sábado, 1 de noviembre de 2014

LOS AMORES Y DESAMORES DE MARÍA CANDELARIA

Gerardo Piña-Rosales, director de la Academia 
Norteamericana de la Lengua Española 

Relato de Gerardo Piña-Rosales

Acabamos de recibir –por el amable conducto del profesor, publicista y polimato cubano residente en Tampa (Estado de Florida) Don René León- un ejemplar de la obra de ficción más reciente del Dr. Gerardo Piña Rosales, Doctor en Lengua y Literatura Española por la Universidad de Nueva York, numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua desde 1992 y su Director desde 2008. Se trata de la noveleta* “Los amores y desamores de Camila Candelaria”, cuya trama se desenvuelve de manera lineal, partiendo del lar natal de la protagonista –Puerto Rico-, la emigración a Nueva York -a fines de los años 60, todavía adolescente, donde sufre sus primeros encontronazos con la lascivia masculina, la experiencia de un embarazo no deseado, su peripecia en una promiscuidad reiterada aunque excluyente de la prostitución mercantil de su cuerpo, y el recurso a una santera en busca de ayuda espiritual a fin de reordenar su vida (tendencia asaz arraigada en el imaginario caribeño), con varias páginas dedicadas a la descripción minuciosa y fiel del ceremonial de conjuración o exorcización (“limpieza”, en la jerga del ritual) de los demonios que habrían tomado posesión malévola de su ser, culminando en la proclamación por la oficiante de la liberación de su espíritu).
Esta escena, en particular, es de una plasticidad cinematográfica impresionante por su fidedignidad y su fuerza, que no creo que suscitara reparo ni corrección alguna por aquel sabio que fue Don Fernando Ortiz, el gran estudioso cubano del Panteón africano y especialmente de las creencias transterradas el Caribe por las poblaciones traídas como mano de obra esclava desde el África occidental ecuatorial.
El escenario se transmuta para la protagonista, por un golpe del Destino, en un billete de avión a Madrid, en la que explora sus parques, cafés y museos; visita Toledo y El Escorial, y a continuación viaja a Barcelona, se dirige al suroeste a través del corredor mediterráneo de las provincias valencianas, y topa en Granada con un guía turístico que le trae una ráfaga de amor, aunque intrascendente. Vuelta a tierras norteamericanas, decidida a cursar estudios universitarios, lo hace durante un año y mantiene una relación sentimental –como se dice hoy por hoy en la parla mojigata del periodismo del siglo XXI, en vez de aludir claramente a la cohabitación sin sacramento ni contrato- a la que pone fin al llegar al segundo curso curricular.
El íter pasional de la protagonista incorpora ahora a un sacerdote de libido alebestrada, que es rápidamente apartado de la competencia en pos de la hembra por un varón machista, dominante y tiránico, que a su vez periclita y se desvanece de su vida.
Al llegar a tres lustros más dos años en los EE.UU., hallándose a esta altura del relato en el marco de la Gran Manzana, la seducción espiritual que le despierta el Yoga la lleva a frecuentar el Templo de la Gran Hermandad Universal, de inspiración hindú, a cuyo influjo sanea sus costumbres, mejora de salud y hasta se alivia su inquietud mental.
Trasladándose de escena a las instalaciones cuasi monásticas de la Gran Hermandad en su sede central en El Caimán, regidas por un Maestre cerca de la población puertorriqueña de Ponce, nuestra protagonista pasa a disfrutar de un estado de tranquilidad y sosiego, donde llegar a hacer el equivalente de los votos de profesión monjiles, mientras presencia cómo el Maestre realiza curaciones milagrosas, y se convierte en la discípula elegida por el Maestre. Hasta que ¡ingenua de ella! descubre de la manera más descarnada cómo la lujuria hierve con la misma intensidad en el corazón y las gónadas de los Maestres supuestamente imbuidos de un fementidamente asexuado fervor religioso que en las auxiliares femeninas del santuario –que en verdad prestaban los servicios de huríes para complacer, y nunca mejor dicho lo de “complacer”, al venerado y tenido como taumatúrgico Maestre.
Están muy bien plasmados la atmósfera y el aire de reclusión y aislamiento de la comunidad religiosa respecto del mundo exterior, con esa mezcla de sumisión tranquila que instila el poder hipnotizador o acaso simplemente dominador de la persona del Maestre, basado en su conocimiento excluyente (y prepotente) de las formas tántricas que han de conducir a los creyentes a la iluminación
De regreso una vez más en los EE.UU., el periplo vital la lleva a conocer, en el medio universitario, a un exitoso abogado de unos 45 años de edad, a quien se une en matrimonio, con quien viaja, y comienza a llevar una existencia pletórica de comodidades de las que los envidiosos y los izquierdistas trasnochados –no menos envidiosos que todos los demás- califican como “burguesas” –aunque se traten realmente de mejoras en las condiciones vitales que los ingresos de un profesional de mediano éxito puedan sufragar para el disfrute de sí mismo, de su cónyuge y de algunos otros familiares, si los hubiera-.
La odisea vital tiene como desenlace el azote que cae sobre el marido de la protagonista –estrictamente ceñido al caso individual, en este texto- de lo que representó la cólera en la Baja Edad Media en Europa y la tuberculosis en el siglo XIX, es decir, el golpe del virus de inmunodeficiencia humana en la última pareja de la protagonista, contagiado en virtud de su promiscuidad homosexual.
Y Camila Candelaria abandona los EE.UU. y regresa al San Juan de sus orígenes, “recordando, escribiendo, no tanto para consignar las vicisitudes de mi vida sino para desahogarme, para descargar mi rabia y mi tristeza, para aliviar mi soledad. Y así, hasta que me llegue mi última hora”.
El independentismo tiene un tránsito muy fugaz por el texto, como propio de idealistas frustrados y de aspirantes a estalinistas, representados por el personaje patético a la vez que irritante de Edwin (página 16), que en realidad sólo busca copular en serie mientras que desbarra en el Village contra la que considera una aherrojada sociedad, aunque no tiene arrestos para emprender una acción cívica sostenida ni tampoco una acción directa –eufemismo por “acción armada”-, porque no está dispuesto a correr esa clase de riesgos.
La presentación de esta noveleta, muy cuidada lingüísticamente y en cuanto a su ritmo narrativo, tiene elementos de parábola, de relato costumbrista sin moralina, alejada desde luego de una localización provinciana –porque es fundamentalmente urbanita-, pero con una angustiosa utilización de la mujer como objeto de placer, desprotegida ante todas las supercherías de los hombres y de otras mujeres –no es por casualidad que la gran sacerdotisa del Maestre se llame Madre Maleva, ya que en lunfardo Maleva significa mala-.
© Roberto Soto Santana, de la Academia de la Historia de Cuba

*Siguiendo la denominación que al género le ha dado la escritora cubana Daína Chaviano, “por su longitud peculiar [que] incluye lo mejor del cuento y la novela. Por un lado, permite adentrarse en la psicología de los personajes de una manera que el cuento, por su brevedad, no admite… Por otro lado, la noveleta proporciona el espacio justo para dibujar un universo semejante al de la novela. Su brevedad con respecto a la novela puede ser también una bendición, porque la trama se ve obligada a prescindir de divagaciones.”



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