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martes, 15 de septiembre de 2015

LOS CAÑONES DE LA PUNTA


Jorge Mañach

¿Y esos pobres cañones, esos tristes cañones veteranos, valetudinarios, inservibles ya, que apuntan hacia el blanco blanquísimo del pasado como si quisieran dispararle su innoble contenido de residuos plebeyos?

Regocijo de turistas, su descomunalidad resulta irrisoria en estos tiempos de síntesis y de perfección, cuando el más grande estrago se encierra en armas mínimas. Estos cañones son del tiempo del romanticismo y de la retórica. España todavía pensaba en filibusteros y en el Cid cuando los forjó, con sus grandes balas redondísimas, que ya no sirven más que para formar montoncitos piramidales y flanquear decorativamente los senderos. ¡Pobres cañones! Los soldados pasan ahora cabe ellos y les dan una palmadita protectora. Como son aparatosos y mansos, igual que bueyes de vieja castra, se dejan gravemente montar por los pilluelos de esta dehesa urbana, que es la Punta; éstos les ciñen la dureza roñosa de sus ijares con las piernas y los talones renegridos, y los pobres cañones, sonriendo buenamente por sus bocas desdentadas, toman un aire condescendiente de humillado poderío, de domesticada importancia.

¡Y qué ingratos son todos con vosotros! -continuó Luján ensimismado ya en su 

lirismo-. No respetan vuestra gloriosa decrepitud: os rellenan de inmundicia las gargantas redondas, que parecen bostezar inacabablemente la melancolía de una inútil supervivencia, y se reclinan sin miedo contra vosotros, y os escudriñan la anatomía, y hacen a vuestra sombra otras cosas vergonzantes que no digo... ¡Infelices, obligados a servir de alcahuetes con toda vuestra solemne prosapia!

Y como yo, divertido, me riera, Luján me interrogó sonriente también y poseído de especulación:

-¿Crees tú que se harán cargo ellos de su mero papel decorativo, o pensarán, con esa chochez flamboyante de los viejos, que, si llegase algún zafarrancho bélico, podrían todavía cumplir como antaño en defensa de la villa? ¿Qué pensarán de ellos las jóvenes y coquetas ametralladoras del Morro, allá enfrente?

-Les tomarán el pelo, como ciertas jóvenes a ciertos viejos verdes- aventuré yo.

-¡Verdes!... Sin embargo, cada día los hallo más rojos, como de vergüenza... ¿Quién sabe lo que pasa por sus entrañas de hierro que el vulgo prostituye? Me dan lástima, hijo, créemelo. Aquí no hacen nada: por ellos toma nuestra plácida ciudad un aspecto tonto de batería. Por lo menos, debieran ponerle una verjilla en torno a cada uno de estos veteranos de la época grandilocuente...

Pero después de caminar unos pasos en silencio, Luján rectificó:

-No; sin verja están mejor. Eso les haría parecer aún más infelices, que nada agrava tanto lo ridículo como hacerlo venerando...

Y se sonrió satisfecho de haber llegado a una sentencia firme sobre tan importante asunto. 

Tomado de Estampas de San Cristóbal, Ediciones Ateneo, 2000

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