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lunes, 1 de agosto de 2016

MIS FIELES AMIGOS LOS ANIMALES

Dr. Raul del Pino
  
            Los animales, fieles, sin maldad, sin trastiendas, sin rencores, llenos de amor que brindan libre y sin medida. ¡Cuánto tenemos que aprender de los animales! Será que la intención divina en crearlos, fue que tratásemos de emularlos, de aprender de ellos, de contagiarnos con su amor incondicional.
            Son ustedes parte de la Creación. De la misma mano fueron hechos. La misma fuente creativa los concibió y con un soplo divino fueron puestos en nuestras vidas como instrumentos del amor incondicional.
            A veces pienso que mi gran deseo de querer y proteger a los animales, quizás obedezca a algún tipo de obsesión o necesidad enfermiza. Mas estoy convencido que los animales deben ser amados y protegidos. Es nuestro deber hacerlo, puesto que son  indefensos, hermanados  a nosotros por el plan de la Creación. Criaturas con sentimientos, sensibilidad y composiciones biológicas similares a las nuestras. Criaturas que lo dan todo sin pedir nada. Criaturas indefensas ante el poder destructivo del hombre. El universo todo, tiene sólo una mejilla, maltratar a un animal es dar una bofetada a todo el universo.
            Son los animales, criaturas inocentes, que no saben de odios, envidias, ni rencores. Criaturas que aman por amar, eternos niños, que sólo piden un sustento para poder sobrevivir.
            En los ojos de los animales, si los miramos con los ojos del alma, sin duda veremos el sentimiento eterno, reflejado en los mismos. Ellos se comunican sin palabras, sin rodeos, sin las telarañas de la mente humana. Sus miradas son limpias, cristalinas, semejantes a las miradas ingenuas de los niños.

            Es innato en nuestros hermanos el perdón, el amar con lealtad y fidelidad. La traición no existe en ellos. Reconocen y aprecian el amor, aunque no lo exigen.
            Maravilloso regalo al hombre son los animales. Sus vidas deberían generar en nosotros un sentido de compasión, hacernos más sensibles ya que siendo más sensibles, con seguridad, pudiéramos entregarnos más al amor y a la compasión.
            Seguramente,  conocer la verdadera naturaleza de los animales, nos llevaría a tratar de imitarlos. Sin duda sentiríamos más el amor, ese gran regalo divino que nos lleva a la verdadera y única felicidad. Aspiraríamos a ser mejores con el prójimo y con nosotros mismos. Cuando permitimos ser abrazados por el dulce hechizo de esos seres especiales, nuestras existencias adquieren una nueva, refrescante e inefable sacudida de bienestar. He aquí la manifestación de ese regalo que son los animales.

            P.S.: Le dedico estas líneas a mis perros y gatos o, mejor dicho, a mis fieles y queridos amigos.





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