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martes, 15 de diciembre de 2015

El discípulo predilecto de José Martí, en la Corte del Emperador Guillermo II

Gonzalo de Quesada
Por: Roberto Soto Santana

Como ha señalado un investigador y docente de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, a fines del siglo XIX, “casi toda América Latina giraba alrededor de la órbita de Inglaterra, de Francia y/o de Estados Unidos. Esta situación no era del agrado de importantes sectores de las élites locales a pesar de la francofilia, anglofilia e incluso americanofilia que pudieran haber sentido en un momento determinado …Sin embargo, el surgimiento en 1871 de Alemania como potencia política, militar y económica llenó de ilusión a ciertos sectores elitistas pues pensaban que el fortalecimiento de la presencia alemana en los mercados latinoamericanos rompería el viejo dominio tripartita (anglo-franco-estadounidense) y les permitiría mejores opciones a las poblaciones autóctonas…Alemania aparecía ante los ojos de algunos latinoamericanos como un modelo socio-cultural perfectamente simétrico en el que la pujanza material era equilibrada por una cultura sofisticada que era capaz de producir los mejores músicos y poetas, pero también los mejores científicos.” (Ver Nota al pie)

En Cuba, la germanofilia se convirtió en una inclinación perseguible a raíz de “La Chambelona” (alzamiento armado declarado el 11 de febrero de 1917 por los seguidores del Partido Liberal encabezados por el General José Miguel Gómez, contra las ansias reeleccionistas del líder del Partido Conservador y Presidente durante el cuatrienio 1913-1917, Mayor General Mario García Menocal).

El discípulo predilecto de José Martí, Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915), fue, por su formación académica y afinidades ideológicas, un intelectual germanófilo -a diferencia de Enrique José Varona, cuya germanofilia tenía una naturaleza estrictamente cultural, con exclusión de la política-.

Nombrado en 1910 como Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de Cuba ante el Emperador Guillermo II de Alemania, Quesada –quien falleció en el cargo, en Berlín, en enero de 1915- publicó en junio de 1913 (en la casa editorial J.J. Weber, de Leipzig) el libro de gran formato -220 x 295mm- “LA PATRIA ALEMANA” (del cual tengo a la vista el ejemplar obrante en mi biblioteca), profusamente ilustrado con muchas fotografías y un surtido de litografías, repartidas en 382 páginas comprensivas de encendidos elogios hacia la civilización, la cultura, la organización política de la Alemania Imperial, y en especial hacia la persona del Kaiser de la casa Hohenzollern entonces reinante.

Haciendo gala de una verbosidad encomiástica claramente excesiva, entre las páginas 22 y 28 del libro, dice Quesada: “De ninguna figura contemporánea se ha escrito más que de Guillermo II; numerosos libros, multitud de folletos y artículos hanse ocupado de sus varias y geniales condiciones. Nada nuevo hay ya que añadir y, sin embargo, Su Majestad resulta siempre tema nuevo e inagotable de entusiastas elogios o apasionada crítica. Y es que pocos soberanos han mostrado versatilidad igual a la suya y no son muchos los que han logrado tanto como él en pro de la patria…El completo plan de educación, ideado por su madre –la entonces Princesa Victoria-…le ha proporcionado profundos y extensos conocimientos literarios, base de notable cultura, que nutre a diario con lo más selecto de los diferentes idiomas que posee y domina como el propio…El hogar de Sus Majestades es modelo de hogares y en la Corte no han podido abrirse paso el vicio y la inmoralidad…¿Cómo no ha de ser venerada y ensalzada Su Majestad en todas partes? Con el advenimiento de Guillermo II al Trono, comenzaron ‘las responsabilidades infinitamente pesadas que la hacían temblar’, pero el Emperador ha ido afrontándolas con éxito singular…Como para el primer Guillermo, ‘la columna en que se apoya la monarquía es el Ejército’. Y, Hohenzollern genuino, es, antes que nada, militar…Su mira constante es que sus guerreros sean ‘cristianos obedientes, leales y valerosos patriotas’…El poderoso Ejército Alemán garantiza la paz de Europa”.

Estas apreciaciones laudatorias quedaron hechas con apenas un año de antelación a que el Imperio Alemán diese inicio, junto con el imperio austro-húngaro, a la hasta entonces guerra más sangrienta entablada en la mayor extensión del orbe: la Primera Guerra Mundial, una guerra de agresión por parte del Imperio Alemán y sus aliados, en la que, solamente en muertes, se contabilizaron las de diez millones de militares y siete millones de civiles. En la persecución de los crímenes de guerra cometidos durante la contienda, en el transcurso del verano de 1921 –tres años después de concluida la Guerra- solamente fue acusada una escasa docena de militares alemanes, la mayoría de los cuales fueron absueltos y al resto se les impusieron levísimas penas de prisión.

Igualmente quedaron indemnes los actos genocidas cometidos por las autoridades alemanas, durante las épocas de su dominio y en fecha tan temprana como el año 1904, en las posesiones coloniales africanas, en periodos previos a, y coincidentes con, la Primera Guerra Mundial, especialmente en el África Sudoccidental y en el África Oriental alemana. En la represión de la sublevación de la etnia herero, en el África Sudoccidental (hoy en día, Namibia), entre 40 y 100 mil personas de todas las edades fueron masacradas (por medio de las armas o de la inanición); y en el África Oriental (hoy en día, Ruanda, Burundi y parte de Tanzania) entre 80 y 300 mil personas fueron asesinadas.

No obstante ser vox populi la comisión de tales delitos de lesa humanidad, y el hecho incontestable de que las principales Potencias Centrales ya se habían involucrado en las recientes dos Guerras Balcánicas de 1912 y 1913, y ahora se preparaban para otro conflicto –que terminó siendo la Gran Guerra, en la que Austria-Hungría entró el 28 de julio de 1914; y el Imperio Alemán, el 1 de agosto de 1914), el inefable embelesamiento del Ministro Plenipotenciario de Cuba hacia al Emperador Guillermo II quedó reiterado en su citado libro de 1913, al relatar (páginas 52 y 53) los pormenores de la entrega, en manos del Emperador, de sus Credenciales: “El Kaiser viste el uniforme de General de Infantería; a unos pasos hágole el saludo, dirigiéndole breves frases en nombre del Presidente de la República; a una indicación suya me acerco y entrégole mis Credenciales; efusivamente me estrecha la mano. Agradece mis frases; me habla de cómo sus marinos regresan encantados de La Habana, donde se les dispensa cordialísima acogida; del comercio y prosperidad de Cuba…Su trato –como sucede a todos los que le ven de cerca- me encantó por la franca afabilidad e interés que mostraba en la conversación, que duró cerca de diez minutos.”

(Nota) Alberto Lugo Amador, “Germanofilia”, pág. 104, impreso por Lulu.com, Raleigh, North Carolina, 2012.

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