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martes, 15 de diciembre de 2015

LOS PEREGRINOS DE SAN LÁZARO





El San Lázaro venerado por el pueblo de Cuba, representado en pinturas y esculturas como el hombre viejo y pobre, apoyado en muletas, a quien los perros le lamen las llagas del cuerpo es un Santo de la iglesia del alma, un templo levantado sobre los pilares de la tradición.

Manuel Henríquez Lagarde 
La Habana



• Con tu ayuda salgo
Marta María Pérez
Los dos cuerpos serpentean sobre el asfalto. Codos y rodillas son los medios de locomoción de ese joven de piel blanca, vestido con un traje mal cortado en tela de saco de yute; y de la mujer, una negra gorda, cuarentona, que viste pantalón rojo y un sucio pulóver blanco.
Están a la entrada del santuario. De allí al altar mayor, donde se pagan las promesas, solo quedan algo más de doscientos metros. Ese es el tramo más difícil y los cuerpos apenas si tienen fuerzas. A última hora, suele suceder, la fe supera las posibilidades físicas.
La mujer se nota mucho más cansada que el muchacho. Se ve exhausta, resoplando en el suelo, con el rostro maquillado por el polvo de la carretera.
La algarabía del coro de curiosos y fieles escoltan a la pareja en el último tramo de la promesa. "¡Vamos Ramón, vamos Ramón!", grita un hombre que va delante del dúo barriendo con una rama las piedras, limpiando el camino de los penitentes. "¡Vamos Ramón, ayúdala, ayúdala como caballero! ¡Tú eres un caballero, Ramón!" El joven le tiende un brazo a la mujer. "Dale, dale -le dice-, un esfuerzo, ya queda poco". Un fuerte suspiro de ella levanta una nubecita de polvo y al fin logra, rodando su pesado cuerpo, avanzar unas pulgadas. El coro de curiosos se entusiasma ante su empeño. "¡Arriba, tú puedes!". En el rostro de la mujer una mueca simula una sonrisa. "¡Vamos, vamos!". A duras penas, la pareja logra avanzar entre la multitud que cada vez se hace más compacta. "¡Dios mío -dice alguien que los ve pasar- algo grande debió concederles el Santo a esa gente para que hagan eso!".
La escena no es única. Desde el día anterior, sábado 15 de diciembre, decenas de miles de personas han venido, desde todas partes del país, para expresarles su gratitud o pedirle algún favor a San Lázaro. "Al viejo hay que cumplirle, con él no se puede andar con juegos", dicen algunos de los que en vísperas del 17, día del Viejo, han llegado hasta el Rincón, un pueblito cercano a la Ciudad de La Habana.
Los fieles, por lo menos una buena cantidad de ellos, van a pedir o a pagar favores relacionados con la salud y el bienestar. Al Santo se le ruega que salve a un familiar muy querido -una madre, un hijo- o que consiga un buen trabajo o un buen marido. El Santo lo resuelve todo, o casi todo.
Pero existe una contradicción. En cierta medida, la peregrinación carece de sentido. El Santo venerado no está en el gran altar de la Iglesia de El Rincón, ni en ninguna otra parte. El viejo solo figura en el ara del sincretismo religioso.
El San Lázaro venerado por el pueblo de Cuba, representado en pinturas y esculturas como el hombre viejo y pobre, apoyado en muletas, a quien los perros le lamen las llagas del cuerpo es un Santo de la iglesia del alma, un templo levantado sobre los pilares de la tradición.

EL LÁZARO DE LA IGLESIA
"San Lázaro bendito, que sufriste desprecios y persecuciones de tus amigos, imitando con tu resignación y paciencia a nuestro Jesús amoroso, perdonando a los que te hacían daño, y regando la caridad a tu paso, concédeme la petición que te hago en este día..."
Los creyentes, con las manos cargadas de velas, tabacos, aceite de cocina, dinero y otras ofrendas para el Santo, se amontonan frente a la pequeña efigie de este ubicada a la derecha de la puerta de la iglesia.
Nadie sabe por qué esa preferencia de los peregrinos por el San Lázaro de halo de oro y capa roja en detrimento del San Lázaro de mayor tamaño que preside el altar del templo. Se supone que la predilección popular se deba a que, muchos años atrás el Lázaro de las muletas y los perros estuvo alguna vez bajo el techo de la Iglesia de El Rincón.
Según rumores, un Monseñor al descubrirlo mandó retirarlo, pero unas amables monjitas, luego de esconder las muletas y los perros que ofendían a la ortodoxia, cubrieron su cuerpo con la capa roja que hoy lleva. Es posible que para ellos sea este el mismo San Lázaro disfrazado. Sin embargo, la iglesia no coincide con tales habladurías. Para ella, ambos santos, el del altar y el de la capilla, son uno solo: San Lázaro Obispo de Marsella.
En los textos sagrados sobre este Santo abundan las leyendas y las versiones. San Lázaro Obispo es el mismo Lázaro que aparece en la Biblia (evangelio de San Juan, Capítulo 11), el amigo de Jesús que vivía en una aldea llamada Betania y hermano de Marta y María, quienes al morir Lázaro de enfermedad y ser sepultado en una cueva abierta en una roca, fueron en busca de Jesús para que lo resucitara.
Cuando Cristo acudió al lugar, ordenó retirar la piedra que cubría la entrada de la sepultura y gritó: "¡Lázaro, sal del sepulcro!". El milagro se cumplió. Luego de crucificado el hijo de Dios y ser expulsados los cristianos de aquellas tierras, Lázaro y sus hermanas pasan a Joppe, llamada después Jaifa, ciudad marítima situada a siete leguas de Jerusalén. Según algunos textos, en esta ciudad fueron obligados a embarcar en una nave sin timón, mástiles ni pertrechos. De nuevo, el prodigio. La historia los desembarca a salvo en la ciudad de Marsella, considerada entonces como la urbe más importante después de Roma.
Con el auge del cristianismo, durante el imperio de Vespasiano, en esta ciudad Lázaro es nombrado Obispo. Pero poco dura la paz del futuro Santo. Un nuevo procónsul de Marsella persigue a los cristianos. Lázaro, el Obispo, es encerrado y sentenciado. Lo ataron a un poste, las flechas se hundieron en su cuerpo y sobre las heridas le aplicaron láminas de hierro candente. El 17 de diciembre de la Era Cristiana es decapitado. Esta vez no ocurrió ningún milagro.

BÍBLICOS Y POPULARES
Pero esta no es la historia que todos los fieles conocen. Sentados dentro o en los jardines de la iglesia, los creyentes esperan la llegada del día de San Lázaro rodeados de 17 velas encendidas y acompañados por la representación iconográfica del Viejo, la cual según algunos estudiosos, tiene también un origen bíblico.
En la Biblia, además del Lázaro, el amigo de Cristo, hay otro personaje con el mismo nombre. En una de las treinta parábolas atribuidas a Jesús aparece un hombre de pobres hábitos, hambriento y enfermo, rodeado de perros que le lamen las úlceras del cuerpo. En el texto sagrado, el pobre Lázaro, en una ocasión le pidió comida a un rico señor que se banqueteaba en el portal de su casa y este le negó la limosna al hambriento. Al morir ambos, el epulón fue al infierno a recibir los peores castigos. El destino de Lázaro, en cambio, fue el Paraíso.
La moraleja de esta ficción es bien explícita. Los buenos, los desposeídos, serían recompensados; los malos, los egoístas, castigados. Como es de suponer, esta lección de humanidad debió contar, desde tiempos remotos, con muchos prosélitos que encontraron en la misma la realización de una última esperanza.
La relación simbólica entre el hombre rico y Lázaro fue utilizada para llamar a la piedad y la misericordia de los poseedores para con los desposeídos y suele afirmarse que la representación icónica de este Lázaro rodaba ya con estos fines -incluso antes de la llegada de los españoles a Cuba- por países como España, Francia e Italia.
En la mente de los devotos, las historias y los personajes se entrecruzan y desfiguran. Se establece una confusión entre el Lázaro de las estampas traídas por los colonizadores y el Obispo de Marsella, de quien tomó la lepra el nombre de "mal de Lázaro". Los libros aseguran que al ser fundada la Orden del Hospital durante la Edad Media, Marsella y París fueron los centros de esta congregación religiosa, primero para auxiliar a los pobres en general y después dedicada sólo a los leprosos. La imagen expuesta en estos oficios era la de San Lázaro Obispo, Santo al que los españoles veneraban un domingo anterior al 17 de diciembre, día del año escogido para la lectura evangélica de San Lázaro.
Este equívoco entre el de la Parábola y el de Marsella se complica con la aparición de un tercer Lázaro, por cierto, ni Santo, ni bíblico. Todo lo contrario. Según una leyenda de origen andaluz, un señor de esas tierras se vino a América. En los recién descubiertos dominios españoles, el tal Lázaro prosperó en el negocio de la prostitución. Muy aficionado
a las faldas, contrajo un mal incurable que lo hizo regresar a España. Al llegar, en un acto de arrepentimiento, repartió sus abundantes bienes entre todos los pobres.

BABALÚ-AYÉ
Como bien expresó Fernando Ortiz, los negros esclavos, a falta de familia y bienes, trajeron consigo sus creencias religiosas, su cultura, sus cantos y sus lenguas. La memoria del esclavo fue su mayor tesoro. Desde el siglo XVI hasta nuestros días, la oralidad ha conservado en su esencia las tradiciones religiosas africanas.
Babalú-Ayé fue un pasajero más en cada uno de los sobrecargados barcos negreros que anclaron en Cuba. En la tradición muy bien guardada por los babalochas y santeros cubanos predomina el criterio de que Babalú-Ayé es un orisha de origen arará, subgrupo este de los yorubas procedentes de las zonas que comprenden las márgenes del río Odi hasta el curso de agua denominado por los traficantes como Nuevo Calabar. Otras teorías da a los ijava, también del tronco lucumí, como posibles instructores del culto de Babalú-Ayé.
Una versión del mito plantea que Babalú-Ayé fue repudiado en su tierra por padecer de lepra. Y este lacerado es el que aparece, en los testimonios afrocubanos recogidos por Lydia Cabrera en su libro El Monte, como parte del público que escuchaba adivinar a Changó: "¿Por qué no me adivinas?" -le pide Babalú-Ayé. Changó le contesta: "Mi padre me ha dicho que aquí en está tierra yo tengo un medio hermano. Ese eres tú. Pero, escucha, tu porvenir y tu suerte están lejos de aquí. Vuelve la espalda y vete. Atraviesa el monte y encontrarás donde reinar". Al oír esto, Babalú replica: "¿Cómo voy a andar por el mundo en el estado en que me encuentro?".
Es entonces cuando Changó se dirige a su otro hermano, Oggún, que solía andar acompañado de dos perrazos. Changó se los quita y se los ofrece a Ayé quien, custodiado por los dos animales, atraviesa la selva siguiendo la dirección indicada por el adivino.
Fue así como Babalú llegó a la tierras de los arará y se tendió a dormir a la puerta de una casa. De madrugada, un muchacho lo despierta. Al adolescente que padecía su misma enfermedad le dice: "¿Quieres que te cure?" El muchacho aceptó con mucha fe y el curandero le pidió harina, manteca de corojo y un saco de hilo de henequén. Con la harina, lo mojó con manteca y le frotó todo el cuerpo con aquel pan. Luego quemó toda la ropa con que iba vestido el enfermo y lo vistió con el saco de henequén. "Toma este pan -le dijo cuando hubo terminado de limpiarlo- ve a tu casa, clávalo detrás de la puerta y ve después a desnudarte en presencia de tu madre".
Según el mito, cuando la mujer vio a su hijo enteramente sano salió por pueblo a pregonar el milagro. Desde entonces Babalú-Ayé, como le había profetizado Changó, reinó en Dajome.
No está de más apuntar que en esta versión aparecen elementos como el saco de henequén y el pan a los que algunos investigadores le atribuyen un origen andaluz. En España el hábito de los Lazaristas fue, en un principio, de basta y estameña y más tarde se cambió por el saco de yute. De Andalucía procede igualmente la superstición del pan detrás de la puerta, la cual, según se cree, es derivada de San Roque, protector del hogar a quien también se invoca contra las enfermedades y es representado como un viejo con dos perros y un pan bajo el brazo.
Cual el Lázaro andaluz, Babalú-Ayé es un gran amante de las faldas. Dice la tradición cubano-africana que sus llagas son un castigo por cohabitar en Viernes Santo. Olofi, la más alta divinidad del santoral africano, le dio aché para poseer a todas la mujeres y él, engreído, creyó que no tenía que observar abstinencia alguna. Murió pronto y fue Ochún quien logró que Olofi lo resucitara a cambio de un poco de oñi (miel de abejas). De sus amores se cuenta que los tuvo hasta con Yemayá.
• Oración a San Lázaro
Zaida de Río
EL ALTAR DE LA TRADICIÓN
Del sur de España heredamos además los actos medievales que han sido, desde la fundación en 1916 del Lazareto del Rincón, una atracción para los curiosos. Como salidos de la oscura noche del medioevo, en cada víspera del 17 de diciembre, por la carretera que une a Santiago de las Vegas con El Rincón, los penitentes rinden culto al Santo.
Una anciana arrastra todo su cuerpo por la carretera. En una mano lleva atado un perro sato; con la otra, empuja una cajita de madera donde fieles y curiosos dejan caer monedas que luego serán ofrendadas al santo. Lourdes, una muchacha de 24 años, estuvo al borde de la muerte después de un accidente de tránsito. De rodillas va a pagarle su vida al Viejo. Una familia entera se ha rapado la cabeza; todos, vestidos de saco y con los pies desnudos van rumbo al santuario.
La autoflagelación, que a pesar de tener un origen distante, se incrementó en los años de la seudorrepública, cuando la peregrinación era fundamentalmente una manifestación de mendigos, se une con el espíritu festivo del ron y conga de muchos de los peregrinos.
Las principales tradiciones religiosas del cubano convergen y se expresan camino de El Rincón: la santería y la desfiguración popular del cristianismo.
Una de las explicaciones lógicas para este fenómeno pudiera ser la discriminación de estos hábitos en algunos periodos de la historia nacional. Se sabe que desde los tiempos de la esclavitud, en la mayoría de los casos, la evangelización del negro fue precaria. La catequización y el bautismo de los mismos obedecía más bien a un trámite formal que a un sincero deseo de convertirlos, ya que existía pena de excomunión para quienes poseyeran esclavos sin haber sido bautizados.
No es secreto para nadie tampoco que en los años 20 y 30 del siglo pasado, los tambores fueron prohibidos en Cuba. En esos tiempos para realizar un toque de santo y bembé era necesario pedir un permiso que muchas veces era negado por ser consideradas las religiones africanas como primitivismo de negros.
No hay mejor ejemplo que la prohibición realizada por la Diócesis de La Habana en 1919. El obispo de la ciudad, Pedro González Estrada, firmó con su puño y letra un edicto que prohibía el culto al San Lázaro de las muletas y los perros. Es conocido, además, que el Código de Defensa Social vigente al triunfo de la Revolución lo consideraba una contravención y una agravante de la responsabilidad penal.
Las creencias que no podían manifestarse en las calles libremente terminaron ocultándose en las casas. De esta forma, la tradición empezó a transmitirse por los canales de la educación familiar. Las influencias religiosas se adquirían del mismo modo imperceptible en que pasa de una generación a otra, algo tan aparentemente sencillo como la preferencia por un plato de comida determinado.
Las tradiciones no mueren fácilmente. Como esta vez, es posible que ante el altar vuelva a encontrarse nuevamente otra pareja, similar a la que aparece descrita al comienzo de este trabajo, que sintetice en sí misma el carácter sincrético de la religiosidad popular.
El se persignará ante la efigie de San Lázaro Obispo, y ella, montada por Babalú -Ayé, agotará todas sus fuerzas más allá de los límites del desmayo. En ese momento no faltará seguramente, la voz metálica que solicite por el audio el auxilio de los compañeros de la Cruz Roja.

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