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sábado, 15 de septiembre de 2018

Los sepultureros de la democracia

Eduardo Lolo


Hoy en día constituye un borroso trazo de pasado la imagen del militarote golpista o del populista iracundo echando abajo las puertas de la historia para tomar el poder por asalto: ahora de par en par se las abren desde dentro. Los asaltantes llegan a manos de la democracia con la intención, en la mayoría de los casos, de asfixiarla. Ya no se requiere derramamiento de sangre alguno; basta saturar el tiempo de desesperanzas.
Las condiciones para el triunfo de los aprendices de caudillos vitalicios son creadas, paradójicamente, por los partidos políticos tradicionales que fomentaron o solidificaron la democracia en sus respectivos países. La corrupción, la demagogia, la ineficiencia, la indolencia, el nepotismo, el compadrazgo, el sectarismo y otras aberraciones políticas afines de las cúpulas partidistas en decadencia crean en el electorado la ilusión de que la única opción de lo malo es lo bueno, olvidando que puede ser, en dirección contraria, lo peor.
            El fenómeno no es nuevo: baste recordar el trágico caso de Adolf Hitler. Más recientemente, y en nuestra cercanía, sirve de ejemplo, aunque con buena dosis de sainete infausto, el caso de Hugo Chávez y su caricaturesca extensión de ignorancia con tono doctoral que han convertido la otrora próspera Venezuela en un estado fallido de mendicidad generalizada. Los partidos demócratas que emergieron tras la dictadura de Pérez Jiménez ya prácticamente desaparecieron por suicidio histórico. Como lógico resultado, en la Venezuela chavista los nuevos ricos son mucho más ricos que los del viejo régimen; y los pobres, mucho más pobres y numerosos.
En México, tras décadas de dictadura de partido, lo que se creyó un cambio de sistema con el de institución no resultó ser otra cosa que más de lo mismo, aunque con siglas diferentes. Una segunda oportunidad al PRI fue del todo desaprovechada y el país quedó rendido ante un populista obcecado por el poder que, tras militar en cuando partido creyó le serviría de trampolín en su asalto al cielo, decidió frustrado crear una nomenclatura propia de nada disimulada demagogia que lo llevara, finalmente, a la añorada cúspide. La íntima relación de López Obrador con el totalitarismo cubano no hace presagiar nada bueno. Es muy probable que al PRI y al PAN le esperen el mismo destino que a COPEY y AD en Venezuela: inocuas notas al pie de una página amarillenta de historia prematuramente envejecida.
En otras de nuestras naciones el poder real no tiene cariz político alguno. Partidos y gobiernos han pasado a ser, en la práctica, figuras decorativas, pues la delincuencia organizada rige los destinos del país, distribuyéndose la nación como en feudos autónomos, aunque no siempre coexistentes. No es de extrañar, entonces, que en algunos países latinoamericanos se añoren viejos regímenes dictatoriales que mantenían a raya la delincuencia, aunque fuese mediante el terror. En dichos lugares el sueño sublime de la democracia se ha convertido en una pesadilla aparentemente sin despertares.
De más reciente factura es la alianza táctica entre malhechores y dictadores en crisis, quienes utilizan a los forajidos para realizar el ‘trabajo sucio’ de controlar la oposición democrática, sin descartar los asesinatos. Tal es el caso de Venezuela y Nicaragua, donde la ciudadanía carece de protección alguna ante los desmanes de tal nefasta coalición.
            En el Viejo Mundo, las políticas malogradas de la Unión Europea están dando lugar a la aparición de frenéticos partidos antieuropeístas y/o secesionistas que es muy probable la desgajen cual árbol carcomido ante fieros vientos nuevos. El descontrol migratorio que muchos culpan no es causa del sueño fallido, sino uno de sus efectos; la diseminación del “brexit”, la única opción tangible en la mente popular, que ve a Bruselas como dogal extranjero. Mientras, nuevos y viejos regímenes autoritarios vecinos observan con atención a la espera del convite, que posiblemente haya comenzado con Crimea como la primera tajada del ansiado pastel. Así las cosas, o la Unión Europea evoluciona hacia lo que pudiera ser Estados Unidos de Europa, o habrá de quedar más fragmentada, disminuida y débil que nunca, pues la Historia no es adicta a los términos medios. Una nación sin control de sus fronteras no es nación, sino provincia de un país. En la actualidad los países europeos son poco menos que provincias de una nación todavía inexistente; frutos de un árbol que no fue en inexplicable inversión histórica.
En España en particular, la exitosa transición pacífica a la democracia tras la muerte de Franco no supo crear condiciones de unidad nacional como en Francia tiempos ha, donde los catalanes, en sentido general, se sienten tan franceses como los parisinos y orgullosos de ostentar uno y otro gentilicio. Las concesiones de los gobiernos españoles postfranquistas a las burocracias regionales superan, en algunos casos, el grado de autonomía de sus homólogas de estados federales. Es más, recientemente ha llegado al poder, mediante lo que no puede catalogarse como otra cosa que un golpe parlamentario, quien había sido reiteradamente rechazado en elecciones libres: ni un solo voto avala el mandato de Pedro Sánchez. Y lo más preocupante es que su alianza para hacerse inquilino espurio de la Moncloa fue con partidos que tienen como objetivo la destrucción de la nación española como unidad histórica, tal cual una siniestra metáfora de la víctima afilando presurosa el hacha de su verdugo.
            Los Estados Unidos no han sido inmunes a esa nueva rebelión de las masas en contra de los corroídos partidos políticos tradicionales, pues aquí también la política ha degenerado en botín de pedestales. Todos reconocen el fenómeno en el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales y la sorprendente atmósfera subsiguiente, que algunos ven alarmados como el preludio de una nueva Guerra Civil. Pero, en realidad, el proceso tuvo lejanos antecedentes y muy recientes preámbulos. Entre los primeros podrían contarse la deserción de Teddy Roosevelt del Partido Republicano y la ‘traición’ de Lyndon Johnson a la poderosa jefatura demócrata de los estados del sur. Los segundos nos son más cercanos y pueden identificarse comenzando en el proceso electoral que llevó a la Casa Blanca al primer Presidente mestizo de los Estados Unidos: Barack Obama.
            En primarias demócratas donde Obama hizo su aparición, resultaba evidente que la preferida de la cúspide partidista era Hillary Clinton; como que ‘le correspondía’ por su condición de mujer y su probada pertenencia a la cúpula del Partido Demócrata desde que fuera, en dos ocasiones, Primera Dama. La inserción de un novato y nada destacado senador de raza mixta (que no negra, como se ha pretendido hacer creer) en el grupo de candidatos tenía un cariz del todo demagógico: nadie le daba posibilidad alguna de ganar la nominación en medio de tantos experimentados ‘pejes gordos’ que se la disputaban. Sin embargo, el mensaje modular de “cambio” que esgrimiera el ‘recién llegado’, su verborrea de mensaje directo, y su carisma personal, pronto lo situaron entre las primeras posiciones en el favor de la masa de electores de su partido. Al final quedaron, de punteros, la evidente preferida de la Dirección Nacional y el emergente advenedizo seguro de alcanzar un triunfo que “sí se puede”. La mayoría de los demócratas de base, hastiados de un tiempo político al parecer detenido, votaron por el cambio. En las elecciones generales quedó demostrado que ese hastío no era exclusivo de los militantes del Partido Demócrata. El “sí se puede” devino en sí se pudo: Barack Obama llegó a la Casa Blanca porque supo encender en el electorado en su conjunto la esperanza de un cambio para bien en la administración de la nación.
            No obstante ello, una vez electo el cambio se hizo lento y, a la postre, casi caricaturesco. A la Clinton se le concedió, como en “lista de espera”, el más importante cargo gubernamental luego de la vicepresidencia ‒y con más tiempo en cámara. La cacareada promesa de una nueva ley de inmigración en los primeros 100 días de gobierno fue pospuesta una y otra vez ‒presumiblemente por presión de la dirección partidista‒, hasta las elecciones intermedias que todos sabían inclinarían la balanza a favor de los republicanos, de manera tal que su fracaso pudiera achacársele, demagógicamente, a la oposición. (El negocio billonario de la injusta explotación de los trabajadores ilegales en los Estados Unidos solamente ha sido verdaderamente enfrentado, hasta ahora, por Ronald Reagan).Obama sí logró un seguro médico universal que, aunque sin ser perfecto, puso el cuidado de salud al alcance de la clase media que no recibía los beneficios de los pobres. El temor de que su gestión hiciera un brusco cambio a la izquierda que pusiera en peligro la estabilidad del status quo nunca llegó a producirse. Posiblemente la única excepción haya sido su viaje a Cuba, adonde fue a hacer el ridículo en una versión inversa del teatro bufo cubano, pues por primera vez “el gallego” salía ganando por ser más listo que “el negrito”. (Su aparición en un programa de la TV cubana diciendo “¿Qué bolá?” resultó bochornoso; ¡y nadie se atrevió a decirle que se estaban burlando de él!). Obama fue, en sentido general, asimilado por el establecimiento político tradicional y garante de su supervivencia, aunque fuese temporal. Probablemente sus mejores logros hayan sido haber vencido el racismo remanente en la sociedad norteamericana, terminar exitosamente la caza a Bin Laden, el llamado “Obamacare”, y el no haber desestabilizado el entramado político estadounidense largo tiempo atrás cimentado y, hasta entonces, exitoso.
            Las masas del Partido Republicano no estaban menos desesperanzadas. En la competencia a Obama se dio el caso que la persona nominada a la Vicepresidencia tuviera más aceptación por su mensaje, y carisma por su personalidad, que el candidato a la Presidencia. Este último lo fue John McCain; pugnaba por la Vicepresidencia Sarah Palin. El primero contaba en su haber una célebre carrera como Senador avalada por una historia militar no por fracasada menos conocida y admirada; pero era el representante del cansancio histórico de las bases de su partido. La joven gobernadora de un estado ‘de segunda’ se convirtió en la variante republicana de Obama por su voz fresca y enérgica, al margen de la maquinaria política republicana, representando el cambio añorado o, al menos, la posibilidad de alcanzarlo. Sin embargo, su puesto secundario (por no decir que insignificante en las determinaciones políticas mientras el Presidente esté vivo), hacía poco creíble que pudiera liderar el ansiado cambio. Si el binomio hubiera sido a la inversa, es posible que habría espacio para la esperanza de los votantes. En esas condiciones, la mayoría del electorado prefirió confiar en quien tenía la posibilidad real de dar nacimiento a una nueva era política nacional, aunque a la postre no llegara a fundarla.
            Una vez concluido el segundo mandato de Obama, se reinició el proceso de las primarias partidistas para ocupar la Oficina Oval. En el Partido Demócrata era seguro que le correspondería el turno a Hillary Clinton. Se siguieron, como siempre, las normas de varios candidatos, aunque a ninguno de los otros se le concedía mucha atención. Pero también esta vez surgió, inesperadamente, una figura que puso en peligro la postergada nominación de la Clinton y la firme solidez del establecimiento político: el septuagenario Bernard Sanders. Paradójicamente, el anciano senador se convirtió en el aspirante más popular entre los jóvenes, aventajando a su contrincante en múltiples encuestas, con lo que quedó demostrado que no se trataba de una lucha generacional, sino ideológica. La cumbre política demócrata no podía permitir que se repitiera la derrota de su representante, y entonces ocurrió lo inverosímil: la propia Dirección Nacional del Partido Demócrata le puso una especie de zancadilla a Bernie (como le llamaban sus seguidores) para garantizar la candidatura de Clinton, a quien ‘le tocaba’ sin excusa. Más increíble fue que, una vez conocida la mala jugada resultante, su principal ejecutora no fuera expulsada del ente partidista ni se hubiera hecho la investigación que la gravedad del caso ameritaba, sino que todo se resumió a su renuncia a la Dirección Nacional. Huelga decir que la Clinton ganó la candidatura de la Presidencia por el Partido Demócrata.
            Las primarias republicanas de ese año fueron más inverosímiles todavía. Donald Trump rompió todos los moldes políticos hasta entonces conocidos, llevando su estilo de “reality show” televisivo a los debates y mítines asociados a la carrera pública. Más que políticamente incorrecto, Trump se proyectó del todo antipolítico, casi un antisistema. Si utilizó la plataforma republicana fue porque no quiso repetir el error de Teddy Roosevelt y Ross Perot, además de aspirar al apoyo de los remanentes del Tea Party y, forzados por estos, el de algunos de los caudillos históricos del GOP. En realidad, prácticamente nadie le auguraba éxito alguno al mordaz personaje de la pequeña pantalla en su versión de carne y hueso; las encuestas siempre lo situaban en desventaja ante sus experimentados contrincantes. Algunas de sus infortunadas declaraciones lo separaban cada vez más de lo que hasta entonces se consideraba un político ‘presidenciable’. Sin embargo, para asombro de todos, mientras más sarcástico y hasta descortés se comportaba, más popular se hacía (le subía el “rating”, en el argot televisivo), hasta que llegó a alzarse con la candidatura presidencial de un partido cuya dirección lo rechazaba.
            La carrera por la presidencia de Clinton y Trump, ‘sazonada’ de interferencias extranjeras, se convirtió en una lucha de todos contra uno y uno contra todos. La polarización resultante fue algo totalmente desconocido en la historia contemporánea de la política norteamericana. La inmensa mayoría de los analistas políticos y las encuestas daban por sentado el indiscutible fracaso de Trump. En los centros de trabajo y planteles estudiantiles, se acosaba a quienes expresaban públicamente su preferencia por el iconoclasta advenedizo, considerado poco menos que un traidor (o, al menos, un peligro letal) a los principios democráticos del país. Como paradójico remate, fuimos testigos de la más inusual de las alianzas: la de un burgués billonario apoyado por obreros y desempleados preteridos.
Luego, la debacle de la noche de elecciones fue el colofón de la inverosimilitud. Hillary Clinton había alquilado el Jacob K. Javits Conventional Center de Nueva York (con capacidad para miles de personas) ante quienes estaba segura acudiría a festejar su triunfo. En realidad, es la primera vez de que tengo noticias que el candidato perdedor de las elecciones presidenciales norteamericanas no haya podido dar la cara esa noche para reconocer su derrota y felicitar al ganador. Conocido el resultado, el Javits Center se convirtió en un mar de lágrimas incrédulas y, por lo tanto, más dolorosas; me recordó a los japoneses cuando escucharon en la radio al Emperador Hiroito anunciar la rendición del Japón.
            La tenaz resistencia al triunfo de Trump no se hizo esperar. Antes de tomar posesión ya se hablaba de impugnarlo. Las ‘nomenklaturas’ de ambos partidos no perdieron un minuto en atacarlo. La prensa, casi en su totalidad, ha hecho de la crítica al Presidente su pan de cada día. Se le ataca por lo que dice o deja de decir; por lo que hace o deja de hacer; por lo que propone o deja de proponer. Las críticas se extienden a su círculo familiar, y no solamente por razones políticas, pues cubren hasta el vestuario o gestos analizados con lupa parcializada. Incluso el más pequeño de los Trump, sin tomarse en cuenta su temprana edad, ha sido atacado con tan poca ética y respeto a la niñez que la hija de los Clinton tuvo que salir en su defensa. Los funcionarios de la administración son acosados en lugares públicos y discriminados hasta la expulsión en otros; se les viola toda privacidad y su derecho al descanso como ciudadanos en sus tiempos libres. No hay tregua en esa asociación de la política con la más impositiva intransigencia, rayana con la persecución. Todo lo que pueda asociarse a Trump es caza libre; hay que hacerles la vida imposible a sus seguidores. Ni siquiera Richard Nixon y Bill Clinton fueron atacados con tanta ferocidad, a pesar de haber denigrado con sus actitudes la Presidencia como institución hasta ellos casi sagrada. Los resultados positivos de la política de la actual administración son silenciados o ninguneados; los negativos, agigantados, etc., etc. Cada tuit insomne de Trump suena en la noche como un disparo ofensivo que lo hunde más ante muchos y, por el contrario, lo asciende ante no pocos. Los senadores McCain y Schumer son, respectivamente, las puntas de lanza de las jefaturas de republicanos y demócratas en la resistencia a la Administración Trump, secundados, en lo fundamental, por legisladores de minorías diversas. En realidad los partidos que representan, en su caída desorientada, como que están siendo secuestrados por las más absurdas facciones de extremos opuestos, al punto de unos exigir la abolición del control fronterizo, y otros la deportación de todos los inmigrantes ilegales; que es decir, el caos. No en balde ya hasta se habla, incluso, de una posible Guerra Civil.
            Toda esa atmósfera hasta ahora desconocida en la historia contemporánea norteamericana tiene como objetivo la revocación del titular o hacer del todo imposible su elección para un segundo período. La Administración Trump no puede ser exitosa; es necesario hacerla fracasar por todos los medios. ¿A qué se debe esa saña de las élites políticas de demócratas y republicanos y la prensa que a ellas responde? En realidad no es saña, sino aterrorizado instinto de conservación. Si Trump tiene éxito como Presidente, tanto el Partido Demócrata como el Republicano corren el riesgo que quedar como piezas políticas del pasado, en el mismo baúl que COPEY, AD y siguiéndole los pasos al PRI y el PAN. Y lo peor es que no hay, hasta el momento, una alternativa tangible como, por ejemplo, el Partido Ciudadanos en España. La rebelión de las masas estadounidenses, sin rumbo fijo y a merced de extremistas de toda laya, pudiera conducir a la anarquía política a nivel federal; o sea: al fin de la más consistente democracia de tiempos modernos cimentada, construida y evolucionada exitosamente durante más de 300 años.
            Llegados a este punto no puede uno menos que preguntarse si la democracia, de la Antigua Grecia a los Estados Unidos, ya habrá cumplido su ciclo de vida como componente básico de la cultura occidental. De ser así, tanto Europa como las Américas habrán de verse con unas Tablas de la Ley rotas sin que al menos se haya comenzado a pulir la piedra ansiosa de cincel para unas tablas nuevas, hoy ni siquiera a medio soñar.
Sin embargo, a pesar de toda esa imagen negativa esbozada, espero, deseo y confío estar equivocado. Es más, casos hay en que, de manera excepcional, la destrucción del status quo no ha degenerado en el caos y/o la tiranía. Los viejos partidos políticos han sido suplantados por nuevas agrupaciones dentro del marco democrático, o figuras de marcada asociación con un partido decadente y hasta dictatorial han dado un inesperado vuelco para bien en su comportamiento histórico. Sirven de ejemplos Emmanuel Macron en Francia y Lenin Moreno en el Ecuador.
El primero, luego de ser una figura de primer orden del Partido Socialista en el poder, decidió abandonarlo y crear en 2016 su propia congregación más al centro del espectro ideológico: La République En Marche! Con ésta acaparando el descontento general, Macron ganó la Presidencia y la mayoría parlamentaria del país galo tan solo un año después, enfrentado en segunda vuelta a Marine Le Pen, del partido Rassemblement National, como rebautizara el Front National que fundara su padre. Los más importantes partidos políticos tradicionales hasta entonces (Les Républicains y Parti Socialiste) fueron del todo barridos en el campo político francés. No obstante ello, la V República, afortunadamente, no sucumbió.
Lenin Moreno fue Vicepresidente del 2007 al 2013 del gobierno de Rafael Correa, quien cambió la Constitución del Ecuador para establecer la reelección indefinida. Dejando la silla presidencial a su vice, pensando que sería momentáneamente, se tropezó con que éste llevó a cabo un referéndum que, entre otros aspectos asociados al régimen heredado (y del que fuera parte) eliminó la reelección indefinida, propició la invalidación de funcionarios corruptos y otras medidas de adecentamiento político desconocidas. No en balde Correa, en la actualidad refugiado en Bélgica como prófugo de la justicia ecuatoriana, lo llama “traidor”.
Aunque excepcionales, los casos apuntados arrojan un poco de luz sobre la oscura atmósfera política actual. Ojalá se generalicen y prevalezca el sentido común, se conjuren tantas ambiciones personales, se ponga coto a la demagogia institucionalizada y, consecuentemente, la política deje de ser botín de pedestales. De generalizarse la decencia, la buena voluntad y la honestidad en los partidos políticos y la administración pública, la actual realidad histórica no sería más que una tormenta de tiempos borrascosos, tras la cual vendría la calma de las eras. De lo contrario, corremos el riesgo de quedar como una del todo frustrada generación que habrá dejado a sus descendientes, como sórdido codicilo único, una amarga herencia de desesperanzas.
  
Publicado en tres partes en la Sección Tribuna Abierta de la Agencia de Noticias EFE (Edición USA) los días 16, 17 y 18 de julio de 2018.

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