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martes, 15 de septiembre de 2015

The True Story of Chocolate (La verdadera historia del Chocolate)

Mujer Azteca preparando chocolate y lo pasa de una vasija a otra.
Foto tamada de Wikipedia

Por Sophie D. Coe and Michael D. Coe. Thames and Hudson. 
Comentario por Jack Robertiello. (Tomado de Américas, Abril 1997, Extractado)

   Para tener una primera impresión de Moctezuma en la mesa, siempre debemos recurrir a Bernal Dí del Castillo: “Periódicamente se le presentaba en copas de oro un licor preparado con cacao, según dicen de naturaleza afrodisíaca…Observé varios cántaros más de cincuenta, llenos de humeante chocolate…”.
  ¡Cincuenta cántaros! Sin duda también cincuenta variedades, con chiles o canela, vainilla y maíz molido, quizás con uno o dos insectos pulverizados, o cualquier cosa que se le ocurriera al emperador.
  Semejante atención a los detalles y tal variedad para preparar bebidas a base de chocolate podrán parecer desusadas a una cultura dominada por el café –y las bebidas a base de cola- como la nuestra, pero pocos productos alimenticios han gozado de un atractivo tan universal como los derivados sólidos, líquidos y en polvo del fruto del árbol del cacao.
  Los amantes del chocolate tienen sus propios clubes, revistas y libros de cocina. Aunque lo consideramos principalmente un dulce, a lo largo del tiempo el chocolate y el cacao se han utilizado para curar fiebres, dolores de pecho y de estómago, tos, mala digestión y espasmos. En sus múltiples formas, el chocolate ha merecido desde hace mucho tiempo tener su biógrafo, y ahora lo tiene.
  La antropóloga e historiadora Sophie D. Coe, que en 1994 escribió una notable historia de la cocina indígena, America’s First Cuisines, falleció antes de terminar esta obra sobre la “oscura, agradablemente amarga y químicamente compleja sustancia que conocemos como chocolate”. Pero con la contribución de su marido Michael Coe, antropólogo de la Universidad de Yale, que en 1989 recibió el premio “Tatiana Proskouriakoff” otorgado por la Universidad de Harvard en reconocimiento de sus investigaciones mesoamericanas, el libro de Sophie D. Coe se ha convertido en un hito con el que habrán de compararse otros libros sobre el chocolate, con frecuencia plenos de mito y conceptos erróneos.
  Poco después de la caída de los aztecas, a los nativos de la región central de México se les pagaban 100 granos diarios por su trabajo, en épocas en que el buen pavo costaba 100 gramos regulares o 120 granos pequeños. Mientras los españoles, obteniéndose todavía de utilizar el valor del cacao como alimento, adoptaron el hábito de los indígenas de emplearlo como moneda, los aztecas, en su intento por sobrevivir la invasión europea, aprovecharon la altivez española recurriendo a una cierta falsificación  de los granos del cacao.
  El libro, con excelentes ilustraciones, constituye un placentero viaje a lo largo de la historia del chocolate, y es precisamente lo que necesitan los amantes del chocolate, los aficionados a la cocina, los historiadores culinarios e incluso los que sienten curiosidad antropológica.

Tomado de: Pensamiento Publicación Literaria e Histórica, Vol. 3 Número 1, Marzo, Mayo 1997.

Sobre el Café y el Chocolate

René  León

  En el vol. 1, Núm. 3 de Sept-Nov.1995, de Pensamiento, sale publicado con el título de “Su Majestad el Café” un artículo mío sobre el uso que se hacía en América del chocolate, y como al pasar los siglos, -tres- fue destronado en Cuba, por el café. Después de leer el interesante comentario de Jack Robertiello, confirma muchas de las informaciones dadas por mí. Otro de los historiadores de aquella época que se refiere al uso del chocolate, es Fray Bartolomé de las Casas.
  En Cuba se inicia la siembra del cacao en la parte oriental de la isla, y al pasar los años, es la zona central y en especial Remedios, es donde se centraliza su cultivo, esto es a mediados del siglo XVII. Cuba empieza a importar cacao de México y Venezuela, para su consumo. Según el historiador cubano ya fallecido Levi Marrero, el dice: “Los españoles modificaron la producción  del chocolate, eliminando las fuertes especies que adicionaban al cacao los indígenas y reteniendo las especies más suaves, como la vainilla, además de añadirle azúcar y canela”.
  El chocolate no tenía contrario en la mesa de las familias cubanas. Temprano en la mañana, en la tarde o en la noche, se servía en la vasija de moda de aquellos años, “la jícara” en la mayoría de las casas. Pero poco a poco otra bebida no alcohólica iba invadiendo sus predios. Muy despacio iba ocupando la mesa y el paladar de las familias, y al pasar los años sería “SU MAJESTAD EL CAFÉ”


(Extratado)

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