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miércoles, 15 de mayo de 2019

Frituras fritas

Frituras fritas

Ciro Bianchi Ross
Caricatura de Laz
  
Sigo acopiando frases curiosas o disparatadas que leo en carteles colocados en dependencias públicas o casas privadas o que me remiten los lectores. Algunas de ellas no tienen desperdicio.
            En la ventana de una casa de la calzada de 10 de Octubre, cerca de la calle Gustavo: “Vendo gángster”. Al cabo de las semanas, el que colocó el cartel se percató de que él no vendía a Al Capone ni a Lucky Luciano, sino ejemplares de unos pequeños y simpáticos roedores y lo sustituyó por el correcto: “Vendo hámster”.
            En una estación de correos de la ciudad de Camagüey: “Después de las diez de la noche, telegramas solo para muertos”, sustituido luego por el apropiado: “Después de las diez de la noche, telegramas solo de urgencia”. Y en una vivienda de la misma ciudad, este, que me hace llegar el lector Ramón Figueredo: “No toque. Vuelva luego”; parecido a otro que, durante un tiempo, se vio obligado a colocar  el autor de esta página a fin de librarse de visitas molestas e indeseadas: “No toque a la puerta. Anúnciese a voces”. Lo que posibilitaba a este escribidor identificar por la voz del visitante y abrir la puerta a discreción.
            Hay algunos carteles memorables, como estos: “Vendo cochecito para niño metálico” y “Fabrico corrales para niños de madera”, por no hablar de verdaderas perlas idiomáticas como “Hay frituras fritas”; “Cuidado, hay un preso prófugo fugado” y  “Llegó la carne de viejos”.
            “No moleste. No compro ni sal”, leí durante mucho tiempo en la puerta de una casa del Vedado. Y en otra: “Cuidado con mi amo. El perro”. En una  de la Calzada de 10 de Octubre se leía: “Cuidado, hay perros”. Pero como el letrero se hallaba colocado justo al lado del número de la casa, al leerse de corrido parecía decir: “Cuidado, hay 777 perros”.
            El doctor Ramón Figueredo me cuenta en una carta sobre un profesor que residía en la calle Artilleros de su ciudad. Un día en que fue a visitarlo, encontró que el hombre había puesto en un lugar visible de la fachada de su casa este cartel: “Toque duro y repetido para poder oírlo”. Al leer aquello  Figueredo  se quitó un zapato y la emprendió a taconazos contra  la puerta. Compadre, me  va a tumbar la casa, dijo el profesor, molesto, al abrirle, y Figueredo, sin inmutarse, se limitó a señalar el cartel. No había hecho otra cosa que cumplir  lo que en él se recomendaba que se hiciera.
EL MOCHO DE CAMAJUANÍ
Todos los que conocieron al dictador Gerardo Machado coinciden a afirmar que era muy vivo y despierto, ágil en la réplica y demoledor en la contrarrespuesta. Tenía, sin embargo, muy bajo nivel educacional. Apenas fue a la escuela.  Desde muy temprano se vio obligado a trabajar como peón de fincas hasta que, en Camajuaní, encontró empleo como carnicero. Ganaría el apodo de El Mocho de Camajuaní al perder un dedo en la carnicería.
 Machado, que ascendió a la Presidencia de la República en 1925 y salió de ella como bola por tronera en 1933, se hallaba en una ocasión de gira política por la antigua provincia de Oriente. Una noche, tras una ajetreada jornada de reuniones, discursos y promesas que  cumpliría o no, se reunió con sus allegados para planificar la agenda del día siguiente. Dijo:
            -Mañana, cuándo váyamo a Manzanillo…
            Alguien de los que lo escuchaba, se atrevió a rectificarlo.
            -Váyamo, no, General, vayamos…
            A lo que Machado, imperturbable, replicó:
            -No, mañana a Manzanillo. A Bayamo vamos después.
            Fue precisamente en tiempos de Machado que comenzó a utilizarse la voz “guataca”, que es un cubanismo, para designar al adulador o apapipio. Vivía rodeado de ellos. Gente que cuando preguntaba la hora, respondían: “La que usted quiera, General”. O como el senador y periodista  Wifredo Fernández, que le susurraba al oído: “Gerardo, ha comenzado tu milenio”
ENFERMEDADES CUBANAS
Hay en la Isla enfermedades que nuestros médicos, a pesar de toda su pericia, no pueden identificar por el nombre que de manera común les dan los pacientes. Un listado de esas dolencias me hace llegar Pablo Vargas, de la dirección del Instituto Cubano del Libro. Desconozco quién es el autor de la selección.
            Aire: Dolor y malestar que se produce al pasar, desabrigado  o con atuendo impropio, de un lugar cerrado y caluroso a otro abierto y ventilado.
            Destemplanza: Temperatura misteriosa del cuerpo. No es demasiado alta para considerarla fiebre ni acudir al médico, pero sí bastante seria para no concurrir al trabajo ni a la escuela.
            Sirimba: Ataque temporal con temblores y pérdida del conocimiento.
            Patatús: Llamado también patatú o patatún. Muy parecido a la sirimba, pero en este caso, la persona que lo sufre cae al suelo.
            Empacho: Problema digestivo que sigue a un atracón de comida cubana;  léase, lechón asado, arroz blanco, frijoles negros, plátanos tachinos y ensalada mixta, regada generosamente con vino tinto o cerveza. No todos acuden al médico para que los ayude a superar este mal porque siempre en la propia cuadra o al doblar de la esquina hay una viejita que lo cura con solo estirar la piel de la espalda o de una pierna.
            Mal de ojo: Es el que empieza a aquejar a un niño cuando alguien le trasmite un daño con los ojos. Se aleja con una piedra de azabache o con la oración de San Luis Beltrán.
            Cuerpo cortado: Enfermedad tan indefinible como el aire. Si hay que describírsela al jefe o al maestro, se dice que parece que va a caernos catarro. Vaya, que no es más que un catarro anterior al catarro.
            Muñeca abierta: Dislocación de esa parte del cuerpo. También puede abrirse la cintura.
            Chiflío: Se dice mejor chiflido. Diarrea aguda.
            Andancio: Similar al chiflido, pero con dimensiones epidémicas.
PEPELITO “JABLA” LENGUA
Tiempo hubo en la Habana en que, tres veces al día, desde las fortalezas se disparaban al aire los cañones  con el propósito de alejar la epidemia de cólera que asolaba la ciudad. Y se encendían en las plazas grandes hogueras de viruta y brea para que la peste se llevara el morbo. Las personas sanas andaban con un pañuelo empapado en vinagre, alcanfor   cloruro pegado a las narices para preservarse del azote, mientras que los especuladores, que viven siempre de las calamidades públicas, hacían su agosto con la venta de parches y papelillos que recomendaban como infalibles contra la enfermedad. A la postre, los cañonazos, las hogueras ni los pañuelos empapados daban resultado alguno.

            En febrero de 1833 se desató en La Habana una epidemia de cólera. La trajo un tal Soler y once horas después de su llegada, el hombre que le dio posada estaba muerto. Un médico de entonces, el doctor Manuel Piedra, vio el primer caso y, sin vacilar, hizo el diagnóstico certero. Fue el acabose. No pudiendo luchar contra el cólera, los habaneros de entonces la emprendieron a pedradas contra Piedra. Y como quisieron matarlo, el Capitán General tuvo que ponerle escolta.
Se dice que en tres meses la epidemia se llevó a la tercera parte de los habitantes de La Habana y al finalizar el año había matado a más de doce mil personas.  Los comercios cerraron sus puertas y desaparecieron los vendedores ambulantes. Se rompieron las relaciones de parentesco y amistad. Las calles se veían solitarias en pleno día, transitadas únicamente por sacerdotes, médicos, estudiantes de Medicina, notarios… Los más pudientes salían de la ciudad para refugiarse en sus fincas más lejanas y solo conseguían  morir a la orilla del camino real sin ayuda alguna. Nadie quería trabajar como sepulturero.  Cuando el cementerio de Espada se hizo pequeño para tantos muertos, se improvisó uno frente a la Quinta de los Molinos, rozando con lo que hoy es la calzada de Ayestarán. En  aquella fosa enorme pararon   muchos de los cadáveres recogidos en la calle y otros más que, sin estar muertos, fueron enterrados en la cal viva.
            Y ese es precisamente el motivo de esta historia que cuenta el escritor Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones cubanas. Sucedió que un esclavo carabalí, ya casi al anochecer, debió conducir a aquella fosa una carreta con 22 cadáveres. Solo que entre ellos iba un borracho que, dado por muerto, había sido recogido en la Plaza Vieja. El fresco de la noche, el traqueteo del vehículo o lo que fuera, provocó que el curda volviera a la vida. El negro, al verlo incorporarse entre sus compañeros de ruta, le preguntó si estaba jugando y le recomendó que volviera a acostarse. No estoy enfermo, dijo el borracho. Peor, dijo el negro, tú etá muelto.Y agregó: Yo lleva veintidó muelto… aquí va eclito: papelito jabla lengua.
ACEITE DE PALO
Mucho ha variado la Medicina desde entonces. Ya al tétanos no se le llama pasmo ni ictericia a la hepatitis. Ni a la gastroenteritis se le dice acidosis. Ya los collares de higuereta al secarse no indican que se recogieron las paperas ni se emplean aquellas cataplasmas de cebo de carnero, borra de café y hojas de salvia envueltos en papel de cartucho  para sacar la pechuguera que dejaba el catarro. Tampoco las heridas se curan con aceite de palo, que evitaba el pasmo. Ni se habla de angurria para identificar  las ganas reiteradas e incontenibles de orinar. 
            Como dice el lector Manuel Lagunilla, de Trinidad, hoy “el lenguaje médico y científico ha traspasado el ámbito de los institutos de investigación, los hospitales y otros centros de salud para invadir el habla popular. Las palabras comunes, corrientes, sencillas se han tornado asépticas, blancas, oxigenadas, con olor a éter y sabor a yodo”.
            Así, nadie pide ya una hoja de salvia para aliviarse la punzada que siente en la cabeza. Sino una dipirona para la cefalea. No se habla de mala digestión, sino de ingesta y a la presión baja, que subía con un poco de café, se le llama hipotensión. Nadie imagina a nuestras abuelas, dice el doctor Lagunilla, hablando de un niño hiperquinético. Sentenciaban sencillamente: Este vejigo es un bofe.

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