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sábado, 15 de septiembre de 2018

La India Habana

Foto tomada de: Cuba en la Memoria
                                                          

  El gobernador de la Española Nicolás de Ovando, ordenó el bojeo de Cuba a Sebastián de Ocampo. En 1508 se realizaría el bojeo de la isla por la costa sur y la norte.  Observando dicho navegante las condiciones de los diferentes puertos y surgideros. Al confrontar sus naves con ciertos problemas para su navegación, hubo de fondear en lo que iba ser la bahía de la Habana. Cerca del lugar donde fondearía, desembocaba un riachuelo, y cerca de él encontró un depósito de mineral asfáltico que podía sustituir la brea, que necesitaba para reparar las naves.  Le puso el nombre de Puerto de Carenas, por haber carenado en el sus naves.  El lugar se encontraba protegido por un alto peñasco, rodeado de un espeso bosque de cedros, caobas y frutos de todas las clases.  Los marineros y oficiales después de terminar los trabajos de reparación de las naves se dedicaban a recorrer los alrededores y consumir la variedad de frutas.  La historia que quedo de este viaje de Ocampo fue pasando de generación en generación, hasta nuestros días, y es así:

  Habían llegado los españoles en su viaje de bojeo de la isla de Cuba, a un lugar donde se levantaba una gran elevación que servía de protección a su puerto.  Decidiendo Ocampo reparar sus naves que se encontraban en mal estado, después de la larga navegación, y de un mal tiempo que se aproximaba.  Dos días después, al ver las condiciones favorables del puerto, y que se podía hacer su reparación con betún negro que encontró, en nombre del rey de España, se llamaría desde ese día, Puerto Carenas. 

  Era una de esas mañanas tropicales, soleadas y con cielo azul brillantes, el viento soplaba suave, los pájaros cantaban, las flores con su perfume embriagador, era un paraíso de quietud y de belleza.  Los marineros y los pocos oficiales habían salido a dar una vuelta en los alrededores.  Cerca había unas palmas reales, que se erguían, y cerca de ellas al aproximarse los españoles, descubrieron sentada en una roca, completamente desnuda, una india de singular belleza.  Larga cabellera negra, que brillaba con el sol.  Su cuerpo color broncíneo, de su cuerpo caían las gotas de agua, pues acababa de salir de un riachuelo cercano.

  Uno de los oficiales, admirado de la belleza de aquel ángel que parecía sobrenatural, en aquel paraje, se acercó y le pregunto:

_¿Quién eres, bella indiana?
_ Habana –le contestó-.
-¿Cómo se llama este lugar?
- Habana –ella respondió-.
- ¿Quién es tu padre?
- Habanex –contestó ella orgullosa-.
  Los españoles estaban estupefactos de la belleza d aquella mujer, y de la serenidad con que ella les respondía.

-Pues bien, desde hoy este lugar se llamará Habana.

  Uno de los oficiales que sabía pintar, hizo un croquis de la bella india, que todos los días venía a bañarse en el mismo lugar. Debajo de la pintura escribió: Habana

  Pasarían más de trecientos años, y se decía que por aquel croquis, se hizo la estatua de La India en lo que fue el parque. Como es natural estas historias van variando de generación en generación, pero lo que si podemos decir es que la estatua fue erigida en el 1837, por iniciativa del Conde de Villanueva. Se encontraba a la salida de las Puertas de Tierra, frente al Campo de Marte, y al principio de la Alameda de Extramuros o Alameda de Isabel II. Se le llamó de La Habana, de La India o de la Noble Habana, pero fue conocida por el pueblo por Fuente de la India, y simbolizaba la Capital de la Isla. Su escultor fue Guiseppe Gaggine, sobre planos del español Manuel Pastor. Echa toda de mármol de Carrara.
 
En el Diario de la Habana en el año de 1841, el periodista Tranquilino Sandalio Noda, la describió así:

“Delante de las puertas de la ciudad de La Habana, cerca de donde estuvo la estatua del Rey Carlos III, al extremo Sur del Nuevo Prado o Paseo de Extramuros, construido en 1772, y junto a las verjas y almenadas puertas del Campo de Marte o Militar, se ve una fuente de mármol que se alza en un pedestal cuadrilongo sobre cuyas cuatro esquinas y resaltadas y pilastras se apoyan cuatro enormes delfines también de mármol, cuyas lenguas de bronce sirven de surtidores al agua que vierten  en la concha que rodea al pedestal y rebosándose aquéllas por conductos invisibles, vuelve al interior sin derramarse jamás. Encima de todo, sobre una roca artificial, yace sentada una preciosa estatua que representa una gallarda joven india, mirando hacia el Oriente; corona la cabeza un turbante de plumas, un carcaj lleno de flechas que al hombro izquierdo lleva, se conoce representa alegóricamente la ciudad de La Habana. Las armas de ella se ven esculpidas en el escudo que lleva en su diestra, y en la siniestra sostiene una cornucopia de Amaltea, en la cual en vez de las manzanas y las uvas que generalmente adornan, el autor de un rasgo feliz de inventiva, las ha sustituido por frutas de nuestra tierra, coronadas con una piña. Al frente y a la espalda del pedestal semeja la sillería una puerta de arco, y tiene en medio del claro un surtidor que derrama de la citada concha; alrededor de ésta hay una estrecho arriate, cercado por una fortísima verja de lanzas de hierro, apoyadas en veinte faces, con sus hachas de armas, teniendo por la espalda de la fuente una puerta casi imperceptible, según lo bien ajustada de su armadura. Por fuera la verja hay un ándito o ancho paseo circular de mármol blanco, y el todo lo rodea una orla de grama de Bahamas (agrostis)
Con dieciséis guardalados de piedra común.”

  En el año de 1841 el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, al contemplar la estatua le dedica un soneto:

A la Fuente de La India Habana

Mirad La Habana allí color de nieve,
gentil indiana de estructura fina
dominando una fuente cristalina
sentada en trono de alabastro breve;

Jamás murmura de su suerte aleve,
ni se lamenta al sol que la fascina,
ni la cruda intemperie la extermina,
ni la furiosa tempestad la mueve.

¡Oh beldad es mayor tu sufrimiento
que ese tenaz y dilatado muro
que circunda tu hermoso pavimento!

Empero tú eres toda mármol puro,
sin alma, sin color, sin sentimiento,
hecha a los golpes con el hierro duro.

  Pasarían veinte años y otro poeta cubano en la Sierra Maestra en el año de 1842, de padre dominicano y madre francesa. José María Heredia y Girard, dedicaría otro soneto. Al pasar los años se destaca como un gran sonetista francés, en su colección Les Trophées:

A la Fuente de La India

Cuando se acaba el día, solo, junto a la fuente
descanso, mientras sueño con su dulce frescura…
Huyen mis pensamientos, tal como el agua pura
de su colmada urna gotea lentamente.

Bajo el esplendor tibio de la luna silente
animarse parece la blanca vestidura
que el escultor te impuso: la cual amable impostura
finge rasgos tu forma evanescente.

¡Novia del sol, oh india de mis nativos lares!
Colón rompió tu sueño de virgen. Al arrullo
dormías de las olas ardientes y amorosas…

¡Oh mi país, oh Cuba! Cuán dulce en los palmares
oir de tus arroyos la voz, con el murmullo
de paz y amor que exhalan tus noches luminosas.

  En tiempo de la naciente república fue trasladada la fuente a donde se encuentra hoy en día, al lugar llamado Parque de la fraternidad. (Puede ser que la Cuba comunista la pusieron en otro lugar, sabe Dios)
  Recuerdo que mis padres nos llevaban siendo niños a Julio y a mí, a conocer el parque de La India. Allí nuestro padre nos contó la historia de la bella india. De cuando él era joven e iba a verla donde estaba antes. Pasaron los años, y ya siendo jóvenes nos íbamos con los amigos a mirar la estatua. Una vez con mis hermanos Emilio (†) y Julio (†), nos habíamos ido de parranda  nos llegamos  allí como a las cinco de la mañana. Nos pusimos a contemplarla. El parque estaba solo a esa hora de la madrugada. El perfume de los árboles que nos rodeaba. El azul solemne del cielo estrellado de la noche tropical. Del mar lejano nos llegaba un aire húmedo frío. Alguna máquina pasaba a esa hora. Un gato asustado, huía por la calle. La luna alumbraba y su belleza resaltaba en la noche. Hablábamos de lo linda que debía haber sido. De la sorpresa que se llevarían los españoles al encontrarse a mujer tan bella. La luz de la luna nos hacía ver, como si el cuerpo escultural se moviera. De pronto un auto de la policía, se detuvo en la acera y dos policías se dirigieron hacia nosotros. Al conocernos uno de ellos, el sargento Parrondo, se puso hablar con nosotros, y nos contó todas las historias que se decían sobre la india. Siempre contadas por los borrachos. Una vez tuvieron que llevar a un hombre para el hospital de Mazorra (de locos), porque decía que ella lo había engañado y la tenía que matar. Nos dijo que a él le impresionaba mucho la belleza de La India. Se fue y nos dejó a nosotros hablando sobre ella.
  Pasarían los años y volvería sólo a ver la india más linda de cacicazgo de La Habana. Su belleza me impresionaba. Un polaco vendedor de corbatas, ofrecía su mercancía. Un pordiosero imploraba ayuda. Una pareja de enamorados se arrullaban en uno de los bancos. Un vendedor de maní vociferaba: “Maní, caliente y sabrosito”. El vendedor de tamales:” Tamalero, Tamales calientes”.  Dos campesinos acababan de llegar de la terminal cercana  se tomaban una foto con el fotógrafo ambulante. Un policía de tránsito hacía sonar su tolete, para que los automóviles se pusieran en movimiento. Nadie esperaba que todo esto fuera a cambiar con el debacle del ejército y el triunfo de los barbudos, que llegaron con un rosario en el cuello y las armas que serían utilizadas para fusilar a cientos de cubanos.
  Si, he vuelto al salir de la prisión ir a despedirme de todo lo que yo gustaba, me encontré el parque de La India vacío y abandonado no había nadie. Todo estaba abandonado. Cuba había cambiado totalmente. Me pareció ver que por sus ojos corrían las lágrimas. Se veía triste. Su cuerpo tan hermoso, parecía arrugado. Sólo en la noche, cuando nadie invadía su predio, volvía ser feliz.

  Nunca más he vuelto a ver a la India más linda del Cacicazgo de La Habana.

René León
Charlotte, N.C. 1991 


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