El caballero que ha perdido su señora

Detalles
 Con este artículo, Emilio Roig de Leuchsenring comienza el libro homónimo que publicara en 1923, teniendo –a manera de prólogo– la carta que José María Chacón y Calvo dirigiera al editor costarricense Joaquín García Monge..
El caballero... ya había sido publicado en Gráfico (1916), El Fígaro (1918) y Cuba Contemporánea (1922), y luego aparecería en Carteles (1925) y El Heraldo de Cuba (1926).
Fue aquella una época de alegre bohemia literaria, bohemia sin chalinas ni melenas. Diariamente nos reuníamos varios amigos: escritores, artistas o meros aficionados a las bellas artes y a la literatura. Juntos asistíamos a teatros, paseos y fiestas. Hoy muchos de nosotros sólo nos vemos al encontrarnos casualmente en la calle, de cuando en cuando. Uno, pobre amigo desaparecido en plena juventud, duerme, desde hace años, allá, en la morada de la Intrusa, el sueño del que no se despierta jamás. Otro, fue el Judas de aquel grupo; aunque su persona, de aventurero incorregible, vague, como el fantasma de un réprobo, por esos mundos del diablo, yo sé que no existe; quiero hacerle ese piadoso favor. Algunos continuamos siendo fraternales amigos. Sean para ellos estas líneas como recuerdo de otros días, blanca estela que nos deja, al irse perdiendo en  el lejano horizonte, la barca risueña y feliz de nuestra juventud.

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Por las tardes nos sentábamos en la amplia terraza de un café de moda. Coches y automóviles dejaban ver, al pasar fugaces, envueltas en pieles y sedas, bellas y fascinadoras mujeres. En esa intimidad aldeana de nuestra pequeña gran ciudad, conocíamos y saludábamos a casi todas estas hermosas hijas de Eva. Eran siempre las mismas, pero siempre también nos parecían encantadoras y adorables.
Lentamente consumíamos sendos bocks de cerveza, cocktails, o turbias copas de ajenjo, en las que el absintio y el anís daban, según los gustos y el arte de los bebedores, todas las tonalidades del ópalo, todos los cambiantes del ágata... «Néctar nuevo, néctar moderno —como lo llama Machado—, creador de locos y de artistas... tuya es la hora lenta del crepúsculo tornasolado, tuyos los ojos aterciopelados que se entornan para mirar, tuyo el espíritu de la sospecha y el dejo de la remembranza y el presentimiento de la verdad, tuyo el sentir de los nuevos poetas y el pensar de los cuentistas nuevos...»
¡Cuántas veces, oh absintio misterioso, me reflejaste la misma figura, vaga, imprecisa y etérea, de mujer desconocida y esperada, que me ofrecía también, en sus mil variados y caprichosos matices de oro y fuego, el crepúsculo esplendoroso de las tardes del trópico! ¿Eras Tú?...
Como amigos y camaradas charlábamos hasta bien entrada la noche. Tan pronto se discutía arduo problema literario, filosófico o artístico, como se comentaba el último escándalo social.
En las mesas cercanas a la nuestra veíamos a los asiduos concurrentes: hombres de negocios que iban a tomar la tarde antes de regresar a sus casas; damas que después de unas cuantas vueltas en automóvil, hacían un alto en su paseo atraídas por la belleza de la puesta del sol, que desde allí podía admirarse; alguna cocotte de alto rango...

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Ya al oscurecer se presentaba siempre un hombrecillo menudo y algo enclenque, trajeado correctamente, de finos modales, circunspecto, distinguido. Saludaba a diestro y siniestro y, acercándose a alguna de las mesas, dirigía a sus ocupantes, en un tono que jamás he podido definir ni clasificar, la misma invariable pregunta:
—¿Han visto ustedes por aquí a mi mujer?
De ahí el apodo con que era conocido por nosotros: El caballero que ha perdido su señora.
Ésta llegaba más tarde. Era una real hembra, airosa y gentil, altiva y dominadora; una de esas mujeres que, por capricho risible e irónico de la suerte, se casan con peleles, y a las que se puede observar a menudo contemplando con envidia y codicia a los hombres de robusta y atlética constitución. Las excentricidades de nuestra dama habían servido muchas veces de comidilla a nuestras conversaciones y comentarios sociales. Eran famosas sus cosas. Un espíritu observador podía sorprender con facilidad delatadoras miradas que ella cruzaba hábilmente con los amigos de su marido; esos amigos de los que un día oí exclamar ingenuamente a un pobre esposo:
—Me parece que son más amigos de mi mujer que míos.
Ella trataba a su editor responsable con esa cortesía mundana que saben tener las mujeres inteligentes para sus compañeros de mesa, casa y... nada más. Llegaba en ocasiones a interesarse en público por él y preguntarle qué había hecho durante el día.
¿Cuál era la psicología de este marido metafísico y civilizado?
Él no parecía ni ciego ni sordo. No era posible, tampoco, decir que fuese desgraciado. Siempre lo tuve por un superhombre cuya figura desentonaba, en realidad, dentro del marco estrecho y burgués de una capital semialdeana. Se había adelantado unos cuantos años, muy pocos nada más, a nuestra época. Convencido de su papel en el mundo, lo desempeñaba sabia y correctamente, sin afectación, con una naturalidad admirable. Si en su presencia se comentaba la infidelidad de alguna mujer, tenía ese gesto de asombro, esa sonrisa de salón que ponemos cuando nos están contando algún suceso que no nos interesa y al que somos completamente ajenos.
Cuando ya hacía buen rato que se habían encendido todas las luces de la ciudad, se retiraban ambos esposos en su flamante máquina, adquirida, según rumores, de uno de los más asiduos amigos de la casa, a cambio de la vieja y carcomida duquesa que antes usaban.
—Voy ganando en el cambio —le dijo su amigo— pues pienso vender este coche en doble de lo que vale el automóvil, a un americano millonario, maniático por todo lo antiguo.
Y nuestro marido, dignamente, y convencido con estas razones, aceptó la máquina. ¡Desde hacía tiempo su mujer tenía tantos deseos de poseer una igual!
Cuando ellos se retiraban del café, después de los saludos del caso, todos enmudecíamos un momento; se cruzaban algunas miradas de inteligencia, pero a ninguno se le ocurría hacer un comentario, ni decir una palabra inconveniente. La conversación interrumpida continuaba naturalmente.
Y es que hay seres superiores, que aunque no simpaticemos con sus ideas, con su modo de ser, ni con su actuación en la vida, llevan en sí algo impalpable, pero cierto, nuevo e incomprensible, que nos hace respetarlos e... iba a decir también, admirarlos.
Es ese mismo recogimiento que sentimos ante una obra artística —cuadro, escultura, monumento— rara y audaz. Nos damos cuenta de que por falta de preparación no la entendemos, pero nos es imposible negar que hay en ella arte y grandeza.
Algo parecido nos ocurría con El caballero que ha perdido su señora. ¡No éramos suficientemente civilizados para comprenderlo!...
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.

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