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lunes, 1 de agosto de 2016

LOS OJOS DEL ALMA


Eliana Onetti

 Yo no había visto… ¡Hay tantas cosas que no vemos! ¿verdad? Por eso  es bueno llevar los ojos del espíritu bien abiertos, para poder percibir lo imperceptible, para saborearlo a plenitud, para entender y enriquecernos…
            Pues bien, yo no había visto aquella casa aislada y hermosa a la vera del famoso río que quiso, cansado de ser como era, convertirse en otra cosa. ¡Sabéis lo que le pasó! Se metió por el ojo de la aguja que una costurera perdió en sus aguas y se convirtió en un hilo de cristal de Bohemia. Desde entonces, llora su imprudencia cosido en el escote del vestido de la Reina Vanidad.
            Pero, volviendo a la casa, os diré que tenía  el porte altivo de los castillos del Loira y que los  jardines que la rodeaban eran hermosos y señoriales; verdes y amenos.
            Una sola puerta –inmensa, solemne y sólida- esperaba, con sus herrajes de bronce que brillaban al sol, para dar paso a las personas importantes y ricas que eran visita habitual.
            Por sus ventanas,  enormes ojos de cíclope, se colaban los sueños de los pobres que admiraban desde lejos su esplendor y quedaban presos de las armaduras de acero que hacían guardia en el interior.
            Aquella casa era tan extraordinaria que me cautivó y siempre que podía me acercaba para admirarla mejor.
            Una vez vi cómo un chaval del lugar, flaco y desharrapado, se metió dentro por la trampilla de la despensa, atraído por el reconfortante olor a cocido que se escapaba de la cocina y ascendía por la enorme chimenea.

            No volví a verlo, pero, desde ese día, envueltos en el humo gris que se escapa del hogar, se elevan sus deseos de libertad que gritan sin voz pidiendo auxilio; llamando, inútilmente, a su mamá.

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