos de guayaba, natilla de chocolate u orejones de albaricoque, a los que algunas aprendimos a abrirles la semilla y nos comíamos el cotiledón de adentro; nos servían el agua en un vasito de aluminio.  Llevábamos nuestra propia servilleta con las iniciales bordadas en punto de cruz en hilo azul "royal".  Los platos eran de loza.  Como había poco espacio, después que terminábamos de tomar el potaje, colocábamos el plato llano encima del hondo vacío y ahí comíamos.  Recuerdo un biftec con un agradable sabor ahumado y el arroz con leche rico; pero se estilaba criticar todo con desdén.  De merienda a menudo nos daban un pedazo de dulce de guayaba en una galleta de sal.  La comida era buena, sana, limpia, fresca (excepto el pan, que ya para el viernes parecía como elástico) y abundante; pero algunas veces los garbanzos quedaban duros y entonces nos los tirábamos de una mesa a otra.

Caballero olvidado de París


"Ante ese ciego carezco
de toda ayuda que me excluye
del mismo manjar que ofrezco."  
                  Lezama

Los silencios deben parir por ende
silencios para permitirte 
sentado en el origen 
nuevamente 
elegido tú mismo rey de tus melancolías
encontrarte.
Una oscuridad nace en tus alas
te amordaza los pulmones 
(novios bajo el humo) 
en la basura trazada con pelaje de las fieras
peleándose un pedazo de luz.
Sombra raída, abismo en que tu voz asoma
te dejas caer, tu sombra crece 
en el mendigo que va cubierto con tus ojos 
engullido por la rambla sobre el puente seco
hasta el atardecer.
Bajas de la cruz tú mismo sin saberte 
tregua y evasiva... manchas en tu abrigo muerto
arrugándote en silencio 
la distancia incalculable aquel paso que te miente.
Atado lento a ciegas
abrigas la sed y la mueca entrelazadas
como un ojo marchito 
en el anuncio que te olvida 
hasta el colmo de un después del siempre.
Las garras del adiós dan el zarpazo
de lo que una y otra vez viste partir.
Y una mano grasienta corre por tu sangre
    (paño que conoces)
a exprimirte por siempre el corazón.
 
 María Eugenia Caseiro